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Other Tracking and Positioning Techniques

CHAPTER 3 RFID, SMARTPHONE AND OTHER POSITIONING TECHNOLOGIES

3.4 Other Tracking and Positioning Techniques

Justicia y supeíyó: no-ley com o ley y ley com o no-ley. - J. Conrad. - Coraje y angus­ tia. - Sófocles según Hólderlin. - El decreto de Atenea en Esquilo. - Retorno natal y retorno del exilio.

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«.. una vez nombrados y reintegrados los deseos sucesivos tensiona- rios, suspendidos, angustiantes del su jeto .. .» (5 I, 223): el análisis opera la reducción del demasiado-real [trop de réel] ; reintegra, en un esplace de nominación, aquello cuyo exceso en la plaza [sur la place] mantenía al sujeto en el suspenso de la angustia.

Así la fuerza es reconducida a su plaza.

Pero, dice Lacan, «sin embargo, no todo está terminado».

¿En qué sentido? La cuestión es de fuste, ya que en ella se juega la extensión dialéctica de la teoría del sujeto, el reconocimiento, sobre la sólida materia de los efectos estructurales, de su anverso excesivo por el cual la historia vuelve como novedad subjetiva.

Conviene que el exceso-de-real [exces-de-réel] , desligado de su legi­ bilidad oscura en la verdad de la angustia, pueda soportar la ampliación del orden simbólico y no únicamente la reposición [remise] en su plaza de lo que en ella hacía horlieu.

Lacan nombra aquí una perspectiva grandiosa: «el sujeto se realiza en la medida en que el drama subjetivo es integrado en un mito que tiene valor humano extenso, incluso universal» (5 1, 215).

Habría, pues, una productividad extensiva, unlversalizante, del «drama subjetivo», del cual, a fin de cuentas, a través de los «diálogos

fundamentales sobre la valentía y la justicia», el trabajo analítico podría detentar la clave.

¿Por qué «justicia y coraje»?

La justicia es aquello a propósito de lo cual el anudamiento del sujeto al lugar, a la ley, viste la figura divisible de su transformación. Mientras que el superyó recordaba el arcaísmo feroz de la fijeza legal. La justicia no tiene ningún sentido, en cuanto a ser una categoría constitutiva del sujeto, si lo simbólico opera como indivisibilidad cuyo núcleo de terror constituye la consistencia del proceso subjetivo, en el fibraje repetitivo de la obsesión. La justicia exige una precariedad dialéctica de la ley abierta a su inestabilidad, a su escisión. Una precariedad, no de tal ley particular, sino del principio de mando como tal.

Más radicalmente, la justicia nombra la posibilidad -d e l punto de lo que ella provoca como efecto-de-sujeto- de que lo que es no-ley pueda valer como ley.

Esto es, en el marxismo, bien conocido. El superyó tiene en él por garante que el núcleo esencial, constitutivo, del Estado, que es del orden de la dominación de una clase, es siempre dictatorial. Bajo la apariencia del dispositivo legal, de la democracia parlamentaria, el Estado es en su esencia el ser ilegal de toda legalidad, la violencia del derecho, la ley como no-ley. A la inversa, es de justicia el propósito comunista, sostener, en la categoría de la extinción de las clases y del Estado, que la no-ley puede ser la ley última de la revolución proletaria. El comunismo, teoría única de la revolución moderna, efectúa la subjetividad partidaria del principio universal de justicia, o sea, la no-ley como ley.

Es preciso, pues, que sea en lo que excede (la plaza, el lugar, lo sim­ bólico, la ley) que se arraigue lo que extiende («el valor extenso, incluso universal» de Lacan).

La poesía es nuestro guía, en cuanto es en la quiebra que ella hace de toda prosa habitual que se instituye una extensión de lo comunicable, un retroceso de las inaccesibles fronteras de lalangue.

Es con todo rigor que J. Conrad, novelista, si los hubo, de la angustia y del superyó -vean las novelas El corazón de las tinieblas, y Lord J im - fijaba sin embargo al arte la tarea estratégica de «introducir una justicia más grande en el universo visible».

En lo que le era preciso ser, al mismo paso, el novelista excepcional del coraje: vean La herm ana de la costa, por lo que respecta a los hombres,

El coraje es insumisión al orden simbólico, bajo la conminación disol­ vente de lo real. De que lo real esté en exceso - e l coraje, a este respecto, es idéntico a la angustia- invierte las valencias, fuerza de ruptura en el esplace. El coraje efectúa positivamente el desorden de lo simbólico, la ruptura de la comunicación, cuando la angustia apela a la muerte.

