5.4 Numerical Simulations and Performance Evaluation
5.4.4 BER Performance
Andrés Caicedo nació en Cali en septiembre de 1951 y murió por su propia voluntad el 4 de marzo de 1977, sin haber cumplido aún los 26 años de edad. Si bien ¡Que viva la música! es publicada por Colcultura pocos días antes de la muerte del escritor, posteriormente se conoce, a partir de las lecturas de sus diarios y documentos personales, que su escritura se había iniciado en 1973, cuando Caicedo viajó a Los Ángeles (Estados Unidos) y había sido concluida en 1974 en una finca localizada en Silvia (Cauca-Colombia), cuando el autor tenía la edad de 23 años. De forma simultánea, Andrés Caicedo escribió el resto de su obra narrativa en torno al mismo tipo de problemática de ¡Que viva la música!, dando como resultado la creación de un universo literario del que todos los relatos forman parte. Éste se configura sobre la presencia de Cali, construida literariamente a través de las vicisitudes de los adolescentes que la habitan y la recorren, buscándose y buscando sentidos, impulsados por el deseo de transgresión que los habita.
La búsqueda de una expresión poética y narrativa para su indagación literaria de la existencia se percibe de forma sistemática en la obra y vida de Andrés Caicedo. Creador incansable, le obsesionaba la idea de “morir joven y dejar obra”, confiado en que sus amigos le encontrarían el valor póstumo a sus manuscritos y harían lo que corresponde para divulgarlos. Así fue. Tras su
muerte, los baúles de Caicedo fueron abiertos para descubrir su vasta producción iniciada diez años atrás. De cada relato y proyecto Caicedo había elaborado diferentes versiones persiguiendo la imagen que buscaba, su propio sentido de la realidad que exploraba mediante su escritura.
Su suicidio ha desviado algunas interpretaciones de su vida y obra como una caída en la drogadicción, dándole a partir de allí un sentido de alienación y en el mejor de los casos, exclusivamente transgresor y/o maldito. En otras ocasiones su exaltación ha generado confusiones que tergiversan el sentido de su obra. Sobre unos y otros, comenta Carvajal Córdoba:
Algunos estudiosos, críticos y lectores de su obra literaria lo consideran como “el mito contemporáneo de la literatura colombiana” (Álvarez, 1984:11), para otros es “el pequeño Rimbaud colombiano” o “el pelado de bandas juveniles que alternó sus aventuras de matón callejero con su gran pasión por el cine y la literatura” (López de Barcha, 7); para algunos pocos es “el esbozo de una genialidad que no logró la debida continuidad” (Obregón, 1985: 13), otros dicen que es “el simple marihuana irresponsable que se suicida el día en que s e publica su novela” (Anónimo, 1997: 5) y para unos tantos era “el propagandista rebelde”, o simplemente “el símbolo de una generación estudiantil rebelde” (Rosso, 1993: 5). (Carvajal Córdoba, 2007: 109)
La dimensión del trabajo cultural y literario de Caicedo no parece estar en concordancia con una actitud pasiva de alienación y derrota: su obra da cuenta de una exploración vital y constante de su contemporaneidad social y cultural mediante diversas expresiones artísticas (el relato literario, el teatro, el cine, la novela, el género epistolar) y sobre ese universo que indagaba e intentaba representar o «exponer» (término que prefería para referirse al sentido de la creación literaria) tenía igualmente una postura crítica de la que da cuenta el carácter innovador de su narrativa.
En su primera etapa creativa escribió sus propios guiones de teatro y adaptó obras de Eugene Ionesco. Su pasión por el cine lo llevó a ver hasta ocho películas diarias, muchas de las cuales fueron analizadas y reseñadas en la revista Ojo al cine que editó como parte del proyecto de Cine-club fundado junto a Luis Ospina y Carlos Mayolo en Cali. Viajó hasta Hollywood buscando al director Roger Corman para venderle dos de sus guiones, proyecto en el cual fracasó. Esta pasión por el cine queda grabada en su obra, tanto en los
elementos temáticos como en gran parte de las estructuras narrativas que emprende.
