• No results found

Las llamadas clases inferiores resultaron favorecidas, a partir de 1848 en Francia y en otros lugares del mundo en Occidente, por la introducción del sufragio universal, por el desarrollo de la economía capitalista y por el proceso del movimiento socialista, hechos que alteraron por completo la fisonomía tradicional de la intervención política emanada de ellas. El Sufragio, cuando funcionó sanamente, llevó como fenómeno anexo la libre dispersión partidaria y variantes notables en su motivación. Así la promoción política de dichas clases disminuyó o acalló la vieja unidad de los estallidos populares desde abajo.

Contra el reformismo implícito en el sufragio, una parte del movimiento socialista europeo construyó sobre bases nuevas, desde mediados del siglo XIX, el viejo modelo revolucionario. De los tiempos antiguos mantuvo la santificación del pueblo y de su violencia. Pero los transformó sustancialmente. Mediante una labor selectiva dentro de las clases inferiores mismas, que estuvo apoyada en el análisis económico, los obreros de la industria quedaron convertidos en los portadores privilegiados de un esquema global de transformación en la sociedad. La revolución popular resulta así tan sólo una revolución asociada; ella ha encontrado de antemano sus jefes inevitables y sus objetivos precisos. Clase demiúrgica, los obreros deben comandar al pueblo en la lucha contra la burguesía. Gran parte de las élites obreras de Europa continental fueron, poco a poco, ganadas por este análisis bipolar de la lucha de clases: para los anarquistas como para los marxistas, la sociedad capitalista ha simplificado extraordinariamente las vías para la integración y para la victoria futura de las clases populares. La escatología marxista se apoya tanto sobre un análisis como sobre una profecía. La conciencia de clase que ambos suponen fue generada, a lo largo del siglo XIX, por hombres nacidos lejos de las clases inferiores y provenientes de la íntellígentsía. Aparte del mundo que corresponde a los dirigentes y a los militantes, ¿en qué medida han penetrado, en realidad, estas ideas dentro de las capas profundas de las clases obreras mismas? De otro lado, la religión populista o la pasión igualitaria en sí vienen a tener, en muchos casos, una honda importancia que no es otorgada a la teoría misma, por más que se utilicen, en la guerra de las palabras, los términos y las expresiones por ella divulgadas.

Para América Latina y, en especial, el Perú, la crisis de nuestra época presenta caracteres especiales. El sufragio panacea de la democracia liberal no funcionó en este país o funcionó con intermitencia, o funcionó mal, a veces, tuvo resultados conflictivos. En las instituciones que mediante él se establecieron, surgieron características de enfermedad que el tiempo no curó sino que hizo crecer. El poder ejecutivo osciló frecuentemente entre el abuso o la impotencia. El poder legislativo, caracterizado en forma creciente, dentro de los últimos tiempos, por la mediocridad de sus miembros, salvo excepciones, acentuó su afán de interferir en la administración pública y de aprobar leyes empíricas, o movidas por minúsculos e impuros intereses, o proclives a acentuar el desequilibrio en el fisco. El presupuesto de la república fue confeccionado, por lo menos en los últimos quince años de vida constitucional, apresuradamente, en la mesa de las comisiones parlamentarias, sin plan orgánico, bajo la obsesión de atender a exigencias de carácter personal, local o partidista. La burocracia quedó, en gran parte, a merced de las contingencias políticas; junto con nombramientos arbitrarios hubo postergaciones también injustas y, en general, existió una baja remuneración para los trabajadores del Estado. El delito de enriquecimiento ilícito, cuyos orígenes se hallan sin duda, en los corregidores y otros personajes de la vida colonial, tornose grave en la época de las grandes exportaciones del guano, en la consolidación de la deuda interna, en la conversión de la deuda externa, en la nacionalización de las salitreras, en el proceso iniciado por el billete bancario, cuya última etapa fue el billete fiscal. Resucitó hacia 1894 por breve tiempo y se expandió con prepotencia después de 1919, con breves excepciones; porque hubo más dinero y porque apareció, en número creciente, la tentación de gozar con artefactos e instrumentos que hacían la

vida más placentera o más cómoda, o más fácil. Hubo períodos a los que es dable calificar de sanos y fecundos dentro de la historia republicana; pero ellos no tuvieron continuidad. En suma, el Estado peruano fue y continuó siendo un Estado empírico.