De que no es un atributo del sujeto, sino el proceso divisible de su existencia intrínseca, resulta que hay que comparar el coraje más bien con la fortítu do -firm eza de alm a- que con la audacia. Pues lo opuesto al coraje no es el temor, sino la angustia. Sobre este punto, vean Spinoza

(Ética, 111, a partir del teorema 59). La audacia está enteramente en la

mediación del Otro, es «deseo que excita a la acción peligrosa, en la medida en que este peligro es temido por los semejantes» (op. cit.). La

fortilu do es intrínseca, no se sostiene sino de lo verdadero, — , siendo

«la acción que sigue de una afección referible al alma en la medida en que ella intelige». Pero lo verdadero de que se trata induce mediante lo real un déficit de lo simbólico en que el sujeto según el coraje saca su fuerza de la ausencia radical de toda seguridad. En verdad, pierde su nombre. Es, por lo demás, también un teorema de Spinoza que la segu­ ridad desubjetiva (en su idioma, que la misma no es una virtud): «Se-

cu rilas... anímí impotentis est signum», la seguridad es signo de una im ­

potencia subjetiva.

La angustia es carencia del lugar, el coraje asunción de lo real por donde el lugar se escinde.

La angustia y el coraje dividen la misma causalidad, en una articulación reversible del punto donde conduce la pérdida.

Coraje y justicia articulan así, sobre la base indestructiblemente re­ querida de la angustia y del superyó, el efecto-de-sujeto como división, según el exceso, del orden simbólico -d e l es p la ce- en que este exceso se implaza [s’im place).

De esto se explica que un sujeto político no adviene sino anudando a la rebelión una consistencia de revolución, a la destrucción una recom­ posición, haciendo el proceso real de que todo orden, todo principio de mando legal, por estable que parezca, tiene por devenir dividirse. El Otro debe dejar venir su propia escisión en este Otro inaudito que él no era, y este Mismo del cual nunca había prescrito la identidad.

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Hay una teoría del sujeto según Sófocles, y hay una teoría del sujeto según Esquilo. La segunda -históricam ente la primera, pero por Freud la segunda, aunque invisiblemente por Marx la prim era- dialectiza ín­ tegramente su otro, porque, además de la angustia y el superyó, cuya estructura retiene, afirma que coraje y justicia son operadores requeridos del efecto-de-sujeto.

Ni hace falta decir que Sófocles y Edipo son aquí significantes, incluso conceptos, no de nombres, ni de obras, aunque sean textos, si no de teatro, lo que cambia todo.

Todo el propósito de delimitación crítica del psicoanálisis, en cuanto a su aporte a la teoría del sujeto, está contenido en esta pregunta: ¿por qué, por el Edipo, ha sido aquél, en el fondo, sofocleano?

Afirmo aquí que hay que ser esquileano. Lacan se establece en Sófocles, y señala a Esquilo, donde queremos establecernos.

Es Hólderlin quien abrió el debate sobre el fondo. En sus fulminantes

Comentarios sobre Antígona, fija así el sofocleísmo:

1. La contradicción puesta en movimiento por la tragedia griega es la de lo originario y de lo formal, la de lo que es nativo y de lo que es dominado [mattrisé] (lo «nativamente griego», dice Hólderlin, se opone a la «forma natal»).

O sea, una división del lugar natal, una contradicción interna que opone el fundamento simple de la ley a la ley misma. La tragedia es, en cuanto al esplace, la parousía de una escisión íntima, la que pone de un lado lo Uno del esplace, y del otro su función, que es reglar lo múltiple. Avatar, dicho sea de paso, de la contradicción, que constituye el sujeto, entre lo Uno y el Todo.

2.- En los griegos, esta contradicción opone:

- por el lado de lo Uno originario, su consistencia ilimitada, «asiática», orgiástica;

- por el lado del esplace reglado (civilizado) del que este Uno es el ori­ gen, su firmeza finita, su potencia de clausura representativa, que se da en la perfección formal del arte griego, en la matemática, en la arquitectura, en la política de la Ciudad.

Traduzcamos: si la ley griega es finitud y clausura, el fundamento no-ley de esta ley, su violencia nativa, es el Asia multiforme. Luego, la efectuación del superyó griego, que es consistencia del sujeto -la ley como no-ley - es

3.- En la Antígona de Sófocles, la contradicción trágica elucidante es puesta en movimiento por la insurrección. El rebelde fratricida se alza en violencia contra la Ciudad. Es excluido radicalmente (muerto, y su cuerpo dejado sin sepultura). Pero la exclusión fracasa: en la Ciudad, la inesta­ bilidad se propaga. No como insurrección política, sino como ilimitación infinita en la forma natal.

