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«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»

La cólera es la pasión que, más que todas las otras, hunde profundas raíces en la naturaleza racional del hombre. Puede haber compatibilidad entre la cólera y la razón, ya que la cólera está fundada en la razón que sopesa la injuria recibida y la satisfacción que es necesario exigir. No nos encolerizamos a menos que hayamos recibido alguna injuria o que así lo creamos.

No toda cólera es culpable, pues existe una cólera justa. Encontramos la expresión más perfecta en Nuestro Señor arrojando a los vendedores del Templo. Paseando bajo la sombra de los pórticos en la fiesta de Pascua, se encontró con los avariciosos comerciantes, cuyas víctimas eran los fieles deseosos de comprar los corderos y las palomas para los sacrificios.

Tejiendo un látigo de cordeles, se situó en medio de ellos con una sosegada dignidad y espléndido dominio de sí, más impresionantes que el mismo látigo. Ahuyentó fuera los bueyes y los corderos; con sus manos volcó las mesas de los cambistas, que se atropellaban para recoger las monedas que rodaban por los suelos; señaló con el dedo a los vendedores de palomas y les ordenó abandonar el recinto exterior; dijo a todos: «Fuera de aquí, y no convirtáis la casa de mi Padre en tienda de traficantes».

Entonces se cumplió el mandamiento de la Escritura: «Encolerízate y no peques» Para que la coleta no sea pecado son necesarias tres condiciones: 1.ª, que la causa sea justa: la defensa del honor de Dios, por ejemplo; 2.ª, que no supere las exigencias de la causa, es decir, que sea controlada por la razón; 3.ª, que sea rápidamente dominada: «Que el sol no se ponga siempre sobre vuestra cólera».

Aquí nos vamos a referir, no a la cólera justa, sino a la cólera injusta, que no se apoya en causa legítima; a la cólera excesiva, vengativa, prolongada; a esta cólera, a este odio contra Dios que ha destruido la religión en la sexta parte de la faz de la tierra; a la que durante la guerra civil en España incendió veinticinco mil iglesias y capillas y asesinó doce mil siervos de Dios; a este odio que no se dirige solamente contra Dios, sino contra el prójimo y que acucian los secuaces de la lucha de clases, que

hablan de paz y encuentran gloria en la guerra; a esta cólera roja que enrojece la cara; a esta cólera blanca que hace detenerse el corazón y palidecer; a esta cólera que busca devolver mal por mal, golpe por golpe, ojo por ojo, mentira por mentira; a la cólera del puño tendido dispuesto a golpear no para defender lo que se ama, sino para atacar lo que se odia; en una palabra: esta cólera que arruinará nuestra civilización, si no es superada por el amor.

Nuestro Señor vino a reparar el pecado de cólera enseñándonos primero una plegaria: «Padre, perdónanos nuestras deudas, así como perdonamos a nuestros deudores». Dándonos después un precepto: «Amad a vuestros enemigos; haced bien a los que os odian». Todavía más concretamente añade: «Si alguno quiere obligaros a hacer una milla con él, haced dos... Aquel que quiere hacerte un juicio para llevarte la túnica, dale también el manto».

Están prohibidas las venganzas y las represalias: «Habéis oído decir: ‘ojo por ojo, diente por diente...’. Pero yo os digo: ‘Amad a vuestros enemigos’».

Cuando los gerasenos se irritaron contra El, porque concedía más valor a un hombre enfermo que a una piara de cerdos, la Escritura no da ninguna respuesta: «Subiendo a la barca paso a la otra orilla del lago». Al soldado que, con su puño enguantado, le golpea, le responde dulcemente: «Si he hablado mal, dime en qué; pero si bien, ¿por qué me golpean?»

La plena reparación de la cólera fue ofrecida en el Calvario. Se podría decir que la cólera y el odio condujeron al Salvador a esta colina. Su propio pueblo le odiaba, puesto que renegó de la justicia para condenar al Justo; los gentiles le odiaban, ya que consintieron su muerte; los bosques le odiaban, ya que un árbol tuvo que soportar su peso; las flores le odiaban, puesto que entrelazaron de espinas su frente; las entrañas de la tierra le odiaban, porque prestaron el hierro para los martillos y clavos.

