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Si das la bienvenida a los recién nacidos cuando vienen a este mundo y acompañas a los ancianos en el momento de su muerte, sabes cómo deben tratarse los seres humanos entre sí durante los valiosos momentos de que podemos disfrutar entre el nacimiento y la muerte: con veneración.

Esa fe es la que guía a las aproximadamente 70.000 personas –entre enfermeras, administradores, médicos y otros voluntarios– que forman parte de Catholic Health Initiatives, un intrépido capítulo del siglo XX de una intrépida historia del siglo XIX.

Intrépida no es seguramente la primera palabra que yo habría escogido para

referirme a Maryanna Coyle, una mujer refinada y de suave voz que únicamente habría alcanzado los cinco pies de altura si hubiese calzado tacones altos (cosa que sor Maryanna Coyle no solía hacer). En realidad, tampoco es el calificativo de intrépidas el que nos viene a la mente cuando miramos las amarillentas fotos de las predecesoras de sor Maryanna, las cuales, cubiertas con su toca, contribuyeron a configurar la frontera norteamericana. Hoy día estamos familiarizados con los personajes típicos de la expansión americana hacia el oeste: buscadores de oro o de petróleo, constructores del ferrocarril, granjeros e individuos desarraigados que iban de acá para allá en busca de fortuna, para mejorar la suerte de su familia o escapar de la justicia de sus países de origen. En cambio, nos resultan menos familiares otros personajes que seguían la estela de los pioneros; dentro de este último grupo merecen destacarse las numerosas monjas que ofrecieron los primeros servicios organizados y profesionales en el ámbito de la salud y la educación en incontables ciudades fronterizas.

Abundan las historias que muestran la intrepidez de estas monjas. Un buscador de oro borracho escupió en cierta ocasión a la madre Joseph, de las Hermanas de la Providencia, cuando esta le pidió una limosna para la construcción de orfanatos y clínicas a lo largo de la costa noroeste del Pacífico. A lo que la monja respondió: «¡De acuerdo! ¡Esto ha sido para mí; ahora deme algo para estos niños!» Cuando se trataba de recoger dinero, ella y otras monjas pioneras demostraron lo duras que podían llegar a ser. La tradición franciscana, por ejemplo, recuerda con orgullo a un grupo de monjas que

fueron enviadas a abrir un hospital con un presupuesto de dos dólares. Ese hospital sigue en pie, así como otra docena de hospitales de parecidas características fundados por la misma congregación religiosa. Que el lector perdone la insistencia, pero estas duras mujeres conseguían que dos dólares diesen para mucho.

Enfrentadas a desafíos muy diferentes, sus sucesoras demostraron poseer idéntica riqueza de recursos durante el último cuarto del siglo XIX. El desarrollo de la industria sanitaria amenazaba con diezmar el mosaico de pequeños hospitales que habían fundado anteriores generaciones de monjas. Gigantescas cadenas de hospitales con ánimo de lucro trataban de engullir los hospitales independientes. Por el contrario, la mayor parte de las órdenes religiosas católicas dirigían sistemas más pequeños de hospitales, pero que no disfrutaban del poder económico ni de otras ventajas, exclusivas de las grandes cadenas hospitalarias. De ahí que los sistemas hospitalarios fundados y dirigidos por monjas se enfrentasen a la ruina económica, y las economías de escala no eran su único problema. En efecto, el número de religiosas había caído en picado: a mediados de la década de 1960 en los Estados Unidos había aproximadamente 180.000 monjas; hoy son apenas 70.0004.

Sor Maryanna y sus colegas laicos se enfrentaban a un sombrío futuro, dado que su influencia espiritual sobre los sistemas hospitalarios disminuía lenta pero ininterrumpidamente, de manera que, de no cambiar las cosas, desembocarían en la quiebra. Para sobrevivir, pusieron en marcha una iniciativa que otros no se hubieran atrevido a sugerir: unir diversos sistemas hospitalarios independientes patrocinados por varias órdenes religiosas hasta formar una red sanitaria que pudiera prosperar a largo plazo y mantener su identidad espiritual. Cualquiera puede imaginarse la complejidad inherente a esta propuesta, que implica aislar y volver a organizar de otra manera estructuras legales, plataformas tecnológicas y políticas de recursos humanos. Fusionar dos empresas de cierta importancia es exasperadamente difícil; la dificultad aumenta proporcionalmente si esa operación se lleva a cabo con cinco empresas. Por fortuna, en lugar de banqueros de inversión y de ejecutivos de empresas con un puro en la boca, sentados a las mesas del congreso aparecían franciscanos, hermanas de la Caridad, hermanas de Nuestra Señora de la Merced, otras monjas y colegas seglares tratando de llevar a cabo la más complicada fusión de la industria sanitaria que puedas imaginar.

