Let X be the observation vector representing the state for the optical module observations X OPT and that of the SAR module observations X SAR The observations of the Vulnerability
4.2.3 The Bayesian Networks
que la combinación de ambas habría desarticulado el sistema de irriga- ción del país, arruinado el Estado y producido una gravísima crisis de subsistencia de la que algunos textos conservarían el recuerdo. Sin em- bargo, los estudios paleoclimáticos más recientes han demostrado la ausencia de indicios convincentes de tales cambios catastróficos en las condiciones medioambientales del valle del Nilo. La reevaluación de al- gunos textos literarios y epigráficos también ha ayudado a comprender mejor el trasfondo retórico e ideológico de las numerosas alusiones a unas hambrunas que siempre afectaban a los vecinos, nunca al autor de los textos.
Tampoco algunas fuentes pertenecientes al género de las sabidurías o de las profecías (como, por ejemplo, El lamento de Ipuur, La profecía
de Neferti o La enseñanza para Merikare) son ya consideradas como una
fiel ambientación de fenómenos ocurridos tras el colapso de la monar- quía unitaria, sino como parte de un programa de rearme ideológico promovido y utilizado por los faraones del Reino Medio para legitimar su autoridad. Finalmente, la arqueología ha demostrado la extraordina- ria vitalidad del Primer Período Intermedio, con ciudades que duplica- ron su superficie (como Edfú), con objetos preciosos que aparecen en tumbas de individuos de rango modesto, con amplios sectores sociales que, sin pertenecer a la élite dirigente, pudieron acceder, por primera vez, a objetos de lujo que indicaban un cierto estatus social, como ataú- des decorados, estelas inscritas, estatuas o amuletos.
Esta renovación producida en los ámbitos de la paleoclimatología, el análisis literario o la arqueología nos recuerda dos cosas. En primer lugar, que las causas de la crisis del Estado egipcio a finales del tercer milenio hay que buscarlas en el interior del país, en factores estructura- les descuidados por una historiografía más preocupada por cantar los logros de la monarquía que por comprender las bases políticas, econó- micas o sociales que sustentaban su poder. Y, en segundo lugar, que es necesario estudiar tendencias a largo plazo para comprender cómo la confluencia de esos factores condujo a la quiebra de un modelo de Estado aparentemente estable durante tantos siglos. Por ello la división cronológica de la historia de Egipto en «períodos» induce a error: no hu- bo una división tajante entre el Reino Antiguo y el Primer Período Intermedio ni una ruptura repentina entre ambos, sino que el segundo fue fruto de tendencias a largo plazo llegadas a la madurez a finales del prime- ro. Creo que sería poco esclarecedor centrar este breve capítulo en el aná- lisis de los vericuetos de la cronología o en la discusión erudita de algunas de las fuentes históricas más célebres de este período. Privilegiaré, por tanto, el estudio de los elementos estructurales que, en mi opinión, per- miten introducir algo de inteligibilidad histórica en una época donde la arqueología tiene aún mucho que aportar y la egiptología bastantes dog- mas que revisar.
Las raíces del auge provincial
El Primer Período Intermedio ha sido denominado frecuentemente el período de las regiones. Y es que una de las principales características de esta época es que los centros provinciales cobran una importancia ex- traordinaria en la política del país, con la aparición de múltiples poderes locales, incluso en lugares con una escasa actividad documentada hasta en- tonces (Tebas, Siut, zona de Heracleópolis). Sin embargo, este papel no es novedoso, y la documentación disponible para las primeras dinastías reve- la que ya entonces hubo importantes polos administrativos en provincias, como en Elefantina, Elkab o la zona de Beni Hasan. Incluso el hallazgo reciente de tumbas imponentes de la III dinastía en Elkab, en las inme- diaciones de Tebas o en Beni Hasan demuestran que al frente de estas localidades hubo potentados bien conectados con la corona, a juzgar por el tipo y dimensiones de sus monumentos, mientras que la cons- trucción de múltiples pirámides escalonadas en provincias da fe de la intervención efectiva de aquélla por todo el país. Incluso la donación de tierras a los santuarios locales fue una práctica habitual de la realeza du- rante todo el Reino Antiguo, digna de figurar en los Anales Reales. Sin embargo, en ningún momento las provincias parecen haber actuado co- mo poderes políticos independientes o disfrutado de una gran autonomía con respecto al poder central, tal y como ocurrirá por el contrario duran- te el Primer Período Intermedio. ¿Cómo explicar este fenómeno ocurri- do a finales del tercer milenio? Probablemente como resultado de la coincidencia de tendencias a largo plazo de carácter económico y admi- nistrativo con circunstancias políticas concretas.
