CHAPTER 4 ALGORITHMS FOR POSITIONING AND TRACKING
4.3 Signal Estimation Process
4.3.2 Bayesian filters
El sujeto de la tradición. - Las morosidades del otoño. - Defender el m arxism o, es de fender una debilidad. - De la dom inación idealista. - De Dios a la idealingüistería.
1
Esta pregunta que, sin duda, fue preciso que nos atormentara, izquier distas memorables y de corta memoria, esta pregunta de la cual, cono ciéndola apenas, llevamos lo oscuro a lo más oscuro que ella misma, a la clase fabril [classe d ’usine], a su historia obtusa, esta pregunta: «¿Qué es, en política, un sujeto?», ¿puede ser materialista? ¿Puede ser marxista?
¿Se trataría -com o deseó Politzer, matándose a tal efecto-, de añadir al materialismo dialéctico una «psicología» conveniente? Digo varias veces no. No es cierto que el marxismo, ocupándose, supongámoslo, para la satisfac ción general, de las clases y del Estado, de la historia y de la política, haya dejado en blanco, para otros cocineros del concepto, el dominio sospechoso del individuo, el furor del sexo o la emoción de amor.
Imaginar que haya cierta falta que colmar del marxismo, cierta discipli na regional en que extender sus poderes -u n a psicología, se vanaglorian por ejemplo de pensar en la misma del lado ruso, con algunos perros de saliva educativa-, esto no condujo a nada, y nunca conducirá a nada.
Nuestra pregunta, más radical, no tiene figura de región del concepto. Preguntamos: «¿Qué es lo que hace sujeto?» y es en los dominios mejor constituidos de la tradición, la acción de clase y su partido, que esta pre gunta resuena más abruptamente.
La susodicha tradición no deja de abrigar el problema. Quizá lo tenga, precisamente, demasiado abrigado. Es una distinción completamente orto doxa oponer la «clase en sí», pura existencia del colectivo obrero, a la «clase para sí», subjetivamente constituida en su propósito de revolución.
La pista abierta es que los fenómenos organizacionales de la política conciernen, en un proceso histórico, a lo subjetivo. Son su materia.
El debate resuena, a lo largo de ciento cincuenta años de historia, de enredos sobre quiénes son los actores de la historia. ¿Las clases? ¿Las ma sas rebeldes? ¿El Estado? ¿Los jefes? ¿Quién, pues, hace la historia como sujeto? ¿Quién, pues, es sujeto del verbo «hacer»?
Mao, sobre este punto, roza la teología: «El pueblo, sólo el pueblo, es la fuerza motriz, el creador de la historia universal» (O C III, 217).
El pueblo está aquí en posición subjetiva trascendente.
El leninismo fue, ciertamente, una gran etapa de concentración del marxismo sobre la actividad subjetiva. La teoría de la organización como sujeto práctico ordena allí el análisis de clase.
En Marx, habría más bien una teoría del Yo [Moi], una crítica de las ilusiones de la consciencia. Las posiciones de clase son explicitadas en sus dispositivos ideológicos que no están demasiado lejos de evocar la función de lo imaginario en la edificación ideal de este Yo [Moi] del cual todo sujeto hace su Todo.
Está también este debate recurrente sobre el rol del individuo en la historia. Avatares próximos: la tesis khrouchtcheviana del «culto de la personalidad» para conjurar el fantasma de Stalin, y la caída de ícaro de Lin Piao cuando bajo el estandarte de la «teoría del genio» procuraba propulsar a Mao al cielo inactivo de los budas proletarios.
Miren el disparate de este legado.
Excluyo, en todo caso, todo reestablecimiento del sujeto como hogar simple, como punto de origen, como constitución de la experiencia. La teoría del sujeto está en las antípodas de toda transparencia de elucidación. La inmediatez, la presencia-en-sí son los atributos idealistas de lo que es introducido con el único fin de vincular la división dialéctica.