En fin, para personificar todo este odio, la primera generación de puños tendidos que hubo en la historia, erguidos junto a la Cruz, los agitó frente a Dios. Entonces se desgarró su cuerpo a jirones, de la misma manera que hoy se destroza su sagrario. No hace mucho, en España y en Rusia fue destrozado el Crucifijo, de la misma manera que entonces en el Calvario se golpeó al Crucificado.

No creáis que el puño cerrado es una novedad del siglo XX; las gentes de frío corazón que hoy lo esgrimen son directos descendientes de

aquellos que, al pie de la cruz, levantaron la mano contra el Amor y cantaron con voz ronca la primera Internacional del odio.

Cuando se contemplan estos puños crispados, no puede uno menos de sentir que, si alguna vez pudo la cólera estar justificada, si en algún momento fue lícito a la justicia juzgar, si en alguna ocasión pudo existir derecho a golpear, si alguna vez pudo legítimamente protestar la inocencia, si, finalmente, en algún momento Dios pudo en su justo derecho vengarse del hombre, fue en éste.

A pesar de todo, en el instante en que la hoz y el martillo se unían para arrasar la colina del Calvario, a fin de levantar allí una cruz y hendir los clavos en las manos del Amor encarnado para impedirle bendecir, el Salvador, a semejanza del árbol que perfuma el hacha que lo corta, deja caer, por vez primera sobre esta tierra la palabra que repara totalmente la cólera y el odio, una plegaria por el batallón de los puños tendidos: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen».

Ahora el más grande pecador puede salvarse; el pecado más negro puede ser borrado; el puño crispado puede abrirse; el imperdonable puede ser perdonado. Aunque estaban seguros de saber lo que hacían, Él se amparó en el único medio de disminuir su crimen; y lo hace valer ante los ojos de su Padre con todo el ardor de su corazón misericordioso: su excusa es la ignorancia, «no saben lo que hacen». Si hubieran sabido lo que hacían clavando al Amor en un árbol, y, a pesar de todo, hubieran continuado haciéndolo, nunca serían salvados. Estarían condenados.

Porque los puños se han cerrado por ignorancia, se pueden abrir y transformarse en manos justas; porque la lengua blasfema por ignorancia, puede todavía rezar. No es la prudencia consciente la que salva; es la inconsciente ignorancia.

Esta palabra venida de la cruz nos brinda dos lecciones: 1.ª, la ignorancia es la razón del perdón; 2.ª, el perdón no tiene límites.

Es la ignorancia la razón del perdón. La inocencia divina ha encontrado esta razón; el culpable no puede menos que hacerlo. San Pedro, el día de Pentecostés, en su primer sermón, se vale del mismo argumento para excusar la crucifixión tan presente a su espíritu: «Habéis matado al autor de la vida... Hermanos, ya sé que por ignorancia habéis hecho esto, como también vuestras autoridades».

No habría lugar para el perdón si hubiera habido conciencia del mal, deliberación perfecta, total comprensión de las consecuencias del acto. Por eso no hay posibilidad de redención para los ángeles caídos. Ellos sabían

lo que hacían. Nosotros no lo sabemos. Somos muy ignorantes; nos desconocemos y desconocemos a los demás.

¡Desconocedores de los otros! ¿Qué sabemos de sus motivos, de su buena fe, de las circunstancias que acompañaron sus acciones? Cuando nos imponen la violencia, olvidamos que apenas conocemos su corazón y decimos: «No tienen la menor excusa. Sabían muy bien lo que hacían». Y, sin embargo, Nuestro Señor, en el mismo caso, halló una excusa: «No saben lo que hacen»

Desconocemos el fondo del corazón del prójimo; por eso rehusamos perdonar. ¡El Salvador conocía lo íntimo de los corazones y, conociéndolo, perdonó! Tomad de cualquier acontecimiento el testimonio de cinco personas y escucharéis cinco versiones diferentes. Ninguna de ellas vio todo el complejo. Nuestro Señor lo ve; por esto perdona.

