5. CASE STUDY ANALYSIS: LIVED EXPERIENCES AND PATHWAYS TO CRIME
5.3 Case study analysis
5.3.4 Case study C
5.3.6.1 Biographical details
FREÍ BETTO. ¿Fue ahí donde ustedes tuvieron, por primera vez, contactos con el padre Sardinas, que después participa de la campaña en la Sierra?
FIDEL CASTRO. ES posible. Cuando nosotros estuvimos allí nos visitaron una o dos veces algunas monjitas, estando allí en la prisión.
Ahora, yo estoy muy poco tiempo junto a los demás compañeros.
FREÍ BETTO. ¿Estaba aislado?
FIDEL CASTRO. Porque a los tres meses aproximadamente, o antes de los tres meses de estar allí, con motivo de una vi- sita de Batista al Presidio, en la actual Isla de la Juventud, donde fue para algo tan ridículo como inaugurar una planta eléctrica de algunas decenas de kilos... Yo recuerdo que aquí después se construyeron muchas unidades de decenas de miles de kilowatts y no se inauguraban, porque no había tiempo para estar inaugurando tantas obras, y Batista fue allí a inaugurar una microplanta eléctrica. Naturalmente, en la prisión se prepararon por las autoridades homenajes a Batista, recibimientos a Batista, y nosotros reaccionamos contra eso; decidimos, incluso, que no íbamos a comer ese día que llegara Batista, ni saldríamos al patio y, entonces, nos encerraron; pero como la planta eléctrica quedaba en
las inmediaciones del pabellón donde estábamos nosotros, un compañero, Juan Almeida, observó por una ventanilla que Batista entró al local donde se encontraba la pequeña planta. Nosotros estábamos esperando que saliera de aquel lugar que estaba muy cerca de nuestro pabellón y, entonces, cantamos el Himno del 26 de Julio en el momento que salía.
Batista creyó inicialmente que aquello formaba parte de los homenajes que le estaban dando, o que sería un coro de voces que estaba cantando quizás una loa; al principio es- taba contento, manda a callar a los que están con él, des- pués se va quedando en silencio, y se va poniendo irritado cuando la letra de nuestro himno habla de "los tiranos in- saciables que a Cuba han hundido en el mar. Almeida lo observó todo desde la ventanilla. Entonces, figúrate aquello, entró la policía y nosotros seguimos cantando el himno, a pesar de que había un tipo temible allí, un matón temible que llamaban Pistolita. Quedamos encerrados y, a partir de eso, a mí me aislaron hasta el final de la prisión, asi que del total que estuve preso, porque estuve aislado primero en Santiago hasta que me juzgaron, de los 22 meses preso, debo haber estado como 19 meses aislado. Aunque al final ya se limitó el aislamiento, porque enviaron a Raúl para donde yo estaba, algunos meses antes de la amnistía.
Entonces, no te podría responder -creo que habría que preguntarle a Montané que era de la Isla de la Juventud- si ya en aquella ocasión el padre Sardinas había hecho contacto con los presos del Moneada.
FREÍ BETTO. ¿Usted recuerda cómo fue la integración del padre Sardinas en el grupo de la Sierra Maestra? ¿Qué recuerdos tiene de él?
FIDEL CASTRO. N O recuerdo exactamente cómo fue; pero no nos llamaba la atención, por el hecho de que había un creciente apoyo de toda la población. Esto ya ocurre cuando la guerrilla se estaba consolidando en la Sierra Maestra y llegaban distintas personas, a veces era un médico, otras ve-
ees era un técnico. Sobre todo a los médicos los apreciába- mos mucho por todos los servicios que prestaban a la tropa y a la población. Y un día, a mediados de la guerra, porque estuvo bastante tiempo con nosotros, llegó el padre Sardi- nas, un sacerdote revolucionario que simpatizaba con la causa, y se incorporó a la guerrilla.
