La presente investigación ha tenido el objetivo de conocer la función psicológica del juicio en la obra de Freud. Hemos abordado aspectos históricos y epistemológicos para garantizar una aprecia- ción adecuada de los fenómenos clínicos del juicio. Ahora es momento de condensar nuestros resul- tados en una visión de conjunto. Lo primero que observamos en el aspecto clínico fue el camino que sigue el juicio en la simbolización que permite superar las represiones. Observemos la secuen- cia constituida por la serie: represión, negación, desestimación, y fallo de realidad:
a. En el estado de represión, la deformación onírica, producto del compromiso, permite per- durar en la investidura de aquello que simultáneamente se sustrae de la conciencia. Puede haber afecto y goce, pero desligando su representación, a menos que se la disfrace hasta volverla irreco- nocible. Por tanto, el objeto es investido, aun sin su presencia real, pero el acto anímico del fantaseo se convierte en la realidad de su goce. Así, la ley se vuelve un objeto de burla, ya que permite eludir la plenitud de los acuerdos del mundo. Función de compromiso, dirá Freud, pero compromiso con el goce encubierto.
b. Después, en el fenómeno de la negación, lo reprimido ha encontrado lugar en la concien- cia, pero sin reconocimiento por el propio sujeto. El afecto habrá que ir a buscarlo en otro lado, ex- posito fuera de la consciencia. Por lo tanto, puede haber representación, pero sin presencia de afec- to. De ahí que Freud vea en ello el nacimiento del pensamiento, tomando su lugar entre los diversos procesos psicológicos secundarios. Parece que se invierte la estrategia, siendo alternativamente el afecto o su representación que queda sustraído.
c. Más tarde, si el proceso sigue su curso, la desestimación por el juicio logrará que tanto el afecto como su representación sean reconocidos pero a costa de soportar el tránsito por la vergüenza y la culpa. También llamado juicio adverso, es el momento en el que el sujeto reconoce como repu- diable algo con lo que gozaba en fantasía. En tal estado el súper yo se ha hecho consciente, pasando del imperativo de goce a la conciencia de la responsabilidad. Antes el súper yo perdura desestiman- do la ley. Al interior del sujeto se comienza a dar lugar a las leyes, con las que asimila otra forma de trato con el principio de placer.
d. Finalmente, el fallo sobre la realidad permite al sujeto apropiarse, en cierta medida, del destino que habrán de perseguir su pulsión epistémica, que ha sido alcanzada por medio de la su- blimación. Nace un acto de pensamiento puro, cuyo valor estético puede teñirse de jubilo. Se verá obligado, claro está, a permutar una ganancia por otra, y se sumará a la corriente historica de la ver- dad compartida. Entonces habrá conquistado la ciencia. Y esta será una experiencia vital, más que una producción cultural. Con ello, hemos trazado un esquema de los modos en los que, siguiendo a Freud, se va instaurando el juicio sobre lo deseable/indeseable y su realidad/irrealidad. Nacen la ética y la ontología del sujeto. Que adviene a un cierto saber.
Pero los problemas clínicos no sólo se circunscriben a la represión y su posible superación. Bien sabemos que no todo sujeto se ha desarrollado con los recursos necesarios para triunfar sobre la neurosis, y abrirse paso hasta cierta sabiduría. La experiencia freudiana comenzó con casos de locura intensa, pero bien sabemos que hay otras formas de relación con lo real. Para el psicoanálisis, cada vez fue más necesario reconocer otros modos en los que el yo se defiende de aquello que le es contrario a su identidad. Es decir, de todo aquello que repudia de su historia y de su naturaleza. Mas tarde hemos atendido a la diferenciación entre la represión, la desestimación y la desmentida, y he- mos llegado a conocer el fenómeno de la escisión psíquica, en el que estas estrategias se suman para generar cuadros clínicos muy complejos. La fragmentación de un elemento enajenado del sujeto pasa por otras vías.
La desestimación y la desmentida son dos mecanismos que operan, principalmente, en los trastornos de tipo psicótico. El primero representa un rechazo aun más radical que la represión, de suerte que el sujeto no se forma ninguna clase de juicio sobre aquello que ha sido desestimado. El rechazo es tan radical que no hay simbolización alguna, y en el lugar de ese vacío aparece una alu- cinación. Esta alucinación sirve para desmentir la realidad intolerable, que retorna como una per- cepción alterada. Esto puede tener una extensión en el juicio dislocado del delirio.
Como una muestra final de todo ello, regresemos nuevamente con Freud, a los tiempos ante- riores a La interpretación de los sueños, quien en el Manuscrito H de su correspondencia de Freud con Fliess. Ahí presenta el caso de una chica paranoica que teme al juicio de su comunidad, abusan- do, dice Freud, del mecanismo psíquico de la proyección. Veremos que expresamente Freud destaca
el problema en los términos de un silogismo que tiene que optar por dos realidades inadmisibles la una al lado de la otra.