Su melomanía le permitió concebir el universo de ¡Que viva la música!: los Rolling Stones, Richie Ray y Bobby Cruz, entre otros, le dan sentido a la trayectoria de María del Carmen Huerta por las calles de Cali, haciendo de esta novela una de las obras más musicales de la literatura colombiana de la segunda mitad del siglo XX y develando sentidos particulares de las búsquedas de la generación del setenta, cuyo sentido general continúa vigente en las generaciones siguientes y en las crisis y problemáticas inherentes a la cultura y sociedad colombiana.
La narrativa literaria de Andrés Caicedo la conforman la serie de cuentos titulada Calicalabozo, la saga Angelitos empantanados o historias para jovencitos, el relato El atravesado, la novela ¡Que viva la música!, y la novela Noche sin fortuna publicada de forma póstuma11.
Los cuentos que forman parte de Calicalabozo fueron seleccionados bajo este título por Sandro Romero y Luis Ospina, para ser publicados de forma póstuma por la editorial Oveja negra junto a Angelitos empantanados o Historias para jovencitos y Noche sin fortuna en un solo volumen titulado Destinitos fatales (1984). Como prólogo de esta publicación, Romero y Ospina escriben «Invitación a la noche», uno de los primeros estudios críticos sobre la obra de Caicedo. Se dice en el mismo que el título de Calicalabozo es elegido por ellos a partir de las notas dejadas por su autor.
De forma similar la Editorial Norma publica en 1999 una antología de las críticas de Caicedo sobre cine aparecidas en la revista Ojo al cine, de la que fuera su fundador y editor, edición también a cargo de Sandro Romero y Luis Ospina.
No obstante la diversidad de opiniones sobre la obra de Caicedo, hay que resaltar que en particular los estudios sobre la narrativa literaria colombiana de fin de siglo y sus relaciones con la temática de ciudad y el fenómeno urbano, han dado paulatinamente un importante reconocimiento a su obra. A partir de ello su narrativa empieza a re-editarse, e inclusive, otros textos suyos encontrados entre sus manuscritos, son también publicados. En este sentido, por ejemplo, aparece en 2007 El cuento de mi vida ―una selección de textos de Caicedo a cargo de la escritora colombiana María Elvira Bonilla―, en 2008 su “autobiografía”, titulada Mi cuerpo es una celda. Una autobiografía ―selección de textos de diarios, cartas y similares, a cargo del escritor chileno Alberto Fuguet―, y en el mismo año de 2008 El libro negro de Andrés Caicedo ―también a cargo de María Elvira Bonilla, corresponde a una selección de comentarios sobre obras y autores, dejados por Caicedo entre sus escritos―. Con respecto a la narrativa de Andrés Caicedo existen diversas aproximaciones críticas consistentes en varios artículos periodísticos, algunos ensayos de no estricto valor académico y algunos trabajos de grado. Haremos un recorrido por los más destacados, en aras de la contextualización de la obra caicediana en el marco de su recepción.
Inaugura esta tradición crítica un artículo del escritor Marco Tulio Aguilera Garramuño publicado en Estravagario, suplemento dominical del diario El Pueblo, en 1976, en el cual hace referencia a «El atravesado», primer relato publicado por Andrés Caicedo unos meses antes, en 1975. En este artículo periodístico, Aguilera Garramuño postula los principales tópicos sobre los que la crítica institucional interpretará a partir de entonces la narrativa caicediana («Andrés Caicedo: la otra violencia», Aguilera Garramuño, 1976). Aguilera Garramuño destaca cinco aspectos que caracterizan la narrativa de Andrés Caicedo: 1. El realismo, 2. La ciudad de Cali como lugar de la aventura inscrita en los polos norte-sur, 3. El lenguaje, 4. La relación con la escritura “malditista”, y 5. La relación con el cine. Según Aguilera, aunque la narrativa caicediana se contrapone a la literatura “comprometida” y “militante”, retrata sin embargo a la sociedad caleña y colombiana en una época muy particular,
la de la “segunda” violencia —continuación de la violencia desatada en la década del 40—.
