5.4 Numerical Simulations and Performance Evaluation
5.4.2 Matrix Inverse
El motivo del viaje es consustancial a la historia de la literatura. Desde Homero hasta Joyce, Ulises representa por excelencia al viajero, figura inspiradora de búsquedas, divagaciones y recorridos poéticos y narrativos. En la literatura moderna y contemporánea, el universo de las ciudades con sus nuevos monstruos y laberintos suele ser no solamente el escenario de las aventuras y peregrinajes, sino también metáfora de las excursiones y búsquedas existenciales de sus personajes. En su estudio sobre la literatura de viaje en Colombia, Fabio Martínez aborda las nociones de «viaje», «viajero» y «literatura de viaje», enfocando el viaje como forma de sentido y conocimiento:
¿Qué es el viaje? ¿De qué habla el discurso del viaje?
Para Affergan, viajar es conducirse a otros mundos y no solamente avanzar paso a paso; no habrá ningún cambio de sí mismo ni ningún cuestionamiento si el viaje sólo consiste en interponer un espacio desconocido inmediatamente detrás de un espacio ya conocido. El viaje exploratorio no es ni lineal ni diferencial. Él se funda sobre el otro, sobre lo lejano, para de esta manera y a través del motor del deseo aprehender una alteridad. Alteridad que siempre se ocultará produciendo una insatisfacción del saber. Todo viaje de este tipo encuentra su necesidad de instaurar una ruptura no tanto con el mundo dejado atrás como con toda la nueva realidad espacio-temporal. Así, la relación cultural será clara: la otra cultura será tanto más estudiada, apreciada o desvalorizada en la medida en que ésta haya sido abordada a partir de un corte radical y de un cambio abrupto de las señales de identidad. (Martínez: 2005: 35)
De manera consustancial en el periplo de María del Carmen Huerta y en los desplazamientos de los adolescentes caicedianos, sus búsquedas y proyectos narrativos están en una relación existencial con el espacio habitado y recorrido, insertándose así en la narrativa donde el viaje tiene un sentido cognoscitivo, afectivo y axiológico, de su propio devenir.
Con el retorno de Ulises a su patria se funda en la literatura de occidente el viaje, figura en la que la búsqueda y encuentro con otras realidades es la posibilidad de hallazgo de la propia. Deseo, capacidad de búsqueda, desplazamiento y entrega a la aventura, y sobre todo, el encuentro con otras realidades, constituyen experiencias propias del viajar, por lo cual el viajero está definido fundamentalmente por la expresión de su movimiento, de su desplazamiento. Si bien el viaje comprende desplazamientos y estaciones, es fundamentalmente el desplazarse, la acción que caracteriza su actividad como una separación territorial.
Esta naturaleza propia del viaje como experiencia de transformación individual a partir del encuentro con otras realidades, y del viajero como sujeto que se busca a sí mismo en la otredad, es reinventada por Joyce en su Ulises y a partir de allí por toda la literatura heredera del signo del viajero.
La reinvención de Ulises en Leopoldo Bloom, y de su búsqueda a través de los mares mediterráneos en el periplo dublinés, abrió nuevos panoramas de indagación poética y existencial para la narrativa del siglo XX, todavía inagotable. Esta fue una obra que marcó a Andrés Caicedo y que, muy seguramente, influyó de forma decisiva su propia exploración poética y narrativa. En este sentido, escribió:
Es esta la obra más importante del siglo, a mi modo de ver. Extensa novela de cerca de 1000 páginas, en la cual el genial inglés logra darle un vuelco total a la forma de literatura que regía hasta su tiempo. Antes de Ulises hubo intentos vagos o indirectos, al mismo tiempo que temerosos. Esto no sucede aquí. Ulises acaba con todo convencionalismo literario que existiera en una época.
[…] Ulises no es una novela de tesis, no defiende nada, ni ataca nada, solo muestra, expone. Es la obra de donde se parte para catalogar la verdadera literatura moderna. (Caicedo, 2008: 146-147)
La preocupación por la relación entre la forma de expresión y los contenidos explorados aparece justamente en esta obra en la que el desplazamiento es a su vez tema y elemento de la trama y estructuración poética de la novela. La búsqueda subjetiva y existencial puede ser, en la perspectiva joyceana inconmensurable, y en este sentido la novelística y la narrativa del siglo XX, exploró esta ruta. Faulkner, Onetti, Kundera, Cortázar, Vargas Llosa, la lista sería demasiado extensa.
