4.4 Discussion
6.1.1 Model Definition
La cuestión de la existencia de un Romanticismo norteamericano ha sido muy discutida, pues el desarrollo de la literatura estadounidense en el tránsito del siglo XVIII al XIX ofrece y reviste unas características específicas que la apartan de la idea establecida sobre el movimiento romántico. Y, sin embargo, los Estados Unidos se adelantan con su Declaración de Independencia, el 4 de julio de 1776, al nacionalismo propio de la época romántica, del mismo modo que, al proponer la fórmula democrática como inherente al sistema, se anticipan a los principios de libertad e igualdad que consagrará poco más tarde la Revolución Francesa.
Este hecho colocaría a Estados Unidos en igualdad de condiciones con respecto a las naciones más progresistas del Viejo Continente y pondría las bases para el cultivo de una literatura propia desvinculada de los condicionantes europeos; sin embargo, el primer momento que conoce la literatura norteamericana tras su independencia está presidido bien por la desorientación, bien por cierto servilismo respecto de las formas culturales europeas: estaremos, en este caso, ante las producciones más claramente «románticas» del siglo XIX en Norteamérica, calcos unas veces de las correspondientes europeas, pero superadoras en ocasiones de sus modelos, cuando no claramente desvinculadas ya de ellos y conformadoras de los gustos literarios más típicamente norteamericanos. En resumen, la literatura estadounidense de principios del siglo XIX logrará adoptar, en ocasiones, en sus más altas producciones, una nueva forma de expresión, a veces rupturista y netamente original, que enriquecerá la historia literaria con nuevas perspectivas.
a) Washington Irving
A pesar de ser considerado, cronológicamente, como el primero de los literatos genuinamente norteamericanos, la fama de Washington Irving (1783-1859) sigue siendo en la actualidad mayor entre los europeos que entre sus propios compatriotas. La razón se encuentra en la orientación que imprimió a su obra, dedicada en su mayor parte a cubrir registros y fórmulas literarias netamente europeos: obligado en cierto momento de su vida a subsistir del ejercicio de la literatura, optó por el cultivo de una
obra miscelánea, de carácter y tonos diversos, de escasa profundidad pero muy regular en su conjunto. Poseía Irving una cultura amplia, un inmejorable conocimiento del idioma —especialmente en su vertiente coloquial— y, sobre todo, una envidiable capacidad de asimilación de estilos ya consagrados; todo ello le valió un éxito rápido en Europa, donde no sólo escribió buena parte de su obra, sino de donde extrajo, además, las variadas experiencias que llevaría a sus libros.
De entre sus numerosas obras sobresalen, sin duda, sus relatos cortos de El libro
de esbozos (The Sketch Book, 1820); son éstos los más vivaces de sus cuentos —
podríamos destacar «Rip Van Winkle» y «La leyenda de Sleepy Hollow»—, género en el que Irving sentó el precedente de la escuela norteamericana; a este ánimo creador responden igualmente sus libros Bracebridge Hall (1822) y Cuentos de un
viajero (Tales of a traveller, 1824). En todos ellos Washington Irving se nos ofrece
como un minucioso narrador de situaciones realistas gracias a sus innegables dotes de observación y a su sutil sentido del humor, muy del gusto norteamericano. Es ésta la época en que influye más poderosamente sobre sus compatriotas: prueba de ello es la fundación del llamado «Knickerbocker Group», bautizado con uno de los primeros seudónimos de Irving; del grupo salieron interesantes cuentistas y novelistas del período, entre los que destacaríamos a James Kirge Paulding (1778-1860), sobresaliente por sus obras paródicas de las modas literarias europeas.
El siguiente período creativo de Irving deja mucho que desear con respecto al anterior, y coincide con su dilatada estancia en Europa como diplomático en Inglaterra y España. Con respecto a nuestro país, diremos que Irving fue uno de los más populares difusores de la estampa romántica española, especialmente con la publicación de sus Cuentos de la Alhambra (The Alhambra, 1832); el conocimiento directo de Granada y de su palacio árabe —donde residió durante algún tiempo— no evita que en los diversos relatos abunden los tópicos del Romanticismo, resultando de ello una obra muy inferior literariamente a sus anteriores recopilaciones de relatos.
De hecho, Irving había caído ya en cierto descriptivismo de tono costumbrista, intención idealista y técnica realista que hubo de tener gran fortuna en las letras norteamericanas posteriores. Tras su regreso a los Estados Unidos se interesó por la descripción de su tierra natal; a su redescubrimiento se debe la composición de The
Crayon Miscellany (1835), un nuevo volumen de cuentos donde el paisaje se presenta
en sus facetas más desconocidas —la naturaleza y costumbres de la frontera, tema éste que ocupó a otros interesantes escritores norteamericanos, entre los que descuella J.F. Cooper (Epígrafe 1.c.)—.
