2.6 Real Data Analysis
2.6.1 Previously Published Circadian Data
Durante la vida de todo ser humano se dan aprendizajes que no pasan por la conciencia: la escuela, al ser uno de los espacios donde las y los adolescentes pasan al menos seis horas diarias, se configura como un espacio relevante, el cual influirá en la conducta consciente e inconsciente del estudiantado, motivo por el cual es importante tomarla en cuenta y analizar las conductas que allí tienen lugar, siendo la violencia escolar una de las principales problemáticas identificadas.
La escuela es una institución socializadora de construcción de conocimientos, formas de actuar y de pensar que va más allá de lo estipulado en el currículum oficial, es decir, en la escuela no solo se aprenden conocimientos teóricos, sino que se
procesan y reproducen otros patrones de conducta y de pensamiento (Martínez y Solís 2009, pp. 166-167).
La importancia de la escuela radica en que crea apertura hacia lo público, hacia patrones de comportamiento y acción para insertarse en un campo más amplio de la sociedad. La escuela es un espacio en el cual los y las jóvenes intercambian experiencias y vivencias (Martínez y Solís 2009, pp.166), algunas veces crean lazos afectivos, tanto a nivel amistad como relaciones de pareja, comparten ideología con sus pares y aprenden convenciones sociales a través de la socialización. La escuela, más allá de ser un espacio de conocimiento, es un espacio de convivencia multifactorial para las y los adolescentes donde converge un modo de actuar, vestir, pensar, expresarse y todo bajo la mirada de sus pares y superiores (las docentes y el director). En la escuela, por ser un espacio de convivencia cotidiano, se desarrollan diversas problemáticas, una de ellas es la violencia escolar, la cual consiste en todo tipo de manifestación u omisión que se desarrolle en el contexto interno, externo o inherente al plantel educativo, sea evidente, con intención o no, atente contra la integridad moral, física, simbólica, psicológica, sexual o material de las y los integrantes de la comunidad escolar (OAVE, 2008; Varela, Farren y Tijmens, 2010, citados por Jiménez y Trujillo, 2014, pp. 52).
La violencia escolar se vuelve invisible a través de la naturalización de conductas señaladas como ignorar a alguien, poner apodos, miradas de enojo, indirectas, tirar las cosas de los compañeros, ofensas justificadas como broma o juego. Estos comportamientos se vuelven parte de la cotidianidad generando la naturalización de la violencia escolar.
Ocho de las y los nueve adolescentes entrevistados a profundidad manifestaron haber vivido violencia en la escuela. Las principales manifestaciones señaladas fueron: apodos, jalones del chongo, burlas, amenazas16, insultos, peleas a golpes, indirectas,
mirarse feo, esconderse útiles escolares, escribir ofensas en las bancas (puta), tirar al
suelo los útiles escolares de la persona que les cae mal, etc. E incluso hubo quejas respecto a que el personal académico no hacía nada, en palabras de Bibiana: la maestra estaba ahí, los oyó y no dijo nada. Y en el caso se Josué, la queja se centró en que en que otro niño lo molesta, la maestra le ha llamado la atención, pero no hace caso, es decir, una llamada de atención frente a las agresiones parece no ser suficiente, dejando cierta incertidumbre respecto a ¿Cuál debe ser un castigo frente a alguien que comete violencia?
Uno de los efectos visibles de la violencia es que un alumno/a de pronto no quiera acudir más a clases inventando excusas como sentirse enfermo o sin ganas, lo cual sucedió en el caso de Bibiana, quién manifestó no querer seguir estudiando porque la molestaban mucho. Su situación pareció no mejorar y “tuvo que adaptarse”, lo cual no elimina el hecho de que su autoestima se devaluara con ofensas constantes respecto a su apariencia.
De acuerdo con Saucedo (2007): la violencia escolar afecta la seguridad emocional, física y social de las y los adolescentes y, con frecuencia es alentada y permitida por los espectadores y la organización escolar que no pone límite a la acción de los victimarios. Las y los adolescentes piensan que tienen derecho a defenderse de maneras violentas contribuyendo a la reproducción de la violencia más que su eliminación.
Al inicio del trabajo de campo se realizó una entrevista grupal al personal académico (maestras y director), quiénes respecto a la conducta de los y las estudiantes señalaron que era porque: “proviene de una familia problemática”, “es el
contexto y a veces uno no puede luchar contra el contexto familiar”, “su familia es
disfuncional”, “hay violencia intrafamiliar y la estudiante expresa todo lo que vive en
casa”, “tiene baja autoestima” o “nadie se preocupa por él”.
Dichas afirmaciones le otorgaron la culpabilidad al exterior (familia, amigos, contexto social) y no se asumen parte de la responsabilidad que la escuela misma podría tener, lo cual podría reflejar la falta de interés o conocimiento para abordar la violencia escolar. En palabras de Saucedo (2017): las explicaciones se limitaron al exterior y no
tomaron en cuenta las propias prácticas al interior de la escuela que pueden estar alimentando los conflictos.
Casi al final de trabajo de campo a través de un taller se interrogó al personal académico sobre las conductas violentas observadas en la escuela (ya transcurrido casi un año, había cambiado su punto de vista), resaltaron la presencia de violencia verbal y violencia física disfrazada de juego, ofensas respecto a la apariencia (decirle feo a alguien), hacer menos o humillar a un compañero por no tener los tenis de moda
o de marca, rechazo hacia compañeras, también señalaron que no existía tolerancia a
quien es diferente: si alguien tenía los pelos parados porque así le gusta peinarse, lo
comenzaban a molestar. En palabras del director:
incluso existe discriminación porque para comprar el desayuno los que tienen dinero se forman primero y los que van por un taquito o por menos tienen que esperarse a que pasen todos los que compran más.