Concentración de la dialecticidad de lo real, el proceso-sujeto toca esencialmente a la escisión. El sujeto no se sobrepasa [ne s’outrepasse] en ninguna reconciliación, ni de sí con lo real, ni de sí consigo. Lacan es nuestro educador presente sobre esta precaución mayor.
2
¿Con qué nos entretenemos, en este otoño de 1977? La desesperación de la historia, el esteticismo singular, el gusto de las construcciones es peciales, la convicción de que la monstruosa figura del Estado domina y
define nuestro destino y de que la razón occidental, de la que el marxismo no sería sino el consecuente moderno, se inviste en esta definición. La prensa se hace eco de que habría, en fin, con el gulag y los inundados vietnamitas, con Pol Pot y la armada soviética, de qué mofarse del mar xismo abominable.
La ética de esta corriente se distribuye entre una moral de los derechos (afirmar la vida del individuo contra la abstracción mortal del Estado) y una política del mal menor (afirmar los parlamentos del Oeste contra los totalitarismos del Este). La ambición comunista, desear la política de masas más bien que el arbitraje humanista y jurídico, es juzgada criminal. Se apela, contra la violencia ideológica, a la regularidad persistente de las instituciones, en la medida en que ellas protegen la consciencia insular.
El radical-socialista Alain ya lo decía: «el ciudadano contra los poderes». Esta modestia francesa retorna, en una diatriba antimarxista que alimenta un personaje clave: el renegado del izquierdismo, el maoísta arrepentido, que hace negocio -co m o ya toda una generación de intelectuales «stali- nianos» de los años cincuenta- con que ya no volverá a equivocarse.
Confíen la educación de la gente a estos fatigados del antagonismo, a todos los que, habiéndose unido a la suerte de los obreros, volvieron desde entonces a su plaza, prescrita, de intelectuales, y tendrán, deseo de los profesionales del Estado, con qué mantener por veinte años al pen samiento en la estrechez del curso de las cosas. Cada uno valdrá por sí, nadie pretenderá hablar por ninguno.
Es el más seguro camino de lo peor. Cuando se renuncia a lo universal, se tiene el horror universal.
Respecto de este desafío mediocre, hay dos actitudes, entre las diversas personas que puedo conocer: defenderse o transíormarse.
«Defender» el marxismo y la política no conduce sino a la sordera. ¿Creen ustedes que podrían clamar ‘crim en’ a los gritos, nuestros antimarxistas, y anunciar nuestra debacle, si estuviéramos en el punto de poder defendernos victoriosamente? Aseguro que, vacía de toda no vedad, la propaganda antimarxista de los arrepentidos y de los retirados
[rangés-des-voitures]76, de los Derechos del hombre y de los amateurs de
tranquilidad helvética, no tienen sino la eficacia de nuestra debilidad. Sí, reconozcámoslo sin ambages, el marxismo está en crisis, el mar xismo está atomizado. Pasados el impulso vital y la escisión creadora de los años sesenta, pasadas las luchas de liberación nacional y la revolución 76 Expresión que refiere, en argot, a aquellos delincuentes que han abandonado ya la vida activa. (N. del T.)
cultural, heredamos, en tiempos de crisis y de guerra amenazadora, un dispositivo de pensamiento y de acción fragmentaria, estrecho, atrapado en un dédalo de ruinas y de supervivencias. Esto a lo que le damos el nombre de «maolsmo» es menos un resultado acabado que una tarea, una directiva histórica. Se trata de pensar y de practicar el post-leninism o. Valorar lo antiguo, iluminar la destrucción, recomponer la política en la insuficiencia de sus apoyos independientes, y esto aun cuando la historia prosigue bajo los pabellones más sombríos.
Defender el marxismo, hoy es defender una debilidad. Hay que hacer el marxismo.
Por ello el enunciado paradójico que les propongo: aunque sea evidente que nuestros antimarxistas estén en contra, sobre todo, de la dialéctica, es el materialismo el que hay que refundar, con el armamento renovado de nuestra potencia mental.
