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El rey Omrí inauguró una nueva época en Israel. En doce años de reinado consiguió estabilizar la monarquía hasta el punto de crear la primera dinastía duradera, cuya principal política común fue la concordia con los pobladores cananeos del reino. Durante esta dinastía se mantuvieron buenas relaciones con el reino de Judá, por medio de casamientos y alianzas militares contra las ciudades-Estado de Siria que, como hemos visto, tantas dificultades crearon a los reinos hebreos del siglo IX a.C.

Al enterarse de la usurpación del trono por Zimrí, un oficial de la tropa de carros israelita, las tropas en campaña contra los filisteos aclamaron a Omrí, el jefe del ejército, quien se dirigió a Tirsá, donde Zimrí se había hecho fuerte, y la asedió. Parece que no todo el ejército apoyó a Omrí, pues una parte respaldo las aspiraciones de un tal Tibní (1R 16,21). Esta crisis de gobierno era la consecuencia de una falta de designación profética. No sabemos cómo murió Tibní, pero Zimrí se suicidó en el palacio de Tirsá. Así llegó Omrí al trono de Israel, donde su fuerte personalidad había de dejar impronta.

Gráfico 19. Genealogía de la dinastía de Omrí

BIBLIA - La historia oficial

Los relatos bíblicos son elaboraciones historiográficas motivadas por situaciones políticas y religiosas que hacen mirar al pasado para contarlo e interpretarlo con las claves del momento. Por esta razón, en la interpretación histórica y simbólica de los textos bíblicos hay que tener muy en cuenta el contexto en que fueron escritos.

En la versión oficial del período de la división de los reinos, se impuso la visión del reino del norte como rebelde y sus reyes como pecadores y malditos, aunque en realidad monarcas como Jeroboam, Omrí y Ajab fueron gobernantes competentes.

Los libros de las Crónicas son un complemento de Reyes y tienen ese mismo enfoque. En la traducción griega son titulados Paralipómenos, es decir, “lo que había sido omitido” y probablemente datan del 300 a.C., aunque después siguieron recibiendo adiciones de otras manos, como posiblemente las listas de mercenarios de David, el largo elenco de sus funcionarios (1Cro 23,3 – 27,34) o la enumeración de los sacerdotes y levitas de 1Cro 15.

El autor de las Crónicas es un levita de Jerusalén que refleja su concepción del Estado y la historia que se corresponde al período en que el pueblo estaba regido por los sacerdotes, que imponían un marco legalista y ritual basado en reglas religiosas. Buena parte de lo narrado discurre en torno al Templo de Jerusalén y se presta atención no sólo a los sacerdotes, sino a todos los niveles de servidores litúrgicos.

En este contexto, el pasado era visto como un recuerdo de momentos glosiosos que se alternan con otros de debilidad, en los que la promesa profética de tiempos mejores pasa a ser la protagonista del devenir histórico. Los libros de Esdras y Nehemías también proceden del judaísmo postexílico y están escritos bajo la misma concepción, aunque son anteriores a Crónicas, dado que combinan fuentes que son mencionadas en éstas. La asignación del título de capítulo con los nombres de los personajes es muy posterior a su redacción, porque aparece en las ediciones impresas de la Biblia masorética. Omrí residió seis años en Tirsá, hasta que tuvo preparada la nueva sede de la monarquía israelita: Samaria. En su decisión se puede ver un paralelo con David: no recurre a una ciudad ocupada por hebreos y compra el terreno a la población cananea. Y lo hace con el mismo propósito: poner la capital en un territorio propio del rey, independiente de las pretensiones de las tribus de Efraím y Manasés, y que no mantiene el nexo con ningún precedente histórico. Así conseguirá Omrí configurar su monarquía con criterios propios, partiendo de cero, sin tener que negociar nada con una vieja aristocracia como la de Siquén.

Omrí edificó Samaria sobre un terreno no poblado que compró a un tal Semer (del que conservó el nombre para la ciudad), en un emplazamiento a nueve kilómetros al noroeste de Siquén, en la más occidental de las residencias de Jeroboam, la más cercana a la costa, desde la que influir mejor en la población mixta israelita y cananea.

ARQUEOLOGÍA - Samaria

Samaria es un promontorio que se eleva hacia todos los puntos cardinales, aunque es especialmente imponente su cara occidental, que se yergue sobre los valles que llevan hacia la llanura costera.

Omrí creó las bases de la ciudad y sus sucesores se ocuparon de ampliarla y embellecerla con edificios de gran calidad. 1R 22,39 dice que Ajab construyó una casa de marfil (probablemente el palacio) y un templo a Baal, lo que indicaba que la capital del reino quería atender y representar a todos sus súbditos, no sólo a los israelitas.