En 1977, Oscar Betancourt, en su artículo «Otra vez Andrés Caicedo» (Semanario Cultural del diario El Pueblo, 1977), reseña el libro de cuentos Angelitos empantanados o historias para jovencitos. Allí plantea su propia interpretación de la biografía de Andrés Caicedo a partir de la cual concluye:
a) La obra hay que considerarla como base de su obra póstuma; b) Se trata de una narración simple con una prosa llana y fluida; c) Carece de la fuerza narrativa de
¡Que viva la música! y su lenguaje no es tan impactante, rico y arrasador; d) son tres historias que nos confirman a un narrador que iba por el sendero amplio de los grandes escritores que buscan ser auténticos y que no tienen necesidad de montajes publicitarios.
En 1980 Samuel Jaramillo, en su artículo «La lucidez del sonámbulo» (Gaceta —Colcultura—, Bogotá, No. 27), realiza una aproximación a ¡Que viva la música! en la que destaca la estructura de la novela como aspecto más interesante e innovador. Divide la obra en tres partes: la primera correspondería a tres opciones vitales: la joven burguesa, los jóvenes acercándose al marxismo o a las drogas, y el rock and roll; la segunda, marcada por el pasaje a otra clase social y caracterizada por una rebelión presionada por imposiciones sociales y practicada por medio de la delincuencia; y la tercera, que considera la menos elaborada del texto, el ingreso del personaje central al mundo de la prostitución. Destaca las ambigüedades del lenguaje, las características del contexto social y de los personajes.
En 1981 Raymond Williams, en su libro Una década de la novela colombiana (Bogotá, Plaza y Janés Editores), incluye el artículo «Andrés Caicedo: ¡Que viva la música!» (1977). En este estudio acerca de la novela colombiana de la década del 70, se refiere a ¡Que viva la música! como la expresión de la “crisis” y ambigüedad de la cultura colombiana. Para Williams, Caicedo es un escritor problematizado y caracterizado por esa crisis:
Caicedo se balancea delicadamente en el filo de una cultura en crisis: ni Caicedo ni su protagonista encuentran soluciones a estas ambigüedades, a la crisis o a las contradicciones, pero las experiencias creadas por el autor figuran entre las más intensas de la ficción colombiana reciente. (Williams, 1981: 152)
El problema de la ambigüedad de la identidad cultural es el tema de fondo en esta novela según Raymond Williams, problema representado en el dilema que la protagonista tiene frente al hecho de escuchar rock o leer El capital. Así, según su lectura, se trata de una novela claramente política.
Carlos Roberto Obregón, en 1984, escribe el artículo «Pataleos de la literatura» (Lecturas Dominicales, diario El Tiempo, Bogotá, mayo 16). En este artículo presenta a Andrés Caicedo como un escritor irreverente cuya vida y obra representan la tragedia de una clase social que “patalea”:
Sin ser comunista (quién apellidándose Caicedo puede serlo en Cali) Andrés volteó los forros del establecimiento caleño, a punta de escupitajos y de pataleos de niño mimado que odia las reglas de una sociedad que lo ha criado: sin lugar a dudas en la retórica de la burguesía es un descastado, pero un descastado que no se somete a ninguna ideología, ya que él es un libertino, un amante exagerado de la libertad de pensar, hacer y decir todo lo que se le venga en gana aún a sabiendas de lo que representa. (Obregón, 1984)
En 1984, Sandro Romero y Luis Ospina, escriben «Invitación a la noche», como prólogo a Destinitos fatales (cfr. supra). Respecto a esta publicación afirman Romero y Ospina:
Dado que la mayoría de los textos inéditos de Caicedo estaban en constante proceso de transformación, e incluso varios de ellos quedaron sin terminar, nos vimos en la obligación de hacer una selección un tanto rigurosa, atendiendo además la posición de Andrés en el sentido de ser bastante estricto en cuanto a los textos a publicar. (Romero y Ospina en: Caicedo, 1984: 19)
Romero y Ospina dividen la obra de Caicedo en “tres etapas (seguramente a nivel temático, muy arbitrarias)”: La primera son sus cuentos de adolescencia, publicados algunos en suplementos dominicales de los diarios Occidente y El Espectador, entre 1966 y 1968. La segunda, es su trabajo de 1969, “absolutamente prolífico”. Y la tercera, todos los relatos que conducirían a la saga de Angelita y Miguel Ángel. Y agregan: “Habría que advertir que, paralelamente a la escritura de los relatos, Andrés trabajaba en sus novelas, las cuales formaban parte de las obsesiones temáticas de sus cuentos”.