Si nosotros soltáramos la prenda, contentándonos, como en la época activista, con afirmar que el movimiento lo es todo, y que se divide en dos, y que los antimarxistas exigen un retorno de teólogos a los Derechos y a las leyes, permaneceríamos de espaldas al muro, ciegos a nosotros mismos y a la época.
Ciertamente, no es un azar que los embates de los Glucksmann y otros apunten sobre Hegel y sobre la Razón en la historia. La dialéctica es la apuesta suprema
Tales como los ardides tácticos de la China antigua, reservamos al adversario esos bruscos cambios de terreno que hacen de sus cursos des tructores unas caballerías para molinos de viento.
Le pedimos al materialismo que incluya aquello de lo cual tenemos ne cesidad, y de lo cual el marxismo siempre hizo, aunque fuese sin saberlo, su hilo conductor: una teoría del sujeto.
El texto inaugural se intitulaba Manifiesto del Partido Comunista. Qué eran, en 1849, esos comunistas, sino el sujeto nuevo del cual decían, los padres fundadores,
que ellos (los comunistas) no forman un partido distinto opuesto a los otros partidos obreros.
No tienen ningún interés que los separen del co n ju n to del proletariado.
No establecen principios particulares sobre los cuales querrían modelar el movimiento obrero.
Los comunistas no se distinguen de los otros partidos obreros más que en dos puntos: 1. En las diferentes luchas nacionales de los proleta
rios, ellos anteponen y hacen valer los intereses independientes de la nacionalidad y comunes a todo el proletariado. 2. En las diferentes fases que atraviesa la lucha entre proletarios y burgueses, representan siempre los intereses del movimiento en su totalidad.
Prácticamente, los comunistas son, pues, la fracción que estimula a todas las otras; teóricamente, tienen sobre el resto del proletariado la ventaja de una inteligencia clara de las condiciones, de la marcha y de los fines generales del movimiento proletario (Marx-Engels, OC I, 123).
Los comunistas: en el movimiento histórico, el sujeto político. De este punto, nos es preciso volver a partir.
3
La tesis materialista no es simple. Lo es menos, parezca lo que parezca, que la tesis dialéctica.
Los marxistas han afirmado que desde el origen griego de la filosofía, la contradicción que la distingue opone el materialismo al idealismo. Es el axioma del combate de los expertos:
Los filósofos se dividían en dos grandes campos. Los que afirmaban el carácter primordial del espíritu respecto de la naturaleza, y que admi tían, por consiguiente, en última instancia, una creación del mundo de cualquier especie que fuera ( ...) aquéllos formaban el campo del idealismo. Los otros, que consideraban la naturaleza como el elemen to primordial, pertenecían a las diferentes escuelas del materialismo (Marx-Engels, OC III, 367).
¿De dónde procede esta invariancia de estructura, según la cual la filosofía parece agitar en su teatro una raquítica pelea en cuanto a saber si A precede a B, o B a A?
Lo que la sostiene en lo real es que las clases dirigentes son invaria blemente impulsadas a asegurar que el pensamiento precede al ser (la naturaleza). Es bastante curioso, no es verdad, y Engels no se explica a fondo sobre este punto.
Demos de esta compulsión idealista dos motivos provisorios.
Una clase dirigente es guardiana del lugar, funcionaría obligada del
esplace. Su propósito, violento y oculto, apunta a garantizar la repetición,
y a impedir el sujeto político, mediante el bloqueo de la interrupción. Dominar, es interrumpir la interrupción.
En política de Estado, se dice «restablecer el orden». El orden es lo que se restablece, silencio hecho sobre lo que lo establece. Como el sujeto que él niega, el orden declara venir en segundo lugar.