FREÍ BETTO. Usted sabe, una información curiosa: se incor- poró a la guerrilla, en aquel momento de la vida de la Iglesia en que todavía no había sacerdotes por el socialismo y esas cosas, con apoyo de su Obispo y no como un acto personal, aislado.
FIDEL CASTRO. Él no fue como soldado, se le mantuvo en condición de sacerdote. Allí estaba con la tropa, convivía con nosotros, tenía todas las cosas para ejercer, incluso para dar misas, todas las cosas; se le puso allí un ayudante para que lo auxiliara, porque nuestra tropa se movía mucho. Ya cuando teníamos más dominio del territorio, él solía estar en algún lugar, solía estar 10,15 días en uno o en otro. Fue recibido con mucha simpatía por toda la tropa. Además, como yo te decía, el bautizo aquí era una institución social, el campesino apreciaba mucho eso. Gran número de fami- lias querían que yo fuera padrino de sus hijos, y el padre Sardinas bautizó allí decenas y decenas de muchachos cam- pesinos. Esa era una de las cosas que él hacía: los bautizos. Iban las familias, llevaban los hijos, me pedían que yo fuera padrino, que en Cuba venía a ser como un segundo padre. Tengo montones de ahijados en la Sierra Maestra, muchos de ellos tal vez sean ya oficiales del Ejército o graduados universitarios. Es decir, los campesinos establecieron un vínculo con nosotros, más que de amistad, de carácter familiar.
FREÍ BETTO. ¿Y él predicaba a los campesinos, les explicaba la lucha desde la fe?
FIDEL CASTRO. En aquel período, él, desde luego, política- mente se manifestaba simpatizante de la Revolución, y apo- yaba la Revolución. Lo demostró con su propia disposición
a incorporarse; pasó grandes trabajos con nosotros en ese tiempo, y éi, desde luego, no es que hiciera una prédica así tal y como se hace hoy, o la puede hacer un padre que ha estado con los movimientos guerrilleros, porque aquellos campesinos, ya en el período en que se incorporó el padre Sardinas, tenían relaciones con nuestras fuerzas, los que se habían quedado. Porque una parte, por temor a los bombar- deos, y a la represión del ejército quemando casas y asesi- nando campesinos, se había retirado de la Sierra Maestra. Los que quedaron allí, ya estaban muy vinculados a nosotros.
Él, que yo recuerde, no hacía ese tipo de campaña. Mu- chas veces se quedaba en alguna zona de campesinos, me imagino que les predicaría propiamente la fe. No era un tra- bajo de tipo político el que él hacia entre los campesinos, sino más bien de tipo religioso. Y, entonces, como allí nun- ca iba un sacerdote, como te decía anteriormente, los cam- pesinos apreciaban mucho la cuestión del bautizo-, era una ceremonia social de gran importancia y de gran trascenden- cia.
Yo diría que su presencia y el hecho de haber estado ejerciendo allí como sacerdote bautizando a muchos niños, eso, en cierta forma, se convertía en un modo de vincular más las familias con la Revolución, a las familias con la guerrilla, hacía todavía más estrecho los vínculos entre aquella población y el mando guerrillero; fue de tipo indi- recto, pudiéramos decir, su prédica o su trabajo político en favor de la Revolución. Además, un hombre simpático, todo el mundo lo quería mucho, tenían muchas atenciones con él.
FREÍ BETTO. ¿Y después llegó a ser considerado coman- dante?
FIDEL CASTRO. SÍ, se le otorgó ese grado por el tiempo que
estuvo en la guerra y su comportamiento digno. La institu- ción del capellán no existia aquí propiamente. Se le dio el titulo de comandante en reconocimiento a su jerarquía y sus méritos.
FREÍ BETTO. Y usted tenía una pequeña cruz en su unifor- me de guerrillero.
