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6.3 Discussion

6.4.4 Bioinformatics analysis

Otra, en cuyo nombre de Rosángela había querido Payara revocar la triste suerte de Ia madre al punto donde a ésta le sonreía propicia cuando él se la malogró, hubo de encontrar aquel frasco sobre el mismo mueble donde fue restituido, ya vacío de su contenido mortífero.

Payara no había querido permitirle que entrase en aquella habitación, cerrada y sustraída a la vista de la casa hacía más de veinte años; pero ella se dio sus artes y cuando él regresó de la sabana encontró Ia dramática alcoba devuelta al uso cotidiano, dentro de ella Ia luz sencilla y el aire corriente.

—¿Por qué has hecho eso? —le preguntó, deteniéndose, al choque de Ia novedad que transformaba el aspecto total de su casa y que en el primer momento le había producido la impresión desconcertante de una resurrección, por la violencia del recuerdo que de nuevo se adueñaba de su alma.

—Porque era tonto, papá. Perfectamente tonto lo que hacías.

Todos los músculos de Payara dispararon el ademán y Ia expresión de protesta. Otra voluntad comenzaba a manifestarse y a imponerse donde la suya había reinado sin estorbos ni limitaciones durante casi la mitad de su vida y un eco de grandes cambios operados en el mundo durante su aislamiento llegábale en aquel reiterado epíteto despectivo que en su tiempo los hijos no se atrevían a aplicarle a sus padres.

—Bien está que conserves la memoria y los recuerdos de mamá —prosiguió Rosángela, sonriéndole_; pero para eso no era necesario que vivieras como junto a su tumba.

Y como entonces fue el parecerle que hubiese sarcasmo en tales palabras, esperó a que ella continuase de expresar todo su pensamiento.

Pero Rosángela había dicho cuanto pensaba y sin ironías ni reticencias.

Esto sucedió poco después de la llegada de Rosárigela, y fue el momento clave del arco de su vida, el punto donde se unieron su pasado y su porvenir. Juan Crisóstomo Payara tuvo el pensamiento que habría decidido allí mismo aquel destino suspenso, pero no se atrevió a expresarlo y después de callar durante unos instantes sólo se le ocurrió decir:

A lo que respondió ella, apoyándose contra su pecho y sonriéndole todavía:

—Hasta ahora sólo he aprendido a admirarte. Ya me iré acostumbrando a obedecerte. Era cierto. Una profunda admiración había sido la forma de amor filial de Rosángela. Una admiración donde puso toda Ia vehemencia de un alma generosa, caldeada por una fantasía inflamable.

Desde pequeñita oyó hablar de aquel a quien tenía por padre como de un hombre extraordinario.

—¡Ese! Como ése no ha nacido otro y tardará mucho sin que nazca —solían decir Carmela y Eulogia Payara, en cuya casa y al arrimo de cuyo extremoso amor de solteronas creció Rosángela.

Y para que ella aprendiese a admirarlo, una y otra vez le referían episodios de ¡aquella firmeza de carácter, aquella rectitud de conciencia, aquella gran nobleza de alma!... Tal vez las Payaras habían vislumbrado la tremenda verdad del drama conyugal del hermano y con aquella admiración querían suplirle amor de hija verdadera.

—¡Ese! —exclamaban ciertos asiduos visitantes de las solteronas, que luego supo Rosángela que eran correligionarios de Payara, que allí acudían a celebrar sus conciliábulos de conspiradores perpetuos—. Si en este país existieran cuatro hombres siquiera del temple de alma, del valor a toda prueba, de la absoluta honradez de principios y del gran sentido de la justicia que adornan al doctor Payara, otra sería Ia historia de este país.

Y entonces eran las anécdotas de la vida militar de aquel que, aunque ya apartado de la política hacía tiempo algún día se reintegraría a ella para ser el caudillo de la gente honrada.

Y como esto era por las noches, Rosángela se metía en la cama con el corazón en vivas ascuas de amor filial y la imaginación encendida en el resplandor que irradiaba de la figura de su padre, tal como se lo representaba un retrato que adornaba el testero de la sala, donde aparecía con arreos militares, a caballo y contra el gran fondo sugestivo de la llanura natal, todo hecho por el pintor por encargo de y al gusto de las Payaras que adoraban en aquel hermano. ,

Sólo una vez, aún muy niña, había visto a aquel hombre extraordinario, primero bajo su aspecto marcial cuando las Payaras la llevaron a presenciar la entrada triunfal de aquellas tropas revolucionarias, al frente de una división de las cuales venía él, y luego, al día siguiente de aquel fusilamiento, que fue realmente la primera vez que lo vió. Y una dulce emoción se derramaba

de este recuerdo sobre su alma: una mañana, en el corredor de la casa, él acabado de llegar, ella sobre sus piernas y el contemplándola en silencio.