¿Por qué encontramos excusas a nuestra cólera contra el prójimo y rehusamos admitir esas excusas cuando es el prójimo el que está irritado contra nosotros? Decimos que nos perdonarían si nos comprendieran perfectamente, y que la única razón de su enfado es que «no comprenden». ¿Por qué no es reversible esta ignorancia? ¿No podemos desconocer sus motivos como creemos que desconocen los nuestros? Nuestra repulsa para encontrar una excusa a su odio, ¿no significa tácitamente que en parecidas circunstancias seríamos indignos de perdón?

Nuestro propio desconocimiento es otra razón para perdonar a los

demás. Desgraciadamente somos nosotros quienes menos nos conocemos; los pecados de los otros, sus faltas, sus debilidades, los conocemos mil veces mejor que los nuestros. Puede ser malo criticar a los otros, pero es algo peor no criticarnos a nosotros mismos.

Si primero nos criticáramos a nosotros mismos, tendríamos menos peligros de criticar a los demás, porque si proyectáramos la luz sobre nuestra alma, caeríamos en la cuenta de que no tenemos derecho a proyectarla sobre el alma de nuestros prójimos. No llegamos a entender cuán grande es la necesidad que tenemos de perdón porque ignoramos nuestro verdadero estado.

¿Es que nunca ofendisteis a Dios? ¿Tiene derecho el Señor de estar irritado contra nosotros? ¿Cómo, pues, nosotros, que tenemos tan gran necesidad de perdón, no nos esforzamos en conseguirlo, perdonando a los demás? La respuesta es que no examinamos nunca nuestra conciencia.

Desconocemos nuestro verdadero estado, hasta tal punto que lo único que sabemos de nosotros mismos es nuestro nombre, nuestra dirección y el

total de nuestra fortuna. De nuestros egoísmos, de nuestra envidia, de nuestras murmuraciones, de nuestros pecados, no conocemos absolutamente nada. En efecto, para evitar el conocernos, detestamos el silencio y la soledad. Por temor a que nuestra conciencia nos dirija un reproche insoportable, ahogamos su voz con las distracciones, las diversiones y el ruido. Si nos reconociéramos a nosotros mismos en los otros, detestaríamos nuestras propias faltas.

Si nos conociéramos mejor, perdonaríamos más fácilmente a los demás. Cuanto más severos seamos con nosotros, tanto más indulgentes seremos con los otros; el hombre que nunca se ha prestado a obedecer no sabe mandar; y aquel que nunca se sometió a la disciplina no sabe mostrarse misericordioso.

Los egoístas son siempre los más duros para los demás, y los que son más severos para consigo mismo son los más benévolos con los otros, del mismo modo que el profesor menos preparado siempre es el más exigente con sus alumnos.

Sólo un Dios que pensaba tan poco en sí mismo que se hizo hombre y murió como un criminal, podía perdonar las debilidades de los que le crucificaban.

No es malo odiar, sino hacerlo a conciencia. No está el mal en encolerizarse, sino el hacerlo con plena deliberación. «Dime a quien detestas y te diré quién eres». Según tu odio, te diré tu carácter. ¿Odias la religión? Es que tu conciencia te atormenta. ¿Odias a los capitalistas? Es que eres avaro y querrías ser capitalista. ¿Odias a los obreros? Eres un vanidoso egoísta. ¿Odias al pecado? Es que amas a Dios. ¿Odias tu odio, tu egoísmo, tu carácter colérico, tu ruindad? Es que tu alma es virtuosa, porque «si alguno viene en pos de mí… —dice Jesús— y no odia su propia vida, no puede ser mi discípulo».