FIDEL CASTRO. Bueno, es que a mí me mandaban regalos la gente de Santiago, mucha gente me mandaba regalos de to- das clases: niños y adultos. Y una niña de Santiago me en- vió esa cadenita, con una cruz y un mensaje muy cariñoso; entonces, yo la usé, sí la usé. Realmente, si me preguntas si era una cuestión de fe, te diría que no, no sería honesto si te dijera que era una cuestión de fe; pero sí como un gesto hacia aquella niña. Por otro lado, teníamos un sacerdote con nosotros, yo era padrino de numerosos niños campesi- nos, no existía absolutamente ningún prejuicio con relación a estas cuestiones.
FREÍ BETTO. ¿Una amiga suya?
FIDEL CASTRO. SÍ, una simpatizante, una niña, de Santiago
de Cuba.
FREÍ BETTO. YO pensaba que había sido su madre.
FIDEL CASTRO. N O , porque no teníamos contacto. Era muy
difícil pues sus pasos estaban muy vigilados, no resultaba fácil. Mi madre hacía, sin embargo, incontables promesas. FREÍ BETTO. Ahora vamos a entrar un poquito más en la si- tuación de las relaciones de la Revolución con la Iglesia, a partir del momento de la victoria. ¿Cómo reaccionaron la Iglesia, los cristianos, hacia la victoria de la Revolución? ¿Cómo fueron las relaciones iniciales, en qué momento empezó una crisis en esas relaciones y por qué razón? FIDEL CASTRO. A l principio las relaciones con todos los sectores sociales eran muy buenas. La caída de Batista fue recibida con júbilo por todas las capas sociales, puede decir- se, sin excepción, excluyendo aquellos elementos compro- metidos con el régimen de Batista, la gente que había hecho fortuna, dinero malhabido, que había robado, y algunos
sectores de la alta burguesía que habían estado muy asocia- dos al régimen de Batista. Pero podemos decir que el 95 por ciento de la población, por lo menos -en aquella época se hicieron algunas encuestas-, recibió con gran agrado, con gran alegría, el triunfo, puesto que el régimen de Batista era muy odiado, había cometido muchos abusos y muchos crímenes. El pueblo miró aquello como una gran esperanza y, sobre todo, con una gran satisfacción de haberse liberado de aquel régimen de terror que había durado siete años, es- pecialmente los últimos años en que fue más sangriento.
Las dificultades comienzan con las primeras leyes revo- lucionarias.
FREÍ BETTO. ¿Por ejemplo?
FIDEL CASTRO. Bueno, una de las primeras leyes -esa no afectó tanto- fue la ley de la confiscación de todos los bie- nes malhabidos. Todos los bienes de la gente que había robado a lo largo de la tiranía fueron confiscados: fincas, negocios, industrias, todo lo que no se habían podido llevar de aquí fue confiscado. No se quiso establecer la medida más allá del golpe de Estado, porque en el período de lucha contra Batista, distintos partidos que habían estado anterior- mente en el Gobierno habían apoyado de alguna u otra for- ma y habían dado alguna colaboración. Porque si extende- mos la ley hacia atrás, el número de gente a confiscar era mucho mayor; pero yo decía que habíamos concedido una especie de amnistía a las malversaciones que precedieron a la tiranía de Batista, precisamente para no crear divisiones, para no debilitar la Revolución, para mantener la unidad en lo posible de todas las fuerzas políticas que se habían opues- to al régimen, y entonces todas las confiscaciones las hici- mos a partir de las malversaciones desde el 10 de marzo de
1952. Porque si echamos hacia atrás, desde principios de la República, hubiéramos tenido que confiscarles hasta a nie- tos de ladrones en este país, ya que había habido ladrones en grandes cantidades; pero lo limitamos al período de Ba- tista, desde el 10 de marzo de 1952.
