El interés por Norteamérica no fue exclusivo de los colonizadores ingleses, como demuestra el hecho de que las primeras exploraciones corrieran a cargo principalmente de españoles; las primeras manifestaciones literarias en lengua inglesa se deben, por tanto, a viajeros y exploradores interesados en la descripción de las riquezas naturales, las posibilidades de sus puertos, sus habitantes, vías de comunicación, etc. El germen de lo que habrían de ser los futuros Estados Unidos de América nació de las necesidades religiosas de un grupo de puritanos ingleses a los que ahogaba la agobiante sujeción a la Iglesia establecida: buscando una independencia política y religiosa que no podía ofrecerles su Inglaterra natal, en 1620 este grupo de «padres peregrinos» partió en el «Mayflower» hacia las costas norteamericanas y se estableció en Plymouth. La llegada de otros puritanos, en cuya organización participó activamente el polemista John Winthrop, no se hizo esperar: los núcleos urbanos se extendieron —Nueva York, primeramente llamada Nueva Ámsterdam; Salem y Boston— y surgió así un modo distinto de vida dominado tanto por ciertos ideales independentistas y pre-democráticos como por una visión teocéntrica del mundo de clara filiación calvinista (de donde provendría la moral fuertemente capitalista y la aspiración al éxito propias de la ideología estadounidense).
La literatura de este primer momento de la historia norteamericana no se diferencia en mucho, por tanto, de la que por estos años se estaba produciendo en Inglaterra; de hecho, y como colonias que eran, estos primeros núcleos de población dependían fuertemente de la metrópoli, donde se publicaban la mayoría de los libros que salían de manos americanas: traducciones de libros bíblicos, literatura moral y religiosa e historia de las colonias en clave cristiana fueron las obras más frecuentes entre estos primeros autores, tanto ingleses como ya americanos, más teórica y religiosamente sensibilizados que artistas de pleno derecho.
a) Polémica e historia americana
peso específico en las colonias americanas dado el determinante carácter de los emigrados ingleses y holandeses allí afincados; no es de extrañar que esta literatura religiosa, cuya fuente fundamental será la Biblia, aparezca como indisolublemente unida a la vida de los colonos, pues éstos no hacían sino reproducir la polémica religioso-política en la que se habían encontrado inmersos en Inglaterra, a la vez que intentaban obtener para sí o para la colectividad el poder y el control de las colonias. Quizás una de las polémicas más interesantes, por arrojar luz sobre las tendencias de gobierno que se enfrentaban en Nueva Inglaterra y por sus valores literarios, sea la entablada entre John Winthrop y el disidente Roger Williams. Ya desde su embarque en la nave que habría de llevarlo a la futura colonia de Massachusetts, Winthrop (1588-1649) se lanzó a la formación de un cuerpo doctrinal teocrático y autoritario que, paradójicamente, repetía el esquema jerárquico del que venían huyendo los colonos puritanos y respetaba la unión con la Iglesia de Inglaterra; literariamente, se le debe un Diario (Journal) en el que traza una historia de Nueva Inglaterra, donde él mismo insinúa ocupar un lugar central como base de gobierno. Roger Williams (¿1603?-1683) desembarcó en Massachusetts poco después que Winthrop, y sus ideales democráticos debieron de chocar casi inmediatamente con la autoritaria jerarquización socio-religiosa impuesta por éste; en su obra podemos contemplar su evolución desde posturas calvinistas hasta una tolerancia de tono casi agnóstico, lo que le valió la expulsión de la colonia y su traslado hacia el sur, donde fundó Rhode Island para instaurar una forma de gobierno ecléctica que defendiera la libertad de culto. Su obra polémica posiblemente sea una de las mejores expresiones del género en la Norteamérica colonial, gustando de la exposición analítica y de cierto retoricismo —influenciado por la predicación— pleno de repeticiones y continuas llamadas de atención.
Sin abandonar esa tendencia general a la sacralización teocéntrica, otros autores dejaron de lado la simple e inmediata reseña de la realidad colonial para alcanzar mayores vuelos en la descripción de una naturaleza desbordante y sacralizada en clave puritana, vía de producción literaria por la que se llegará al característico Trascendentalismo norteamericano de principios del siglo XIX (véase el Epígrafe 3 del Capítulo 12). Entre estos escritores de la nueva y trascendental naturaleza americana podemos señalar a Thomas Morton (1575-1646) y William Bradford (1590-1657), cuya obra pondrá las bases de la épica de los colonos norteamericanos. Menos polemista, pero igualmente a caballo entre religión, política e historia, la obra de Cotton Mather (1663-1728) fue la mejor expresión de una influyente dinastía dedicada tanto al cultivo de las letras como a la política, en ambos casos con matices religiosos; autor de innumerables obras, podemos entresacar sus Magnalia Christi
Americana («Maravillas americanas de Cristo», 1702), historia de la Iglesia de Nueva
Inglaterra donde encontraremos datos curiosos sobre la vida de los colonos en un estilo cuya sinceridad y naturalidad, a pesar de su forma retórica, aparta a esta obra del resto de su producción.
b) Otros tipos de prosa
Un lugar aparte deben ocupar en nuestra Historia los diversos tipos de narración más o menos autobiográfica: relatos de viajes, diarios, cartas, etc., que proliferaban en Inglaterra ya desde el siglo XVII y que encontraron en la vida americana un pretexto para el descubrimiento de nuevas actitudes vitales en un mundo nuevo. Entre los cultivadores de este tipo de literatura debemos destacar el nombre de Sarah Kemble Knight (1666-1727), maestra en Boston del mayor teórico de la Independencia norteamericana, Benjamin Franklin; su Diario (Journal) es una excelente muestra de lo que podía dar de sí la prosa norteamericana del período cuando se alejaba de las polémicas religiosas y políticas y hacía del relato un simple pretexto para la desvelación de la propia sensibilidad. En él aparece ya cierto humorismo muy personal y característico de la mejor prosa norteamericana: sacrificando el retoricismo a una linealidad de naturaleza objetiva, Knight sabe dosificar los elementos descriptivos y proporcionar viveza y agilidad a la narración de su aventurado viaje desde Boston a Nueva York.