de se halle establecida y esté su existencia re conocida y garantizada por el Estado; y sus acciones públicas que se rozan con el derecho- á la libertad de los asociados deben, antes, ser expresamente permitidas por dicho Estado, quien tiene el derecho eminente para la permisión 6
exclusión de los cultos. ’ •.
De otra manera, en los incidentes de la vida, cada ciudadano tuviera dos señores, dos leyes,, dos Nacionalidades. El Estado que le defiende^ le naturaliza y le clasifica entre todos los hom bres, y la Autoridad de donde proviene la direc ción y gerencia de los negocios eclesiásticos: para nosotros, la patria y Roma. - Si son anta gónicas, remediar el daño decorando la inde pendencia mutua de ambas, es no resolver
nada. -
— ¡Oh! Estos son errores viejos, antiguallas heréticas mil veces confutadas y malditas! Po néis, pues, un policial bajo cada pulpito, un es birro en el fondo de cada confesonario; exigís el pase para decir misa:y concedéis el exequátur para rezar el oficio de difuntos?
"^— Confundís las cosas, reverendo padre jesuí ta; argüís sobre un falso supuesto, ilustrísimo señor obispo . . .. i .' — La iglesia tiene la misión espiritual y el mísero trabajo terrenal conducen-- te á’ su mejor' Organización y ál Cuidado de - sus intereses materiales. Dos cuestiones diversas: el dogma y la disciplina. En ninguna' de las: dos puede ni debe entrometerse el Estado.’ E l dogmaes inatacable, por ningún poder humano* porque su refugio és-la conciencia; la'disciplina es, igualmente, - invulnerable, porque mira á la constitución íntima desuna Sociedad con finés legítimos. Hásta -aquí vamos perfectamente.
Pero si por razones de conveniencia política quiérediácer intervenir el dogma y la disciplina
en .asuntos extraños, á dichos fines, con daño del Poder Civil ¿tiene éste ó no tiene el derecho de defensa; como responsable del orden.y de Ja felicidad terrena de los pueblos que gobierna? Hay la colisión de lo espiritual y lo terrenal: que cuide la Iglesia dé las almas, por los me dios puestos á su alcance, enyíelas al cielo ó dé les pasaporte para el, infierno: el Estado está en la obligación de respetar y hacer respetar la li bertad y el derecho dé los ciudadana» C ada cual con sus arm;as: si el obispo excomulga al funcionario público, que ha profanado un tem plo, ¿el juez,laico, no podrá enjuiciar al obi.spo que, con ese anatema, ha promovido una reyo.-
lución ?
Mucho se ha discutido y escrijtp; sobre l,as, p a labras de Jesucristo: M i reino no es de esfe. mundo:: ya pn, los tiempos de San Agustín se
hpcía Ja aclaijación.especiosísima desque Ja pre posición- de, no pugctr.-, sitiOytfrigMSfc., Es-,
te es, “mi. romo no esjde este mundo, no pro viene, no se origina aquí: viene de arriba,. pero es de aquí, donde, tiene su aliento y jurisdic ción.” Palabras y palabras. Mas, aun conten tándose, con ser sólo espiritual, la Iglesia, ha ha dado medro de tirar la soga y tras de la soga, la vaca. Rojas Garrido, en un opúsculo, famo so, . explicó donosamente §p¡ qué cppsistía este admirable recurso.
“ El catolicismo,— decía,-r-inculca la idea de qjue el gobierno de la Iglesia es sólo
y que no teniendo nada que ver con las cosas temporales, puede avenirse perfectamente con toda forma de gobierno profano, ya sea absolu to, ya sea oligárquico, ya democrático; esto lo hace con el objeto de medrar á la sombra de to da institución, sin ser contrariado por ninguna;
CUESTIONES DEL DÍA 99
•en espiritualizarlo todo sobre la tierra, para que
.itodo lo temporal quede así sujeto á sus dominios espirituales.”
Si esto hace la Iglesia, ¿tendrán la ley y el Gobierno que es su ejecutor, la facultad de vol ver las cosas á su verdadero lugar? Cuál de recho será mayor, en tratándose de cosas hu manas: el de la Iglesia— poder espiritual dentro del Estado, ó el del Estado que la defiende, la reconoce y la contiene?
Verdaderamente, estas son cuestiones muy viejas: lo extraño consiste en que tengamos •que examinarlas y discutirlas como punto de actualidad palpitante, en el seno de una socie dad moderna y «civilizada!. . . .
Entonces, ¿cómo conviene Igle
sia en medio de la sociedad civ il ecuatoriana?
Dando á los asociados la plena libertad de conciencia y garantizándosela, en la ley y en la práctica de la ley, como institución de derecho privado en cuanto al ejercicio de sus funciones públicas y su organización externa, sostenida y pagada por el Estado, mientras sea la católi
ca la religión de la mayoría. Que se la pague, pues el recibir dinero para vivir es señal de de pendencia.
No significa esto la esclavitud dé la Iglesia, sino el simple ejercicio de la inspección de cul tos de parte del Estado, no como intromisión en funciones ajenas sino como una policía social en los actos públicos, y eso, en guarda de los derechos inalienables de la soberanía nacional.
Acerca de este punto habría que decir mu cho, pero ni el tiempo ni las circunstancias nos permiten expresarlo. Diremos sólo que el Pa
Sede al Ecuador y de cuya ley no ha hecho ca so la clerecía, es un emoliente ineficaz cuando están indicados los cauterios. Patronato ¿para qué? No vale, más y es de mayor utilidad un buen, reglamento de cultos, y allá se a v e n g a n
los* clérigos en su organización interna y en el cujtip!inSento de su ministerio sacerdotal, y más qi^niemos declarado, urbi ct orbe, la Cons
to herética de 1897 corno la Suprema ley istado?
Concluyamos esta cuestión, con la cual nos hemos entretenido bastante, más, acaso, de lo que debiéramos aquí, por ser ella la principal, diremos la única, que trae agitados los ánimos y presenta complicaciones muy serias para lo porvenir. Con ella se ligan otra porción de pe queñas cuestiones, cuya sola enunciación sería fatigosa y árida.
El citado Rojas Garrido, repitiendo el grito de Gambetta ( j El clero: he ahí el enem igo!} se esforzó en probar que “el que es católico no puede ser republicano”, y viceversa, natural mente. (*) Nosotros hemos probado,, ó preten dido probar, que no pueden coexistir la R epú blica y la Iglesia católica en el Ecuador, por cuestiones de dogma y de constitucionalidad, mientras seamos liberales y sea liberal el régi men que nos gobierne.
El clero ha sido muy fatal para esta nación: á sus instigaciones, se ha cometido muchas infamias y se ha perpetrado muchos crímenes que aún están clamando reparación y venganza. Es hora ya de hacer actos de amos y señores^ aun cuando sucumbamos en la empresa;