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Appendix F: Program Review Models from Santa Monica College Santa Monica College Instructional Program Review

In document Program Review: Setting a Standard (Page 59-61)

Modernidad. Negación de la eticidad

En páginas anteriores se puntualizó que el momento total de la escisión contempla dos submomentos; el primero es el de la subsunción de la intuición bajo el concepto; este submomento corresponde a la época del Imperio Romano y a parte de la historia del Judeocristianismo. El segundo submomento, como es esperable, es el de la subsunción del concepto bajo la intuición. Es esta última subsunción la que vamos a examinar en este capítulo. Recordemos que estamos tomando a la intuición como lo particular y al concepto como lo universal. De modo que por encontrarnos en el momento de la subsunción del concepto bajo la intuición, presenciamos la dominación de lo particular y la servidumbre de lo universal. Éste es el tercer momento del desarrollo de la eticidad y el segundo submomento del momento de la escisión de la unidad ética.

La época de la Modernidad es el correlato del segundo submomento. El individuo representa lo particular, el Estado y la ley, lo universal, y ahora se da el predominio del individuo y el sometimiento de todo aquello en lo que encarna lo universal. Aún estamos en el reino de la diferencia pero ya hemos dejado atrás la época en la que dominó lo universal y nos adentramos en la del dominio de lo particular. La diferencia entre lo universal y lo particular, que ya quedó establecida desde el momento ético descrito en el apartado anterior, se conserva en este nuevo momento y se expresa en la segunda relación de subordinación. Ambas relaciones de subordinación presuponen la diferenciación de los elementos que entran en juego en ellas.

Puesto que aquí nuevamente se trata de una relación de señorío-servidumbre aún permanecemos en la positividad o unilateralidad. Sólo al conjugar las dos relaciones positivas se alcanzará un verdadero equilibrio de los opuestos, equilibrio que diluirá su oposición y la transformará en convivencia armónica consciente. Hay una unidad que está más allá de la oposición.

Pero ahora concentrémonos en la segunda relación, a saber, la relación de subsunción de lo universal bajo lo particular. Hasta ahora habíamos considerado el individuo como lo particular y la comunidad, el Estado y la ley como lo universal. Pero ahora la asociación se invierte: lo que fue universal —el concepto— se particulariza y lo que fue particular —la intuición— se universaliza. El individuo, que hasta entonces había sido lo particular, ahora es lo universal y el Estado, la comunidad y la ley, que habían sido lo universal, ahora son lo particular. De modo que el individuo, en tanto universalidad, subsumirá al Estado, a la comunidad y a la ley, en tanto particularidad.

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Se trata de la época del dominio de lo particular universalizado, esto es, del individuo. El individuo es el fin último y las instituciones de la sociedad son los medios al servicio de la subjetividad. Entramos al periodo histórico de la Modernidad.

Modernidad

Perspectiva histórica

En las épocas históricas del Imperio Romano y el Judeocristianismo, la subjetividad quedó delimitada aun cuando fuera en su sumisión a lo universal. Con el Cristianismo se hicieron aún más claros los contornos de aquella interioridad o individualidad que más tarde habría de luchar por su libertad y reclamar toda la riqueza que había entregado a un poder superior. “Esta conquista de la verdadera subjetividad, de la interioridad del espíritu, está en el origen de la liberación del hombre respecto de toda la

servidumbre y de toda “alineación””1. El individuo tuvo que combatir todas las

instituciones “positivas” del pasado, todo aquello que lo había sumido en la dependencia. Las verdades objetivas dadas al individuo por la religión debían ahora devenir verdades subjetivas2.

El desarrollo de la subjetividad, como sabemos, se remonta a la Antigüedad, momento en el que el mundo interior atrae la mirada del individuo, y así como el “conócete a ti mismo” socrático fue el reflejo del desarrollo subjetivo incipiente, el “yo pienso” cartesiano es la representación de la continuación de este desarrollo cuya máxima expresión y objetivación es la Revolución Francesa y la Modernidad.

Diversas circunstancias contribuyeron a que se pusiera al hombre en el centro del universo, hecho principal de la Modernidad. Hay una reevaluación tanto de las doctrinas religiosas como de la relación del hombre con la divinidad. Asimismo, la filosofía predica la confianza en la facultad racional del hombre. La moralidad kantiana es un poema en honor a la subjetividad y a su racionalidad. La autonomía del sujeto y el Yo creador capaz de construir un mundo nuevo según las leyes de la razón son los

protagonistas de este momento histórico3. En la Modernidad estalla la necesidad de

reivindicar el valor de la individualidad. Surge a la par una gran urgencia de traer la libertad a una humanidad esclavizada por tanto tiempo. Estas necesidades son las que se hacen sentir en las consignas de la Revolución Francesa: “Libertad, igualdad y fraternidad”. 1 GARAUDY. Pág. 85. 2 EJ. Pág. 135. 3 Cfr. GARAUDY. Pág. 91-92.