b) Bryant
La influencia de Washington Irving se dejó sentir de forma especial sobre el ya mencionado «Knickerbocker Group», el más europeizado de los núcleos literarios norteamericanos de la época. En el terreno poético, el lugar más destacado lo ocupa
William Cullen Bryant (1794-1878), un poeta precoz —publicó su primer libro a los quince años— cuya obra deja sentir muy poderosamente la influencia de los románticos ingleses; por otro lado, su adscripción al «Knickerbocker» lo sitúa en la tendencia al descriptivismo esbozada por el maestro Irving, del que nada desmerece. Pero Bryant tiene su modelo fundamental en Wordsworth (Epígrafe 2.a. del
Capítulo 1): como en la obra del británico, en la poesía de Bryant ocupa un lugar
central la naturaleza —el paisaje romántico como «paisaje del alma»—; de ahí también la clave ética de buena parte de su obra, como propuesta de una conciencia moral manifestada en el poema; y, por fin, como consecuencia de lo anterior, la necesidad de una reforma política en tanto que respuesta a una nueva conciencia del hombre moderno. Todo ello pone en relación a Bryant, por otra parte, con el posterior Trascendentalismo norteamericano (Epígrafe 3), por el que determinados intelectuales —de signo conservador, como el propio Bryant y sus compañeros del «Knickerbocker Group»— intentan hacer del comportamiento religioso y moral la pieza maestra para la necesaria reforma política de los Estados Unidos.
El idealismo de Bryant es aún una utopía, una respuesta total de inconformismo frente al mundo, incluso frente al cosmos, ante el cual adopta el poeta una postura escéptica salvada sólo por el mismo acto creador, como si éste fuese un paso más hacia la nada. Esta postura indudablemente romántica encuentra en la naturaleza el tema idóneo para su expresión en composiciones como «Inscripción para la entrada de un bosque», «El viento del Oeste» y en poemarios como Viento de verano (Summer wind, 1832) y La marea de los años (The flood of years, 1867); todo paisaje es un verdadero concierto para los sentidos, un lugar de comunión entre el hombre y un Creador omnipresente, una invitación a la reflexión y al tono discursivo —a veces empañado por cierto moralismo innecesario—: You have no history. I ask in vain who planted on the slope this lofty group of ancient pear trees that with spring-time burst into such breadth of bloom. One bears a scar where the quick lighting scorched its trunk, yet still it feels the breath of Spring and every May is white with blossoms. (…) [«No tenéis historia. En vano pregunto / quién plantó en la ladera este alto grupo / de perales antiguos que por primavera estallan / en tan vano florecimiento. Uno muestra la cicatriz / abierta en su tronco por el rayo y, aun así, / siente el aliento de la Primavera y cada Mayo / se viste de blanco con las flores (…)»].
Sería más que dudoso, cuando no casi imposible, proporcionarle a James Fenimore Cooper (1789-1851) un lugar estrictamente «romántico» entre sus contemporáneos, más aún si juzgamos su obra desde cánones europeos; sin embargo, podría sernos útil comenzar diciendo que Cooper se interesa en Norteamérica, aunque desde presupuestos distintos, por el ideal del «buen salvaje» que Rousseau pusiera en funcionamiento desde Francia: su novela va a ser la «novela de la frontera» por antonomasia, es decir, un intento de conciliación entre las culturas estadounidenses precisamente desde donde se confunden dos civilizaciones. Su obra supone, por tanto, una superación del sentimentalismo primitivista en base a una visión mucho más real de la vida salvaje, del mismo modo que sus inolvidables protagonistas lograrán romper con el simplista maniqueísmo civilizado/civilizador al hacer vivir a todos ellos en idéntico ámbito de vida aventurera dominado por una naturaleza indómita: el exotismo, el dinamismo de la acción y ciertas dosis de melodramatismo hacen que la obra de Cooper pueda ser considerada romántica desde una perspectiva inusual; pero su conocimiento de la vida de la frontera y de su real problemática lo convierten en un adelantado de ciertas posturas críticas con respecto al funcionamiento de los recién instaurados Estados Unidos de América, proponiendo —como otros contemporáneos— una mayor comprensión para con las culturas indígenas. Sus novelas más famosas son las que recogen la trayectoria vital del más popular de sus héroes, Natty Bumppo, también conocido por «Ojo de Halcón» («Hawkeye»), según se le denomina en la más leída de sus novelas, El último mohicano (The last of the Mohicans, 1826). Junto a Los pioneros (1823), La pradera (The prairie, 1827), El batidor (The pathfinder, 1840) y El cazador de ciervos (The deerslayer, 1841), forma un ciclo novelístico en el que se nos ofrece la vida de la frontera vista desde su lado indómito, épico, en una perspectiva que será antecedente directo —aunque posiblemente con mayor grado de entendimiento— del legendario Far-West norteamericano.
A pesar de existir en su obra claras resonancias autobiográficas —como demuestra, además, con algunos de sus relatos de tema marino—, Cooper sabe trascenderlas para buscar una intención totalizadora, como si la vida en la frontera — y, por extensión, la vida aventurera— fuera un símbolo de la nueva vida norteamericana: de este modo puso las bases de la épica de su país, labor por la que se le reserva un lugar de honor entre sus contemporáneos. Aunque en sus novelas existan evidentes excesos e inexactitudes, así como grandes carencias de construcción, con la obra de Cooper estamos ante un tipo de literatura casi testimonial que en gran medida adelanta los caminos por los que va transitar la mejor novela realista norteamericana.