Por otra parte, nuestra propia historia continental está marcada por la experiencia del viaje. Si con La Odisea se funda el viaje en la literatura de occidente, con el Diario de Colón nace el nuevo continente para el mundo occidental, vinculado de forma consustancial al viaje, en su naturaleza de territorio descubierto por el viajero:
El Diario de Colón es la Memoria del descubrimiento de América. A partir de allí, los periplos se extenderán a lo largo del continente, abriendo nuevos caminos, trazando rutas y descubriendo territorios, hasta ir diseñando a lo largo de quinientos años la geografía del continente. (Martínez, 2005: 18)
América existe para el mundo y el pensamiento de occidente a partir de los viajes de Colón. Su identidad de “nuevo mundo” hace su aparición en el imaginario occidental mediante los relatos de los viajeros: colonos, misioneros, navegantes, entre otros, configuran discursivamente el mundo de su hallazgo, en el entrelazamiento de lo visto con las imágenes que esperaban encontrar. Desde sus orígenes, en la narrativa latinoamericana el viaje aparece vinculando la problemática de la configuración de la identidad cultural y el acontecimiento del desplazamiento.
Viajes y relatos memoriales de sus protagonistas son los primeros procesos de configuración del paisaje, habitantes y cultura bajo el signo de la otredad, en el discurso europeo del menosprecio y el exotismo donde el nuevo mundo es aprehendido sólo con fines de dominación. Por medio de sus viajes a través del continente, los conquistadores y misioneros imponen su lengua, su religión y su espada, dejando a su vez consignado en sus bitácoras e Historias de Indias Occidentales, sus impresiones sobre el nuevo universo, dando origen a las primeras narraciones etnográficas.
Después ocurren los viajes con fines científicos de José Celestino Mutis, Francisco José de Caldas, Alejandro von Humboldt, Amado Bompland y Charles Darwin, entre otros. Las expediciones de Mutis y Caldas recolectando y clasificando especies naturales se conocen con el nombre de la Expedición Botánica; los viajes de Humboldt por Cuba, Venezuela, Colombia y México son la base para las descripciones de la geografía y paisaje del nuevo continente consignados en sus obras, entre ellas Cosmos que relata su vida y viajes. A lo largo del siglo XIX se desarrollan los viajes de las campañas y luchas por la independencia del dominio español. A comienzos del siglo XIX en Colombia, periplos fundacionales del territorio, la nacionalidad y la cultura de los países latinoamericanos como los viajes de Bolívar, van a ser relatados posteriormente en las novelas El viaje del libertador (1987) de Fernando Cruz y El general en su laberinto (1989) de Gabriel García Márquez.
Luego, en el proceso de configuración del territorio nacional cobran gran importancia los viajes y relatos de Carlos de La Condamine6 y Napoleón
Bonaparte-Wyse7 por América meridional y del Sur, Miguel Cané por
Venezuela y Colombia8, Gaspar Theodore Mellien ―quien contó su periplo
desde Francia pasando por las islas Azores, los Estados Unidos, Cartagena de Indias y el Río Grande de la Magdalena―, Manuel Pombo9, Santiago Pérez
6 La distancia de los trópicos (1738), Carta sobre el motín popular de Cuenca (París, 1746), La
figura de la tierra (París: 1749), Carta critica sobre la educación (París, 1751), La medida de los tres primeros grados del meridiano (París, 1751), Historia de las pirámides de Quito (París, 1751), Diario de viaje hecho por orden del rey a Ecuador (París, 1751), Memoria sobre la inoculación (1754) e Historia de la inoculación de la varicela (Aviñón, 1773).
7 Bonaparte-Wyse publicó numerosos estudios y memorias: De Valparaíso a Buenos Aires a
través de los Andes y las Pampas (1869) De Montevideo a Valparaíso por el estrecho de Magallanes y los canales de la Patagonia (1877), Relaciones sobre los estudios de exploración del Istmo del Darién (1879), El Canal de Panamá (1885), obra premiada por la Academia Francesa, y Canal interoceánico de Panamá. Misión de 1890-1891 (1891).
8 Nacido en Uruguay en 1951, se desempeñó como diplomático ante Colombia y Venezuela,
experiencia sobre la cual escribe En viaje (1884)
9 Nacido en el Cauca (1827-1898), deja consignado su crónica de viaje en el libro De Medellín a
Triana10, Eliseo Reclus quien llegó hasta la Sierra Nevada de Santa Marta, y
John Potier Hamilton, entre otros viajeros. En este sentido afirma Martínez:
En 1850, Manuel Ancízar es nombrado por la Comisión Corográfica que distinguía Agustín Codazzi, para que complete el mapa del país. Surge entonces su viaje de Bogotá a Cúcuta y el libro Peregrinación de Alpha, que es el primer intento etnográfico y geo-cultural que da cuenta de la naturaleza del hombre colombiano, después de tres siglos de colonización. En esta misma dirección es necesario anotar el viaje que hizo entre 1881 y 1887 Jorge Isaacs, el escritor de María, a la Guajira y el Estado del Magdalena, donde descubrió las minas de El Cerrejón. Isaacs fue nombrado secretario de la Comisión Científica permanente que creó el poeta y presidente de la República Rafael Núñez, con el objeto de hacer un aporte a la geografía del país y a las ciencias naturales. Los estudios del poeta-etnógrafo se encuentran en los «Anales de la Instrucción pública de los Estados Unidos de Colombia», en un Preciso de Geografía e Historia, y en el Museo Nacional. (Martínez, 2005: 12-13)
En la ficción latinoamericana, el poema narrativo El gaucho Martín Fierro escrito en 1872 por José Hernández, es considerado uno de los primeros textos vinculados con la figura del viaje. Junto a La vuelta de Martín Fierro, es considerado el libro nacional de los argentinos por reconocer al gaucho su calidad de genuino representante del país.
