3.3 Integration in Java
4.1.3 Application Lifecycle Management Based Integration Approaches
Comenzando en febrero, algo aparentemente inexplicable empezó a agitar las profundidades de Milán. Un fermento, algún tipo de despertar. La ciudad parecía haber regresado a la vida. Pero era a una vida extraña, una mucho más vigorosa, violenta, y sobre todo marginal. Una nueva ciudad pareció establecerse en la metrópoli. Por todo Milán, donde sea, se dio la misma historia: bandas de adolescentes lanzaban un ataque en la ciudad. Primero ocuparon casas desocupadas, tiendas vacías, a las que bautizaron con “círculos de las juventudes proletarias”. Luego, a partir de ahí, se esparcieron poco a poco y “tomaron todo el vecindario”. Sucedió desde los perfomances teatrales hasta a los pequeños “mercados pirata”, sin mencionar las expropiaciones. Hasta que la altura de la ola subió a más de treinta círculos. Cada uno con su propia cede, desde luego, y muchos publicando pequeños periódicos.
La juventud de Milán se apasionó por la política y los grupos de extrema izquierda, como los otros, tomaron ventaja del renovado interés. Aunque más que de política, se trataba de cultura, de una manera de vivir, de un amplio rechazo del statuo quo y la búsqueda de otro manera de vivir. La juventud de Milán casi en su totalidad fue conciente de todo lo que envolvían las revueltas estudiantiles. No como sus mayores, ellos amaban a Marx y el rock and roll, y se consideraban a sí mismos como unos freaks(…)Fortificados por su número y su desesperación , los grupos más o menos politizados deseaban vivir acorde a sus necesidades. Los cines se volvieron muy caros, y ciertos sábados ellos usaban palanquetas para imponer un descuento en los boletos. Ellos no tenían dinero, así que lanzaron un movimiento de trágicas y simples “expropiaciones”, sólo un poco de saqueo. Una docena de ellos eran suficientes para empezar el juego, se metían en pandillas a las tiendas, ayudándose a si mismos, y se iban sin pagar. Los saqueadores fueron llamados “la banda salami”, porque al principio ellos atacaban “delis” principalmente. Pronto las tiendas de pantalones y de discos se volvieron un hit. Para 1977, la expropiación se había convertido en una moda, y sólo unos cuantos colegiales no habían intentado alguna al menos una vez. Todas las clases se lanzaron unidas: los saqueadores eran tanto hijos de obrero como de clases medias en acenso, y todos unidos en unidos en una gran celebración que pronto se tornaría en tragedia”.
Fabricio “Collab”Calvi, Camarada, P.38.
Con excepción de una pequeña minoría de ingenuos, ya nadie cree en el trabajo. Ya nadie cree en el trabajo, pero por ésta misma razón la fe en su necesidad se ha vuelto más insistente. Y para aquellos aplazados por la degradación total del trabajo a puros medios de domesticación, esta fe mas frecuentemente se convierte en fanatismo. Es verdad que uno no puede ser un profesor, un trabajador social, un agente de boletos, o guardia de seguridad, sin cierta cantidad de efectos subjetivos. Que ELLOS llamen trabajo a lo que aún recientemente se le llamaba ocio – a “testadores de
videojuegos” se les paga por jugar todo el día; “artistas” que le hacen de Bufón en público; un creciente número de incompetentes que ELLOS llaman psicoanalistas, adivinos., “entrenadores”, o simples psicólogos que son generosamente pagados por escuchar a los quejidos de los otros --- no parece suficiente para corroer esta fe pura. Incluso parece que una mayor cantidad de trabajo pierde su sustancia ética, la más tiránica, “the idol of work becomes”. Del valor y la necesidad del trabajo cada vez menos evidentes, la mayoría de sus esclavos siente la necesidad de asegurar su naturaleza eterna. ¿Habría alguna razón para añadir que “ la única integración real en la vida de un hombre o una mujer se experimenta a través de la escuela, a través del mundo del conocimiento, y, al final de una completa y satisfactoria carrera escolar, a través de su entrada a la fuerza laboral”? (Tratando con el comportamiento incivil en la escuelas), si la realidad obvia no hubiera sido ya cuarteada.’ En cualquier caso, la Ley abandona el juego cuando deja de definir el trabajo en términos de una actividad y empieza definirlo como una disponibilidad: por trabajo, ELLos sólo entienden una sumisión voluntaria al constreñimiento social, puro, exterior, de mantenimiento de la dominación del mercado.