Nada más. Ni otra cosa que hiciera su padre mientras estuviera en la casa —que fueron varios días, según le contaban las Payaras—, ni otras veces que se la sentara sobre sus rodillas, que sí también fueron varias, a ella se le habían fundido todas en Ia memoria en una sola, de emocionado silencio y larga contemplación de unos ojos puestos en otros. Así continuó viéndolo a medida que crecía y su alma se transformaba, todo lo del mundo exterior sintiéndolo y pensándolo ya de otra manera, pero sin que cambiase aquella emoción de la infancia, ella sola perenne, como Ia eterna dulzura.

Afligíala que no fuese a verla, internado en el hato desde entonces; pero al mismo tiempo y sobre todo cuando entro en la romántica edad que separa la niña de la mujer, hallaba una fuente de gozo más íntimo en aquella ausencia inexplicable que le permitía imaginárselo nimbado de misterio, tal como conviene a figura de hombre extraordinario. —El temor de las persecuciones políticas —trataban de explicarle Ias tías—. Como él es tan rebelde y tan libérrimo, no hay nada que evite tanto como una prisión.

Esto y las anécdotas de su vida militar que referían sus correligionarios políticos y los marciales arreos del retrato, todo contribuía a pintárselo bajo los recios aspectos de la bravura o con los sombríos rasgos de una silueta de justiciero inexorable, pues varias de tales anécdotas eran de castigos ejemplares impuestos por él a los ladrones y asesinos que arrebañaba la revuelta armada; pero ella conocía un aspecto de aquel hombre que sólo a ella le había sido revelado, puesto que nadie refería ni comentaba rasgos de aquel carácter que se compadeciesen con la magnífica ternura de aquella mirada inolvidable y, por la composición de este contraste romántico, llego, más adelante, a representárselo con la majestuosidad dramática de los grandes infortunados cuya existencia iban develándole ciertas lecturas.

Ya antes se había imaginado grandioso el escenario donde se movía aquella figura. El mucho hablar de las Payaras acerca del Llano, en el cual vivían espiritual mente, más nostálgicas de su paisaje nativo a medida que envejecían; los ecos de aquellas lejanas tierras que le llegaban con las tonadas que silbaban los pastores llaneros, cuando por la calle de su casa pasaban las puntas de ganado conducidas al matadero próximo y los cuentos de aparecidos del extenso repertorio de Ias viejas sirvientas guariqueñas, que con las de otra región no se amañaban las tías, fueron los elementos subjetivos y objetivos con

su padre, dulce la mirada entre sus- obras tremendas.

Desde entonces suspiró por ir a reunírsele y repetidas veces le escribió que fuese a buscarla; pero él le contestaba que se quitase de la cabeza aquella idea, pues la vida del Llano y menos aún la de Hato Viejo, no eran compatibles con las comodidades y delicadezas a que la habían acostumbrado la ciudad y las tías, y, por último, le manifestó que deseaba vivir solo, porque a ello estaba habituado y porque así necesitaba estarlo para cuando, de un momento a otro, resonase dentro de su corazón cierta voz misteriosa cuyo mandato esperaba.

Esto último, leído por las Payaras, las hizo mirarse una a otra con un mismo pensamiento: el de que fuese a repetirse, tal vez para siempre, aquella misteriosa fuga de Juan Crisóstomo a raíz de la muerte de la esposa. Y hasta se atrevió a decirle Carmela:

—Vete acostumbrando, hijita. Tu padre desaparecerá en el misterio el día menos pensado.

Y aunque esto la llenó de sombrías preocupaciones, o tal vez por eso mismo, Rosángela no insistió más en su deseo de ir a reunirse con el padre.

Para entonces tenía dieciocho años y como a su hermosura, sin ser extraordinaria, no le faltaban adoradores, las Payaras le aconsejaron que se apresurase a elegir marido porque ya ellas iban para viejas, con muchos achaques encima y querían dejarla bajo amoroso y más estable amparo.