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En contraste con los momentos históricos precedentes, en la Modernidad, el individuo cesa de definir su identidad por su pertenencia a una totalidad o por su estar

sometido bajo el poder de lo universal4. El individuo hace tiempo ha dejado de

identificarse con lo universal. Ahora su preocupación esencial es su vida privada y lo público continúa siendo objeto de gran indiferencia. “De modo que lo que fue más importante en la vida de un hombre fue lo que hizo o pensó como individuo, no su participación en la vida pública de una comunidad histórica real”5.

En la sociedad moderna acontece el más grande florecimiento de la subjetividad. La eticidad no podía quedarse en la inmediatez de la unidad antigua; su desarrollo debía continuar a través de las nuevas fases que constituyen el proceso o mediación con el cual alcanzará su cabal realización. La Modernidad, que trae consigo el reflexionar del individuo sobre sus acciones y el tomar conciencia del valor de la individualidad, supone un avance con respecto a los momentos históricos anteriores por cuanto ahora hay una conciencia del actuar como un hecho manifiestamente individual y por cuanto la subjetividad como tal logra consolidar su desarrollo. La moralidad, que surge justamente en la Modernidad, está vinculada con la responsabilidad del individuo con

respecto a sus acciones y sus consecuencias6. Así como la Antigüedad fue el momento

de un intuir lo ético, la Modernidad es el momento de un concebir lo ético; la Modernidad es el momento de la reflexión. Todo el proceso histórico descrito hasta aquí no es más que la transformación de la intuición ética en concepto ético.

Sin embargo, dado que en esta época no hay una compenetración de la intuición de lo ético con el concepto de lo ético sino únicamente esto último, aún no se llega a la verdadera eticidad. La Modernidad, por el contrario, es la época de la moralidad. Y aunque la moralidad está inscrita dentro del devenir de la eticidad, no es eticidad propiamente, antes bien, es la manifestación de una nueva negación o ausencia de eticidad. El individuo se descubre como un ser moral, lo cual significa que se reconoce como dotado con una capacidad para evaluar su conducta. La individualidad “(…) se hace esencia y (…) supedita a sí misma el bien y lo verdadero en sí”.7 No obstante, el individuo todavía no llega a la conciencia de que sus acciones tienen un impacto sobre el sistema social del cual forma parte y de que, en consecuencia, no solamente deben limitarse a su interés personal. No hay en él conciencia de la importancia de pertenecer a un Estado fuerte que sea la autoridad universal. Por eso no hay eticidad.

4

Cfr. BOURGEOIS. Pág. 63. 5

TAYLOR. Pág. 385. La traducción es mía. 6

Cfr. WOOD. Allan. W. Hegel’s ethics. En: The Cambridge Companion to Hegel. Cambridge University Press, New York, 1993. Pág. 217. Traducción, anexo B, pág. 6.

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56 Lo universal: el individuo

Así como antes el Estado, la legalidad y Dios, en tanto representantes del elemento de la universalidad, se desplegaron en toda su fuerza, el individuo, representante del elemento de la particularidad, también lo hará. El individuo se descubre como ser pensante, como ser que posee el don de la reflexión. Cuando el hombre toma conciencia del valor de su capacidad reflexiva puede entonces liberarse de todas las autoridades externas que hasta ahora lo habían determinado en su actuar. El individuo, en tanto ser consciente de sí mismo y de su capacidad racional, es ahora el fundamento. “(…) aislada para sí, la conciencia singular es para sí misma la esencia, y no ya el espíritu universal.”8. Así pues, el principio moderno es la voluntad particular del individuo que ahora es lo absoluto9.

En la Modernidad llega a su cima el desarrollo de la subjetividad, desarrollo que hemos visto extenderse a lo largo de los periodos históricos examinados. Lo particular, el individuo, toma la forma de la universalidad y se convierte en la autoridad suprema y fin absoluto del engranaje social. “(…) el principio de la particularidad, precisamente porque se desarrolla por sí como totalidad, pasa a la universalidad y tiene únicamente en

ésta su verdad y el derecho a su realidad positiva”10. Así mismo, lo que antes fue

universal —la comunidad, el Estado, la ley— se hace particular y aparece como simple medio al servicio del individuo11.

