El objeto del hábito de sabiduría parece tener varios temas subyacentes, lo cual puede llevar a algunos a malinterpretar a santo Tomás, pues, siendo uno el objeto de una virtud (y que es aquello que la especifica), resulta que el Aquinate menciona en
107 “Et quibus magis competit speculari, magis competit esse felices, non
secundum accidens, sed secundum speculationem, quae est secundum se honorabilis. Unde sequitur, quod felicitas principaliter sit quaedam specula- tio”. S. L. Ethic. L. X, l. 12, n. 15.
108 Cfr. MOYA, P., El principio del conocimiento en Tomás de Aquino, ed.
II. 3. Hábito de la razón teórica: sabiduría 187
varios lugares diversos temas que trata la sabiduría, como la
verdad sin restricción109
o la verdad irrestricta110
.
En otro lugar señala que se refiere a lo común con el inte-
lecto, a saber, que se ocupa de temas incorpóreos111
. No obstante lo anterior, el objeto del hábito es uno, el mismo que aseguraba
Aristóteles: el ser divino112
. En efecto, aquello que es objeto pro-
pio de la sabiduría metafísica es Dios113
, aunque no del mismo modo en que lo trata el don, como se verá más adelante.
No obstante lo anterior, Tomás de Aquino sentencia en diver- sos pasajes de su obra que es propio del hábito de sabiduría conocer las causas, las altísimas o primeras. Pero, en sentido
estricto, se refiere a la causa final114
. También se refiere a éste como fin último de todo lo creado, entendiendo por dicho fin no como algo intrínseco, sino como un fin extrínseco, siendo este último más perfecto que el primero, pues el intrínseco se ordena al extrínseco, así como se ordenan las partes del ejército a la
indicación del general115
. Así, el orden del universo es predica-
109 Cfr. S.Contra Gentes. I, c. 1, n. 4; In Psalmo 48, n. 2; S.L. Ethic., X, L. 10,
n. 16.
110 Cfr. S.L. Ethic., L. VI, l. 5, n. 7. 111 Cfr. S.Contra Gentes. II, c. 66, n. 4. 112 Cfr. Super ad Colosenses, II, 1.
113 Cfr. Super Evangelium Iohannis, XVII, 1-6 y 1, 11; Super ad Philipenses,
II, 1; Super ad Ephesios, I, 3; In III Sent., d. 35, q. 1, a. 2 y q. 2, a. 2; S.L.
Ethic., VI, L. 6, n. 1; Super I ad Corintios, I, 3.
114 Cfr. In Metaph., I, L. 1, n. 34-35; L.4, n. 2; II, L. 2, n. 1; In Boethii De
Trinitate, III, 5, 1, ad.1; S. Contra Gentes. IV, c. 2, n. 2; S. Theol. I-II, q. 57,
a. 2, c; q. 66, a. 5, ad.1; II-II, q. 9, a. 2, c; q. 47, a. 2, ad. 1.
mental, mientras que el orden que tiene respecto de Dios es tras-
cendental116
.
En efecto, ¿es posible afirmar que Dios es causa? ¿Qué exige el ser causa? Toda causa se comprende como tal en tanto genera un efecto. Así, el jugador lo es porque juega, y en ese sentido decimos que la causa del juego es el jugador. Del mismo modo decimos que el corredor lo es porque corre, más la causa de que se le denomine así es por la operación. Y a Dios se le denomina causa en tanto que creador. Sin embargo, parece que no es posi- ble comprender desde este argumento a Dios como causa, pues Dios es Dios perfectamente realizando u omitiendo la operación de crear. Pues claro, las perfecciones divinas le son innatas y no requieren de un supuesto externo con el cual deban correspon-
derse. De modo que es última causa en tanto que creador117
. También Tomás de Aquino se refiere a los primeros princi-
pios como parte de los temas del hábito de sabiduría118
, pues Dios es principio, en tanto que es creador. Por ello, se refiere la sabiduría más que a los primeros principios lógicos como su objeto, a los reales. Por eso se dijo más arriba que la sabiduría tiene por objeto el ser divino. Teniendo este conocimiento, el sabio es capaz de reconocer a Dios no sólo como primer princi- pio, sino también como último fin de su propia existencia.
Aquí se distinguen el intelecto y la sabiduría, pues si bien ambos son tratan acerca de realidades divinas, “con el hábito de los primeros principios nos abrimos a la totalidad de lo real principal, a los actos de ser. Con el de sabiduría conocemos la relación que nuestro ser, cada quien, guarda con la totalidad de
116 Cfr. SELLÉS, J.F., Los hábitos intelectuales según Tomás de Aquino, ed.
cit., p. 579.
117 Ibid.
II. 3. Hábito de la razón teórica: sabiduría 189
lo real, con el mundo, con los demás, y fundamentalmente con
Dios”119
.
La sabiduría metafísica llega a la consideración de Dios: “la sabiduría no consiste en saber sólo que Dios existe, sino en acceder a conocer de Él lo que es, lo cual ciertamente en el estado de hombre viador no podemos conocerlo más que en cuanto conocemos de Él lo que no es; quien conoce, en efecto, algo en cuanto es distinto de todas las demás cosas, se aproxima
al conocimiento por el cual se conoce lo que una cosa es”120
. El conocimiento sapiencial logra acceder a Dios en cuanto afectivamente la vía de remoción se lo permite, pues se trata de un camino desde aquello que es causado por Dios y que, por ende, las perfecciones de ellas no pueden estar en mayor grado que en su principio o causa y, al mismo tiempo, las perfecciones de ellas provienen de Dios como causa, por lo que es presumible lógicamente que las perfecciones de las creaturas se hallen de modo perfectísimo en Dios. De modo que a Dios se le denomina primer principio en tanto que es origen de todo el universo. Ahora bien, esta vía sólo procede para el objeto de la sabiduría, pues éste comprende una relación de dependencia causal con el universo, no así para el caso de las causas segundas. De ahí que un alumno no conozca nada de lo específico de una rana si su profesor de biología al señalarle una le dice: eso no es una roca.
Justamente porque el hábito de sabiduría llega a reconocer a Dios como primer principio y causa más alta, es que se ubica,
119 SELLÉS, J.F., Los hábitos intelectuales según Tomás de Aquino, ed. cit., p.
580.
120 “sapientia non consistit in hoc solum quod cognoscatur Deum esse, sed in
hoc quod accedimus ad cognoscendum de eo quid est; quod quidem in statu viae cognoscere non possumus, nisi quantum de eo cognoscimus quid non est. Qui enim scit aliquid prout est ab omnibus aliis distinctum, appropinquat cognitioni qua cognoscitur quid est”. De Veritate. q. 10, a. 12, ad. sc 7.
como se expresó antes en el sitio más alto entre las ciencias, pudiendo y debiendo el sabio realizar su labor juzgadora y orde- nadora de las otras ciencias, además de defender los principios contra aquellos que los niegan. En efecto, el conocimiento sapiencial metafísico es precario, sobre todo si su punto de partida para el conocimiento de Dios se ubica únicamente desde la negación de los límites descubiertos en el mundo.