Sin embargo, fue Jeroboam II, un siglo después, quien la llevó a su máximo esplendor y creó las condiciones para que surgiera una clase aristocrática cosmopolita, influida por la cultura fenicia, que tan vilipendiada fue por profetas como Oseas y Amós.

Todos estos monarcas utilizaron arquitectos muy capaces, que elevaron edificios de gran calidad (quizá los mejores de la Palestina prerromana). La acrópolis estaba rodeada por un muro que encerraba el palacio y un gran patio. Ese muro no tenía más que un metro y medio de espesor, pero estaba cimentado en trincheras y formado por sillares encajados con tal perfección que la robustez estaba garantizada. A media colina, sobre una terraza, había otra cinta de muro y al pie de la colina se encontraba la muralla que protegía todo el cerro.

La decoración de los principales edificios era de tipo fenicio. Se han encontrado capiteles del llamado tipo protojónico (con un triángulo en el centro enmarcado por dos volutas simétricas), que hallamos en Megido y en algunos yacimientos transjordanos. También aparecieron placas de marfil tallado del siglo VIII a.C. que se utilizaban para decorar cofres y muebles.

Todavía se conservan algunas hiladas del muro israelita del siglo IX a.C., aunque la mayoría de los restos son construcciones romanas de la época herodiana, si bien la puerta oeste se usa desde época de Alejandro Magno. La intensa ocupación de Samaria en época veterotestamentaria y después de Cristo ha hecho muy difícil las excavaciones.

El autor deuteronomista no muestra ninguna simpatía por un personaje de la talla de Omrí, diciendo de él que irritó a Yahvé por su idolatría. La política que instauró Omrí iba dirigida a la pacificación interna del país, a la convivencia pacífica de todos sus súbditos, en una concordia que tenía que manifestarse también en el apoyo al culto a los dioses cananeos. El rey tenía claro que la estabilidad del Estado no podía conseguirse en medio de un permanente conflicto entre la población.

Omrí ordenó que le enterraran en Samaria, un detalle más de su voluntad de dar a la ciudad el rango de capital de dinastía, siguiendo el modelo de Jerusalén, donde tenían que ser inhumados los reyes descendientes de David. Su hijo Ajab es tratado de la misma forma por el historiador deuteronomista, cargando las tintas en su impiedad. De hecho Ajab dio un paso más, porque se casó con Jezabel, la hija del fenicio Ittobaal, rey de Tiro, aunque el texto bíblico lo llama rey de los sidonios. Es muy posible que la expresión sidonio no haga aquí referencia a la ciudad-Estado de Sidón, sino que sea sinónimo de fenicio. La política de matrimonios diplomáticos había sido ya utilizada con éxito por Salomón, pero ahora en Israel iba a provocar una reacción virulenta contra la reina extranjera y sus cultos paganos. El respeto oficial a los dioses de todos los súbditos hizo que Ajab construyera un templo de Baal como santuario oficial.

El conflicto fue en aumento dado que no sólo los extremistas yahvistas actuaban con agresividad, sino que la reina Jezabel se dedicó a perseguir a los profetas de Yahvé. Al parecer un alto funcionario de la corte, Adbías, les dio cobijo, lo que no hace más que confirmar la profunda división social que vivía el reino israelita.

PERSONAJES - Elías y Eliseo

Elías procedía de Tisbí en Cisjordania, lo que junto a su actividad le convierte en un personaje enteramente israelita, sin conexiones con el reino de Judá, salvo por su peregrinación al sur, al monte de Dios (1R 19). Elías surge de forma misteriosa y en un momento muy crítico. Se opuso públicamente tanto a Ajab como a Jezabel, que habían promovido el culto a Baal, del que Elías era enemigo implacable. Anunció una gran sequía, lo que significaba un ataque directo al prestigio de Baal, dios de la lluvia. Después de este anuncio se retiró al arroyo de Cherit, al este del Jordán. Luego viajó hasta la región de Sidón, donde se alojó en casa de una viuda a cuyo hijo salvó de la muerte (1R 17,8-24).

En determinado momento Elías se enfrentó con Ajab, anunciándole el juicio de Dios por haber asesinado a Nabot y haberle confiscado su viñedo. Maldijo tanto a la casa de Ajab como a Jezabel. El acontecimiento que culmina la trayectoria de Elías tuvo lugar en el monte Carmelo: retó a los profetas de Baal a una prueba para determinar quién era el verdadero dios, Baal o Yahvé. Del cielo bajó un fuego que prendió en el altar de Elías, mientras que las plegarias de los sacerdotes de Baal no conseguían el fuego para su altar, lo que dio la victoria a Yahvé (1R 18). Después tuvo lugar la purga de los sacerdotes de Baal y Elías tuvo que escapar a la cólera de Jezabel huyendo hacia el sur. Por Bersebá se dirigió al monte de Dios, en el sur del Sinaí, donde la tradición dice que recibió el encargo de ungir a Jazael como rey de Damasco, a Yehú como rey de Israel y a Eliseo como profeta sucesor suyo.

