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Primero es necesario recordar que la idea de Estado se refiere a un conjunto de servicios y oficinas de carácter político o administrativo. Desde el Estado actúan los magistrados, los funcionarios y los burócratas. En relación con el Estado están los contribuyentes, los soldados, los electores, los pensionistas y los postulantes.

Hecha esta advertencia previa, resulta fácil comprobar que hay problemas, hechos y asuntos peruanos a los cuales es ajeno el Estado en el Perú. Por ejemplo, las circunstancias espacialísimas de carácter geográfico por las cuales existen las zonas del litoral, de la sierra y de la selva, cada una con su ambiente propio, determinan el caso del hombre andino que baja al valle o a la ciudad costeñas, o el del habitante de la Amazonía en análogo trance, o el del costeño que va a la altura o se interna en la "montaña". Estos casos, interesantes para el sociólogo, el economista, el folclorista y hasta el médico, pueden ser contemplados con indiferencia por el Estado y por sus agentes. Y así, ejemplos del mismo tipo podrían ser presentados. Mencionemos sólo uno. Las formas especiales que aquí revisten la ganadería, la producción agrícola, la industria y el comercio otorgan al problema de la alimentación en el Perú, características que no existen en Colombia o la Argentina, en Estados Unidos o en México, y por ese problema muy antiguo recién el Estado empieza a preocuparse

El coeficiente de ilegalidad

El drama de la vida peruana ha surgido del hecho de que el Estado no resultara acondicionándose bien dentro de la nación. Un jurista francés, Jean Crouet, en un curioso libro titulado La vida del Derecho y la impotencia de las leyes ha mostrado un fenómeno de creciente importancia en Francia antes de la Segunda Guerra Mundial: el debilitamiento de la autoridad moral de las leyes, la pérdida de la fe tranquila en que el legislador será obedecido. Las revoluciones y los golpes de Estado, dice Crouet, nos han enseñado a amparamos detrás de los actos de audacia, colocándonos al mismo tiempo la investidura de la soberanía legislativa y gubernamental. La Iglesia ha mantenido en el espíritu de sus fieles la preeminencia de las normas religiosas sobre las civiles y ha señalado con anatema a algunas de éstas, como el divorcio. El movimiento obrero ha suscitado el afán de transformar la fuerza creciente de las agrupaciones sindicales en una soberanía unilateral e ilimitada. Y la clase media, que siempre ha tenido el horror de la ilegalidad tumultuosa y cruenta, no ha mostrado igual repugnancia por las ilegalidades pacíficas y secretas que constituyen la moneda menuda de lo arbitrario administrativo y contribuyen a minar por invisibles fisuras el régimen de la legalidad.

Curiosas observaciones podrían hacerse también en el Perú acerca de nuestro viejo y alto "coeficiente de ilegalidad". Y no se alegue, a propósito de la cita anterior, que tanto la iglesia como los movimientos obreros son fuerzas internacionales. El poder o la debilidad de los sindicatos peruanos se halla en relación con el volumen y las formas propias del desarrollo industrial de este país. Y

la fuerza o la debilidad del problema religioso no será igual en el Perú y en el Ecuador, por ejemplo, donde la dictadura de García Moreno provocó por largos años el predominio de los liberales. En realidad, lo que se trata de probar, sobre todo, es que el Estado es y puede ser burlado o combatido o contradicho. Esa opinión pública que crea o justifica las numerosas "ilegalidades pacíficas y secretas" es un exponente de que el país no está constituido única y exclusivamente por el Estado.

Intranquilidad política y estatismo social

Hay otro argumento más, si se examina el curso de la vida peruana durante el siglo XIX. De 1836 a 1839 el Perú cesó de existir como Estado pero continuó como país. En una oportunidad en este territorio gobernaron siete presidentes simultáneos. ¿Cuál de ellos representaba al Estado? Seguramente ninguno; pero el Perú seguía viviendo. Podemos hablar también de mutaciones en la fisonomía del Estado, por cambios de los regímenes políticos reflejados, por ejemplo, en la promulgación de textos constitucionales antagónicos; y sin embargo esos cambios no repercutieron sobre la nación. "Intranquilidad política, estatismo social": esta fórmula expresa el contenido de la vida peruana durante las primeras décadas de la república. Del mismo modo, se ha dado el caso de profundas transformaciones operadas en el país, sin que ellas resultaran compartidas, por lo menos durante un tiempo más o menos largo, por el organismo estatal.