El viaje aparecerá luego en obras como Adán Buenosayres (1948), de Leopoldo Marechal; Los pasos perdidos (1956), El siglo de las luces (1959) y El arpa y la sombra (1979) de Alejo Carpentier, El camino de El dorado (1947) de Arturo Uslar Pietri, Lope de Aguirre, príncipe de la libertad (1979) de Miguel Otero Silva, Vigilia del almirante (1992) de Augusto Roa Bastos, Los perros del paraíso (1983) y El largo atardecer del caminante (1992) de Abel Posse, El hablador (1987) de Vargas Llosa, Rayuela y Los premios, de Cortázar, Pedro Páramo de Juan Rulfo.
10 Nace en Bogotá en 1858 y muere en Londres en 1916. Relata su periplo por los llanos
Vale la pena destacar aquí la gran valoración que para Caicedo tiene Marechal por su obra Adán Buenosayres, considerada por él de dimensión similar al Ulises de Joyce:
Se ha hablado mucho de “Ulises latinoamericano”, en la perpetua búsqueda por encontrar un libro que en nuestro continente pueda compararse a la novela de Joyce. Rayuela ha sido un ejemplo con el cual no estoy de acuerdo. Para dicho paralelo mencionaría a Adán Buenosayres como una novela digna de comparación con la obra maestra del gran irlandés. Marechal es un escritor católico que se propone hacer una apología de la gran ciudad de Buenos Aires.
[…] Importante novela ésta, iniciada en 1930 y que por lo menos le significó diez años de trabajo a Marechal, en la que de la manera más hermosa y honesta posible dentro de una hermética retórica, se trata de indagar no sólo la realidad del hombre argentino bajo todos los aspectos, sino la verdad del hombre latinoamericano. (Caicedo, 2008: 50-52)
En 1896 José Asunción Silva escribe De sobremesa, y con ella se inaugura en Colombia e Hispanoamérica la novela de viaje. Publicada en 1925, relata el periplo de su personaje en París. Le siguen en Colombia:
La vorágine, de José Eustasio Rivera, publicada por primera vez en 1924. La novela narra las peripecias del poeta Arturo Cova y su amante Alicia, en los llanos orientales y la selva amazónica, a donde los amantes huyen de la sociedad. Enmarcada en una mirada eurocentrista, expone las duras condiciones de vida de los colonos e indígenas esclavizados durante la fiebre del caucho y una visión de la selva como infierno.
Cuatro años a bordo de mí mismo, de Eduardo Zalamea Borda, escrita en 1923 y publicada en 1935, novela introspectiva en la que el encuentro con otra realidad es metáfora del descubrimiento de la propia.
La otra raya del tigre de Pedro Gómez Valderrama, escrita en 1963 y publicada en 1977, relata la posesión del paisaje por el colono y viajero Geo von Lengerke.
El buen salvaje, de Eduardo Caballero Calderón en 1965.
En este panorama del viaje en la narrativa de ficción colombiana anterior a Andrés Caicedo, cobra gran importancia el libro Viaje a pie, del filósofo y pensador Fernando González, escrito en 1929. Este libro indudablemente
marcó a Caicedo y a su generación. En él, el viaje está relacionado con el aprendizaje y la transformación individual. De su autor y su libro, plantea Caicedo:
Crónica del viaje a pie entre Medellín y Manizales, y posteriormente en tren a Cali- Buenaventura, de dos aficionados a la filosofía. El libro, escrito en los años 30, es el compendio de las reflexiones filosóficas de González ante la naturaleza, factor primordial, obligante a la toma de conciencia acerca de la situación del país en materia de religión, política, geografía humana y aspectos estrictamente sociales. Fernando González, místico por excelencia, no tiene ningún reparo en denunciar toda podredumbre que esté secando la constitución humana de su país. Su prosa es amena, sencilla, excitada por la geografía y naturaleza esplendorosa que va sirviendo de marco a su viaje. (Caicedo, 2008: 93)
En sentido similar al que tiene el viaje para Fernando González, en 1907 el poeta colombiano Porfirio Barba Jacob recorre varias repúblicas de América del Centro y el Sur, que después será relatado en el libro Barba Jacob, el mensajero, de Fernando Vallejo, publicado en 1984.
En la narrativa de viaje posterior a Andrés Caicedo, se destaca la saga novelística de Álvaro Mutis Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero (1986-1993), la novela Un habitante del séptimo cielo de Fabio Martínez (1983), la novela Fugas o Autobiografía de un embustero, de Oscar Collazos (1990), El viaje triunfal de Eduardo García Aguilar (1993), la novela Mambrú (1996) de R H Moreno Durán.