Cuando se cuestionó respecto a las causas de la violencia escolar, señalaron aspectos como baja autoestima, o que era una forma de protegerse (ofender a otros para evitar ser ofendidos), o incluso que la violencia escolar era un reflejo del sistema social solo que en chiquito, y que las y los estudiantes ya estaban acostumbrados a dicha
situación, sin embargo, no se aclaró qué les hacía pensar que las y los estudiantes
estuviesen acostumbrados.
Respecto a las acciones implementadas respecto a la violencia escolar, cada quien expresó lo que hacía cuando observaba una conducta violenta: sensibilizar, hablar con los chicos, llamarles la atención, preguntarle por qué agreden y decirles que
así no se juega, señalarles que no hagan caso a sus compañeros. Esta última conducta
resulta ser la más difícil de ejecutar porque no es suficiente, él y la adolescente están en proceso de construcción de su identidad, motivo por el cual un comentario neutro como “no hagas caso” no puede eliminar un comentario negativo, sobre todo cuando el comentario negativo busca anular su autoestima (eres tonto, eres fea(o), eres menos, etc.).
Las maestras y el director señalaron haber asistido recientemente a un curso sobre violencia escolar, en el cual les hablaron sobre conductas violentas en la escuela y una maestra reconoció: fuimos al curso y nos abrió los ojos, yo lo veía normal. Respecto a dicho curso les pregunté: ¿Qué sugerencias recibieron para abordar la violencia escolar? Y mencionaron el acuerdo escolar de convivencia, y el director comentó al respecto: nos piden un acuerdo escolar de convivencia, pero ¿cómo cambias algo que profesa la sociedad? o ¿cómo cambias algo que rige normalmente a
la sociedad? Y la maestra Dalia señaló nos hablaban de violencia escolar, poner
medidas disciplinarias, nos dicen información, pero no llegan a contextualizarlo.
En relación al acuerdo escolar de convivencia surgieron desacuerdos. Aquí señalo su conversación:
Director: ¿cómo cambiar algo que profesa la sociedad?
Maestra melisa: es para frenar la violencia, sería una manera de regular un poco. Director: no podemos mecanizar un sistema de acuerdo de convivencia.
Maestra Rocío: creo que si es importante tener normas para todos.
Desde una decisión como el Acuerdo Escolar para la Convivencia se refleja claramente los puntos de vista encontrados al respecto. Entonces, si para el personal académico no existen reglas delineadas respecto a la violencia ¿Cómo las y los estudiantes pueden tener claro qué conductas no están permitidas?
Dentro del personal académico existen dos niveles de autoridad: maestras- director; ellas pueden emitir una opinión (a favor o en contra) pero en última instancia la decisión final es del director.
Una pregunta importante fue: ¿Qué podrían hacer para disminuir la violencia? La maestra Rocío consideró importante la implementación del acuerdo de convivencia, justificando que tal vez no estamos capacitados para ni vamos a componer el mundo, pero al menos controlarlo, no voy a cambiar a mis alumnos, pero al menos el tiempo
que esté aquí. La maestra Dalia estuvo de acuerdo con ella al mencionar que igual con
embargo, en este punto nuevamente el director no se manifestó de acuerdo al comentar:
tú reportas la situación y mañana llega golpeado el niño, el remedio no está en una nalgada, el niño hasta en su mirada tiene tristeza. La mayoría de mis niños reflejan tristeza y amargura para llegar y decirles: este es el convenio de normas. Yo lo encuentro difícil ¿cómo logras entablar un diálogo con todos esos rollos, esos mundos de violencia que traen los niños? Para mí es algo extenso, es muy grande, no imposible, pero si es de mucho tiempo, mucha dedicación y es una bronca enorme.
La justificación del director radica en el conocimiento que tiene del contexto familiar de sus estudiantes, probablemente porque considera que hay que ser tolerantes con aquellos/aquellas que viven violencia, lo cual parece ser una actitud humanista y considerada, sin embargo, facilita la reproducción de la violencia. La escuela como institución se preocupa en el rendimiento estudiantil, mobiliario, deserción escolar, etc., sin embargo, no le presta atención a la violencia y las repercusiones que genera en la autoestima, tal vez se debe a que desconocen el impacto que genera en él y la estudiante un entorno escolar violento. Y como señala la maestra Dalia: necesitamos recibir cursos de reforzamiento, de aprendizajes para tener ideas de cómo sobrellevar a los chicos.
Es importante tomar en cuenta que existen docentes que buscan crear un clima democrático y ameno, sin embargo, no siempre cuentan con las herramientas, o poco a poco caen en la desmotivación y el cansancio al ver que no logran sus metas en dicho sentido (Saucedo, 2007, pp.93-97). De acuerdo con Debarbieux, Blaya y Vidal (2003, citados por Saucedo 2007, pag. 92)), la violencia y la indisciplina son más frecuentes en escuela ubicadas en barrios de extrema pobreza, esto se debe a que escuelas con pocos recursos económicos tienen menos posibilidades de entrenar a los docentes para el manejo de conflictos, carecen de una estructura que brinde oportunidades de formación académica y servicios psicológicos y poseen menos recursos materiales para llamar la atención de las y los adolescentes y movilizar su creatividad. Incluso cuando se tiene posibilidad de asistir a cursos, éstos ofrecen
información generalizada que no ven aterrizada en el contexto donde laboran y ello hace más difícil su intervención, lo cual en el caso de la telesecundaria “Carlos Hernández Gómez”.