Lo segundo que hicimos, y eso también contó con el apoyo generalizado, fue llevar a los tribunales de justicia a todos los responsables de las torturas y crímenes que se habían cometido, porque miles de personas habían muerto asesinadas y torturadas. Aunque debo decir que en aquella época la represión no tenía el refinamiento que adquirió después en otros países de América Latina, como en Chile, en Argentina, en Uruguay; no adquirió los refinamientos que tuvieron después, porque estos acontecimientos tienen lugar en la década del 50, y los casos a que me refiero tie- nen lugar casi 20 años después, cuando los norteamerica- nos han pasado por la experiencia de Viet Nam, cuando la CIA ha adquirido una gran tecnología en materia de repre- sión y de tortura y se la ha trasmitido a las fuerzas represi- vas de América Latina, a las fuerzas policiales y a las fuer- zas militares. En Viet Nam el imperialismo perfeccionó sus técnicas de crimen y de terror, luego ya estos países, en la década del 70. se encontraron con cuerpos represivos mu- cho más refinados, mucho más tecnificados.
Hay que decir la verdad. Yo considero que aunque la represión de Batista fue muy sangrienta, la que tuvo lugar en algunos de estos países después fue peor, sin discusión, y la responsabilidad de eso la tiene Estados Unidos y la tie- ne la CIA, porque ellos instruyeron a toda esa gente en el arte de matar, de torturar, de asesinar, desaparecer. Esa cosa diabólica de los desaparecidos apenas existia aquí en la época de Batista. Fueron realmente muy pocos los casos de personas asesinadas cuyos cadáveres desaparecieron.
FREÍ BETTO. En mi ciudad natal, en Brasil, Dan Mitrione torturaba a mendigos para enseñar a las fuerzas militares cómo hacer las torturas.
FIDEL CASTRO. T Ú me contaste, la última vez que estuviste por acá, precisamente esa experiencia. Bueno, eso ha ocu- rrido desgraciadamente, pero de todas formas Batista mató a mucha gente: mató estudiantes, mató campesinos, ma- tó obreros, cometió todo tipo de crímenes. Por ejemplo,
una de las tropas de Batista, en una ocasión, en una aldea de la Sierra Maestra mató a 62 campesinos, a todos los hombres de la aldea los mataron. No sé de dónde copiaron eso, si del ejemplo de Lídice allá en Checoslovaquia, de los nazis, porque esto fue después de un combate en que una columna del ejército cayó en una emboscada. Una aldea campesina que ni siquiera había tenido nada que ver, un ca- serío, porque aquí no había aldeas, los campesinos solían vivir aislados, pero a veces había pequeños poblados. Ma- taron a todos los hombres. Hubo familias que les mataron al padre y a cinco de seis hijos, cosa atroz.
Nosotros, desde antes del triunfo de la Revolución, en la Sierra Maestra, cuando éramos un embrión de Estado, hi- cimos las leyes penales previas para sancionar los crímenes de guerra. Esto no fue ni siquiera como Nuremberg, porque en Nuremberg no existían leyes previas para juzgar a los criminales de guerra. Se pusieron de acuerdo las potencias aliadas, juzgaron. No diría que fuera injusto que sanciona- ran, creo que aquella gente sancionada se merecía las san- ciones, sin discusión. Pero jurídicamente no era muy defen- dible la forma en que lo hicieron, porque existe el principio jurídico de que las leyes deben ser previas al delito. Repito, nosotros con criterio jurídico, desde muy temprano, en la Sierra Maestra, decretamos ya las leyes de sanción a los cri- minales de guerra. Cuando triunfa la Revolución, los tribu- nales de justicia del país aceptan aquellas leyes como leyes que tenían vigencia, convalidadas por la Revolución victo- riosa, y en virtud de ellas y mediante tribunales, se juzgaron a muchos criminales de guerra que no pudieron escapar y recibieron sanciones severas. Algunos fueron sancionados a la pena capital y otros fueron sancionados a prisión.