Pero ella no tenía prisa. Tal vez porque ninguno de sus enamorados fuese en realidad interesante, o porque no los encontrase ajustados a aquella iluminada figura de hombre que, de imaginarse al padre, le quedó para elegir marido. Y así pasaron dos años y ya mediaba otro, cuando a causa de una epidemia que azotaba la capital y en obra de ocho días sucumbieron Eulogia y Carmela Payara dejándola en consternado desamparo.

Acudió Payara en su auxilio. Una interesante figura de hombre, cincuentenario bien conservado, nada de aquella dulzura en la mirada, sino por el contrario dureza y frialdad; pero la imagen real sustituyó a la interna e ilusoria sin choque ni desconcierto... Acaso porque en el mundo exterior —la casa en duelo y la ciudad consternada— acababan de suceder y todavía acontecían cosas graves que embargaban toda la atención.

Pasaron unos días y llego el momento de decidir lo que fuese menester.

—Bien, hija —díjole Payara—. Ya hemos hablado bastante de Eulogia y Carmela; ocupémonos ahora de nos otros. De ti, mejor dicho. ¿Tienes novio?

—Porque debo buscarle una solución rápida y eficaz a tu problema. Extinguida tu familia materna y ahora también la mía, te has quedado, como se dice, sola en el mundo. Pero si tienes novio y es persona estimable, como tendría que serlo tratándose de una elección tuya, podríamos apresurar la boda y ya estaría resuelto el problema.

Desapareció la emocionada expresión de aquella sonrisa y sobre el gesto inmovilizado vino a posarse el destello de otra alma en hora de desaliento.

—¡Mi problema! —murmuró amargamente así que él hubo concluido. O mejor dicho: el que soy ahora para ti.

—No lo tomes a mal. Quise decir tu caso del momento, la nueva situación en que te coloca Ia vida. Cada vez que se produce un cambio de las circunstancias que nos rodean, se nos plantea un problema que es necesario resolver de una manera razonable.

Y ella, aceptando Ia excusa, pero quedándose con el regusto de aquella primera gota de desengaño que alteraba la romántica dulzura de su sentimiento filial, pues si las cartas de Payara siempre le cerraron el camino a su esperanza de reunirse con él, como de ella dependía al leerlas darle la entonación de un amor profundo, nunca le pudieron producir la impresión de aquellas palabras que reducían “su caso” a lo externo y material de su situación en el mundo:

—No tengo novio, aunque podría tenerlo hoy mismo si quisiera, porque enamorado no me falta. Y persona muy estimable y dispuesta a casarse en seguida, porque tampoco carece de recursos económicos. Pero también te tengo a ti y si te quedas conmigo, que ya es tiempo de que abandones la vida que hasta ahora has llevado, o si me llevas a tu lado, si aún no puedes o no quieres salirte del hato, ya estará resuelto el problema.

—No —repuso Payara, al cabo de una corta reflexión, a ojos cerrados y atusándose los bigotes—. Lo primero sería casi imposible para mí. Estoy demasiado acostumbrado a la vida del hato y no podría vivir en Ia ciudad, cuyo ambiente, tanto físico como moral, es incompatible con mi temperamento y con mis principios.

Tendría que convertirme en otro hombre y a mis años no se logran esos milagros. Soy un bárbaro, porque -en eso me ha convertido la sabana; pero de la barbarie franca, no de ésta, mal embadurnada de civilizacj6n.

—Porque...

Iba a repetirle lo que ya le había escrito en otras ocasiones: que la vida del hato, ruda, brutal y llena de peligros, no era posible para ella; pero aquella mirada expresaba amor tan profundo como absurdo y juzgó necesario destruírselo, de una vez por todas, minándole la admiración de que se alimentaba, ya que no desvaneciendo la mentira de que había nacido:

—Porque debo regresarme solo. Entre otras cosas, porque hay por allá un hombre o, mejor dicho, un ladrón que me ha jurado guerra y ya me ha robado varias reses, y tengo que matarlo.

Pero esto —cierto en cuanto al hecho y perfectamente verosímil en cuanto al propósito que se atribuía— no confesado por monstruoso alarde, sino para que Rosángela lo conociese tal cual era y se quitase de idealizarlo, de una vez por todas, fue dicho con tal naturalidad, con tan sincera afirmación de si mismo, que a lo inmoral del propósito se sobrepuso en el ánimo de aquélla Ia impresión subyugadora de la recia personalidad que así se le manifestaba.

Quedóse mirándolo en silencio un rato y luego: —Si no fueras mi padre, me enamoraría de ti.

