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Approximating human judgments

2.5 Experiments

2.5.1 Approximating human judgments

No escribió Miguel Antonio Caro obra especial de filosofía fuera del Estudio del utilitarismo la cual fue una de sus preocupaciones más hondas, especialmente en los años juveniles, cuando buscaba un fundamento sólido para la formación de su personalidad intelectual. Más tarde, las circunstancias de las luchas ideológicas de la época, lo obligaron a realizar una tarea de divulgación, apologética y polémica, en la cual la filosofía ocupó un lugar importante359.

El tipo de estudios que constituyó la base de su personalidad intelectual y moral, las humanidades clásicas y el ahondar en temas religiosos y teológicos, favorecieron esta vocación filosófica. Desde que comenzó a estudiar con los jesuitas en el Colegio de San Bartolomé (1858), pasando por su iniciación juvenil como profesor de filosofía y, hasta culminar en producción escrita como ensayista, no dejó jamás de sentir por la filosofía un amor y un respeto extraordinarios.

Jaramillo Uribe, concede a Jaime Balmes360 una importancia decisiva en la formación del pensamiento filosófico de nuestro personaje. A Balmes se debe el análisis de los tres elementos que entran en la composición de dicho pensamiento a saber, el racionalismo cartesiano, el tomismo y la filosofía escocesa. De todos ellos, el primero dejó honda huella en Miguel Antonio Caro, el racionalismo “fue sin duda uno de los rasgos más

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DÍAZ GUEVARA, Op. cit., p. 86.

359

ZULETA ALVAREZ, Enrique. La iniciación filosófica de Miguel Antonio Caro. Lima: Universidad Mayor de San Marcos, 1968, p. 557.

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(Vic, Barcelona, 1810 - 1848). Filósofo y teólogo español. Se ordenó sacerdote en 1834. Abordó los problemas económicos y sociales de su tiempo con criterios renovadores y eclécticos. En filosofía fue la figura más importante del siglo XIX, con un escolasticismo influido por la filosofía del sentido común.

característicos de la unidad mental”361; racionalismo, entendido en su sentido filosófico estricto y desprovisto de toda implicación religiosa, que lo ubican dentro de la corriente del tradicionalismo filosófico.

Frecuentador asiduo de la literatura de su tiempo, ofrece un pensamiento que refleja el estado de las ideas de un católico hispanoamericano del siglo XIX. En su inteligencia se daban cita corrientes y autores muy heterogéneos, pero ese panorama complejo estaba ordenado por una voluntad formidable de unidad espiritual que provenía de su religiosidad profunda y que es un hecho esencial para comprender el pensamiento de Miguel Antonio Caro.

Si tenemos en cuenta la índole del pensamiento de Caro se puede decir que la crítica de la filosofía no católica, tomaba en cuenta los autores más conocidos en los ambientes filosóficos e ideológicos del momento, de manera tal que él prescindía de mencionar ese repertorio de autores y libros que ya había asimilado e interpretado personalmente362. En el curso de filosofía que dictó en el Seminario de Bogotá, en 1872, aparece una característica de adhesión a los principios filosóficos y teológicos de San Agustín363 y sobre todo de Santo Tomás de Aquino364.

Ellos son citados como autoridades principales en diversos problemas. En el tema que trata de la verdad, las facultades del alma, la sensibilidad, el concepto y el juicio, por ejemplo Santo Tomás es quien proporciona los conceptos fundamentales. También es citado Jaime Balmes y es posible que haya seguido, para organizar su curso, las directivas principales que están contenidas en las obras del pensador Vich. De todos modos fue este un programa que denota una madurez en su actitud filosófica y, desde luego, una solidaridad coherente con otros aspectos de su pensamiento, vigorosamente definido en la línea del catolicismo tradicional365.

Caro toma parte activa en temas importantes de carácter filosófico del siglo XIX en Colombia, especialmente, en la polémica en torno a la filosofía de Bentham. Este debate

361

JARAMILLO URIBE, Jaime. El pensamiento colombiano en el siglo XIX. Bogotá: Editorial Temis, 1964, p. 412.

