A diferencia de los hombres, que se les ha enseñado a guardar/reprimir su expresión emocional, a las mujeres se les ha dado libertad de expresión emocional, sin embargo, deben expresarla en la pasividad. Poco se les ha enseñado sobre cómo manejarlas y entenderlas. Para ejemplificar esto, cito aquí un fragmento de una de las entrevistas que sostuve con Maribel:
Maribel: veces me siento triste y no sé qué hacer; siento que estoy sola. A veces me llega una tristeza. Pues sola en que a veces todo el mundo se voltea, porque a veces siento que estoy súper sola como dices tú, no tengo pareja, siento que no tengo amigos, siento que mi familia se voltea, así siento que todo mundo me abandona.
Entrevistadora: ¿Por qué piensas que sientes eso? Maribel: No sé
Entrevistadora: Cuándo te sientes así, ¿qué es lo que haces?
Maribel: No sé, me pongo a llorar y ya, hasta como que luego así de “ay Maribel no, ya, ya, hasta tu misma te caes gorda no, ya, ya…”
A Maribel no se le ha enseñado a manejar sus emociones; siente tristeza y soledad, pero no entiende por qué, también está presente el ensueño del amor romántico: una relación que era su ilusión no funcionó. Asimismo, no tener pareja la hace sentir sola porque en su imaginario carece de algo construido socialmente como importante. La única vía que encuentra es llorar hasta hartarse de sí misma, de estar en ese estado y
caerse gorda porque no es el estado “ideal”. Las emociones son expresiones no
ademanes, gestos y expresión facial (Navarro, 2005). Se nos ha enseñado que existen emociones “buenas” (alegría, placer, serenidad, calma) y “malas” (enojo, ira, irritación, llanto, tristeza).
Este proceso de “educación” comienza desde la infancia, cuando se les dice “no llores” o “por qué estás triste” como si fuese algo malo; bajo dicha construcción, las personas aprenden que lo correcto es reprimir las emociones negativas; a las adolescentes se les enseña que está bien expresarlas, pero en pasividad, es decir, pueden sentir enojo, pero no pueden agredir; pueden sentir rabia, pero nunca gritar.
Una adolescente puede estar triste, pero sin entender por qué; o algo puede enojarle mucho pero no sabe explicar el motivo. Las emociones entonces existen y las conocen, pero no aprenden a entenderlas y canalizarlas adecuadamente. La mayoría de las veces se niegan a sí mismas la oportunidad de experimentar enojo, rabia, dolor o llanto porque se avergüenzan de esos sentimientos; sienten miedo de ellos. Incluso estar bien se enuncia como un deber: “no debo estar triste”. La tristeza es vista negativamente porque no sabrán cómo hacerle frente, además de la imposibilidad de pedir ayuda debido a sus inseguridades y miedos. Aquí caben dos preguntas: ¿Es adecuado tratar de dejar de sentir tristeza? ¿Sería preferible entenderla y hacerla consciente para poner sanarla? Las adolescentes no aprenden a manejar sus emociones; piensan que es mejor no sentirlas.
Al hablar de esto, pienso en Luz y Bibiana, porque ellas han tenido una vivencia particularmente negativa con el asunto de las emociones y cómo experimentarlas. Bibiana, por ejemplo, se rige bajo el mandado “siempre hay que estar felices”, y por eso ella aprendió a ocultar y negar la tristeza. Luz, por otra parte, vivió una experiencia muy violenta que se vincula con este tema. En su caso, se denota de una forma más clara la agresión que ejerce contra sí misma por no saber manejar sus emociones y sentimientos:
Luz: No me dejan salir; es que me vieron mis brazos, tenía rasguñones, me corté es que hace unos meses me enteré que mi papá tenía otros hijos y otras mujeres, engañaba a mi mamá. La mamá de mi papá falleció. La hermana de
mi papá falleció: sentí que las únicas que me querían eran ellas dos; me afectó un poco. Me sentía sola, con navaja, no me corté mucho. Siento que nada me ayuda, me sigo sintiendo igual pero ya no puedo hacer lo mismo, me revisan los brazos y las piernas cada semana. Me lo guardo todo: todo lo que siento, todo lo que tengo ganas de decir y no puedo. Cuando estoy enojada, hago cosas que después me arrepiento, me arrepiento de todo lo que les digo, hago las cosas sin pensarlo.
La vigilancia por parte de los padres de Luz, reduce las posibilidades de que vuelva a intentar hacerle daño a su cuerpo. Sin embargo, ello no elimina el sentimiento de soledad. El sistema de género dicta lo que una adolescente debe ser: tranquila, obediente, bonita y delgada.
El sistema género es tan poderoso que, aunque Bibiana, por ejemplo, se cuestiona en ciertas áreas (como la escuela), en otras sencillamente acata las normas implícitas y explícitas socialmente adecuadas para su comportamiento. Y cómo no va a hacerlo, si las figuras femeninas que mira le enseñan, a través del lenguaje verbal y no verbal, lo que es “adecuado” (cómo debe sentirse, cómo debe expresarse, cómo debe actuar). Ser mujer en un lugar como Teocelo, donde existe mayor vigilancia hacia las adolescentes porque les preocupa su porque todos se enterarían, significa acatar una serie de conductas esperadas y más en una mujer adolescente porque se está en proceso de aprendizaje respecto a lo que se debe ser.