Cualquiera que haya preparado una fusión (o simplemente haya sobrevivido a alguna) sabe que el espíritu de equipo y el objetivo compartido pueden echarse a perder cuando se pretende alcanzar demasiado rápidamente un acuerdo. Todos esperan que el conglomerado resultante de la fusión sea más fuerte desde el punto de vista financiero. Pero a veces el precio que hay que pagar es el sentimiento de alma de una empresa, y del «Me siento orgulloso de trabajar aquí» se pasa a «Se trata simplemente de un empleo».

Incluso unas cuantas monjas corren peligro de perder sus almas –perdón por la expresión– en la carrera por alcanzar con éxito una gran fusión, y de hecho este asunto preocupaba a sor Maryanna cuando ella y sus colegas asistían a otro de los incontables encuentros para revisar algunos detalles de la fusión. Un grupo de trabajo estaba presentando al público el borrador de la declaración de valores de la nueva organización, el tipo de cosas que los equipos de gestión cansados suelen aprobar con un movimiento de cabeza antes de pasar a tratar asuntos «más importantes», es decir, asuntos financieros. La declaración del borrador no suscitó controversia alguna; el respeto encabezaba el conjunto de valores que se proponían. Y, naturalmente, el respeto era el primer valor que mencionaba la lista. ¿Qué otra cosa cabía esperar de un sistema hospitalario dirigido por monjas?

Bueno, al parecer, algo más que respeto. Sor Maryanna interrumpió el acto y pidió a sus colegas que recordasen por qué estaban ellas en el negocio del cuidado de la salud. Las monjas del siglo XIX, muchas de ellas inmigrantes, no habían dejado patria y familia para ir a trabajar a una dura y violenta frontera porque simplemente respetasen a las personas a las que iban a servir. Algo más fuerte las impulsaba: la veneración. Y de esa manera, desde aquella tarde, una de las más amplias redes hospitalarias del mundo ha defendido la «veneración: profundo respeto y admiración ante toda la creación..., nuestras relaciones con otros y nuestro itinerario hacia Dios».

El diccionario de la RAE dice que venerar es «respetar en sumo grado a alguien por su santidad, dignidad o grandes virtudes, o a algo por lo que representa o recuerda»5. Cualquiera que haya tenido a un recién nacido en sus brazos o haya dado la mano a un familiar moribundo conoce por experiencia ese sentimiento de veneración. Es relativamente fácil imaginar cómo consigue la veneración ser un estímulo para médicos y enfermeras, pero cabría preguntarse cómo pueden, por ejemplo, los abogados y el personal de cocina de los hospitales relacionar este valor altamente espiritual con sus ocupaciones preponderantemente mundanas. Personalmente he sabido y de hecho he podido encontrar veneración en la sala de partos, pero ¿qué decir de una oficina? La red hospitalaria habló de veneración, pero ¿cómo podría esa institución (o, en realidad, cada uno de nosotros) practicar la veneración en las actividades de cada día?

Bueno, a practicar aquello de lo que habla nuestra boca podemos aprender recorriendo el suelo del vestíbulo del hospital que Charles Bynum limpia y pule cada día en el Memorial Health Care System de Chattanooga, Tennessee (Estados Unidos). En un capítulo anterior hemos conocido a sor Saturnina, la monja que cada día subía y bajaba unas colinas de Caracas (Venezuela). En este capítulo te presento a Charles Bynum, que, al nivel del suelo, guía meticulosamente su máquina de pulir, formando graciosos arcos, arriba y abajo a lo largo del suelo del vestíbulo.

Un día, mientras realizaba otra tarea de limpieza, oyó por casualidad cómo una visitante del hospital le decía a su esposo que los suelos del vestíbulo «tienen un brillo que uno puede verse perfectamente en ellos. Yo puedo ver la planta de mis pies cuando paseo por ellos, y esto me recuerda a Cristo caminando sobre el agua».

Más tarde la mujer felicitó al jefe de Bynum, jefe que a su vez comunicó la noticia al subordinado. Charles Bynum resumió así el hecho: «Me alegra prestar un servicio que afecta a vidas cuando saco brillo a los suelos».

Muchos de nosotros dudamos a veces que nuestro trabajo llegue a afectar las vidas de otras personas. Sin embargo, «precisamente» sacando brillo al suelo, Charles Bynum consiguió liberar a alguien, al menos temporalmente, de la ansiedad y el estrés que le producía su propia enfermedad, o la de un ser querido. Imagina qué sucedería si todos nosotros trabajásemos de manera que, al vernos, nuestros clientes y colegas tuviesen la sensación de caminar sobre el agua. Imagina qué pasaría si todos nosotros limpiásemos suelos y hojas de cálculo y culitos de los niños y disputas legales de manera que los demás tuviesen una sensación tan especial como la que tuvo esa mujer. Seguramente

veneración sea el término adecuado para expresar ese «respeto en sumo grado –en inglés

se añaden, además del respeto, el amor y el asombro o temor reverencial– a alguien por su santidad, dignidad o grandes virtudes». En el libro del Génesis, Dios dice: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (1,26). Charles Bynum saca brillo a los suelos que limpia porque cree que todos nosotros hemos sido creados a imagen de Dios.

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