La patria invisible

Y si el Perú fuese única y exclusivamente un Estado, ¿cómo podría ser explicado el caso de Tacna y Arica? En estas provincias, durante cincuenta años hubo numerosos hombres y numerosas familias que se mantuvieron fieles a la bandera roja y blanca. En el caso de ellos sí que Chile era un Estado y nada más. Cuando los tacneños y ariqueños se manifestaron remisos frente a la organización administrativa, bien eficiente por cierto, bajo la cual vivían, no pensaban que el Presidente alojado en el palacio de los virreyes era mejor estadista que el Presidente de la Casa de Moneda; ni se ponían a perder el tiempo imaginando que las leyes publicadas diariamente en El Peruano eran más perfectas que las leyes del parlamento santiaguino. Para ellos, el Perú era una realidad fundamentalmente sentimental e ideal.

Ese sujeto andino, costeño o selvático que se mueve por el país, esa masa que a veces cumple y a veces no cumple las órdenes oficiales, esas generaciones que vieron a veces desaparecer y restaurarse el Estado peruano, esos hombres y esas mujeres que sintieron en sus vidas quizás humildes el aliento formidable de la "Patria invisible", ¿qué formaban?

La historia del Estado y la del país

La historia del Perú se ha escrito y se escribe, se ha enseñado y se enseña como historia del Estado. He aquí una razón evidente para la exagerada importancia atribuida a los distintos períodos: prehispánico, virreinal e independiente. Claro está que entre el Estado inca y el Estado virreinal, y entre el Estado virreinal y el Estado republicano hubo notables diferencias. El día que, hagamos la historia, del hombre peruano en función con la naturaleza peruana serán vistas desde otro prisma esas normas de periodificación. Se observará entonces que después de 1532, si el andamiaje estatal inca sucumbe, la población perdura; pero no idéntica porque recibe en una forma u otra el impacto de Occidente. Aun hoy mismo, en aquel indio que usa un arado, hace pastar unas ovejas y viste calzón corto hay un proceso de mestizaje cultural, aunque se trate de un ejemplar de pura raza. Y del mismo modo la llegada de esos hombres

descontentos por una razón o por otra en su situación en el Viejo Mundo, resueltos a comenzar aquí de nuevo, a morir aquí y a dejar aquí a sus hijos, formará, sin duda, uno de los más interesantes capítulos de la historia del Perú aunque poco o nada tenga que ver en apariencia con la historia del estado peruano. Igualmente la obra de tantos misioneros y exploradores que ganaron para el Perú parajes de la selva deberá ser incluida en esa historia que no se contente con los nombres de los personajes oficiales.

La Nación, fenómeno histórico.

La idea de que una nación necesita tener comunidad de raza, de sangre, de idioma o de intereses económicos en su población corresponde a un momento en que se atribuyó excesiva importancia a las ciencias naturales. La nación es un fenómeno histórico y la historia no es una ciencia de la naturaleza. Suelo, idioma o sangre pueden formar el cuerpo de la nación; pero la explicación de, este concepto no resulta viable a través de las cosas naturales. La nación, dice un pensador de nuestros días, está por encima de las realidades naturales y de toda cosa concreta; porque la nación es creación exclusivamente humana. Por cierto que, en parte, el hombre es también naturaleza; pero, al mismo tiempo, el hombre es el único ser capaz de superar a la naturaleza en tanto que la vida del animal transcurre toda ella constreñida por las leyes que imperan sobre la especie. Vivir es para el animal hacer en cada momento lo que por ley natural tiene que hacer. Vivir, en cambio, es para el hombre resolver en cada momento lo que va a hacer en el momento siguiente. La nación surge como una de las estructuras humanas, hija legítima del hombre.

Ha habido, hay y puede haber países carentes de comunidad de raza, de sangre, de idioma o de intereses económicos. De todos modos, no son una novedad en la historia, la coexistencia sobre un mismo territorio de pobladores de las más diversas procedencias. Lo que ocurre en el caso nuestro es que dicho experimento se ha realizado en una época demasiado cercana. España misma, que trasladó su cultura a América, es un resultado de la convivencia primero entre iberos y celtas. Luego entre celtiberos y romanos, más tarde entre hispano-romanos y visigodos y entre cristianos y árabes.

El objeto ideal

Cuando insisto acerca de esta interpretación histórica de la idea de nación, no he afirmado algo arbitrario, intuitivo o novedoso. Bien saben los interesados en estudios filosóficos en general lo que es el llamado "objeto ideal". Y los expertos en temas sicológicos y pedagógicos utilizan frecuentemente la idea de "estructura" que afirma el carácter unitario de la vida síquica refutando todo asociacionismo y todo atomismo mecanísticos en este campo. "Objeto ideal", "estructura" y otros temas contemporáneos, independientes, por lo demás, de cualquier contenido político, se enlazan con la idea de la nación como continuidad en el tiempo.