362

CARO, Miguel Antonio. Programas de filosofía elemental para el Colegio de Nuestra Señora del Rosario. Obras completas. Bogotá: Imprenta Nacional, 1932, pp. 279-293.

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(Tagaste, Argelia, 354 – Hipona, Argelia, 430). Doctor de la Iglesia latina, hijo de Santa Mónica, desde 396 fue Obispo de Hipona, doctor de la gracia, se opuso al maniqueísmo, al donatismo y al pelagianismo. Fue teólogo, filósofo y moralista, ejerció una influencia capital en la teología occidental. Como escritor dio al latín cristiano sus cartas de nobleza.

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(Cerca de Aquino, 1225 - Abadía de Fossanuova, 1274). Teólogo italiano llamado el doctor Angélico. Dominico y maestro de la teología, profesó sobretodo en París, donde había recibido la enseñanza de San Alberto Magno. Lo fundamental de su doctrina, el tomismo, se encuentra en su obra principal la Summa teológica, organizada en torno al tema central de la conciliación entre la razón y la fe. Doctor de la iglesia.

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CARO, Miguel Antonio. Curso de filosofía dictado como profesor de filosofía en el Seminario de Bogotá en 1872. Bogotá: Boletín cultural y bibliográfico de la Biblioteca Luis Ángel Arango, Tomo V, No. 12, 1962, pp. 1596-1613).

tuvo su punto de partida en la orientación laica que el General Santander, amigo personal de Bentham, quiso darle a la educación en Colombia a partir de 1825.

Los textos del filósofo inglés fueron de lectura obligatoria en las universidades, lo cual no recibió la aprobación de Bolívar pues prohibió la enseñanza de Bentham mediante un decreto firmado el 12 de marzo de 1828, porque el Libertador estaba convencido que esa doctrina iba contra la moral y las buenas costumbres de las naciones hispanoamericanas; después de la muerte de Bolívar el General Santander la retoma, pero muerto Santander es reemplazada en las aulas por la filosofía de Jaime Balmes.

Con el fin de apreciar su valor como pensador filosófico, debemos acudir a un somero análisis de las obras principales sobre la materia, las que corresponden al período de su juventud, época en que se dedicó a esos temas con mayor ahínco e interés. Los escritos filosóficos de Caro de mayor envergadura son Principios de la moral, Refutación del sistema egoísta (1868), Cartas al Señor doctor Ezequiel Rojas, Estudio sobre el utilitarismo (1869), Informe sobre los Elementos de Ideología de Tracy (1870), El método utilitario (1871), Autoridad es razón (1871), ¿En dónde está la autoridad? (1871), Razón de autoridad (1871), La filosofía sensualista (1871), Ligera excursión ideológica (1872), Bastiat y Bentham (1872), Oración de estudios (1880), El darwinismo y las misiones (1886–1887) y Galileo (1888).

Cuando se produjo en Colombia una nueva tentativa de resurgimiento del utilitarismo de Jeremías Benthan, Ezequiel Rojas, uno de los abanderados de esta escuela en Colombia, desde su curul de Senador, presentó un proyecto de ley que establecía la enseñanza de las doctrinas de Bentham en las universidades y colegios del país. De inmediato se levantó una gran controversia, habida cuenta que la enseñanza en los planteles educativos estaba a cargo de las comunidades religiosas.

Caro tenía veintiséis años cuando publicó El estudio sobre el utilitarismo, que consta de veinte capítulos, magnifico tratado impreso en 1869, el cual es un estudio precedido por una preocupación moral; el debate sobre el utilitarismo le brindó una oportunidad excelente para clarificar y definir su propia posición filosófica, pues su actitud no estaba limitada a la apologética y a la disputa: quería que la verdad se impusiera y triunfara, conservando la dignidad especulativa propia del quehacer filosófico. “No basta salvar la verdad -escribió-, es preciso salvar la dignidad de la verdad”366.