Pues bien, ya aquello originó las primeras campañas en el exterior contra Cuba, especialmente en Estados Unidos, que comprobó bien pronto que había un gobierno diferente y no muy dócil, y empezó a hacer furiosas campañas contra la Revolución. Pero eso todavía no nos creó problemas con ningún sector en Cuba, ni con la clase rica, ni con la Iglesia.
Por el contrario, pudiéramos decir que todos los sectores -y también se hicieron encuestas en esa época- estaban de acuerdo con esas dos leyes: la confiscación de los bienes malhabidos desde el 10 de Marzo, y también con la sanción ejemplar a los que habían cometido torturas y crímenes de guerra.
Después se promulgaron algunas leyes de tipo económi- co, como la de la rebaja de las tarifas eléctricas, que fueron reducidas casi a la mitad, vieja demanda del pueblo, que sentía mucho odio y mucha repulsa contra los abusivos pre- cios de la electricidad. Otras medidas y leyes de Batista que habían beneficiado a empresas transnacionales, como la Te- lefónica, también fueron anuladas. Ya eso empezó a crear ciertos conflictos con empresas extranjeras en nuestro país. Después viene la rebaja de alquileres-, ya esa fue una ley de carácter social y económico de mucha importancia. Se re- bajan todos los alquileres a casi un 50 por ciento. Esa ley fue recibida con enorme beneplácito por millones de perso- nas. Después, incluso, se transformó en una ley en virtud de la cual esas mismas personas, mediante el alquiler que pa- gaban, podían adquirir la vivienda; fue la primera Ley de Reforma Urbana.
Junto a estas leyes, otra serie de medidas: se paralizaron los despidos de los centros de trabajo, se reintegraron al tra- bajo los que habían sido despedidos durante la tiranía, me- didas elementales de rectificación y de justicia; se empeza- ron a construir instalaciones deportivas, recreativas, para la población en las playas; se abrieron todas las playas y luga- res públicos a toda la población. Es decir, se produce un cese o una eliminación de las medidas discriminatorias con- tra la población, desde los primeros momentos, en los clu- bes, en las playas. Muchas de las mejores playas del país eran privadas; en muchos hoteles, bares, centros de recrea- ción, no dejaban entrar personas negras. Con el triunfo de la Revolución todas esas cosas se eliminaron.
En algunos lugares no fue fácil, porque en algunos par- ques de Cuba, por ejemplo, en Santa Clara, existía el hábito
de que los blancos iban por un lugar y los negros iban por otro. Incluso algunos compañeros tomaron medidas inme- diatas contra eso. Nosotros les recomendamos que fueran prudentes, que estas medidas no se podían hacer por la fuer- za y que, en gran parte, tenían que ser resultado de la per- suasión; es decir, no mezclarlos en el parque a la fuerza, porque, efectivamente, los prejuicios existían y habían sido creados por la sociedad burguesa y la propia influencia de Estados Unidos, que había introducido esos prejuicios aquí; no podían ser resueltos en un día.
Comenzaron a desaparecer irritantes exclusiones. Ya eso empieza a lastimar privilegios desde el momento en que no se toleran clubes exclusivos para blancos, ni playas ex- clusivas. Aunque eso no se hizo de manera drástica; tú no puedes aplicar remedios drásticos a estas situaciones porque lejos de resolver el mal puede agravarse; tienes que acom- pañar las medidas legales con una prédica, una persuasión, un trabajo político, puesto que toca prejuicios arraigados con cierta fuerza.
Yo mismo me sorprendí de ver hasta qué punto los pre- juicios raciales existían en nuestro país. Enseguida se oían
las primeras campañas insidiosas: que la Revolución se pro- ponía casar personas blancas y personas negras, que íbamos a mezclarlos arbitrariamente. Ese tipo de campañas insidio- sas. Tuve que salir a la televisión más de una vez para ex- plicar estos problemas, que eso era falso, que era insidioso,