Enmascarados con estos hechos inevitables, incluso los economistas marxistas se pierden a sí mismos en paralogismos profesionales, concluyendo que la razón capitalista es concienzudamente irrazonable. Esto es por que la lógica de la presente situación no es un asunto económico sino de corte ético político. El trabajo
es el eje central de la fábrica de ciudadanos. Como tal, es de hecho necesario, tan
necesario como los reactores nucleares, la planificación de la ciudad, la policía o la televisión. Uno tiene que trabajar porque uno tienen que sentir si propia existencia, al menos en parte, como extraño de sí mismo. Y es la misma necesidad que a ELLOS obliga a tomar la “autonomía” como “hacer la vida por uno mismo”, eso es,
venderse uno mismo, y en función de realizar la introyección del requisito
cuantitativo de las normas imperiales. En realidad la única racionalidad que conduce la producción los días presentes es la producción de los productores, la producción de cueros que no pueden dejar de trabajar. El crecimiento de la industria de las mercancías culturales, de la industria total de la imaginación, y pronto la de las sensaciones, cumplen la misma función imperial de neutralización de los cuerpos, de depresión de las formas-de-vida, de bloomificación. En la medida en que el espectáculo no hace más que mantener el auto-extrañamiento, es que representa un momento del trabajo social. Pero el cuadro no estaría completo si olvidamos mencionar que el trabajo tiene cada vez mas una función directamente militar, que es la de subvencionar una serie de formas –de-vida –administradores, guardias de seguridad, policías, profesores, hipsters, Jovencitas, etc.- que son todas, por decir lo menos, anti-exáticas si no es que anti-insurreccionales.
Del entero pútrido legado del movimiento obrero nada apesta más que la cultura, y ahora el culto, del trabajo. Es esta cultura y sólo ella, con su intolerable ceguera ética y su odio sí misma, que uno escucha quejarse con cada nuevo despido, con cada nueva prueba de que el trabajo se ha terminado. Lo que uno debe hacer de hecho es unirse a una banda de alientos, que podría llamar por ejemplo “Conjunto para la muerte del esfuerzo” (C. F. D. T.; siglas en Inglés), y cuyo propósito sería la de presentarse y tocar en cada nuevo momento de despidos masivos, marchando a través de perfectamente ruinosas, disonantes, armonías balcanizadas, y trompeteando el fin del trabajo y la prodigiosa expansión del caos que se abrió tras de nosotros. Aquí como en todos lados, no aparecer bajo los términos del
movimiento obrero acarrea un alto precio, y el poder distractor que una fábrica de gas como ATTAC representa en Francia no tiene otro origen. Considerando esto, una vez que uno haya comprendido la posición central del trabajo en la manufactura del ciudadano, no resulta sorprendente que el heredero natural el movimiento obrero, el movimiento social, ha sufrido de repente una metamorfosis al movimiento ciudadano.