4.- Esta puesta en forma infinita es retorno: se trata de una subjetivación por la cual el lugar deja regresar, en la trama repentinamente hinchada de las reglas, su origen contradictorio, su unidad ilegal.

5.- El retorno toma la figura (teatral) dpi antagonismo.

- La ilimitación de la forma natal misma hace que surja lo demasiado

fo rm a l (Creonte). La ley se revela en exceso sobre su propia figura restau­

radora. Creonte, es la súper-ley.

Respecto de este demasiado formal, por reacción, lo informe latente se inflama a su vez, y apela a lo infinito del cielo contra la ley finita de la Ciudad (Antígona).

«Creonte» es el nombre del superyó: ley desreglada -destruida- por su propia esencia nativa vuelta en exceso sobre la plaza que ella prescribe.

«Antígona» es el nombre de la angustia, o sea el principio de la infinitud de lo real implazable [im placable] en la finitud reglada del lugar.

Desde este punto de vista, a mi manera de ver, Antígona y Creonte, aunque antagónicos según el teatro, realizan el mismo proceso, el del sujeto trágico sofocleano. Tal es el fundamento de esta tragedia como texto-Uno: presentar el proceso-sujeto en las categorías conjuntas de la angustia y del superyó.

3

Planteamos el problema siguiente. Aislemos dos tesis principales de Hólderlin:

- el efecto (la marcha) de la insurrección es el de un retorno, por el cual se encuentra cortado el camino de lo nuevo;

- el motor interno de lo trágico está del lado del exceso de la ley sobre ella misma, del lado de Creonte. Lo informe se inflama retroactivamente, en un segundo momento. En cuanto al rebelde, no tiene bando [cam p]. Es término algebraico, causa ausente suprimida de la Ciudad. Los que se «alzan unos contra otros» son lo más formal y lo informe -e l superyó y la angustia-, figuras conexas de lo Uno primordial, lo Uno del retorno.

Nos preguntamos: ¿cuál es el vínculo entre estas dos tesis? Se trata de la política sub-yacente a la poética de Hólderlin. La modernidad posible de lo trágico es una cuestión política, como cuestión de la teoría del sujeto.

Para Hólderlin, la contradicción es trágica en cuanto no tiene ninguna otra salida que la muerte. ¿Por qué? Porque ningún derecho nuevo la rige. En los dos términos (Creonte y Antígona), es la forma infinita la que aprehende todo, o sea, lo real que inunda lo simbólico, la fuerza nativa que disuelve la plaza. La unidad de los opuestos la lleva sobre su división, en proporción a que la esencia del proceso se mantenga en el ya-ahí del origen. De ahí el nombre sofocleano de todo proceso sujeto: retorno. Edi­ po lo encarna con toda la claridad de su ceguera. Y creo que, en efecto, esta figura subjetiva, dialéctica, siguiendo sólo el hilo de la angustia y del superyó, debe llevarlo a los tiempos de desasosiego y de crepúsculo, ya sean los de la historia o los de la vida.

Adueñarse, ahí mismo, de la división entre Esquilo y Sófocles. En la Orestíada de Esquilo, lo trágico es puesto en movimiento por el asesinato de Agamenón. Orestes, arrastrado al asesinato de la madre (la cual ha matado al padre), está en cierto modo prescrito por la diná­ mica infinita de venganzas y contra-venganzas. Este esplace repetitivo es denominado por el coro: «que un golpe mortal se expíe con otro golpe mortal». Lo ilimitado es lo de la deuda, la deuda de sangre. Las (futuras) categorías sofocleanas están bien presentes, conectadas al esplace mismo, a este palacio chorreando sangre del que Orestes huye, desde el asesinato que lo subjetiva de angustia, perseguido por la jauría de las Erinias, pe­ rras del superyó, guardianas feroces del todo repetitivo que constituye la vendetta familiar.

Pero la orientación de la trilogía es el advenimiento como ruptura de lo nuevo. Se trata de producir la interrupción de la deuda infinita, de la cadena repetitiva de los asesinatos, por el advenimiento como torsión -según un decreto excéntrico, por ser el caso [fait\72 de A tenea- de un derecho nuevo, capaz de recomponer completamente toda la lógica de la decisión.

Es justamente de una coherencia nueva que se asegura, en el tribunal así instituido [mis en place] , la interrupción de series repetitivas en que se ordenaba el todo social anterior.