La llegada al poder de la VI dinastía parece haber ocurrido en un tras- fondo de inestabilidad política: a la tradición del asesinato del faraón Teti se añade la posible existencia de un usurpador, Userkare —si bien textos contemporáneos, como los Anales Reales de la VI dinastía, no parecen considerarlo como tal—, sin olvidar que las fuentes contemporáneas mencionan acontecimientos excepcionales, como la destitución de cor- tesanos o el juicio a una reina. Los testimonios arqueológicos corroboran esta imagen de luchas políticas: a la rápida sucesión de numerosos indivi- duos en cargos de la máxima responsabilidad (como el de visir) se añade la extraordinaria juventud de algunos de ellos, a la vez que se producen frecuentes casos de destrucción intencionada de tumbas o de reasigna- ción de las mismas a nuevos titulares. La inestabilidad de la nueva dinas- tía en el poder, e incluso sus raíces provinciales, puede explicar por qué sus primeros representantes en el trono de Egipto parecen haber busca- do apoyos en ciertos sectores de la élite dirigente del país mediante una compleja política matrimonial: el faraón Teti casó a varias de sus hijas con importantes dignatarios del reino, mientras que la arqueología ha ido
sacando a la luz las pirámides de numerosas esposas de Pepi I, algunas de las cuales tienen nombres típicamente provinciales y dos de las cuales se sabe procedían de Abydos.
Sin embargo, son las biografías de algunos altos oficiales del reino los documentos que mejor ilustran uno de los aspectos de esta hipotéti- ca ampliación de la base del poder real a comienzos de la VI dinastía. En efecto, varios de ellos procedían de provincias y, tras ejercer diversos cargos de confianza en la corte, terminaron regresando a sus regiones de origen para continuar realizando misiones al servicio del rey. Los casos de Uni de Abydos, Mehu de Mendes, Qar de Edfú o Tjeti-Kaihep de Akhmim son los mejor documentados; estos dos últimos incluso se cons- truyeron tumbas provisionales en el entorno de la pirámide de Teti antes de marchar a su destino definitivo. Ambos coinciden también en indicar, junto a Weni de Abydos, que se educaron en la corte o que formaron par- te de ella antes de iniciar sus carreras administrativas respectivas.
La novedad de este fenómeno radica en que ciertas familias del Alto Egipto fueron incorporadas oficialmente a las más altas magistraturas del reino. Por supuesto, también lo fueron algunas familias oriundas del Delta, como la «dinastía» de visires inaugurada por Mehu de (probable- mente) Mendes. Sabemos que algunos potentados del Alto Egipto ejer- cieron con anterioridad misiones para los faraones, como Khabaubet, jefe del nomo XVII, que dirigió una expedición militar contra Nubia a comienzos de la IV dinastía. Sin embargo, no dejaron rastro ni en sus provincias, ni en las necrópolis que rodean Menfis, ni en documentos ad- ministrativos tales como los papiros del templo funerario de Neferirkare, de la V dinastía, que sí mencionan administradores del Delta. En cambio, durante la VI dinastía, dignatarios de Abydos, Akhmin o Edfú edificaron tumbas en los alrededores de Menfis, y numerosos fueron los dignatarios provinciales que mencionan en sus biografías o en sus títulos la realiza- ción de actividades rituales y administrativas en la capital.
La importancia del Alto Egipto quizás haya que buscarla en el desarrollo de las provincias, un fenómeno que alcanzó incluso los lejanos confines saharianos del oasis de Dakhla. Aquí, en localidades como Balat, los fa- raones impulsaron un activo centro administrativo que servía, probable- mente, como base logística de expediciones enviadas a la búsqueda de materias preciosas en el desierto. Elefantina también fue la base de ope- raciones de diversos jefes de caravanas, en cuyas biografías describie- ron con nitidez sus avatares al frente de misiones comerciales hacia territorio nubio.
Pero es en el valle del Nilo donde se advierte el alcance del desarrollo administrativo y de las iniciativas económicas emprendidas por los farao- nes de la VI dinastía. La principal de ellas fue la creación de una red de centros agrícolas y administrativos de la corona, llamados hwt, implanta- dos por casi todos los nomos del Alto y Medio Egipto. Las inscripciones
de Herkhuf de Elefantina o de Ibi de Der el-Gebraui revelan cómo los
hwt disponían de campos, trabajadores, animales de tiro y simiente a su
disposición y cómo constituían, junto a los templos, la base de la fiscali- dad del Estado en provincias.