Haríamos mal en descuidar lo puramente escandaloso del punto de vista del movimiento obrero, creado a través de prácticas por las que éste último ha sido obviamente superad por el partido Imaginario. Primero, porque el sitio privilegiado de éstas prácticas no es más el lugar de la producción sino más bien el territorio entero; segundo, porque ellos esos no son los medios para un final mas allá – estatus, mayor capacidad adquisitiva, menos trabajo, o más libertades- sino para el sabotaje y la reapropiación. Otra vez no hay contexto histórico aquí que nos ofrezca más idea sobre estas prácticas, su naturaleza, y sus límites, que la Italia de los 60´s y los 70´s. la historia entera del “mayo rampante” es en los hechos la historia de los movimientos siendo rebasados, la historia de a extinción de la “centralidad obrera”. La incompatibilidad entre el partido Imaginario y el partido de los trabajadores rebela en sí misma lo que es: una incompatibilidad ética. Una incompatibilidad manifiesta, por ejemplo, en el rechazo al trabajo con el que algunos trabajadores sureños tenazmente respondieron a la disciplina de la fábrica, dañando así el compromiso Fordista. Un grupo como potere Operaio tiene el crédito de traer celosamente la “guerra en el trabajo” en las fábricas. “El rechazo al trabajo y su alienación no es ocasional”, observaba el Gruppo Gramnsci empezados los 70´s, “sino enraizado en una condición de clase objetiva que el crecimiento del capitalismo reproduce incesantemente a niveles cada día más elevados: la nueva fuerza de la clase obrera se deriva de su concentración y su homogeneidad, se deriva del hecho de que la relación capitalista se extiende mas allá de la fábrica tradicional (y en particular en lo que se le llama “sector de servicios”). De esta manera es que produce resistencia, metas, y comportamientos también, todos basados tendencialmente en la extranjería del trabajo capitalista, y despoja a los trabajadores y a los empleados de su profesionalismo residual, destruyendo así afecto por él y cualquier tipo de identificación potencial con el trabajo que les impone el capital”. Pero sólo fue al final del ciclo de luchas obreras en 1973 que el partido Imaginario en realidad aventajara a su movimiento. De hecho, hasta aquél momento aquellos que quieran continuar la lucha tenían que reconocer que la centralidad obrera había terminad y que tenían que llevar la guerra fuera de las fábricas. Para algunos de ellos, como las BR, que se atascaron en la alternativa leninista entre la lucha económica y la lucha política, dejar la fábrica significó lanzarse uno mismo al reino de la política, en un ataque frontal al estado de poder. Para otros, en particular para “los autónomos”, significó la politización de todo aquello que el movimiento obrero había olvidado: la esfera de la reproducción. Al mismo tiempo, Lotta Continua nació con el slogan, “¡Retirarse de la ciudad!” Negri teorizó sobre el “trabajador social” – una categoría suficientemente elástica como para incluir a las feministas, los desempleados, los precarios, artistas, marginales, juventud rebelde- y la “fábrica difusa”, un concepto que justifica el abandonar las fábricas por todo, en un último análisis, desde el consumo de mercancías culturales hasta el trabajo domestico, desde entonces han contribuido a la reproducción de la sociedad capitalista y, por tanto, la fábrica estaba en cualquier lugar. En mas o menos corto plazo, este cambio permitió la ruptura con el socialismo y con aquellos que, como las BR y ciertos grupos de trabajadores autónomos, querían creer que en
la clase obrera en cualquier caso permanece el núcleo central y dirigente de la revolución comunista” (BR-Resolución de Liderazgo estratégico, Abril, 19759). Las prácticas que introdujeron este rompimiento ético dispusieron las probabilidades de aquellos que creyeron pertenecer al mismo movimiento revolucionario: la auto reducción- en 1974, 200,00 jefes del hogar se rehusaron a pagar sus cuentas de electricidad –proletarios, expropiaciones, ocupaciones, radios pirata, protestas armadas, luchas en vecindarios, guerra de guerrilla difusa, celebraciones contraculturales, en breve: Autonomía. A la mitad de tantas declaraciones parad+ojivas –debe ser recalcado que Negri es el mismo esquizofrénico que al final de veinte años de militancia se enfocó en el “rechazo al trabajo”, terminando por concluir: “Por tanto, cuando hablamos del rechazo al trabajo, se debería entender un rechazo al trabajo en las fábricas”- incluso esta personalidad disociada, por su periodo de radicalidad, sucedió que se produjo algunas líneas memorables como las siguientes, tomadas de Dominación y Sabotaje: “la conexión de la auto valorización del sabotaje , como su opuesto, nos prohíbe hacer cualquier cosa con el “socialismo”, con su tradición, ya sea reformista o eurocomunista. Incluso podría ser el caso de que fuéramos de distinta raza. Ya no nos movemos más por ninguna pertenencia al proyecto del reformismo, de su tradición, de ilusión vil. Nos encontramos en una materialidad que tienen sus propias leyes, ya descubiertas o aún por encontrarse a través de la lucha- en cualquier caso, leyes distintas. El 2nuevo modo de exposición” de Marx ha llegado a ser el nuevo modo de ser de la
clase. Nosotros estamos aquí, implacablemente, en la mayoría. Poseemos un
método para destruir el trabajo. Hemos buscado una medida positiva para no tener
que trabajar. Una medida para liberarse de este servilismo mierdero que los
patrones aprecian tanto y que los oficiales del movimiento socialista nos impusieron siempre como una insignia de honor. No, realmente, ya no podemos seguir diciendo “socialistas”, no podemos aceptar más su ignominia. Contra lo que surgió e tan violentamente el movimiento del 77, que fue la escandalosa asunción de formas-de-vida, fue contra el partido obrero, el partido que denigra cualquier forma-de-vda. Miles de prisioneros nos permitieron calibrar las hostilices socialistas hacia el partido imaginario.
