3. Protocol interface implementation
3.1. Application to protocol mapping
3.1.3. Defining the POD contents
3.1.3.3. Examples of mapping application data into
Abraza valores
con los que desees identificarte
U
n reciente candidato presidencial se retiró de la carrera hacia la Casa Blanca tras una serie de fracasos en las tempranas elecciones primarias de su estado. Como buitres, los expertos sobrevolaron durante varios días su moribunda campaña y finalmente se lanzaron de pronto en picado sobre su cadáver. Un comentarista señaló que algunos habían considerado a este hombre «el candidato perfecto»; presentaba una hoja de servicios prácticamente sin tacha, en la que alardeaba de sus notables logros a lo largo de una larga, eminente y variada carrera.¿Qué había fallado? Los candidatos presidenciales vencedores suelen mostrarse tan irresistibles que, en palabras del experto, poseen «la habilidad de cambiar la mentalidad de la gente». Pero este candidato «nunca consiguió ese objetivo, porque él mismo nunca dejó de cambiar su propia mente». ¡Vaya! La campaña se había venido abajo porque el candidato en cuestión «había sido demasiadas cosas para demasiada gente durante demasiado tiempo»1. La mayoría de los expertos se hicieron eco de este análisis, si bien es verdad que algunos dieron a conocer su opinión de una forma más caritativa. En resumidas cuentas, los votantes no estaban del todo seguros de que este candidato conociese realmente quién era él y qué posturas defendía. Se presentaba a sí mismo como un cierto tipo de persona, pero los votantes se preguntaban si dos años después de la fecha de la elección continuaría siendo esa misma persona. Dicho de otro modo, se preguntaban si el candidato tenía un núcleo auténtico.
Las críticas tal vez no fueran del todo justas. Una campaña política es un asunto feo en el que los detectives privados encuentran debilidades del tamaño de una topera en el contrincante y exageran la suciedad hasta que una montaña de dudas cubre la mente de los votantes.
En cualquier caso, el punto de vista fundamental de los expertos es indiscutible: conoce quién eres y qué valores estás dispuesto a defender. Si esperas acceder a un puesto tan importante como la presidencia, obtener un privilegio tan valioso como la confianza de un amigo o llegar a poseer una cualidad tan crucial como un alto grado de autoestima, debes estar dispuesto a luchar por ello a largo plazo.
Esta anécdota ilustra también qué es lo que abarca –y qué no– el núcleo de un estilo de vida auténtico en nuestros días. Una de las críticas hechas al candidato fue que, al parecer, había cambiado de ideas. En cambio, los votantes no mostraron preocupación alguna por el hecho de que también hubiese cambiado de carrera y de residencia varias
veces siendo ya adulto. Este detalle demuestra el profundo cambio que ha experimentado el mundo durante los últimos veinte años. A comienzos de la década de 1980, por ejemplo, algunos colegas de J. P. Morgan y yo mismo probablemente habríamos mirado con cierta desconfianza a un candidato de edad adulta que hubiese trabajado ya en dos o tres empresas distintas: ¿qué era lo que fallaba? ¿Se trataba de un empleado poco eficaz del que habían querido desembarazarse sus anteriores empleadores? ¿Se trataba tal vez de una mujer frívola que no era del todo de fiar?
Sin embargo, a mediados de la década de 1990 nuestra mentalidad había dado un giro de 180 grados en este terreno: cambiar de trabajo se había convertido en algo tan normal que a veces dudábamos de los candidatos de mediana edad que solo hubiesen trabajado para una empresa. Pero, bueno, ¿por qué no se ha buscado nuevas oportunidades hasta ahora? ¡Tal vez no sea un candidato capaz de adaptarse a otro trabajo, o no posea la ambición requerida para lo que nosotros le vamos a pedir! ¡Tal vez sea una mujer a la que no le gusta cambiar y le cueste adaptarse a un negocio como el nuestro en rápida expansión!
Hoy día nos hemos acostumbrado a un mundo que cambia. La mayoría de nosotros cambiará de trabajo, e incluso de carrera, más de una vez a lo largo de su vida laboral. Hoy puedes estar soltero, más tarde casarte y más adelante volver a vivir de nuevo por tu cuenta. Durante los primeros años de tu vida adulta tal vez solo te responsabilices de ti mismo, más tarde quizás te encargues de criar a tus hijos y finalmente seas atendido por esos mismos hijos durante tu vejez.