También conoció un importante auge la función de intendente del Alto Egipto, encargado de recaudar tributos para la corona y de organi- zar las prestaciones en trabajo de los habitantes de los nomos, como lo expresan los decretos reales de Coptos o la biografía de Weni de Abydos. La multiplicación de las instalaciones de la corona y de los funcionarios corrió pareja al desarrollo de la administración provincial y a la eleva- ción de numerosos potentados locales a la condición de agentes oficia- les de la corona, inhumados en tumbas de estilo y decoración menfitas y habiendo ostentado cargos y honores antaño documentados casi ex- clusivamente en el entorno de la capital.
La existencia de redes de instalaciones de la corona no es nueva y apa- rece documentada desde los albores del Estado egipcio y celebrada en los textos y escenas del reinado de Esnefru. Lo novedoso de la VI dinastía es el alcance de la misma, quizás como la culminación de un proceso secular de ordenación del territorio y de crecimiento demográfico, que permitió susti- tuir las viejas instalaciones presentes en algunas provincias (las torres
swnw, los «grandes hwt», las explotaciones grgt o las «localidades nuevas»)
por otras más flexibles y presentes en casi todos los nomos (los hwt). En es- te contexto, se produjo en paralelo el crecimiento del número de agentes y administradores de la corona y el desarrollo de las élites locales, cuya cola- boración con aquélla era fundamental para asegurar el control de Menfis sobre los nomos. Por tanto, me parece bastante probable suponer que los faraones de la VI dinastía buscaron apoyo entre estos nuevos grupos socia- les y que éstos también accedieron a un reconocimiento oficial de su posi- ción, manifiesto en el acceso a honores antes reservados a la élite palaciega menfita: tumbas decoradas, estatuas, monumentos inscritos, equipamiento funerario, títulos de rango y de función o acceso a funciones palatinas.
El caso de Nebet de Abydos puede ser paradigmático. Esta impor- tante dama oriunda de Abydos vio cómo dos de sus hijas contraían ma- trimonio con los faraones Pepi I y Merenre y cómo ella misma era distinguida con importantes títulos honoríficos (incluido el de visir), al tiempo que varios miembros de su familia, como su marido e hijos, al- canzaron una elevada posición social. Incluso el rango eminente alcan- zado por Weni de Abydos no parece haber sido ajeno a sus contactos con esta familia, ya que fue visir, padre e hijo de visires y alguno de los miembros de su familia fue representado en compañía de una de las es- posas de Pepi I originarias de Abydos.
Sin embargo, el crecimiento de la Administración y de los polos de po- der en provincias pudo traer fenómenos no deseados, aunque inevitables. A nivel vertical se produjo el alargamiento de las cadenas de mando y de
circulación de información, una mayor delegación de poder y de respon- sabilidades en las autoridades provinciales y la permanencia in situ de parte de los tributos debidos al fisco. A nivel horizontal, los diversos po- los de poder presentes en provincias, especialmente los templos, pudie- ron comenzar a desarrollar estrategias e intereses propios, y a constituir bases de poder al servicio de quienes los dirigían, como se advierte en los templos de Min de Akhmin o de Nekhbet de Elkab. Además, la in- corporación de estos magnates provinciales a los círculos palatinos pudo ir acompañada de la formación de facciones tentadas de movilizar los re- cursos y clientelas de sus provincias de origen en apoyo de sus proyectos. De este modo, la combinación de tendencias administrativas y econó- micas a largo plazo pudo coincidir con movimientos políticos y con una difuminación gradual de la autoridad faraónica en una multitud de pode- res locales y palatinos que, por un lado, dificultaron la transmisión de sus órdenes o la recopilación de información, mientras, por otro, reforzaban la posición de sus interlocutores y agentes locales.
La documentación disponible para finales del Reino Antiguo y co- mienzos del Primer Período Intermedio permite estudiar los casos de varios potentados provinciales, cuyas trayectorias personales, muy dife- rentes entre sí, pueden ayudar a entender mejor las bases de poder que sustentaron su posición preponderante a nivel local.
La necrópolis de Qubbet el-Hawa en Asuán (fig. 5.1) ha proporciona- do numerosas tumbas que pueden ser fechadas en torno a finales del Reino Antiguo y el Primer Período Intermedio. En algunas de estas tumbas
fueron depositadas una gran cantidad de jarras, tanto en la cámara principal como en los pozos secundarios, y muchas de ellas presentan breves textos en hierático que detallan quién efectuó las ofrendas al di- funto y cuál era la procedencia de los bienes presentados. De este modo es posible reconstruir los vínculos familiares y sociales del propietario de la tumba. Un ejemplo es Sobekhotep, propietario de la tumba 88 de la necrópolis y centro de una red familiar de la que se conservan datos per- tenecientes a cuatro generaciones. Aunque las inscripciones son muy par- cas en contenido, sabemos que Sobekhotep pertenecía a una familia de tesoreros y dignatarios donde los varones ostentaban el rango de «amigo único (del rey)» mientras que las mujeres poseían títulos como «adorno único (del rey)» o «noble del rey». Sobekhotep era, por tanto, un perso- naje eminente en la sociedad local, que alcanzó a constituir un patrimo- nio lo suficientemente importante como para que su «casa» (es decir, el conjunto de sus bienes personales) fuera el origen de productos diversos disfrutados por sus familiares, quienes en ocasiones los presentaron co- mo ofrenda a Sobekhotep: así, su abuela, su padre y al menos una de sus hijas le ofrecieron productos procedentes de su «casa».