En la sociedad moderna, el mundo de la propiedad y el derecho privado adquiere una solidez definitiva12. Los individuos son ante todo personas privadas en busca de la satisfacción de sus intereses particulares. Se consideran a sí mismos y a sus fines como lo más valioso. De modo que la libertad que ansía el hombre moderno consiste en una independencia tal que pueda conducirse como su razón le dicte en su vida privada. La necesidad primordial para los modernos es la protección y seguridad de sus goces

privados, como lo hace notar Constant13. Constant llama a la libertad propia de los

modernos “libertad subjetiva” y la contrapone a la libertad de los Estados antiguos, en los cuales primaba lo público, esto es, la libertad pública. “En la clase de libertad que nos corresponde a nosotros [los modernos], ésta nos resultará más preciosa cuanto más tiempo libre para los asuntos privados nos deje el ejercicio de nuestros derechos

políticos”14. Como se ve, en la Modernidad lo público pasa a un segundo plano y

8

Ibid., pág. 211. 9

Cfr. Hist. Fil. Tomo II. Pág. 316. 10 Fil. Der. § 186. 11 Cfr. Ibid., § 187. 12 Cfr. BOURGEOIS. Pág. 77. 13 Cfr. CONSTANT. Pág. 269. 14

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prevalece lo privado. Por el hecho de que la libertad subjetiva se convierte en el principio de la sociedad moderna, los individuos no se preocupan por instaurar y mantener la unidad de su grupo social sino que se entregan a la lánguida felicidad de su vida privada. Lo que hay es un conjunto, una multitud de voluntades privadas que no pueden constituirse en voluntad común15. Entre los individuos reina la oposición y la diferencia, de las cuales no se pueden purificar; no pueden conseguir la indiferencia absoluta16.

El prototipo de individuo moderno es el bourgeois, individuo que trabaja por sus fines particulares y por la protección de su propiedad. “Bourgeois” es el vocablo que se usa en francés para referirse a un tipo especial de ciudadano. En esta época, el individuo no es ciudadano en el mismo sentido en que lo fue en la Antigüedad; es bourgeois y no citoyen; es un individuo que no se siente parte de una totalidad social y en consecuencia su orientación primaria se dirige hacia su bien privado17:

(…) en los Estados modernos, el individuo sólo es libre para sí, como tal, y sólo disfruta de libertad burguesa, en el sentido de la libertad de un bourgeois, no de un citoyen, para decirlo en francés, ya que nuestra lengua [el alemán] no dispone de dos palabras distintas con que expresarlo. La libertad burguesa, en este sentido, consiste precisamente en la carencia de lo general, en el principio del aislamiento; pero esta libertad constituye un momento necesario que los antiguos Estados no conocían (…)18.

Y justamente porque el hombre en tanto ser privado es el centro del mundo moderno, el Estado y la legislación se dedican a la protección de la propiedad privada. “En los Estados de la época moderna la seguridad de la propiedad es el pivote alrededor del cual se mueve toda la legislación, al cual se refiere la mayor parte de los derechos de los ciudadanos”19.

El reino de la moralidad

Al erigirse el individuo como el tribunal supremo que de aquí en adelante definirá el valor de toda acción, se instaura el reino de la moralidad. Ahora, el fundamento de lo bueno y de la virtud está en la razón del hombre. Ya no es algo externo lo que impulsa y obliga al sujeto a actuar de cierta manera sino que el cumplimiento del deber es demandado por leyes que el individuo se da a sí mismo y que, por ende, siente como auténticas.

Ahora hay una diferencia clara entre las leyes civiles y las leyes morales, diferencia que consiste en que

15 Cfr. EDN. Pág. 51. 16 Cfr. Ibid., pág. 67. 17

Cfr. WOOD. Pág. 215-216. Cfr. traducción, Anexo B, pág. 4. 18

Hist. Fil. Tomo II. Pág. 317. El material entre corchetes es mío. 19

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(…) las leyes civiles expresan el límite de la oposición de varios seres vivientes; gracias a las cuales éstos pueden subsistir; las leyes puramente morales, en cambio, determinan el límite de las oposiciones en el interior de un ser viviente. Así, las primeras limitan la oposición de unos seres vivientes contra otros, mientras que las últimas limitan una parte, una fuerza de un ser viviente frente a otras partes, otras fuerzas del mismo ser viviente en el que una fuerza domina frente a otra fuerza del mismo20.

De modo que toda acción surge de una ley pero esta ley brota desde la interioridad del individuo, es su propia ley. “La justicia se vincula con mi respeto ante los derechos del otro, pero es virtud solamente cuando la ejerzo como un deber, y no porque el Estado la exige, sino cuando la convierto, en cuanto deber, en máxima de mis actos, y ello no por exigencia del Estado, sino por exigencia de la ley moral”21. En la moralidad se combina el elemento de la ley con el elemento de la elección individual.

El fundamento de la moralidad es la libertad. Precisamente porque el individuo ahora convierte lo que juzga correcto en máxima de sus acciones, es autónomo. Se reivindica “el absoluto derecho de la autoconciencia subjetiva, de saber en sí y por sí misma lo que es Derecho y Deber, y de no reconocer nada más que lo que ella conoce de este modo, como Bien; y al mismo tiempo, de afirmar que lo que ella sabe y quiere, es en verdad Derecho y Deber”22.