Esta situación suscita algunas preguntas: ¿Quién eres tú y qué pretendes? ¿Hay algo que perdure a través de todos esos cambios? En este libro he tratado de sentar una base que sea capaz de resistir el cambio, e incluso he señalado a grandes rasgos la visión del mundo que te gustaría ayudar a crear, así como tu firme propósito de contribuir a que ese mundo se haga realidad un día. En cualquier caso, ese propósito tendrás que vivirlo desempeñando diversos roles y trabajando en diversos trabajos. La pregunta clave que tal vez tengas que plantearte un día podría ser: ¿Qué trabajo quiero desarrollar? Pero la pregunta clave que habrás de plantearte a lo largo de toda tu vida es otra: ¿Qué clase de persona quiero ser?
La respuesta a esta pregunta la tienes en los valores que defiendas. Son tus valores los que en definitiva te dicen (a ti y a los demás) quién eres tú y qué es lo que te preocupa como persona. En medio de los avatares y sorpresas de tu vida, seguirás siendo la misma persona mientras no cambien tus valores. Ya sea que concurras en la carrera hacia la Casa Blanca o que te mires en el espejo de tu cuarto de baño, tus valores son el núcleo de tu personalidad.
La mayoría de nosotros estamos familiarizados con valores esenciales, o con los valores que declaran reconocer las empresas en que trabajamos, y muchos pensamos que
en realidad tales declaraciones sobre los valores son pura palabrería. Las organizaciones conocen la teoría, pero no predican con el ejemplo. Considere el lector un informe de
Business Week de 2002, según el cual solo un cuatro por ciento de los inversores
profesionales se mostraban «muy confiados» en los datos aportados por «las empresas sobre las cantidades exactas de dinero que habían ganado»2. Todas las organizaciones alardean de integridad, pero, según parece, nosotros no creemos que realmente posean esa virtud.
He indagado entre algunos amigos, y todos ellos compartían el amplio escepticismo del público sobre esta cuestión. Un teniente del ejército me contó de un comandante que había facilitado a las tropas una placa suplementaria de identificación en la que se enumeraban los valores del Ejército. Pero –continuó el amigo– «ese fue el principio y el fin de su liderazgo basado en los valores; la placa en cuestión dio la impresión de ser demasiado rebuscada y careció de credibilidad». Un banquero de inversiones con amplia experiencia resumió así la cuestión: «Si la gente bosteza cuando oye hablar [de misiones y valores] es porque la mayor parte de las empresas no son realistas ni sinceras en lo que a valores y propósito se refiere». O, como dijo también ese mismo banquero: «Por valores nucleares se entiende aquello en lo que creemos profundamente, no aquello en lo que deberíamos creer».
Así es realmente. Necesitamos líderes que no se contenten con repetir lugares comunes, sino que hagan lo que dicen. Con razón apunta el banquero citado hace un momento que, por lo que a los valores se refiere, las verdaderas consignas son
autenticidad y puesta enpráctica, y cada una de estas palabras representa un desafío
peculiar.
La autenticidad es el primer banco de prueba de los valores y del propósito que yo defiendo. Si digo que estoy en la tierra para mejorar –es decir, «reparar»– el mundo, o para ser santo, ¿realmente quiero decir lo que literalmente significan esas palabras? ¿Consiguen estas ideas que yo viva y trabaje de diferente manera, o no pasan de ser un eslogan vacío que, en último término, solo sirve para dar una apariencia de brillantez al informe anual de la empresa? ¿Puedo afirmar que estoy en la tierra por una razón, o simplemente voy a la deriva, procurando asirme a cualquier cosa que parezca responder a una de mis necesidades a corto plazo o a una moda pasajera?
Si la autenticidad del propósito es el primer banco de prueba, poner en práctica ese propósito es el segundo e igualmente abrumador reto que todos tenemos delante. Y es que, cuanto más elevado sea nuestro propósito, más vamos a tener que poner a prueba nuestra imaginación para encontrar formas sencillas de demostrar ese propósito en nuestro estilo de vida. Tal vez me sienta con fuerzas suficientes para comprometerme a construir una civilización del amor, pero ¿puedo vivir ese propósito de extraordinaria resonancia a través de las rutinas de mi vida diaria, como ir cada día al trabajo, responder
a los correos electrónicos en la oficina, mantener limpia la casa, controlar el recurso al talonario de cheques y hacer las tareas domésticas?
Nuestros valores son la respuesta; gracias a ellos, estamos en condiciones de poner en práctica nuestro propósito a lo largo del día y todos los días. Las tres historias que contaré en seguida nos mostrarán los valores en acción en tres circunstancias muy distintas. La espeluznante crisis de un negocio abordada por el ejecutivo de una gran empresa nos permite hablar de integridad, un valor para nosotros mismos. El administrador de un centro hospitalario aboga por la veneración, un valor para los demás. Y el profesor de una escuela secundaria encarna la excelencia, un valor para nuestra obra.