En esta presentación de la narrativa caicediana, los autores destacan entre otros aspectos, la importancia fundamental de la ciudad de Cali para el universo caicediano:
Toda la obra de Andrés Caicedo parte, depende y se inscribe en la ciudad de Cali. Esto, que parecerá un accidente, se convierte en una actitud en todo su trabajo, pues resultaría prácticamente utópico el hecho de pensar que un autor como Caicedo existiese en otra ciudad colombiana. Este planteamiento, que podría ser tomado como una absurda declaración chauvinista, es una realidad de múltiples connotaciones, puesto que Andrés asumió a su ciudad como una especie de metáfora de su propia vida, entendiendo la caleñidad como una excepción, como una salida por la puerta trasera, como un reto. La capital del departamento del Valle del Cauca ha sido un medio donde la vida cultural se ha arrastrado para tratar de imponerse, y las expresiones juveniles (sobre todo, en años anteriores), han tenido una salvaje, agresiva e inteligente manera de cuestionar las normas establecidas, a través de todos los excesos posibles, llámese cinefilia, erudición, drogas, pasiones irrefrenables o soluciones radicales. (Romero y Ospina en: Caicedo, 1984: 10)
En 1986, María Dolores Jaramillo Salazar escribe «Andrés Caicedo: notas para una lectura», publicado en Revista Universitas Humanística (Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Ciencias Sociales, Bogotá, No. 25, enero- junio). En este breve ensayo, María Dolores Jaramillo caracteriza la obra de Caicedo como la síntesis de los valores de una generación, una sociedad y una época de rupturas, los años 60 y 70 en Colombia:
Simboliza una juventud orientada y desorientada por Nietzsche, Rousseau y Marx, el existencialismo y el nadaísmo, los Beatles y los Rolling Stones. Guiada por el escepticismo y el afán de excepción. El dilema de la vida para Caicedo, sólo puede entenderse como expresión de una filosofía del desencanto y la ambigüedad, sintetizada en la creencia de que no tenía sentido vivir después de los 25 años. (Jaramillo Salazar, 1986: 40)
En 1987, Isabel Concepción Maldonado Zirzak, escribe el Trabajo de grado “Destinitos fatales” (1966-1975) (Departamento de Filología e Idiomas, Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Nacional de Colombia). Maldonado se propone realizar una labor de recopilación y revisión crítica de la narrativa de Andrés Caicedo, en particular, los cuentos recopilados bajo el título Destinitos fatales. No busca la aplicación de un modelo teórico único, sino “la aplicación una modalidad investigativa y valorativa que a partir de una revisión bibliográfica lo más completa posible, produjese un trabajo
ensayístico de formulaciones personales, de hipótesis interpretativas y explicativas que incluyese muchos y distintos elementos conceptuales y teóricos vistos a lo largo de la carrera”. Con esta perspectiva la autora intenta mostrar la “diversa actividad literaria” de Caicedo, indagar en algunos aspectos de la nueva narrativa colombiana y realizar una lectura desde la sociología del arte, de los cuentos «Vacío», «Infección» y «Por eso yo regreso a mi ciudad».
En 1987, Gladys Moreno Mayorga, realiza el Trabajo de grado Lectura de Berenice y otros cuentos (Departamento de Filología e Idiomas, Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Nacional de Colombia). El objetivo de su trabajo es estudiar aspectos relacionados con la lectura e interpretación de la obra caicediana, particularmente los relatos «Berenice» y «El atravesado». Realiza un breve recorrido por la narrativa colombiana contemporánea para situar en ese contexto la obra de Andrés Caicedo. Indaga en las influencias del escritor Edgar Allan Poe y algunos elementos de Alfred Hichtcock. Para su lectura, Gladys Moreno emplea conceptualizaciones teóricas de diversos autores, como Bachelard, Cortázar, Mastrángelo, Genette, entre otros.