Entre nosotros, algunos aceptan la, existencia de una unidad lograda por los incas y todavía antes de los incas, entre la cordillera y el litoral y entre el norte y el sur; pero se niegan a aceptar esa unidad en épocas posteriores. Otros emplean la palabra "peruanos" para referirse única y exclusivamente a los indios anteriores al siglo XVI que ignoraban su significado. Y no falta quien se olvida de que junto con un nuevo Estado surgió una nueva sociedad en ese siglo, con la diferencia de que si entonces el Estado suplantó íntegramente al antiguo régimen, en la sociedad persistieron muchos elementos que de él provenían. El nombre "Perú" fue acuñado y popularizado para aludir al nuevo Estado, fracción o parte de un Estado metropolitano, y a la nueva sociedad, desde un principio autónoma en su proceso de desarrollo y crecimiento.

Desde el Inca Garcilaso, ya a fines del siglo XVI, y el primer Mercurio Peruano (1791-95) hay una floración de periódicos y de libros donde la idea y el sentimiento del Perú desbordan hasta llegar al título mismo: El Satélite del Peruano, El Verdadero Peruano, Nuevo Día del Perú, Sol del Perú, sin olvidar el Plan del Perú de Vidaurre. Si el Perú hubiese sido nada más que un Estado, únicamente un Estado, nada explicaría esta constante inquietud.

Cierto es que al avanzar nuestro siglo XIX esa línea se desvía con frecuencia. Todo ello no quiere decir que el Perú no existiera como unidad anímica. El Perú es tema y motivo en las páginas de La Revista de Lima, El Correo del Perú y Revista Peruana; en las Tradiciones de Palma y en el Diccionario de García Calderón; en las investigaciones de Sebastián Barranca y en los libros y viajes de Raimondi; en la burla fuerte del "Tunante" Gamarra y en el verso pobre de Constantino Carrasco, en el eruditismo de Mendiburu y de Paz Soldán; en los editoriales de Andrés Avelino Aramburú y de Alberto Ulloa; en el pensamiento orientado hacia la acción de Piérola y de Pardo.

Y no fue el Perú tampoco fría idea embalsamada en el papel impreso o aislado alarde personal. Las multitudes soñaron, se agitaron, se sacrificaron, gozaron y murieron por él tiñendo para siempre con su aliento las fechas decisivas del 28 de julio de 1821, del 2 de mayo de 1866 y de febrero de 1879 a octubre de 1883; y en las grandes rebeliones populares de 1854, de 1865 y de 1895 que conmovieron de un extremo a otro al país, no hubo tan sólo el afán de cambiar un gobierno por otro gobierno sino la esperanza inmensa en una profunda transformación nacional.

Para considerar este problema conviene constatar también que la raza indígena en el Perú no constituye una minoría y que ella está formada por mestizos.

El fenómeno del mestizaje no es un hecho local o regional en el Perú. Tampoco se halla confinado en la costa. En el norte, domina dentro de departamentos como San Martín, Amazonas, Cajamarca y Loreto. En el sur prepondera en los de Madre de Dios, Moquegua y Arequipa. Lima no es el departamento donde hay el mayor número de mestizos y blancos; ocupa en este aspecto el sexto lugar, predominio de mestizos y blancos hay en cinco de los diez departamentos de mayor población en la república; en cambio, predominio indígena hay en sólo tres de los mismos departamentos, quedando los dos restantes en situación de equilibrio.

Me parece que todavía no se ha valorizado bien ese sentido revolucionario del Censo Nacional de 1940. Durante muchos años habíamos vivido bajo los siguientes supuestos: 1° El Perú es un país con una mayoría de indios, ascendente según unos al 50%, según otros a las dos terceras partes, sin que faltase algún cálculo hablando de las cuatro quintas partes de la población; 2° El dualismo racial peruano permanece estacionario; 3° La división de territorio en costa y sierra contribuye a dar un carácter inexorable a esta separación.

El Censo de 1940 ha demostrado, por el contrario, los siguientes hechos: 1° La mayoría de la población peruana es mestiza y el porcentaje indígena ha bajado en un 11.74 desde el Censo de 1876; 2° El mestizaje se extiende en la costa y en la sierra, así como en el norte y en el sur; 3° Costa y sierra no son dos zonas irremediablemente hostiles y sus respectivos pobladores se mezclan y no quieren separarse, como lo demuestran no sólo el mestizaje sino también el fenómeno de las migraciones espontáneas.

Es evidente que la sola indicación de la raza "india" no implica la existencia de un abismo cultural frente al resto de país. Hay indios que colaboran activamente en la vida nacional, en los cuarteles por ejemplo. Otros, aun fuera de las ciudades, se han "amestizado" en el idioma, la religión, los usos y los utensilios, precisamente en todo eso a lo cual conceden tanta importancia los sociólogos materialistas.

