El 18 de septiembre de 1967 el periódico El Diario, de la ciudad de La Paz, dio la noticia de que el Vicepresidente de la República, Luis Adolfo Siles Salinas, y los instructo- res norteamericanos habían clausurado el curso de entrena- miento del Regimiento Ranger y entregado diplomas a jefes, oficiales y soldados.
El comandante del regimiento, coronel José Gallardo, ex- presó que los asesores norteamericanos eran los artífices de la nueva personalidad que tenían los soldados bolivianos. El mayor Ralph Shelton pronunció un discurso en nombre de los 15 expertos norteamericanos que adiestraban al ejército boli- viano, en el cual refirió que, en una lucha como esta, los solda- dos necesitan ser muy duros; al dirigirse a ellos, les dijo: “Estoy muy orgulloso de ustedes. Ahora están listos para combatir.”
Zenteno Anaya calificó a Shelton como “dilecto amigo de Bolivia”, y lo felicitó efusivamente por el trabajo desplegado. Luego, habló Siles Salinas. El acto concluyó con el desfile de los 640 rangers con los uniformes y las boinas verdes al estilo de los utilizados por el ejército norteamericano en Vietnam.
En La Paz, Sergio Almaraz Paz, junto a los intelectuales René Zavaleta Mercado, Jaime Otero Calderón, Raúl Ibarne- garay Téllez, María Elba Gutiérrez, Félix Rospigliosi Nieto, Horacio Torres Guzmán, Guillermo Riveros Tejada, Jorge Cal- vimontes Montes, Sergio Virreira, Eusebio Gironda y Enrique Fernholds Ruiz, fundaron la Coordinadora Nacional de la Re- sistencia y editaron el Manifiesto a la nación, que comenzó a cir- cular clandestinamente, donde, entre otros planteamientos, se manifestó:
“Ha llegado la hora de convocar a los pueblos en defensa de la Patria boliviana”.
“El país está, en efecto, más ocupado que nunca en el pa- sado y este hecho sólo es ignorado por los que se niegan a ver las cosas tal como son o por los interesados en encubrirlas. Jamás la suerte de los bolivianos, los negocios superiores de la Nación como Nación y hasta los menores detalles operativos de la administración han estado tan directamente en manos de
extranjeros. Hoy puede decirse que ya nada sino la miseria, la persecución y la muerte pertenece a los bolivianos en Bolivia”.
Los firmantes del documento señalan que son hombres sa- lidos de la carne de esta tierra, provenientes de sectores varios de opinión, de agrupaciones políticas diferentes, considerando que “nos vemos ahora sin dudas en el caso de llamar dramáti- camente a nuestro pueblo, enjuiciando en exclusivo nombre de nuestras personas y como responsables absolutos, pero ante la Nación entera, esta confabulación del imperialismo y la Anti- patria que, aunque discurre y reina triunfante en la Bolivia de hoy, sólo ha de mantenerse si el país renuncia para siempre a ser dueño de sí mismo”.
En otra parte del manifiesto, expresan: “Es el plan norte- americano y no Barrientos ni Ovando quien gobierna en este país. Es un plan que se dirige a la ocupación directa de los sectores estratégicos de nuestra economía, a la destrucción o inmovilización de los sectores estratégicos de la composición social del país y, en suma, a la desnacionalización posterior, paulatina y sistemática de Bolivia entera [...]”.
Con respecto a la represión obrera y, especialmente, a los mineros, plantearon: “Para la contrarrevolución, era necesario destruir a esta clase esencialmente peligrosa y, para hacerlo, se mostraron dispuestos a los extremos más terribles, sin ejemplo en la historia harto terrible de nuestra patria.
“La historia se remonta al régimen anterior. A lo largo de más de un año y medio, la embajada americana, por medio del señor Henderson, presionó sobre el gobierno de Paz Estens- soro, con puntualidad casi semanal, exigiendo el ingreso del ejército en los distritos mineros y amenazando con que, en caso contrario, se suspendería la tercera etapa del Plan Triangular.
Se sabía que el ingreso militar a las minas no sería posible sin derrame de sangre, pero se alegaba que no se podía revisar en el sitio los resultados de las fases anteriores puesto que sus funcionarios eran tomados como rehenes por los mineros, tal como ocurriera en alguna ocasión. Acaso pagando el precio del poder que había recibido, Barrientos acabó por ceder a esta exigencia, poco menos que entusiasmado con las acciones se- gún reveló la prensa de aquellos días aciagos [...]”.
El manifiesto denunció las crueles matanzas realizadas, du- rante el régimen de Barrientos, en los barrios de Villa Victoria, Munuypata, El Tejar y en otros de la ciudad de La Paz; en los cen- tros mineros de Milluni, Kami, Atocha, Telamayu y Catavi; reve- ló el uso de la artillería y la aviación contra poblaciones abiertas, para seguidamente añadir: “Pero esto no bastaba: el 24 de junio de 1967 las minas son nuevamente escenarios de otro genocidio, bautizado por el pueblo como la Masacre de San Juan. Esta vez, porque la incongruencia y descomposición del régimen se ven sacudidas por un elemento perturbador, que le obliga a buscar la unidad basada en el compromiso de un crimen. Los obreros —lo sabe todo el mundo en Bolivia— fueron después, luego de la matanza misma, despedidos en masa, reducidos a la mitad los salarios de los que quedaron, sometidas sus organizaciones a reglamentaciones solo comparables con las existentes en la España de Franco y el Portugal de Oliveira Salazar. Curioso tra- tamiento desarrollista para hombres que no tienen un término medio de vida mayor a los treinta años. Barrientos había dicho: ‘Reprimiremos con la violencia más brutal’.