De golpe, las dos posiciones antagónicas no son distribuidas, como para Sófocles-Hólderlin, por la unidad de lo natal. Son escisión de lo que la funda, división, más allá de la ley, de todo lo que es susceptible de 72 Faít, que en terminología jurídica es «caso», posee el significado general de «hecho». (N. del T.)

tener valor legal: es el lugar el que se revela no ser uno en su principio, sino dos.

En esta prueba dialéctica, lo nuevo predomina sobre lo viejo. Se trataría ahí, en el léxico de Hólderlin, no del retorno de la forma natal, sino de su advenimiento.

Estas dos posiciones son explícitas, por lo que respecta a la primera, en el coro de las Erinias, divinidades de la venganza:

¡Hoy de las leyes se verá el derrumbe si la causa de este m atricida logra el triunfo! ¡Todo m ortal ya ha de quedar impune, si aquí se da tan indulgente fallo! ( ...) ¡Se derrum bó la casa de la justicia!

Es trem endo el horror, pero es saludable. Vigila hondam ente los corazones y es com o al grito contra el mal. En el dolor está la escuela de la vida. Con él nos hacem os sabios. ¿Qué hom bre, qué ciudad puede dar un paso a la dicha, si la ju sticia es vilipendiada, si es olvidada en su mente? (. . .)

Pero el rebelde odioso, que lleva en sus espaldas el fardo de los delitos com e­ tidos, com o un tesoro infame que ha hecho a espaldas de lo que es justicia, tendrá tam bién su p ag o ... ¡puedo decirlo abiertamente! ¡Ha de arriar sus velas, cuando vea que el huracán quebró la antena!

¡Voces da en su infortunio! Nadie su voz escucha. El dios en las alturas se sonríe: no supo el petulante que era la hora fijada para que diera el pago de sus crím enes y las olas lo abismaran. D ichoso fue en un tiempo: pero quebró su dicha en el escollo que la Justicia le puso. ¡Muerto quedó y nadie le dio una lágrima! (L a s E u m én ides, 151 s.)73.

Luego: dialéctica angustia/superyó como único fundamento de una medida en la cadena de las venganzas. La justicia está subordinada al superyó, subordinada a la regularidad estructural del castigo, y la subje­ tivación se hace en la angustia, bajo el signo de la muerte.

La segunda posición es evidentemente explicitada por Atenea, funda­ dora del nuevo derecho:

Atenea: Pueblo de Ática, oíd. Esta es la ley que instituyo. En sus norm as juzgaréis de los crím enes derramadores de sangre. Sois los prim eros ju eces vosotros. Este tribunal de ju eces ha de existir para siem pre en el pueblo Egeo ( ...) Sea este augusto tribunal sin tacha, digno de toda honra, indom eñable al cohecho, centinela sin sueño que vigile la suerte y el futuro de una ciudad que duerm e. ¡Ese es mi don que dejo! Y, ahora, todos en pie. Rendid vuestro sufragio. Term inad esta causa, sin olvidar la santidad del juram ento. Nada más ( . . . ) ¡Aunque los votos igualen en núm ero, el vencedor será Orestes! Ea, ju e c e s ... p ro n to ... que se den los v o to s... que el cóm puto se haga ( ...) 73 Badiou sigue la edición de Les Belles Lettres, con traducción de E Mazon. Optamos, tanto en este caso como en el pasaje que viene a continuación, por recurrir a la traducción al castellano de Ángel Ma. Garibay para Editorial Porrúa. (N. del T.)

A polo: Contad los votos bien. Vosotros, extraños, tened cuenta. No cantes el fraude después. U n voto m enos, es un infortunio. U n voto m ás, puede salvar un pueblo.

A tenea: Absuelto queda este hom bre. No es reo de hom icidio. Igual fue el núm ero de los votos.

Luego: contra la ilimitación de la vieja regla, se trata, al engendrar la nueva, de zanjar el litigio. Coraje divisible del Consejo, intrínsecamente referido a la Justicia del número. Que el reparto [partage] igual de los votos selle la decisión simboliza un cambio radical en el concepto mismo de lo que es - y puede ser- una decisión. Escisión en la esencia del Derecho.

La promulgación de Atenea hace una torsión igualitaria de donde la nueva coherencia jurídica, la de la deliberación mayoritaria inapelable, per­ cibida y practicada, interrumpe la serialidad mecánica de las venganzas.

Sin duda existen dos trágicas griegas. La esquileana, cuyo sentido es el advenimiento de la justicia mediante el coraje de lo nuevo; la sofo- cleana, cuyo sentido angustiado es la búsqueda, en cambio, del origen superyoico.

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