Ambos personajes se encontraron probablemente en Cisjordania. Eliseo dejó sus campos y se convirtió en devoto discípulo de Elías, a quien siguió desde Guilgal a través de Betel y Jericó hasta el Jordán. Después de cruzar este río milagrosamente, Eliseo fue testigo de la fabulosa ascensión al cielo de Elías en un carro de fuego (2R 2,9-12) y tomó el manto profético.

Las tradiciones sobre Elías y Eliseo se entremezclan. De hecho, es Eliseo el cumple la mayoría de los encargos que Elías había recibido en su misión divina.

Eliseo difiere en algunos aspectos de su predecesor: aparece frecuentemente en compañía de los “hijos de los profetas” y desempeña muy a menudo la función de consejero de reyes. La Biblia recoge numerosos milagros de Eliseo. Como en el caso de Elías, es difícil seguir los movimientos de Eliseo, aunque aparece a menudo en el Monte Carmelo y en Samaria. Eliseo fue principalmente un designador de reyes. Fue instrumento de la revolución política en Damasco e Israel y quien inició la sangrienta purga de la dinastía de Omrí.

En época de Ajab, la zona del monte Carmelo pudo volver a soberanía israelita en virtud de las buenas relaciones con el reino fenicio de Tiro. Elías aprovechó el momento para reclamar el lugar como santuario yahvista y lo hizo proponiendo un juicio divino, una competición entre Yahvé y Baal, que se saldó con la victoria del primero (1R 18).

El enfrentamiento religioso en el Carmelo fue un episodio local que la tradición elevó a conflicto nacional, pero realmente no sabemos si dio paso a abusos contra los profetas de Baal y a matanzas. El resultado de la confrontación no está claro, pero el Estado reaccionó y por orden de Jezabel se persiguió a Elías y el profeta tuvo que exiliarse, emprendiendo su peregrinación al sur.

TERRITORIO – El monte Carmelo

Al noroeste de la llanura de Megido se extiende el macizo del Carmelo, que se proyecta hacia el mar como un saliente rocoso al sur de la bahía de Acre. Esta zona fue durante mucho tiempo la región fronteriza entre fenicios e israelitas y sobre ella el rey de Tiro había obtenido derechos de ocupación desde la época salomónica.

Es muy probable que en el monte Carmelo hubiera un santuario ancestral, que se mantuvo activo durante siglos (Tácito cuenta en su Historia que Vespasiano

visitó allí un santuario en 69 d.C.). De hecho era un lugar muy adecuado para la veneración de una divinidad de montaña como Yahvé y quizá introdujeran allí su culto David o Salomón, porque en 1R 18,30 se dice que Elías reparó el altar que había sido demolido y posiblemente sustituido por un culto a Baal. Quizá en Judá se produjeran episodios de rivalidad religiosa con los adoradores de Baal, pero desde luego no parece que llegaran al grado de conflicto intenso que se verificó en Israel.

La tradición sobre Elías-Eliseo es una pincelada esclarecedora de la época, que tiene como fondo el final de la casa de Ajab y por tanto de la dinastía de Omrí, amenzada por las ambiciones de Damasco y por la rebelión interna de Yehú.

Esta tradición contiene otro episodio interesante: la viña de Nabot (1R 21). El intento de Ajab de incorporar a la corona el terreno para ampliar un palacete de Jezrael tiene como trasfondo un conflicto jurídico. Según la ley consuetudinaria hebrea, la propiedad del terreno era inalienable porque sólo pertenecía de Yahvé, pero para el ordenamiento jurídico fenicio la soberanía del rey es suprema y podía reclamar la finca. Que el episodio termine con la muerte de Nabot es otro indicio de la virulencia del conflicto entre comunidades.

Mapa 37. Israel y la dinastía de Omrí

OTRAS FUENTES – Inscripciones politeístas

En Kuntillet ‘Ajrud, en el norte del Sinaí, se excavó en la década de 1980 un pequeño yacimiento en un lugar donde se cruzaban importantes rutas del desierto. Se trataba de una colina poco elevada próxima a una fuente, de hecho su nombre significa “colina solitaria junto al manantial”.

Parece que en los siglos IX y VIII a.C. el reino de Israel construyó allí un par de edificios que servían de posada en el camino hacia Palestina. Uno de ellos era además lugar de culto para los viajeros y en él se han encontrado fragmentos de cerámica y revestimiento de muros decorados con motivos religiosos.

Uno de los fragmentos contiene una inscripción en la que se dice: Yahvé de

Samaria y su Asherá, en una clara alusión a la diosa consorte, que tiene el

mismo nombre que la esposa del dios Baal.

Este testimonio nos informa de que al menos parte de la población de Israel no era monoteísta y no lo fue de forma generalizada hasta después del exilio en Babilonia.