La postura conservadora exige que la ley sea nombrada como indi visible: sólo puede ser desestablecida, jam ás escindida. De la subversión al complot pasando por la desestabilización, el léxico de Estado formula palabras para el desestablecimiento de la ley, no teniendo entre ellas si quiera una para su división.
La indivisibilidad de la ley del lugar lo exceptúa de lo real. Unir esta excepción se reduce en teoría a afirmar la anterioridad radical de la regla, la cual, en verdad, no es definida (establecida) sino retroactivamente, mediante la torsión de donde su coherencia aparece como distinta de la coherencia nueva.
La posición de esta antecedencia se elabora en filosofía como idealismo. Hay que fundar como absoluto el lugar de las series repetitivas.
El idealismo es la parousía nominal del esplace como tal. Platón lo designa como topos, lo que es de un fundador.
El idealismo domina necesariamente, siendo el lenguaje obligado de la conservación.
Por otro lado, es cierto que toda clase dominante hasta el día de hoy organiza por su propia cuenta el mantenimiento de la división social del trabajo. Transversales a los conflictos de clase, tenemos esas grandes in variantes estructurales milenarias, esas tres «grandes diferencias» -d e la ciudad y del campo; de la industria y de la agricultura; de lo intelectual y de lo m anual-, abolir las cuales es todo el propósito del comunismo.
En lo cual el comunismo es concreto. Especificado con exactitud en las diferenciaciones sociales más tenaces, no toma la cuestión política sino como el sesgo de su acceso a lo real. Nombrando, en la violencia popular, la necesidad de valorar el paso dado en cuanto a la reabsorción de las tres diferencias (así como de estudiantes puestos a la producción, de ciudades imposibilitadas de crecer, de la pequeña industrialización de las comunas populares, de la innovación técnica obrera, etc.), la revolución cultural china amerita ser denominada la primera revolución comunista de la historia.
Lo que fracasa conserva su nombre. ¿De qué hubo, si no, fracaso? Para las clases cuyo espectro es el comunismo, es importante consolidar las distinciones. Aunque en unas fórmulas variables, y de extensión casi sin medida común, monopolizan todas el trabajo intelectual, y sistematizan su «superioridad» sobre lo manual.
Se reconocerá que el idealismo es transitivo a este axioma social. Su bordina en última instancia la naturaleza al concepto, así como el OS77 de cadena se subordina al ingeniero, o el esclavo, «herramienta animada», a su amo/maestro [mattre] matemático.
No crean que la grosería de este argumento constituye un obstáculo para su verdad.
En los manuales de filosofía, verán que, cual epíteto de un Homero de sub-prefectura, el adjetivo «grosero» se atribuye casi siempre al sustantivo «materialismo». ¡Y sí! Hay cierta trivialidad en leer, en las jerarquías sociales más densas, el abyecto secreto de una permanencia especulativa.
Pero es así.
De ahí que fueran materialistas los burgueses revolucionarios del siglo XVIII -co n tra el establishment clerical-feudal- y los proletarios del XIX, contra los barones de las finanzas convertidos al esplritualismo.
Lo que prueba que uno olvida fácilmente el materialismo furioso de su juventud política, cuando llega la edad establecida de la conservación. Los mismos que comían en lo del cura o en lo del académico terminan por sub vencionar la misión de los buenos padres en África, o por hacer distribuir en el Comité Central los iconos de un «humanismo soviético» en transparencia del cual se advierten los datchas78 señoriales y los mercedes79 negros.
4
El materialismo, si no es de perro muerto, da prueba, en el concepto, de la emergencia depuradora de la fuerza. Es una filosofía de asalto. Propósito disolvente y coraje simplificador, hace brillar, lo más lejos posible, la falla del símbolo, instruido como está de un fuera-de-plaza [hors-place].
El materialismo está en división interna respecto de sus objetivos. No es inexacto ver en el mismo un montón de desprecios polémicos. Su ordenamiento nunca es pacífico.