En 1990, José Antonio Vargas Espinosa, escribe el Trabajo de grado Relación entre música y literatura en ¡Que viva la música! de Andrés Caicedo (Departamento de Filología e Idiomas, Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Nacional de Colombia). En este trabajo se propone encontrar y observar el fenómeno de la aparición de textos pertenecientes a otras disciplinas artísticas, como la música, en la narrativa de Andrés Caicedo y particularmente en la novela ¡Que viva la música! Realiza una indagación de las referencias que aparecen con cierta importancia en la novela al rock y a la salsa, las cuales explica mostrando que son unidades significativas independientes que aportan a la construcción actorial. Al respecto afirma: “Todos los aspectos encontrados no tendrían ningún sustento si no partiéramos del hecho de estar examinando la intertextualidad. Esta incrustación de textos es un instrumento que le ha permitido a los escritores acercarse con mayor verosimilitud a las realidades de nuestra sociedad actual”.
En 1993, Jorge Mario Ochoa, en su trabajo de grado La narrativa de Andrés Caicedo (Tesis laureada. Universidad de Caldas, Fondo Editorial Manizales, Manizales), plantea que la narrativa caicediana puede concebirse como un ciclo “similar al descenso por los diversos estadios del infierno dantesco” y la divide en tres periodos: 1966-1969, período comprendido por los relatos «Infección», «Por eso yo regreso a mi ciudad», «Vacío», «Besacallles», «De arriba abajo, de izquierda a derecha», «El espectador», «Felices amistades», «¿Lulita que no quiere abrir la puerta?», «Los dientes de Caperucita», y «Los mensajeros». 1970-1972, período conformado por los relatos «El pretendiente», «Angelita y Miguel Angel», «El tiempo de la ciénaga», «Berenice», «Patricialinda», «Calibanismo», «Destinitos fatales», «Noche sin fortuna», y «El atravesado». Y 1974-1976, período al cual pertenecerían los relatos «En las garras del crimen», «Maternidad», y la novela ¡Que viva la música! De su lectura, concluye:
Su dirección creativa tiene como norte y luz la invención de un mundo poblado de imágenes personales, nacido a partir de la recreación de su mundo inmediato. El trabajo imaginativo ya no busca borrar las huellas personales, sino, por el contrario, imprimirlas en la obra, hacer eterno su propio dolor y sus sueños, como única respuesta posible a la opresión del tiempo, conservando su espíritu liberador que inspira a toda creación. Por eso mismo, porque está escrita como transformación o salida a la soledad personal, como una forma de simbolizar la vida, la obra, en lugar de apartarse, se alimenta del mundo del autor. Vida y obra van paralelas, así no haya pureza en ninguna de las dos, o tal vez por lo mismo. Caicedo se ha leído y se leerá por mucho tiempo, como un escritor precoz, como un exponente y cronista de la decadencia de la joven burguesía caleña, o como el vocero intelectual de los drogos; incluso (cayendo un poco en la trampa de la publicidad caníbal que come del muerto), ha sido promocionado y vendido como el escritor que se suicidó siendo muy joven.
La crítica, por su parte, no ha superado el estudio sobre las influencias del cine y la música, además de rescatar la presencia de la expresión caleña en sus páginas, como si su interés fuera más sociológico que literario. (Ochoa, 1993: 130-131)
En 1994, Nelson Antonio Gómez Serrudo, en su Trabajo de grado Andrés Caicedo en clave urbana (Departamento de Sociología, Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Nacional de Colombia), se apoya en el siguiente postulado: “la poesía no es una realidad de orden inferior al de la economía; es también una realidad humana, aunque de otro género y de forma diversa, con una misión y un significado distinto. La economía no genera la poesía, ni
directa ni indirectamente, ni mediata ni inmediatamente; es el hombre el que