La psicología narrativa sostiene que el sujeto organiza los propios significados en forma de historias (Angus, McLeod, en prensa; Bruner, 1990; Hermans, 1996; Sarbin, 1986; Villegas, 2000). Éstas unen diver- sos temas, emociones, visiones del mundo, su trama da sentido a los acontecimientos. Realizar una elección significa construir una narra- ción que confronte el estado del mundo actual y los objetivos del suje- to con escenarios futuros posibles. Algunos de estos futuros serán emocionalmente agradables, y otros desagradables. El sujeto tenderá a moverse hacia los escenarios marcados positivamente y a evitar los negativos. En cualquier caso teje una historia en la que los personajes del escenario interno, reales o fantásticos, establecen un diálogo, con- sensúan los puntos de vista, asumen el control de la acción (Hermans, Kempen, 1993; Hermans, 2001a,b). Las narraciones de un sujeto se construyen en dos direcciones: bottom-up (del cuerpo hacia la mente) y top-down (de la cultura hacia la mente) (Salvatore, Dimaggio, Semerari, en proceso de revisión).
En el primer caso, el recorrido es el siguiente: sensaciones corpo- rales se convierten en imágenes mentales cargadas afectivamente. En estas imágenes se representa la importancia del estado del mundo para el organismo. Por ejemplo, la imagen de un tren que llega a toda máquina se asocia con la del cuerpo que se aleja de las vías, acom- pañada de una emoción de miedo. Esta micro-historia, dos imágenes consecutivas y nada más, permite alejarse de las vías sin perder el tiempo calculando el balance costes/beneficios de las diversas situa-
ciones previsibles, consiguiendo así sobrevivir. Secuencias de imáge- nes forman protonarraciones (Damasio, 1994, 1999) que se articulan, se hacen cada vez más complejas, asumen la forma de procedimien- tos interactivos, del tipo descrito por Stern (1985): representaciones de
interacciones que han sido generalizadas. Estas representaciones se
traducen sucesivamente en narraciones conscientes.
El otro proceso de formación de las historias parte de la cultura, del ambiente familiar y proporciona al sujeto temas de vida, normas sociales, caminos a seguir y futuros prohibidos, procedimientos para negociar el significado (Gergen, Gergen, 1988). De este modo, el suje- to aprenderá historias de héroes que guiarán su comportamiento, mitos familiares que plasmarán sus vínculos afectivos y sus decisio- nes laborales. “Tu padre emigró e hizo fortuna a pesar del duro tra- bajo y las humillaciones que tuvo que soportar” puede ser una histo- ria que la madre cuenta al hijo huérfano. Será el modelo al que el hijo podrá adaptarse o intentar evitar.
Una narración bien formada respeta ciertos criterios, cumple fun- ciones específicas. De Grice (1975) a Bruner (1989), se puede soste- ner que una buena historia clínica debería: a) seguir una secuencia ordenada espacio-temporalmente; b) hacer referencia a los estados internos, en particular a la experiencia emocional; c) proporcionar una descripción clara, o fácil de reconstruir, del problema; d) tener en cuenta la teoría de la mente del interlocutor a quien se destina, sus intereses y su inteligencia; e) proporcionar conocimiento relevante del contexto interpersonal; f) tener coherencia temática y fundirse sólo parcialmente con otras narraciones; g) proporcionar conoci- miento situacional, de áreas del mundo de relaciones definidas; h) ser coherente con la experiencia interna; i) ir acompañada de otras narraciones con tal de formar un mapa apto para conocer un mundo complejo (Dimaggio, Semerari, 1998, 2001a, en prensa).
Sobre la base del respeto a estos criterios describimos dos tipos de alteración del relato, relativos al contenido y a la forma. En el primer caso las historias permiten identificar de manera adecuada la expe- riencia subjetiva que es en sí misma patológica. El modo en que nos detenemos sobre la patología de los contenidos nace del concepto de
estado mental. Los significados, expresados bajo forma verbal o emo- tivo-somática, normalmente se agregan de manera coherente en el contexto interno y situacional: se convierten en experiencia subjetiva como estados mentales (Horowitz, 1987). El sujeto piensa con alegría en el recuerdo de las vacaciones recién terminadas, en la mente apa- recen imágenes del sol reflejándose sobre las olas, escenas de risas durante una cena cerca del mar. Es un estado mental de nostalgia. Después imagina las obligaciones del trabajo que le esperan, anticipa el escritorio lleno de papeles y se ve preso de un sentimiento de angus- tia. Entra en un estado mental distinto al precedente. Los estados mentales, por norma, fluyen en la conciencia del sujeto, mantenien- do un cierto grado de organización, y son bastante sensibles al cam- bio de acuerdo con el contexto situacional. Por otra parte cada uno de nosotros tiende a imaginar historias recurrentes al cambiar las expe- riencias. Son los temas de vida, el discurso que el sujeto expone (Villegas, 2000), las autonarraciones nucleares que se enlazan recur- sivamente fundando su personalidad (Dimaggio, Serio, Ruggeri, 1995). Si estas historias están cargadas de sufrimiento emocional, o se repiten rígidamente sin responder adecuadamente al cambiar las situaciones, se convierten en estados mentales problemáticos (Ho- rowitz, 1987; Semerari, 1999b; Semerari, Carcione, Dimaggio, Fal- cone, Nicolò, Procacci, Alleva, Mergenthaler, 2003): por ejemplo, el sujeto puede experimentar un doloroso estado de culpa, acompañado por el pensamiento de haber dañado las personas queridas y ser obje- to de justa recriminación por su imprudencia. En este volumen soste-
nemos la hipótesis de que cada trastorno de la personalidad se caracte- riza por un conjunto de estados mentales típico, inflexible a los cambios de los contextos. Las transiciones entre estados siguen modalidades
reconocibles.