Por otra parte, ¿dónde está la conciencia nacional indígena? ¿Quién será capaz de acoplar a las "nacionalidades" quechuas y aimaras, a los chancas, huancas, yungas y demás razas y subrazas que existen al mismo tiempo, sin contar a las tribus del Oriente? Tampoco hay que olvidar que quechuas y aimaras no forman un bloque territorial, pues se hallan dispersos por los más apartados lugares del territorio. Por último, ¿qué se piensa hacer con los mestizos y blancos del Cuzco, con los de Junín, con los de Áncash, con los de Puna, con los de Apurímac, con los de Huancavelica, con los de Huanuco?

Cuando se insiste en el predominio del fenómeno del mestizaje, no se pretende basar lo peruano exclusivamente allí. Lo peruano es un término ancho en el cual sociológicamente la nota más visible es la mestiza; pero aliado de ella caben muchas otras. Grandes peruanos hubo, sin duda, entre muchos mestizos. Grandes peruanos también fueron indios como Olaya; descendientes de judíos como los León Pinelo; mulatos como Pancho Fierro y José Manuel Valdez; blancos criollos de origen español como Unanue y Salaverry; españoles del siglo XIX como Sebastián Lorente; anglosajones como Guisse, el héroe de Guayaquil, Billinghurst el tarapaqueño leal a su patria; Fitzcarrald el explorador; descendientes de alemanes como Althaus el poeta; Contzen el educador; Wiesse el historiador; descendientes de italianos como Bolognesi el héroe, Raimondi el sabio y Rebagliati el músico; polacos como Habich; injertos como Zulen.

Campo y ciudad

Aliado de la división "horizontal" de la sociedad existe también una división "vertical". Es la división entre el campo y la ciudad. Todas las funciones de dirigir y gobernar en cualquier forma tienen su centro en la ciudad. El campo es reservorio, base, sustento y aliento de la ciudad; pero si se rompe un vínculo con ella marcha a la estagnación ahistórica o a la rebeldía bárbara. Ahora bien, ¿no es cierto que entre nosotros lo indígena es lo rural? ¿Cuál de nuestras ciudades podría ser considerada como genuinamente indígena? ¿En cuál de ellas no domina la nota mestizo-blanco? El presunto "nacionalismo" indígena es cultural, espiritual y sociológicamente más débil que los llamados "nacionalismos" catalán, gallego y vasco cuyas reivindicaciones, por lo demás, no impiden la existencia nacional de España, que el bretón y el provenzal frente a Francia, y que el galés y el escocés frente a Inglaterra.

Población urbana y población rural

Otro dato interesante del Censo de 1940 es el que se relaciona con la población urbana. La población total calculada en 7'023.111 habitantes está distribuida según un primer cálculo, así: 63.51% en la zona andina: 25.02% en la costa; y 11.47% en la selva.

Según el mismo cálculo la población que habita en las ciudades con más de 3,000 habitantes asciende a la exigua cifra de 1,368.580 con un porcentaje de 19.48% sobre el total. Al separar a los habitantes urbanos según las zonas geográficas, aparece el siguiente resultado: en la costa 68%; en la sierra, 26.59% y en la selva 5.41%.

Lima con más de 533,644 habitantes se halla seguida por el Callao con 84,438. Vienen después Arequipa con 80,487; Cuzco con 45,230; Trujillo con 41,589; Chiclayo con 33,748; Iquitos con 33,539; Piura con 26,674; Huancayo con 29,240; Sullana con 22,222; Ica con 21,240. Siguen, en orden sucesivo, con menos de 20,000 Cerro de Pasco, Ayacucho, Cajamarca, Puno; con menos de 15,000, La Oroya, Pisco, Talara, Huacho, Huánuco; con menos de 13,000, Mollendo, Chincha Alta, Chulucanas; con menos de 12,000, Huaraz y Tacna hasta los 10,000.

El porcentaje indicado sirve de explicación para la posición directiva de la costa en la vida peruana. La ciudad es lo que históricamente determina el curso y el sentido de la cultura. La historia universal es, sobre todo, historia del hombre urbano. La política, la religión, todas las artes, todas las ciencias se fundan por él.

¡Mucho cuidado, sin embargo, amigos de la capital! Acaba de ganar una gran victoria la causa de la unidad nacional y ha sufrido un rudo golpe el romanticismo sociológico y jurídico de los últimos veinte años. Pero que nadie pierda la lucidez. No olvidemos la indispensable necesidad de elevar el nivel de vida de nuestra población que es problema de vida o muerte para nuestra salud social y para nuestro futuro como pueblo. Y no olvidemos tampoco la escasez de ciudades de mediana población y la cifra de 13,817 escuelas primarias y de 48,819 maestros que, según otro dato del mismo Censo, debemos tener en tanto que nuestras escuelas primarias ascienden hoya 5,000 más o menos y nuestros maestros a 10,000, de los cuales tampoco estamos seguros si son otros tantos artesanos de la