• No results found

First Heuristic: Generalized Bisection Search

4.4 Main Results

4.4.2 First Heuristic: Generalized Bisection Search

En el caserío de La Higuera, alrededor de las doce de la noche, Ayoroa salió a pasar revista a la tropa, cuando escuchó un gran escándalo proveniente del lugar donde varios soldados ran- gers, en compañía del corregidor Aníbal Quiroga, bebían y ya estaban borrachos y enardecidos. Al acercarse escuchó que se disponían a asesinar al Guerrillero Heroico. Entre los oficiales se encontraban Mario Terán y Bernardino Huanca, los que mo- mentos antes insultaran al Che y amenazaran con asesinarlo.

Ayoroa tenía que hacer cumplir la orden de mantener al Che con vida e intervino de manera enérgica. Según algunos vecinos de La Higuera, en ese período murió el guerrillero heri- do, Alberto Fernández Montes de Oca, Pacho, sin que en ningún momento recibiera atención médica.

Ante la insubordinación, Ayoroa y Prado decidieron res- ponsabilizar con la custodia y seguridad del Che a los oficia- les Tomás Toty Aguilera, Carlos Pérez Panoso, Mario Eduardo Huerta Lorenzetti y Raúl Espinosa. Cada uno de ellos debía permanecer por turno a su lado.

En La Higuera, los oficiales iniciaron la custodia del Che; cuando le correspondió a Mario Eduardo Huerta Lorenzetti, un joven de veintidós años de edad y miembro de una familia ho- norable de la ciudad de Sucre, el Guerrillero Heroico conversó

largo rato con él. Huerta contó a personas amigas que la figura y mirada del Che lo habían impresionado mucho, hasta llegar, en ocasiones, a sentirse como hipnotizado. El Che le habló de la miseria en que vivía el pueblo boliviano; sobre el trato respe- tuoso que los guerrilleros les dieron a los oficiales y soldados hechos prisioneros por la guerrilla; le hizo notar la diferencia del que recibían los prisioneros del ejército. Refirió Huerta que le pareció que el Che era como un hermano mayor por la forma en que hablaba. Que como sentía frío, le buscó una manta y lo “arropó”; le encendió un cigarro y se lo puso en la boca, ya que tenía las manos atadas a la espalda. El Che le dio las gracias; le explicó cuáles eran los propósitos de su lucha y la importancia de la revolución contra la explotación que el imperialismo nor- teamericano sometía a nuestros pueblos.

Huerta le preguntó por su familia, y el Che le contó sobre sus cinco hijos. También le habló de su esposa, de Camilo Cien- fuegos, de Fidel Castro; le manifestó todo el cariño y respeto que sentía por ellos, de cómo liberaron a Cuba y de los logros de la Revolución Cubana.

El Che le pidió que le desamarrara las manos y recabó su ayuda para evadirse de allí. Narró Huerta que sintió deseos de ponerlo en libertad; salió a observar cómo estaba la situación fuera de la escuela; habló con un amigo de apellido Aranibar, apodado El Oso, y le pidió ayuda, pero este le dijo que resulta- ba muy peligroso, pues podía costarle la vida. Entonces vaciló, temió y no actuó. Confesó que el Che lo miró fijamente y no dijo nada, pero que él no podía sostenerle la mirada.

Día 9 de octubre en La Higuera

Al amanecer del 9 de octubre, Julia Cortés, una de las maestras de La Higuera, se dirigió a la escuelita. El Guerrillero Heroico había pasado la noche en el aula donde ella impartía sus clases. Julia, influenciada por los militares, fue con la intención de in- sultarlo y pedirle que saliera de allí. Efectivamente, comenzó a decirle improperios. El Che habló suavemente con ella; hubo un intercambio de preguntas y respuestas. Él le rectificó una falta de ortografía escrita por ella; le habló de su trabajo como educadora y formadora de los futuros hombres de Bolivia, de la importancia de su labor, de aquel hecho de la historia de América que ocurría en su escuelita y del cual ella era testigo. La maestra se quedó sorprendida y convencida de que estaba en presencia de un hombre totalmente diferente a como los mi- litares le hicieron creer. Un hombre cabal, íntegro y noble. Así lo dijo después a los soldados y pobladores de La Higuera. Por estas afirmaciones, la acusaron de simpatizar y colaborar con los guerrilleros. Durante algunos años fue moralmente difama- da en venganza por hacer pública su apreciación sobre el Che; sindicada como una maestra de ideas comunistas; la amenaza- ron en reiteradas ocasiones de que si hablaba, sería separada del magisterio.

La maestra salió del aula cuando el oficial que le permitió entrar, le pidió que se alejara del lugar, porque iba a aterrizar un helicóptero en las proximidades del caserío. Eran las seis y treinta de la mañana. Del aparato descendieron Zenteno Ana- ya y el agente de la CIA de origen cubano que se hacía llamar Félix Ramos; por este agente se protagonizó un incidente en Vallegrande donde Saucedo Parada, jefe de la Inteligencia de

la VIII División, se tuvo que quedar, porque no había espacio para los dos y, entre uno y otro, Zenteno consideró que Félix le resultaba más útil; colocó al jefe de la Inteligencia boliviana en un segundo plano.

Zenteno recibió los partes militares; visitó la casa del tele- grafista Humberto Hidalgo, allí le mostraron una parte de las pertenencias de los guerrilleros. En compañía de los oficiales y del agente de la CIA, se dirigió hacia donde estaba el Che. Zenteno habló brevemente con él. Una vez que salió del aula, entró el agente de la CIA, quien en forma agresiva comenzó a insultarlo e intentó maltratarlo con violencia. Militares que presenciaron este encuentro manifestaron que parecía que el comandante Guevara conocía a esta persona y sus anteceden- tes contrarrevolucionarios, porque le respondió con desprecio a sus insultos, lo trató de traidor y mercenario. Luego, Zenteno procedió a observar los cadáveres de Antonio, Arturo y Pacho, a quien confundió con el guerrillero boliviano Aniceto Reinaga.

A las ocho y media, aproximadamente, Zenteno Anaya se trasladó con Ayoroa y Prado al lugar donde se desarrolló el combate del día anterior.

Inmediatamente el agente de la CIA instaló un equipo completo de una pequeña planta de transmisión de gran alcan- ce, para enviar un mensaje cifrado a la CIA; con posterioridad, montó una máquina fotográfica de cuatro patas sobre una mesa al sol, para fotografiar una agenda alemana de color rojizo, de unos 20 centímetros de ancho por 30 de alto, que resultó ser el

Diario del Che. Un soldado lo ayudó sujetando las páginas, por

eso su dedo quedó fotografiado en muchas de ellas. Fueron más de 300 fotos, porque la cámara las iba captando de dos en dos.