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Chapter 4 Learn Fine-Grained Labels from Coarse Labeled Data

4.2 Architecture

Baltasar Gracián y Morales

aforismo 73

Los ojos enrojecidos del chico se mueven como locos de un lado a otro de la pantalla intentando atender a las múl- tiples ventanas abiertas en su ordenador. En una de ellas el enlace Diálogos con Graciácapta su atención, siempre ávida de regocijo fácil, y su dedo pulsa el ratón sin repa- rar en el conspicuo acento final ni en la “n” que encabe- za, viuda, la siguiente línea de texto. Al instante aparece una ristra de números y él clica el 74, quizá porque el 7 le gusta, quizá por encontrarse cerca del puntero, o tan sólo por mero azar. Tres figuras humanas se apoderan entonces de la pantalla completa. Uno viste una larga túni- ca negra con alzacuello blanco, otro va elegantemente tra- jeado y luce un prominente bigote que recuerda al de Nietzsche, y la tercera es una mujer de cara alargada, pelo encrespado recogido en un moño y vestida con una sen- cilla bata de laboratorio que le cubre hasta los pies. ¿Qué pueden decir de gracioso estos tres?, se sorprende el chi- co. El del alzacuello es quien primero toma la palabra: — No te pongas intratable con quienes fuiste agradable. — ¿Acaso se dirige usted a mí? —pregunta la mujer,

aforismo 74

N O T E P O N G A S I N T R ATA B L E

C O N Q U I E N E S F U I S T E

A G R A D A B L E

E

ntre los humanos se hallan las fieras más fie-

ras. Ser intratable es vicio del que no se conoce a sí mismo, y cambia su trato cuando consigue sitia- les de honor. El enfado no es el mejor medio de ganar la estimación de los demás. ¿Qué tiene de bueno ese monstruo intratable siempre a punto del enfureci- miento? Los que están bajo su mando, le hablan sin- tiendo gran desdicha, como si fuesen a lidiar con un tigre. Van tan armados de celo como de recelo. Estos intratables, cuando aspiraban a subir al puesto que tienen, agradaban a todos, y ahora se enfadan con todos. El mejor castigo para ellos: serles indiferentes.

— Este joven dice que te han otorgado dos premios importantísimos, Nobel los llama, y quiero prevenirte de que entre los humanos se hallan las fieras más fieras. — Si la comunidad científica no es la excepción, y, cré- ame, no lo es, ¿por qué no debería, para defenderme, mostrarme intratable?

— Ser intratable es vicio del que no se conoce a sí mis- mo, y cambia su trato cuando consigue sitiales de honor. — ¿Qué está usted insinuando…? No consentiré que nadie, por más sacerdote que sea, me hable de este modo —dice levantando la voz y la barbilla en tono amenazador. — El enfado no es el mejor medio de ganar la estima- ción de los demás.

— Disculpen que interrumpa —tercia el joven del bigo- te—, pero creo que se está produciendo un malenten- dido y, en parte, por culpa mía. Igual que le he informa- do a él de sus logros, doctora Curie, debo decirle que está usted hablando con don Baltasar Gracián, maestro filó- sofo e insigne escritor del Siglo de Oro español. — Y yo soy Jeanne d’Arc, también resucitada. No dudo que la ciencia permitirá algún día alcan- zar la inmortalidad, pero este día no ha llegado todavía. ¿Quién es este farsante? ¿Y quién es usted, para empezar? — Nadie comparado con las eminentes figuras de la ciencia y la filosofía que son ustedes, se lo aseguro. Me llamo Robert Solo- mon y me dedico a la filosofía y ética empresariales. — Así, joven, tú sí comprendes lo que digo. Habrás com- probado que me aplico mis aforismos y no me he enfada- do por el apelativo que me ha endilgado la señora. Sería necio si lo hiciera, porque… ¿Qué tiene de bueno ese mons-

— No sé qué descubrimiento científico ha hecho posible la atemporalidad que supone estar aquí los tres conversando, pero les asegu- ro que es para mí un gran honor. Permítame, maes- tro, que pase sus palabras por el tamiz del tiempo y, como un vino añejo, las sirva tres siglos más tar- de a la doctora intentando retener su espritintacto. — ¿Cómo pueden referirse a la ciencia con tamaña fri- volidad? ¡Filósofos!

— Por favor, doctora, déjeme intentarlo. En palabras actua- les, lo que don Baltasar intenta transmitirle es que está usted en una posición de liderazgo y hay un modo ético de ejercerlo. La autoridad no se impone por la fuerza, se gana generando proyectos que ilusionen y aporten sen- tido al trabajo de los demás. Un líder ético es hoy más que nunca un constructor de equipos; y quien no se gobier- na a sí mismo difícilmente podrá conducir un equipo. — En efecto —se anima el del alzacuellos—, los que están bajo el mando de un intratable le hablan sintien- do gran desdicha, como si fuesen a lidiar con un tigre. Van tan armados de celo como de recelo.

— Y así es imposible que aflore lo mejor de ellos mis- mos. El líder ético, en cambio, sabe desarrollar y apro- vechar los talentos individuales mediante una interac- ción estimulante y fructífera. Comunica bien porque escucha mejor. Consigue de este modo que un grupo de personas, tal vez no extraordinarias, alcancen resul- tados extraordinarios gracias al modo en que colabo- ran. En terminología empresarial, un buen líder no sólo alcanza su meta de crear valor corporativo, sino que al mismo tiempo ayuda a que todos los implicados logren las suyas.

— Estos intratables —prosigue imperturbable el maes- tro—, cuando aspiraban a subir al puesto que tienen, agradaban a todos, y ahora se enfadan con todos. El mejor castigo para ellos: mostrarles indiferencia.

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NO

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