La segunda lección que se deduce de esta primera palabra venida de la cruz es que no hay límites para el perdón. Nuestro Señor perdonó siendo inocente y no porque hubiera sido perdonado. Por consiguiente, debemos perdonar no solamente cuando hemos sido perdonados, sino aun siendo inocentes.

El problema de los límites del perdón inquietaba a Pedro. Y preguntó a Nuestro Señor: «¿Si mi hermano peca contra mí, le perdonaré hasta siete veces?» Pensaba Pedro que al decir siete veces llegaba a los límites del perdón, porque lo máximo erancuatro veces, según enseñaban los escribas. Y creía que era imposible ir más lejos. Admitía que, después de siete

ofensas, se renunciaba automáticamente al derecho a que lo perdonara» … Equivalía a decir: «renuncio a la deuda que habéis contraído conmigo, si no supera los siete dólares; si supera esta suma, cesa mi deber de perdonarla. Por ocho dólares puedo hacerte restituir».

Respondiendo Nuestro Señor a Pedro, le dice que el perdón es ilimitado; perdonar es dejar a un lado todo, los derechos y borrar los límites. «Yo te digo no siete veces, sino setenta veces siete.» Lo cual no significa literalmente cuatrocientas noventa veces, sino indefinidamente. A continuación, el Salvador narra la parábola del administrador infiel que tan pronto como su amo le perdonó una deuda de cincuenta millones de pesetas, trataba de ahogar a uno de sus compañeros que le debía ochenta y siete pesetas. El despiadado servidor, rehusando ser misericordioso con su deudor, vio que le anulaban el perdón concedido. No fue culpable porque, teniendo él mismo necesidad de misericordia, rehusara mostrarse misericordioso con los demás, sino porque, habiéndola obtenido, continúa siendo despiadado. «De este modo os tratará mi Padre celestial, si cada uno no perdona a su hermano de todo corazón.»

Perdonemos, pues, y seremos perdonados; apacigüemos nuestra cólera contra el prójimo; Dios apaciguará la suya contra nosotros. El juicio es una cosecha: recogeremos lo que hayamos sembrado. Si durante la vida sembramos la cólera contra nuestros hermanos, recogeremos la justa cólera de Dios. No juzguemos y no seremos juzgados.

Si durante la vida perdonamos a nuestros prójimos de todo corazón, en el día del juicio el Dios de toda sabiduría se permitirá lo inaudito: olvidará y no hará más que restar. Aquel cuya memoria es eterna no se acordará más de nuestros pecados. De este modo seremos salvos, una vez más, por la divina «ignorancia».

Porque perdonamos a los otros por el motivo de no saber lo que hacían, Nuestro Señor nos perdonará por la razón de que no se acordará ya más de lo que hemos hecho. Si por causa de su primera palabra en la Cruz ve extenderse una mano para bendecir a un enemigo, podrá incluso olvidar que ésta había sido antes un puño cerrado, enrojecido de sangre cristiana.

¿Tendrás todavía la osadía de vivir en pecado y de crucificar de nuevo a tu Salvador agonizante? ¿No han sido suficientes sus angustias?

¿Es necesario que se desangre aún más?

de sus tormentos y aumenten la historia de la dolorosa pasión del Señor glorioso?

¿No hay rastro de piedad? ¿No existe remordimiento

en el pecho del hombre? ¿Acaso existe una irrevocable ruptura entre la misericordia y el corazón del hombre?

¿Están separados para siempre? ¿Jamás se encontrarán? No existe rastro de piedad en nosotros; sólo Tú,

dulce Jesús, la tienes para nosotros, nosotros que no la tenemos contigo. Tú la has acaparado hasta tal punto

que toda está allá arriba y no queda nada aquí abajo. No, bendito Salvador; nosotros, pródigos, nada poseemos de nuestra propia cosecha, a menos que recurramos

a ti, Señor nuestro, a ti que tienes el poder; a ti, a quien crucificamos a todas horas.

¡Señor! Somos crueles contigo y con nosotros también. Perdónanos, Jesús: no sabemos lo que hacemos.