Al lado empírico se sumó el abismo social. Repitamos algo de lo ya enunciado antes y agreguemos observaciones complementarias. Las raíces económicas semifeudales en el campo, heredadas de la época colonial, fueron ahondadas por el neolatifundismo. Prosiguió la división entre los de arriba y los "cholos" pobres, aunque hubiese en la cúspide de la pirámide mayor movilidad de lo que hoy afirman algunos. El problema indígena quedó irresuelto.

El capitalismo vino desde afuera. Está de moda hablar sobre la "dominación" británica. Así como el clérigo satírico otrora dijo que "pasamos del poder de don Fernando al poder de don Simón", se nos repite hoy que pasamos del "poder de don Fernando" al poder de la reina Victoria. Son novedades no constatadas por los muchos que, ante lo ocurrido en nuestra tierra en el siglo XIX y en la primera parte del siglo XX, se quejaron y protestaron. En ningún país como el Perú fue tan abundante y enconada la literatura de denuncia, ya sea de aristócratas nostálgicos o de radicales demagogos. Manuel González Prada, quien dijo innumerables veces, en una forma u otra, que aquí donde se pone el dedo brota pus, halló en los grupos dirigentes toda clase de pecados y delitos; pero nunca anotó que estaban hipotecados a Londres. Middendorf, en su monumental libro sobre el Perú, una verdadera enciclopedia sobre la vida nacional en el siglo XIX, ahora próxima a ser editada en castellano, recogió observaciones y datos provenientes de muchos años con ese deleite germánico que, según el chascarrillo, publica eruditos volúmenes sobre las patas de las moscas; y, aunque era médico, tampoco hizo aquel diagnóstico. Desde un punto de vista político, nadie nos ha podido refutar cuando hemos probado que Gran Bretaña quiso defender hasta con la fuerza a la Confederación de Santa Cruz y no logró su objetivo. En el terreno político- económico, ahí está el caso del régimen de Manuel Pardo que marchó, audaz e impunemente, a la nacionalización de las salitreras con daño notorio a fuertes intereses chilenos, peruanos y, sobre todo... ingleses. Los hombres dominantes en las grandes especulaciones de fines de los 860 y de los 870 fueron un norteamericano, Enrique Meiggs, y un francés, Augusto Dreyfus. Nada de lo anterior implica negar que el Perú vivió dentro de la órbita de la "Pax Británica" como el resto del mundo, sobre todo el mundo subdesarrollado. Tampoco se trata de ocultar la verdad importantísima de que los ingleses dominaron el comercio trasatlántico y el comercio mayor en los puertos importantes. Pero, asimismo, es cierto que estuvieron lejos de tener fuerza decisiva en el tráfico al por menor o en los centros mercantiles provinciales o interprovinciales. Sólo desde fines del siglo XIX, a partir de un momento cuyo símbolo en el Perú podría ser el contrato Grace, aquella dependencia se acentuó. El capitalismo británico primero y el norteamericano después, hicieron, ya en el siglo XX, de toda Hispanoamérica claramente un proletariado externo.

Hubo ceguera y egoísmo excesivos en los grupos altos. El crecimiento de las clases medias y el despertar de las clases populares, acompañados por los espectaculares avances en el número de la población y por el relativo progreso educacional, amenazaron y, por último, rebasaron a los sectores plutocráticos, intrínsecamente muy frágiles no obstante las apariencias.

El problema fundamental en América Latina y en el Perú de nuestros días y del futuro consiste, nada más y nada menos, que en esto: ¿cómo ir acabando con el Estado empírico y cómo ir destruyendo el abismo social; o, por lo menos, cómo colocar vasos comunicantes sólidos y anchos para que sea posible una sana movilidad dentro de una sociedad al servicio de quienes la integran y no de unos cuantos? Todo ello dentro de lo posible, con respeto al principio de la dignidad humana.

Cuando el Perú tuvo la osadía de optar por la independencia y, en el ámbito de ella, por la república, lo hizo porque en sus hijos mejores alentó un sincero entusiasmo ante la gran promesa que ambas llevaban consigo. Aquí se produjo un fenómeno que tuvo algunas similitudes con la creación de otra república, los Estados Unidos de América. Por ello, aunque nuestros rumbos sean distintos, viene a ser oportuno, guardadas las distancias, pintar en grandes letras como colofón de este vagabundo ensayo, unos versos del gran poeta negro norteamericano Langston Hughes:

¡Oh, deja que América sea América otra vez, la tierra que nunca ha sido todavía

Y, sin embargo, debe ser!

(EL AZAR, pp. 249-253) [1973]

2.3. El dualismo de la economía y "el cuello de botella" para un verdadero