Empezó su trabajo afirmando que el hombre, en ejercicio de las funciones naturales que corresponden a su primer estado, manifestaba su vitalidad en el orden de las sensaciones y que en ese plano las sensaciones eran comunes al animal y al hombre, quien se constituía en especie aparte gracias a que estaba dotado de razón; por ella podía conocer y remontarse a una idea de moral. Era la razón, pues, la que modificaba la conducta del hombre. Su vida ética y la razón procedían mediante el juicio que hacía sobre sus propias

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Cabe anotar que en esas consideraciones sobre el juicio, Caro utilizó el Curso de lógica según la escuela de Edimburgo, por José Joaquín Mora (Bogotá, Imprenta de Nicomedes Lora, 1839-1840).

sensaciones, las concebía como distintas entre sí, de este modo, al placer podemos juzgarlo como bueno o malo367.

Su posición frente a la filosofía de Jeremías Bentham fue de abierta oposición, sosteniendo que el sensualismo y el utilitarismo planteados por él “son teorías inmorales porque introducen el relativismo gnoseológico y proclaman el placer y bienestar mundano como fin último del hombre”368, lo cual constituye una doctrina equivocada, por cuanto si el conocimiento depende de las sensaciones, entonces sería imposible alcanzar el conocimiento de la verdad con validez universal en el campo de la ciencia y de la moral, conduciendo necesariamente al hombre al egoísmo y al ateísmo.

Sostiene que el principio de utilidad no es benéfico en el campo de la moral porque merma la virtud y la bondad en los seres humanos, poniendo por encima de ellas el logro del placer sensitivo, es decir, es un retroceso en el pensamiento del hombre, puesto que vuelve al pensamiento hedónico, convirtiendo al ser humano en esclavo del placer y de la pasión, en el sentido más amplio.

Consideró, que la implantación de la doctrina filosófica del utilitarismo en Colombia no era más que una “infiltración foránea y dañina, encaminada a corromper la mente de los jóvenes”369, impidiéndoles adentrarse en el saber trasmitido por su propia cultura, es decir la hispano–católica romana. Le preocupaba que a partir del principio del utilitarismo del “mayor placer para el mayor número”, no se podía construir una sociedad civilizada, razón por la cual gran parte de su obra filosófica está dedicada a sembrar y a crear una doctrina basada y cimentada en los valores éticos y religiosos propios de los pueblos hispanoamericanos.

En el Estudio sobre el utilitarismo escribe, “Prescíndase de la razón humana como cooperadora de la razón divina, y en vano se buscará quién establezca el orden en las sociedades humanas. No acierta a establecerlo el despotismo, ni la libertad, ni el acaso. Es necesario apelar a la razón humana intérprete de la divina, es decir, a la religión370”. Basado en el anterior postulado, sostenía que una de las labores fundamentales del Estado debía ser promover la moral cristiana por medio de la promulgación de leyes y programas de educación y que mediante esta fórmula. Para él, la religión, la moral y el derecho debían ir de la mano, pues sostenía que “no puede haber moral sin religión, ni derecho sin contenido moral”371.

Reconocía la existencia de un orden natural físico y de un orden natural metafísico; el bien físico se derivaba del mantenimiento y perfeccionamiento del primero; el bien metafísico, del perfeccionamiento que se operaba en el orden de la inteligencia; pero entre

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CARO, Programas de filosofía elemental para el Colegio de Nuestra Señora del Rosario, Op. cit., p. 294.

368 Ibíd., p. 294. 369 Ibíd., p. 294. 370 Ibíd., p. 294. 371 Ibíd., p. 295.

ambos órdenes había una proyección moral: “obsérvese bien –decía– que los juicios que hacemos sobre lo bueno y lo malo, aún en el orden físico, tienen carácter moral, envuelven la idea del bien en general y traen, aunque confusa, la de relaciones entre ese orden y el moral; suscitan la noción del deber”372; en su pensamiento filosófico tenía gran importancia la idea de ley natural; la inteligencia captaba esa verdad, como en toda operación que le era propia mediante lo que él llamaba la “presciencia” y la experiencia, las nociones presuntas y las nociones adventicias373.

Completaba, además, su concepto de las protecciones morales de la ley natural, con la idea cristiana del pecado original, de cuyo reconocimiento surgía la explicación de las desviaciones y extravíos de la conducta humana; el hombre pasaba del estado natural al estado moral y de este al estado religioso, tanto si se le consideraba individual o colectivamente374.