Este enfoque presenta semejanzas con el trabajo inicial de Guidano y Liotti (1983). Prescindiendo de la teoría de la autoorganización (autopoiesis) que se encuentra en su base, que Guidano (1987, 1991) ha desarrollado y de la que Liotti se ha distanciado –privilegiando la vía de la construcción personal interpersonal del sentido de la expe- riencia– los autores sostenían que varias organizaciones de significa-
do personal subyacen a diferentes patologías. Los fóbicos, por ejem- plo, oscilan entre la seguridad y la sensación de constricción en pre- sencia de la figura de apego y la libertad acompañada de síntomas ansiosos y fantasías de pérdida de control en ausencia de la misma. Se trata, evidentemente, de estados mentales, en el lenguaje de Horowitz. Varios autores siguen un enfoque similar: Ryle (1995) habla de esta- dos del yo y señala asimismo cómo varían éstos con el diagnóstico de la personalidad. Young (1990) describe los esquemas (schema-modes) que caracterizan los distintos trastornos de la personalidad.
¿Cómo describir a un paciente según la teoría de los estados men- tales? Imaginemos un sujeto afectado de trastorno por evitación: en un momento de soledad experimentará un estado de aburrimiento, depresión, vacío y extrañamiento; ello le llevará a desear relaciones sociales. Cuando el otro está cerca –una fiesta, una cita amorosa– el sujeto se siente excluido, incapaz de percibir puntos en común, se siente cohibido. Tenderá a apartarse de la interacción, la soledad se convertirá en un estado deseado. Después de un breve momento en que se disfruta la huída, predominarán el aburrimiento, la sensación de ser un inepto, un fracasado, impidiéndole gozar de la soledad. El deseo de relaciones volverá a aflorar reactivando el ciclo (Procacci, Dimaggi, Semerari, 1999).
Nuestro enfoque, desde este punto de vista, es más próximo a la realidad clínica que las descripciones del DSM. El manual describe con todo detalle la cara prevalente del trastorno, pero no proporciona informaciones que permitan realmente comprender quién es esa per- sona. Muchos autores interesados en el narcisismo están de acuerdo en dar un papel importante a los estados de vacío, en los que el suje- to se siente privado de deseos, objetivos, sentimientos (Dimaggio, Se- merari, Falcone, Nicolò, Carcione, Procacci, 2002; Jellema, 2000; Kohut, 1971; Lowen, 1983; Young, Flanagan, 1998). Kernberg objeta- ría que este estado no es central en la determinación de la psicopato- logía, pero lo reconocería como un aspecto del trastorno. El DSM no hace referencia a tales experiencias en los criterios diagnósticos. El clínico, por lo tanto, usando el DSM no consigue diagnosticar los tras- tornos que el mismo manual debería ayudar a reconocer. Según el
DSM, el dependiente experimenta sensación de abandono y reacciona para evitarlo y, el paranoide, humillado y ofendido, lucha rabiosa- mente por corregir el daño. Nada más. De la sensación invasora de terror y debilidad que atenaza a los paranoides (Nicolò, Nobile, en este volumen), de los estados de rebelión rabiosa que asedian al de- pendiente (Carcione, Conti, en este volumen), ni rastro. Caricaturas parecen, más que descripciones. En los capítulos sucesivos describi- remos de manera ejemplificada los trastornos: narcisista, por depen- dencia paranoide, por evitación, límite.
La relación entre estados mentales y personajes del paisaje narra- tivo es del tipo figura/fondo. Si analizamos una narración, ésta con- tiene varios personajes y se caracteriza por un contexto emocional, temas de pensamiento dominantes que condensan la experiencia interna del sujeto. Si, al focalizar la atención sobre un personaje, pedimos al paciente que lo describa, veremos que condensa a su vez temas de pensamiento, modalidades de respuesta emocional y un punto de vista propio sobre el mundo (Hermans, Kempen, 1993). En otras palabras: una imagen de sí. El sujeto puede reconocer más fácil- mente la alternancia de los estados mentales o la entrada y salida en escena de los personajes. El concepto que nos interesa es que la per- sonalidad está proporcionada por el conjunto de los personajes, por un conjunto típico de estados mentales. El paciente en psicoterapia debe ser ayudado a identificarlos, a reconocerlos y descubrir qué cau- sa la entrada o salida de un estado, qué implica sentirse conmocio- nado por un personaje u otro.