[El contenido del delirio] era un reproche interno, ahora era una insinuación que venía desde afuera. El juicio sobre ella había sido trasladado hacia afuera, la gente decía lo que ella habría dicho de sí misma. Algo se ganaba con ello. Al juicio pronunciado desde adentro habría debido aceptarlo; al que llegaba desde afuera podía desauto- rizarlo. Con esto, el juicio, el reproche, era mantenido lejos del yo. La paranoia tiene, por tanto, el propósito de defenderse de una representación inconciliable para el yo proyectando al mundo exterior el sumario de la causa que la representación misma establece […]
Se trata del abuso de un mecanismo psíquico utilizado con harta frecuencia dentro de lo normal: el traslado o proyección. Ante cada alteración interior, tenemos la opción de suponer una causa interna o una externa. Si algo nos esfuerza a apartarnos del origen interno, naturalmente recurrimos al origen externo. En segundo lugar, esta- mos habituados (por la expresión de las emociones) a que nuestros estados interiores se denuncien ante los otros. Esto da por resultado el delirio normal de ser notado, y la proyección normal. Y normal es, en efecto, mientras a todo esto permanezcamos concientes de nuestra propia alteración interior. Si la olvidamos, nos queda sólo la rama del silogismo que lleva hacia afuera, y de ahí la paranoia, con la sobrestimación de lo que de nosotros se sabe y de los hechizos que padecemos. (Freud, 2004x, pp. 250-251).
Lo que nos interesa destacar aquí es la estructura optativa en el juicio moral que la paciente no pue- de aceptar, resolviendo por fracturar el reconocimiento de sí al proyectar su producto mental en el otro. Todo ello es, al final, reconducido a una decisión lógica entre las dos ramas de un silogismo. En este caso, como en ningún otro, Freud muestra el problema de la proyección en términos lógi- cos. Pero no se trata de un caso aislado. Siguiendo esta explicación, Freud nos ofrece una sustancio- sa colección de delirios. Cada uno de ellos expresa en términos silogísticos el choque de una reali- dad con la identidad del paciente, produciéndose un contrasentido intolerable. Por ello no extraña el que, por aquellas mismas fechas, en el Proyecto de psicología, nos haya permitido comprender la formación del símbolo histérico mediante la llamada proton pseudos. La riqueza del documento amerita que lo citemos in extenso a modo de cierre:
Y bien: ¿rige esta concepción también para otros casos de paranoia? Yo opinaría que para todos. Tomaré algunos ejemplos.
El paranoico litigante no se concilia con la idea de haber obrado mal, o de tener que separarse de sus bienes, En consecuencia, el juicio no es conforme a derecho, él no ha obrado mal, etc. El caso es harto claro, aunque acaso no del todo unívoco; se lo podría resolver mas simplemente.
La gran nación no puede entender la idea de haber sido derrotada en la guerra. Por consiguiente, no ha sido de- rrotada, la victoria no vale; así da el ejemplo de una paranoia de masas, e inventa el delirio de la traición (p.246). El alcohólico nunca se confesará haberse vuelto impotente por la bebida. Puede tolerar mucho alcohol, mas no tolera en igual grado esa intelección. Por ende, es la esposa la culpable -delirio de celos, etc.-.
El hipocondríaco se debatirá largo tiempo antes de hallar la clave para sus sensaciones de estar gravemente en- fermo. No se confesará que aquellas provienen de su vida sexual, pero le deparará la máxima satisfacción que su enfermedad no sea endógena, en los términos de Moebius, sino exógena; en consecuencia, está envenenado. El funcionario relegado en los ascensos necesita {imaginar} el complot de persecución y que es espiado en su oficina, de lo contrario tendría que confesarse su fracaso.
Pero lo que así se genera no es siempre forzosamente un delirio de persecución. Un delirio de grandeza consigue, quizá todavía mejor, mantener apartado del yo lo penoso. Es el caso de la marchita cocinera que debería hacerse a la idea de permanecer excluida de la dicha amorosa. Es el momento justo para el caballero de la casa frontera, quien a todas luces quiere desposarla y se lo da a entender de una manera tan asombrosamente tímida, aunque perceptible.
En todos los casos, la idea delirante es sustentada con la misma energía con que el yo se defiende de alguna otra idea penosa insoportable. Así, pues, aman al delirio como a sí mismos. He ahí el secreto. (Freud, 2004x, p. 249).
Como puede apreciarse, la clínica psicoanalítica, la psicología y psiquiatría por igual, merecen to- mar en consideración la función psicológica del juicio como una pieza clave de sus problemas. Siendo esto así, podemos considerar esclarecida la doctrina freudiana del juicio.