Concedía gran importancia a su idea del progreso, primero, porque como es sabido, filosofías como el utilitarismo solían esgrimir su concepto del progreso como un arma polémica contra las ideas enemigas que consideraba anacrónicas y retardatarias y, segundo, porque efectivamente, dentro de su concepción filosófica, la noción de perfección llevaba insita la de progreso, esto es, la de un ascenso progresivo hacia un estado cada vez mejor que culminaba en Dios. Y afirmaba que “el progreso es el orden mismo y el orden no es otra cosa que la realización viviente de los principios necesarios a la razón, o sea, la idea religiosa revelada naturalmente al hombre y complementada por una revelación sobrenatural”375.

Desde esa óptica el utilitarismo aparecía a su vez como una teoría de atraso, toda vez que establecía la identidad entre el bien y el placer. En efecto, sostenía que el progreso, comportaba sacrificios, penas y dolores; pero esto, lejos de ser un mal, era el pago inevitable y necesario que debía hacer la condición humana si quería progresar376.

Este tema del progreso fue primordial en otro de sus tratados filosóficos: el informe sobre los “Elementos de Ideologíade Tracy”, escrita en 1870 para responder a una consulta que le hizo el Rector del Colegio de Nuestra Señora del Rosario sobre el valor de dicha filosofía. En este estudio realizó un análisis crítico muy minucioso de la ideología de Tracy, a la luz de lo una posición verdadera y a la de las autoridades más conocidas en los campos científico y filosófico de su tiempo.

Allí exponía que a la filosofía le interesaba muy especialmente el progreso científico, a tal punto que muchas veces sus conclusiones eran modificadas por los adelantos que la

372

CARO, Miguel Antonio. Obras completas. Tomo I. Filosofía, religión, pedagogía, clásicos colombianos IV. Estudio sobre el utilitarismo. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 1962, p. 22.

373

Ibíd., p. 44.

374

ZULETA ÁLVAREZ, Op. cit., p. 557.

375

CARO, Miguel Antonio. Obras completas. Tomo I. Filosofía, religión, pedagogía, clásicos colombianos IV. Estudio sobre el utilitarismo, Op. cit., p. 249.

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ciencia aportaba. Afirmaba que “...siempre será cierto que la generación de una época dada tiene pleno derecho a preguntar a los que se erigen en maestros suyos, no sólo los descubrimientos que se han hecho en el transcurso de más de medio siglo, período nada despreciable en la vida de la humanidad, sino también las nuevas ideas, los nuevos principios filosóficos, por extravagantes que parezcan, que se han venido germinando en los entendimientos377.

Recogió las doctrinas políticas y sociales de filósofos tales como San Agustín, Balmes, Donoso y de los tradicionalistas franceses. “El fin del hombre, escribe, no es solitario sino social. En la familia, en la tribu, en el Estado constituido, dondequiera hallamos la forma social que satisface una imperiosa necesidad de la organización y del corazón del hombre. Solitario, aparece el hombre débil, imperfecto, impotente. Asociado, se ostenta fuerte, completo, poderoso, verdadero rey de la tierra”378.

El estudio del utilitarismo se presenta como la obra de mayor envergadura especulativa entre todas las que escribió sobre esta materia; años más tarde la recordaba con añoranza, así se desprende de una carta a Menéndez y Pelayo escrita en 1882: “Yo también publiqué por los años de 1868 una refutación de Bentham, en que hay algunas indicaciones originales a vueltas de una exposición desigual y poco firme, con filosofía racional y tradicionalista mal concertada. Yo leía entonces autores franceses, y seguía principalmente a Jouffroy379”380.

La conclusión en su obra filosófica nos muestra una personalidad excepcionalmente dotada para la labor especulativa, vastísima cultura, información científica, literaria y filosófica, sutileza y penetración; vigor y aliento argumentado en el análisis, originalidad en la síntesis; rigor en la crítica y claridad en la exposición doctrinaria y, un sentido noble y severo de la superior dignidad de la inteligencia.