Cuando el individuo respeta la ley y cumple los deberes que ésta le exige, en vez de permanecer en la particularidad, se eleva a la universalidad, hace de sí mismo algo universal23. Como se ve, este estadio del desarrollo de la eticidad, la moralidad, no es sino el discurso kantiano y fichteano sobre la conducta del sujeto. Hegel identificará este momento de la eticidad con la nueva clase social de la burguesía cuyos miembros son aquellos individuos que se preocupan por la búsqueda del bien privado.

Lo particular: el Estado y la ley

Ahora el individuo es lo subsumiente, el Estado y la ley, lo subsumido. El individuo es el fin absoluto, lo universal, y el papel del Estado se reduce a simple medio. Ya hace tiempo que no existe aquella unidad compacta que fue la esencia del individuo griego. Los Estados de la época moderna han perdido todo su vigor y, en cambio, los intereses privados cobran gran fuerza. Como ya se dijo, toda la legislación, que en su momento tuvo junto con el Estado el estatus de la universalidad, se torna particular y se limita a la protección de la propiedad. De modo que el Estado y la ley tienen una mera función instrumental y ello hace que su valor dependa exclusivamente de su efectividad como medios al servicio de los fines particulares de la individualidad. El Estado y la ley son 20 Ibid., pág. 307. 21 Ibid., pág. 97. 22 Fil. Der. § 137. 23 Cfr. EJ. Pág. 314.

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algo exterior; aquí tampoco hay aquella compenetración del individuo con el Estado y la ley que se evidenció en la antigüedad griega. La falta de unidad en los Estados modernos será la causa de la inestabilidad que diversos países europeos vivieron en los años posteriores a la Revolución Francesa y que venía gestándose tiempo atrás. “Todos los derechos existentes tienen así su fundamento solo en esta conexión con el todo, el cual, dado que ya no existe hace largo tiempo, ha sido dejado por completo a lo particular”24. Los Estados no poseen la fortaleza para resistir las guerras y las discordias que trajeron consigo las ansias napoleónicas de conquista.

El Estado termina por confundirse con la sociedad civil. La sociedad civil es el entramado de relaciones jurídicas y económicas que mantienen los individuos entre sí. Y al confundirse el “(…) Estado con la Sociedad Civil, [al poner] su determinación (…) en la seguridad y la protección de la propiedad y libertad personal, se hace del interés de los individuos como tales, el fin último en el cual se unifican”25. Pero la relación del Estado y el individuo debe ser muy distinta. La existencia del individuo adquiere sentido sólo en el Estado y, por ello, a éste no se lo puede concebir meramente como medio. “El Estado es la auténtica realización de la eticidad. (…) Todo lo que el hombre es se lo debe al Estado. Todo valor que tenga el hombre, toda realidad espiritual, la tiene

merced al Estado”26. Los individuos deben relacionarse con el Estado no como

individuos cuyos intereses se sirven de esta maquinaria establecida colectivamente sino más esencialmente como participantes de la vida universal27. Se hace necesario que las naciones busquen la superación del individualismo, el particularismo de la vida, el egoísmo y fomenten el espíritu de unidad28.

Virtud moderna. Burguesía

El estamento burgués es el segundo componente del Estado ideal hegeliano y representa el momento histórico de la Modernidad. En contraste con el primer estamento —el estamento de la universalidad e identidad—, el segundo estamento es el de la particularidad y diferencia. Este estamento encarna el momento lógico de la diferenciación; este momento es parte de la esencia de la eticidad y complemento del momento lógico de la identidad. La Antigüedad, como se vio, fue la materialización de

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HEGEL, G.W.F. La constitución de Alemania. Traducción de Dalmacio Negro Pavón. Aguilar. Madrid, 1972. Pág. 4.

25

Fil. Der. § 258. El material entre corchetes es mío. 26

COLOMER. Pág. 367. 27

Cfr. TAYLOR. Pág. 374. 28

Cfr. Hegel y el idealismo. Wilhelm DILTHEY. Traducción de Eugenio Ímaz. FCE. México, 1956. Pág. 117. Citado por el traductor de La constitución de Alemania. Cita 17 de los textos preliminares 1. Pág. 165.

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la identidad ética; la Modernidad, a su turno, será la encarnación de la diferencia ética, diferencia que se expresa en el modo en que los individuos miembros del segundo estamento concebirán sus relaciones con los otros individuos y con la totalidad ética, esto es, el pueblo.

El trabajo del guerrero era un trabajo universal o público; el trabajo del burgués, en cambio, se concentra en lo particular o privado.

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