“¿Cómo explicar esta agresividad vesánica hacia una clase entera que es, además, la más trágica en un país trági- co de hechos?”.
Refiriéndose al ejército, el manifiesto sostuvo: “Por eso, el plan de ocupación de los norteamericanos se continúa dentro del propio ejército, que es hoy también un ejército ocupado como Bolivia es una nación invadida.
“En nombre del Ejército, entre sobornos, francachelas y nepotismos de despreciable estirpe, se ha conspirado contra la esencia misma del ejército, que no es otra que la defensa de la soberanía territorial y económica de la nación, el resguardo de su doble frontera exterior e interior.
“Hoy, en nombre del ejército, que al fin y al cabo no es sino la guerrilla de nuestros padres hecha institución, no ha- blan sino los entregadores del ejército, que cambian a su Patria por automóviles Mercedes Benz. Bastaría con decir que desde hace muchos años el último curso entero del Colegio Militar es instruido en los institutos norteamericanos de Panamá.
“Tal es la ocupación, que el de hoy es un ejército que, en cuanto a equipo y hasta en lo que se refiere a su propia doctrina militar, no está orientado en defensa de Bolivia como Bolivia, que es un territorio y un campo humano determinados, sino para el resguardo de esta parte del continente como sección del Imperio norteamericano”.
El manifiesto concluye señalando: “Es la hora de organi- zarse sin otra consigna que la de reducir a sus límites debidos a un invasor extranjero que nos desprecia y escupe sobre nues- tros símbolos más íntimos. Es la hora en que los bolivianos de- ben juntar sus brazos para echar a los intrusos. Nosotros, cua- lesquiera que sea nuestra suerte posterior, llamamos a nuestro pueblo a despreciar las facciones y reclutarse en torno exclusi- vo de la Nación, que debe pensar en sí misma ante que en nin- guna otra cosa. ¡Resistamos a los que ocupan nuestra patria!”.
Mientras el Manifiesto a la nación circulaba clandesti- namente, los militares, asesores y marines norteamericanos continuaron llegando. El 5 de octubre de 1967 el periódico El
Diario, de la ciudad de La Paz, reportó desde Cochabamba que
en un avión Hércules de las fuerzas aéreas norteamericanas, el domingo último habían pasado por esta ciudad médicos de los Estados Unidos y repuestos para helicópteros de las fuerzas armadas que operaban en el sudeste del país en las operaciones contra las guerrillas. El periódico añadió que la información fue confirmada por el mayor Víctor Lora, jefe de la base aérea militar Nº. 2 de esa ciudad. Y amplió su despacho al señalar que personas que observaron en la base aérea el paso de la mencionada aeronave, afirmaron que la misma conducía tam- bién a algunos oficiales y efectivos de la marina.
Mientras las tropas rangers penetraban en la zona guerri- llera, el 22 de septiembre los guerrilleros tomaban el caserío de Alto Seco, para continuar hacia el Picacho y las cercanías de La Higuera, adonde llegaron el 26, este mismo día se dirigieron hacia la población de Jagüey, donde el ejército les había prepa- rado una emboscada. En ella murieron Coco Peredo, Manuel Hernández Osorio y Mario Gutiérrez Ardaya. Los militares condujeron los cadáveres a la población de Pucará atados sobre unos burros. Esto provocó consternación entre los pobladores, porque los amarraron como si fueran una carga cualquiera y no seres humanos; posteriormente, los trasladaron para Valle- grande. La documentación fue entregada a los agentes de la CIA Julio Gabriel García y Félix Ramos, quienes la enviaron a los Estados Unidos.
Después de la emboscada, los guerrilleros Antonio Do- mínguez Flores, León, y Orlando Jiménez Bazán, Camba, no re-
entregó al ejército y el segundo fue hecho prisionero dos días después. Cuando los llevaron a Vallegrande, Barrientos se en- trevistó con ellos para ofrecerles garantías a cambio de que co- laboraran con el gobierno. Los agentes de la CIA Félix Ramos y Julio Gabriel García procedieron a torturarlos e interrogarlos, y les expresaron que no creyeran en las promesas de Barrientos, porque eran ellos los que decidían y no les importaba un gue- rrillero más o menos. León aportó valiosas informaciones sobre la composición de la guerrilla, el número exacto de los que que- daban, el estado de salud de cada uno, en especial del Che, de quien manifestó que su seudónimo era Fernando, y respondió a todas las preguntas que le formularon; se comprometió a decla- rar contra Debray y Bustos. Aceptó testificar todo lo que las au- toridades entendieran necesario y útil. Lo trasladaron a Camiri y lo ubicaron en la misma celda de Ciro Roberto Bustos, con la orientación de que informara todo lo que sucedía dentro de ella.
La emboscada del 26 de septiembre, la muerte de tres va- liosos compañeros, la detención del Camba y la deserción de León significaron un serio golpe a la tropa guerrillera, que se vio obligada a cambiar los planes y tomar una ruta no prevista. Además, León llevaba la mayoría de las medicinas y parte de los alimentos que no podían trasladar los guerrilleros enfermos o los que se encontraban en malas condiciones físicas; todo eso creó nuevas dificultades a la guerrilla.