Pero otros potentados locales también depositaron ofrendas en su tumba, incluyendo dos jefes de sacerdotes, una noble real, otras perso- nas de quienes se indican su nombre y filiación e incluso subordinados adscritos a su «casa». La práctica de depositar ofrendas en la tumba de un potentado local constituye un valioso indicio para conocer la exis- tencia de redes de circulación de dones que reforzaban los vínculos en- tre los miembros de la élite dirigente, que expresaban la cohesión de un grupo familiar extenso y que se extendían fuera de la familia propia- mente dicha para incluir a colegas, clientes y subordinados. Así, la tum- ba de otro «amigo único» llamado Iyshema ha proporcionado varias jarras de la cuales la mitad aproximadamente procedían de su propia «casa» y el resto de la familia de Sobekhotep.
En cambio, otras tumbas contemporáneas de la misma necrópolis apenas poseían jarras procedentes de la casa de Sobekhotep, a pesar de contener una abundante cerámica inscrita. Es el caso de la tumba 105/I, donde los textos mencionan a numerosos «tesoreros del dios», «jefes de grupos de sacerdotes» y al «gobernador» Meju. Su propieta- rio formaba parte, al parecer, del entorno inmediato (puede que incluso familiar) de las máximas autoridades de Elefantina; unos contactos que al parecer escapaban a las posibilidades de Sobekhotep, entre cuyas ofrendas no figuran jarras ofrecidas por los gobernadores locales. Tenemos, por tanto, una élite jerarquizada internamente, pero que de cara al exterior expresaba su posición dominante gracias a que compar- tía en exclusiva la misma necrópolis y a que participaba en el culto a Heqaib, el antepasado de la familia local de gobernadores y titular de un santuario donde generaciones de potentados locales presentaron ofrendas
y expresaron, de este modo, su conciencia de grupo a la vez que legiti- maban su papel dirigente.
Sin embargo, otros potentados llegaron a acumular un gran poder lo- cal, aunque no por ello deban ser considerados como elementos desesta- bilizadores del reino. Tal es el caso de Shemai de Coptos, de finales del Reino Antiguo, un dignatario bien documentado gracias a las inscripcio- nes de su tumba, a los textos procedentes del santuario edificado en su honor y a los numerosos decretos hallados en el templo de Min de Coptos, que relatan los nombramientos y honores de que fueron objeto él mismo y otros miembros de su familia. Shemai era el «gobernador de Coptos» e «intendente de sacerdotes del templo de Min» y, además, fue nombrado «gobernador de todo el Alto y Medio Egipto», funciones que transmitió a sus hijos. Pero además, Shemai contrajo matrimonio con la hija de un faraón.
Su caso revela que a finales del Reino Antiguo los mecanismos de go- bierno característicos de la Administración del Estado seguían plenamente vigentes incluso en el remoto sur, sin que nada sugiera un debilitamiento del poder de la realeza en esta zona. De hecho, el caso de Shemai ofrece numerosos paralelos con respecto a otros dignatarios eminentes del tercer milenio, como Weni de Abydos: ambos fueron potentados locales que al- canzaron el rango de gobernadores del Alto Egipto, que lograron transmi- tir a sus hijos al menos parte de la posición social alcanzada y que, además, emparentaron con la familia real (en el caso de Weni de manera indirecta, ya que miembros de su familia aparecen representados en compañía de una reina).
Sin embargo, la ruptura del poder real en el Medio y Alto Egipto era ya una realidad poco después. El caso de Ankhtifi de Moalla constituye quizá un buen ejemplo de las ambigüedades que rodean el final del Reino Antiguo. Su autobiografía (fig. 5.2) rompe con el modelo clásico del Reino Antiguo ya que, de acuerdo con su testimonio, su llegada a Edfú no se debe al mandato real, sino a la intervención del mismísimo dios Horus, usurpando de este modo una de las prerrogativas de la monar- quía, la de ser el ejecutor directo de la voluntad divina en la tierra. Además, Ankhtifi se presenta como un jefe militar cuyas campañas no se