Todo el error de la autonomía organizada, esos “canallas repulsivos que no están seguros si rascar la espalda de los social demócratas o las de movimiento” (La
rivoluzione 2, 1977), fue el de creer que el Partido Imaginario podría ser reconocido,
que una mediación institucional podría ser posible, y este es el mismo error de sus dirigentes herederos, los de Tute Bianche, quienes en Génova creyeron que era suficiente comportarse como oficiales, para denunciar a los “elementos violentos”, con la policía para dejarlos solos. Por el contrario, hemos empezado por el simple hecho de que nuestra lucha es criminal en principio y nos comportamos de acuerdo con eso. Sólo un poder de lucha nos garantiza algo y sobre todo cierta impunidad. La afirmación inmediata de una necesidad o de un deseo – contraviene éticamente a la pacificación imperial, y no tiene más la justificación de la militancia. La militancia y su crítica son ambas a su manera compatibles con el Imperio; una como forma-de-vida que impone su manera de decir “Yo”, esta atada al fallo si su impacto no trabaja en avanzar. “restableciendo la escena paranoica de la política, con su parafernalia de agresividad, voluntarismo y represión, siempre se corre el riesgo de repeler y abochornarse de la realidad, la cual existe, la revuelta que emerge de la transformación de cada día de la vida y de la ruptura con los mecanismos de constreñimiento” (la rivoluzione 2).
Fue Berlinguer, entonces partido del PCI, quien poco después del Congreso de Bolonia en septiembre de 1977 lanzó estas históricas palabras: “No son algunas víctimas de la plaga (untorelli) quienes destruirán Bolonia. El resume la opinión del Imperio para nosotros: nosotros somos untorelli, agentes contagiosos, sólo buenos para ser exterminados. Y en ésta guerra de aniquilación debemos temer sobre todo de la izquierda, porque la izquierda es la administradora oficial de la fe en el trabajo, del fanatismo particular de negar toda diferencia ética en nombre de una ética de la producción. “Queremos una sociedad de trabajadores y no una sociedad de asistidos por el Estado”, Jospin, replicaba ese pedazo de infelicidad calvinista- Trotskista al “Movimiento de los desempleado”. El credo ejemplifica la consternación del ser, del trabajador, cuyo sentido de algo más allá de la producción se degrada, es ocioso, se consume, o se auto destruye, un ser que ha perdido todo contacto con sus propias inclinaciones y que se viene abajo si no es movido por una necesidad externa, por alguna finalidad. Debemos remarcar, para la ocasión, aquella actividad comercial, cuando apareció en las antiguas ciudades, no podía ser llamada por sí misma desde que era no sólo privada de toa sustancia ética sino porque su privación se enraizaba hasta un nivel de actividad autónoma. Entonces sólo pudo ser definida negativamente, como una carencia de scholé para los Griegos, a-scholia, y una carencia de otium para los Latinos, neg-otium. Y continúa –con sus celebraciones, con sus protestas fine a se stesso, con su humor armad, su ciencia de las drogas, y su temporalidad disolvente- este viejo arte de no trabajar que en el Movimiento del 77 fue lo que más hizo temblar al Imperio.
Al final ¿Qué más hace emerger el plano de consistencia en el que sobrevuelan estas líneas? ¿Acaso hay otra precondición para el desarrollo del juego entre formas-de-vida, alguna otra condición previa al comunismo?