Al materialismo, al más habitual, le asquea el pensamiento sutil. La historia del materialismo encuentra su principio de periodización en el adversario. Sólo sistematizándose en función de lo que pretende bajar y destruir, hinchado de cóleras latentes, este propósito es apenas 77 Sigla de O uvñer S pécíalisé -«obrero especializado”, sin cualificación. (N. del T.) 78 La datcha es una casa de campo, una lujosa vivienda de residencia secundaria. (N. del T.)
filosófico. Colorea, en flexiones a menudo bárbaras, la impaciencia déla destrucción.
El primer materialismo de nuestra época, el de los burgueses ascen dentes -e l del siglo XV1I1- no existe sino referido a la religión, de la cual propone, de manera violenta, e incluso repugnante (¿qué fábula mis mediocre que La doncella de Orleáns de Voltaire, versificación de esas guarradas de bar en que se mira ávidamente bajo la sotana del curs?) su abolición inmediata. Este materialismo, aunque referido a la cienda relojera del mundo, de calculada intimidad con la mecánica de Newtcn, quiere organizar, por la vía más corta, una directiva única: «¡Aplástenos al infame!».
Este tiempo de subjetivación ofensiva no tiene, sin embargo, ninguia estabilidad. Se lo ve desde la Revolución, donde el exceso anticristiano de los aliados provisorios, los plebeyos de las ciudades, es destrozado por la guillotina de Hébert, mientras que el esplritualismo regenerado ie los grandes sistemas idealistas connota la posibilidad de un concordato universal. La laicidad burguesa, establecida en el Estado, será a veces anticlerical, nunca materialista.
Prueba retroactiva de que el materialismo organiza el asalto, no la tona; el levantamiento, no la represión.
La burguesía, establecida como guardiana del lugar moderno, de^e obedecer a tres condiciones, una vez derribado el orden antiguo, y abierta la carrera a su reino mundial:
- tolerar esta parte mínima de materialismo adecuado al desarrollo raciondi- zado de las fuerzas productivas, al crédito acordado a la ciencia;
- reorganizar el idealismo, que simboliza y regula la división jerárquica del trabajo que subordina lo manual a lo intelectual;
- sostener en filosofía el orden jurídico y moral que nombra la prescripción de las plazas, y asigna las repeticiones.
El producto de todo esto es un idealismo específico, centrado sobre el Hombre, y ya no sobre Dios. La conciencia como hogar de la experiencia el sujeto como garantía de la verdad, la moral como formalismo intemporal: este kantismo medio perdura, a escala de masas, hasta el día de hoy.
La segunda figura del materialismo se forma, pues, del asalto dadcal humanismo, y especialmente contra los pequeños maestros kantianos de las academias.
Ellos movían lejos sus peones, esos peones de lo trascendental, y hasta en las filas de la política nueva, como se lo ve en la diatriba leninista cue se llama Materialismo y empiriocriticismo.
La retaguardia del segundo materialismo, del cual la burguesía ya no es más portadora, vuelve a basarse sobre Hegel contra Kant.
Pregúntense, de paso, si todo materialismo no es la radicalización de un viejo idealismo.
¿De dónde sacaban los materialistas del siglo XVIII sus máquinas tri- vialísimas, sino de Descartes? Y Lenin hace valer la inmanencia hegeliana contra lo trascendental. Y nosotros, contra el «proceso sin sujeto» de Althusser, Lacan.
Una nueva figura del materialismo se anuncia en una división del idealismo. Su resorte subjetivo produce,una fractura.
El segundo materialismo, después del de la irreligión, será histórico, por no tener ya que desmontar a Dios, sino al Hombre. La naturaleza -q u e se oponía a la gracia y a los m ilagros- deja de funcionar como referente. Se la sustituye por el devenir histórico del mundo, donde se revela que la posición de clase escinde a la humanidad y que ningún término simple puede constituir el centro ni de la experiencia ni de la verdad.
De ahí su nombre: «materialismo histórico», y su sobrenombre: