El título Madera y Carne está marcado por la historia de un hombre: inicialmente dedicado a una misión solícita de entrega y salud, que se tuerce al final en acontecimientos de avaricia y muerte, incomprensibles. Su nombre, Dr. Alexis Dubronsky. El contexto es Sapukai, un pueblo que vive la desgracia de la gran explosión causada por la colisión entre el tren lleno de bombas, enviado por el gobierno y el vagón que llevaba los rebeldes: allí murieron muchos hombres. Se recuerda aquel luctuoso 1°de marzo de 1912, alrededor de la historia del médico. Él es un gringo que parece haber encontrado un sitio para quedarse, a pesar de haber sido acusado del robo de una criatura, y por ello lo detienen algunos días en la cárcel del pueblo. Gracias a que alivió el dolor que sentía María Regalada (una apendicitis), es aceptado. Su silencio y sus ojos celestes lo caracterizan. Hasta los leprosos se acercan a su trabuco: él ayuda a todos. Su locura inicia cuando descubre monedas al interior de la imagen de San Ignacio y exige como dádiva de sus atenciones curativas que le lleven imágenes de arcilla, para destruirlas con desesperación y buscar monedas en su interior. Finalmente lo pierde su avaricia y enloquece. Ma. Regalada, quien ha sido su enfermera servicial todo este tiempo, está en estado de gravidez: su hijo tendrá los ojos azules de su padre, el doctor. Paralelamente,
93
el relato sobre Casiano Jara-Amoité y su familia con el vagón que se inserta en el bosque, va tomando cuerpo: la búsqueda de la libertad, la misión de Cristóbal Jara.
En el Relato encontramos retrocesos y avances continuos en el manejo temporal; las escenas se detienen en pausas descriptivas y dramáticas; sumarios de acontecimientos nos dan una imagen del personaje central del capítulo. Soterradamente se va acercando el elemento central del siguiente capítulo: el vagón de la familia de Casiano Jara Amoité. Las reiteraciones subrayan la importancia de este detalle narrativo. La primera historia va descubriendo un velo de una historia subyacente.
Narración: a través de un narrador omnisciente, la figura del personaje central es recreada; sin embargo, el punto de vista se multiplica por la serie de diálogos anónimos que reconstruyen al personaje. El perro deambula con el canasto en su hocico, la sombra que está junto a él –en el recuerdo de quienes observan el sonámbulo paseo del animalito− no desaparece de la mente de los sapuqueños. María Regalada será el hilo conductor de esta historia que aún no concluye. El doctor desaparece, pero la ventanilla de sus ojos azules no: Alejo, su hijo, mirará por ellos. Con él, la esperanza se mantiene viva en el alma de su madre.
Este capítulo se encuentra dividido en 16 fragmentos94, con momentos de avances y retrocesos que nos permiten percibir lo cíclico del tiempo. El fragmento 1 inicia con una analepsis, se narra el pasado de Sapukai y la explosión del tren lleno de bombas. El uso de verbos en presente y en pasado (modos indicativo y subjuntivo) provoca una elipsis: “allí yacen (indicativo) las víctimas de la explosión, aquello era como si reventara (subjuntivo) un volcán bajo los pies de la gente”. Se narra en tiempo zig-zag, la historia se adelanta y retrocede. El manejo verbal –en una combinación de presente con gerundio− demora el acontecimiento: “están rellenando (indicativo) poco a poco el socavón…, puede ser que el relleno se vaya sumiendo (subjuntivo)…las paredes… van tomando el color del maíz maduro”. La prolepsis y la analepsis se confunden en un zigzag continuo: “Pocos hombres, porque los que no fueron liquidados por la explosión y por la degollina y los
94
El análisis detallado, por fragmentos, correspondientes a este capítulo II, de acuerdo al manejo de tiempo (anacronía, prolepsis, analepsis, zigzag, media res); duración y frecuencia (isocronía y repetición); modo (distancia y perspectiva); voz (niveles narrativos y personas) se encuentra en el Anexo 3.
fusilamientos que siguieron después…”
En el fragmento 2, el presente –que es un recuerdo- narra las idas y vueltas del perro; de pronto el pasado se presenta “…así, desde hace seis meses –el tiempo que ha desaparecido el doctor- que se van a cumplir para la primavera”. Es el perro, quien en su calidad de actante, al interior de la historia, determina escenas que regresan en el tiempo, recuerdos que diseñan la imagen del tiempo circular que se narra: “pequeño planeta pelecho dando vueltas en esa órbita misteriosa donde lo vivo y lo muerto se mezclan de tan extraña manera”.95
El fragmento 3 se inicia con una elipsis, en referencia a la rebelión de los campesinos y la hecatombe que provocaron las bombas, esto da paso a una Analepsis Interna. Se cuenta lo sucedido con Alexis Dubrovsky: rumores que integran un relato: “Durante un tiempo anduvo dando vueltas, mientras sus ropas y sus botas de media caña se le acababan de deteriorar”. La anacronía se presenta en todos los verbos en pretérito perfecto simple: “Bebió el vaso de un sobro. Pagó y se fue”. Hacia el final, del fragmento 4, se presenta una Prolepsis: “Él y su silencio. No poseía otra cosa. Aún el perro y la canasta vendrían después. Y todo lo demás”.
La visión de un futuro que se convierte al mismo tiempo en un pasado al relato (prolepsis, analepsis en una espiral) es un elemento narrativo que se presenta en el siguiente fragmento 5: “Sapukai estaba tratando de dar un salto hacia el progreso, luego de ese plantón trágico de más de un lustro” Hacia el final de este fragmento, leemos una prolepsis que ubica la acción en un pretérito imperfecto del subjuntivo: “Y tuvo que pasar mucho tiempo para que volviera”
El manejo zig-zag del tiempo es evidente en los fragmentos 6 a 8. En el fragmento 9 se produce una analepsis y el pasado nos lleva a la Guerra Grande, y más allá, en un sumario elíptico de hechos: “Tres siglos atrás los jesuitas tenían en ellos sus estancias…” y sigue hacia atrás el relato hacia “el mito Zumé de los indios, que también había aparecido por allí en tiempos en que el sol era todavía una deidad menor que la luna…” Y regresa la narración al presente: “suelen revolotear a flor de tierra las mariposas fosforescentes”, hecho que se vuelve futuro para el narrador del relato: “Aún hoy suele
95
ocurrir que al cavarse una tumba nueva…” Hacia el final del fragmento, retroceder y adelantarse es la modalidad narrativa. Los verbos, que relatan la escena protagonizada por Taní Caceré, se conforman de acuerdo con ese movimiento pendular: es, ha sido fundado, allí fue, encontró, tengo, voy, dejó.
A través de la anacronía, en el fragmento 11, se conoce cómo el doctor Dubronsky atiende a todos. Los verbos en pretérito perfecto simple y pretérito imperfecto del modo indicativo −en forma perifrástica− así lo evidencian: se hacían atender, habían querido permitir. Al final se presenta una elipsis: “ese vagón fue el que más tarde parecía alejarse misteriosamente…” Esta frase nos proporciona un indicio sobre lo que el relato nos presentará a futuro. El diálogo de Ña Lolé con interlocutores anónimos da tiempo presente al relato del fragmento 12. Al interior del tren, los pasajeros no tienen nombre, simplemente son testigos de las actuaciones de los demás; quien habla con mayor altura de voz será el protagonista del momento: el silencio de su auditorio lo juzga.
En el fragmento 14 encontramos una anacronía externa. Se mantiene el fragmento como una unidad: “Nadie lo supo, porque desde entonces la puerta de tacuaras no se abrió para nadie”. La elipsis se presenta hacia el final: ”Anduvo así unos meses, borracho, enloquecido, más callado que nunca”. Percibimos la destrucción interna del personaje, días antes de su desaparición definitiva. Hacia el fragmento 15, una anacronía externa da lugar a un zig-zag: avance y retroceso al interior de ese pasado. Y una prolepsis: “No sabe por qué ha sucedido todo eso. No lo supo entonces. Tal vez no lo sabrá nunca”. El fragmento que cierra el capítulo (16) es una unidad. La prolepsis se presenta hacia el final: se prolonga la imagen del Doctor en la gravidez de María Regalada. Se vuelve al punto inicial de la historia del gringo.
La isocronía y la repetición son recursos asertivos que apoyan la visión cíclica temporal. El saludo: ¡Allá va el Doctor!, del fragmento 1, es reiterativo. El perro recibe silenciosamente, con su cabecita gacha, los saludos, pues junto a su figura, camina en la memoria de todos, su dueño. “Casi lo ven andando todavía tras el perro”. En el fragmento 2, la isocronía se da por los dos hechos: Ma Regalada mira el paso del perro, y éste pasa a la misma hora: es un círculo vicioso. Identificamos una iteración interna, a la muchacha y al perro, los identifica algo más que una obsesión, “una resignada y silenciosa manera de aceptar los hechos sin renunciar a su espera”. El hecho narrado se presenta desde
diversos ángulos: el perro se pasea por el pueblo; es la sombra inexistente del Doctor la que va junto a él: todos la perciben, pero no hay un cuerpo físico que la produzca. La imagen del galeno ha quedado impregnada en la memoria del pueblo, de tal manera que su sombra deambula en la memoria de todos.
El robo del chiquillo, atribuido al Doctor, (narración del fragmento 3), se repetirá en otros fragmentos, constituye un relato iterativo “basado en meras habladurías surgidas de los comentarios de los soldados o las chiperas de la estación”. El silencio del personaje, aparte del color y la forma de sus ojos, es una característica reiterativa, que lo señalará sin nombrarlo directamente: aquellas ventanillas celestes las veremos más tarde en Alejo.
Otro hecho reiterativo se manifiesta en la descripción histórica de la explosión que ya se ha anunciado en fragmentos anteriores: “El penacho de fuego levantado por la bomba en la luctuosa noche del 1°de marzo de 1912”, narrado en el fragmento 6.
La isocronía del fragmento 8 se presenta entre el pasado (lo relatado de las memorias del narrador) y el “presente”, la acción por la cual Alexis Dubrovsky se transforma en el doctor. La descripción del lugar donde se presenta la historia de Ma. Regalada, la alusión a la misión de las estancias jesuitas en esa región y la visita de Taní Caceré al gringo, conviven con las referencias históricas, en una isocronía natural, en el fragmento 9. El relato iterativo no se presenta al interior de este fragmento, pero la talla de San Ignacio de Loyola96 –encontrada por José Rosario, abuelo de María Regalada− será parte de una reiteración narrativa.
Casiano Jara Amoité y la imagen del vagón es el hecho reiterativo que se presenta hacia el final del fragmento 11. El vagón va –camina solo, en forma misteriosa- hacia el bosque: “El vagón de los Amoité seguía avanzando imperceptiblemente”. La isocronía se presenta entre dos hechos que se visualizan paralelos en el fragmento 12: el diálogo anónimo de las mujeres sobre María Regalada y la sepultura del cuerpo del jefe político “casi ya en el campo campo, no en sagrado…”
El fragmento 15 presenta un hecho reiterativo evidente, lo relacionamos con el
96
Este dato hace alusión a las Reducciones Jesuíticas guaraníes en Paraguay en el siglo XVII. San Ignacio de Loyola es el fundador de la orden religiosa católica de la Compañía de Jesús.
fragmento 2 del mismo capítulo: “No se animó a tocarlas por temor de que sangrasen a través de sus heridas la sangre negra del castigo de Dios”. Finalmente, en el fragmento 16, se presentan dos elementos reiterativos: María Regalada y el perro con su canasta entre los dientes y hacia el final la alusión “…al vagón destrozado que parece seguir avanzando, cada vez un poco más, sin rieles… tal vez el mismo vagón del que arrojaron años atrás al doctor”. Y el ciclo temporal vuelve al mismo punto: el pasado y el futuro se enroscan en sí mismos.
En el fragmento 1, se presenta un narrador testigo. “Todos los días, haga tiempo bueno o malo, temático el animal estrena el camino que viene del monte…” Observa el paso del animal y nos detalla desde su percepción de transeúnte anónimo. Este narrador testigo pasa a ser omnisciente en el fragmento 2, no solo conoce lo que ve: percibe las sensaciones y los recuerdos de Ma. Regalada, sus miedos y ansiedades; ella no puede tocar las imágenes degolladas, “teme que si las mueve, puedan echar de pronto sangre de su negra madera”. Hacia el fragmento 4, este narrador omnisciente conoce lo que sucederá a futuro, se coordina con la prolepsis hacia el final del fragmento. La narración se ubica en primera persona a través del diálogo de los personajes: “Me huele a poguasú juido de algún país de las Uropas”. Así se expresa anónimamente un sapukeño sobre el Doctor. Hacia el fragmento 6, el narrador testigo, intradiegético, está en la historia, relata lo observado desde la mirada de un pueblerino: “Las botas se cambiaron por unas alpargatas…Ninguno de los que allí estaban, salvo el jefe político, recordaba con gusto estas cosas”
En el fragmento 9, el narrador oscila entre testigo, omnisciente (conoce el presente, el pasado y nos da indicios del futuro); pero se presenta en cierto momento copartícipe – homodiegético- de lo narrado: “cuando hay viento se oye su voz (aparición de Sto. Tomé) resonando gravemente en las concavidades”. Desde el fragmento 10 al 16, un narrador testigo ominisciente narra los acontecimientos. “…Y entonces el Doctor fue el hereje que, en un ataque e rabia o de locura, como cuando quiso tirar al chico por la ventanilla del tren, había degollado a los santos” Esta referencia reiterativa nos regresa al punto inicial: el punto de vista nos devuelve al origen del Doctor, a su génesis.
Del fragmento 1 al 7 se mantiene un relato heterodiegético. El narrador está ausente en la historia, no es personaje, pero relata lo que le ha sido narrado. Se combina la
primera persona singular -homodiegético- y la tercera persona singular –heterodiegético-. En el fragmento 8, el relato heterodiegético permite acercarse al acontecimiento desde una temporalidad zig-zag. En el presente del relato, el Doctor cura a María Regalada; en el pasado, el narrador cuenta sus recuerdos; en el futuro, el personaje se ha forjado su espacio en el pueblo.
En el fragmento 9, el narrador está visiblemente expuesto al momento de describir el hoy de Sapukai y el cementerio. “El puesto de sepulturero en Sapukai es casi una dignidad…y nadie les ha discutido ese derecho”. Los fragmentos 10 a 16 presentan un relato heterodiegético; solo en el 12 podría afirmarse que un narrador homodiegético se presenta en el diálogo con interlocutores anónimos: las opiniones de los sapukeños saltan a primera escena: -“¿Y el gringo, qué hace? –Nada. Ni le habla. Quiere más al perro, parece. Pero eso es lo que la tiene mal a María Regalada…”
En este segundo capítulo, Madera y Carne, se presenta el personaje Alexis Dubrovsky, quien sufre un proceso de transformación, desde el rechazo, hacia la aceptación, desde la indiferencia hacia la admiración y el respeto. El contexto, Sapukai, un pueblo con vida propia –es un actante− por ello las personificaciones son constantes: “Sapukai gira lentamente hacia la salida del sol con su caserío aborregado en torno a la iglesia mocha, a las ruinas de la estación”. A manera de isocronía, María Regalada presenta su historia paralela: hija de Taní Caceré y digna descendiente de la jerarquía de los enterradores, en una visión de humildad y acercamiento religioso hacia el doctor; es quien cierra el círculo del rechazo y la aceptación al personaje extraño en el que aquel se convierte. Se narra a la vez, como una imagen refractaria, la explosión del tren del 1° de marzo de 1912: hecho luctuoso que marca al pueblo de Sapukai.
El manejo zig-zag del tiempo −en sus constantes anacronías, prolepsis y elipsis− nos permiten construir el personaje central del cual no escuchamos ni una palabra, ni un diálogo, es un silencio que camina; sin embargo, su presencia es fuerte: la relación con los leprosos fortalece la imagen cristiana que todos le atribuyen, si agregamos a ella los elementos físicos: las alpargatas, el poncho, el sombrero raído, su cabello y barbas descuidadas, se comprende por qué los sapukeños no dudan en atribuirle características religiosas y místicas, aún luego de su extraña e incomprensible desaparición.
El narrador heterodiegético, hacia afuera del relato, narra en su posición de testigo lo que mira o lo que le contaron que alguien miró: esta indefinición del tiempo, permite construir la historia hacia adentro. Otro relato paralelo, en un nivel inferior al de María Regalada, se va forjando con la reiteración del vagón de tren que alguien empuja hacia la selva. El tiempo no se define: es pasado o es futuro que se funde con los recuerdos. Nuevamente esta imagen persiste para el lector: el tiempo es cíclico, los recuerdos vuelven una y otra vez a ser presente.
La imagen de los leprosos, aquellos “moribundos” a los que cuida con celo y mística María Regalada, empiezan a ser el nexo entre las historias, su presencia temporal es imprecisa. Finalmente, el narrador nos permite conocer la opinión crítica de los pueblerinos: el doctor fue aceptado gracias a sus servicios médicos; sin embargo, luego de su desmoronamiento, la sentencia será inapelable, es un hereje, pero nadie se atreve a hablar mal de él: perdura su presencia benéfica y curativa, mezclada con los últimos acontecimientos que daban razón de su locura97.