Y en seguida, antes de que él pudiese manifestar Ia impresión que aquello le había causado, añadió, con todo lo femenil de su naturaleza, pero ya sin deformaciones románticas, con todo lo maternal que aparece en toda mujer verdadera cuando ve criatura abandonada a las vicisitudes de un destino sombrío:

—Tú me necesitas a tu lado y me iré contigo.

Dos ondas de emociones impetuosas, una dimanante de la realidad indeformable, otra proveniente de la mentira creada por el secreto en que Payara quiso que se mantuviese su drama conyugal, se interfirieron y se anularon momentáneamente en el alma de éste al oír aquellas dos frases, dejándosela como detenida, oscura y vacía de sí misma; pero luego de aquella momentánea ti niebla de interferencia comenzó a brotar un fulgor tranquilo, una nueva emoción en la cual aquella verdad y aquella mentira se fundían en un plano de armonías esenciales, más allá del bien y del mal, y al resplandor de aquella nueva luz cándida vió Payara que allí estaban confundidos en uno solo dos momentos de su alma, que fuera de ella separaban veintidós años del tiempo: el ansia de compañera dulcificante para la aridez de su corazón, la misma que experimenté en la crisis de los treinta al pie de la cuesta de la madurez. Y como ya ésta fuese pina y desde allí sería declinante, hallé bueno el calor

—Tal vez tengas razón- y sea posible todavía —dijo, cerrando otra vez los ojos para la interna visión y pinzándose el entrecejo, actitud habitual de sus meditaciones.

Y luego, ya ante un nuevo panorama de sí mismo:

—Te llevaré conmigo. Por este tiempo no es malsano Hato Viejo. Después, ya veremos. * * *

Durante el. viaje, en varias jornadas para que fuese descansado, la novedad del grandioso panorama que se desplegaba ante sus ojos y el íntimo gozo del sueño realizado por fin en la compañía de su padre no le permitieron a Rosángela darse cuenta cabal de lo que significaba internarse en aquellas soledades inhóspitas. Apenas y muy a flor de alma deslizábase a ratos una sombra de angustia, pero mezclada de placer apasionante, cuando traspuesto el bosque que rodeara una calseta, tediase de pronto ante su vista, ancha, callada y luminosa, la inmensidad solitaria de la sabana.

—¿Verdad que se siente como si se esperara que de pronto fuera a aparecerse algo extraordinario en el horizonte?

—Es la costumbre de vivir en sociedad —le respondió Payara, que hacía rato cabalgaba silencioso—. El miedo de hallarse solos que experimentan los que nunca han sabido estarlo. Cuando te hayas habituado, cuando formes parte de esta soledad, no la sentirás en torno tuyo.

—¿Quieres decir que ya tú no la sientes?

—No. Para los que formamos parte de ella, la soledad no es sino un concepto, una palabra que podemos emplear. Una palabra muerta, por decirlo así. Algo semejante sucede con todas las palabras cuando nos habituamos a las cosas que denotan, de donde podría decirse que al nombrar una cosa le vamos dando muerte. Para el niño que aún no sabe hablar, el mundo debe ser algo total mente vivo, y por consiguiente espantoso, que hay que matar nombrándolo. Como en cierto modo lo es todavía para el salvaje que aún no posee sino un lenguaje rudimentario.

—Siendo así —dijo Rosángela, ingenuamente—, no deberíamos nombrar a las personas a quienes queremos: cuando, por el contrario, tendemos a nombrarlas a cada momento. —Tal vez para matar en ellas lo que tienen de suyo propio, distinto u opuesto a lo nuestro, lo único que deseamos que viva plenamente.

Payara se volvió bruscamente a mirarla y ella concluyó riendo: —Con decirte que una vez me regañé tía Eulogia:

“Nina! Mira que si te oyen nombrando a tu padre por su nombre de pila pueden imaginarse otra cosa”

—Eres tonta —dijo Payara ásperamente—. Tomas el rábano por las hojas.

Ella cortó en seco su risa y en silencio continuaron hasta el fin de aquella jornada, que fue la última.

* * *

Cuando llegó al hato sorprendióse de encontrar allí a un joven caraqueño que le había sido presentado un año antes, perdiéndolo de vista desde entonces.

Minada por el paludismo su salud que antes pareciera inquebrantable, barbudo el rostro rechupado y cetrino; endurecido el aspecto por la intemperie llanera, y descuidado en el vestir, salía de la casa cuando ella entraba en el corredor y le costó trabajo reconocerlo en el primer momento.

El se turbó al verse sorprendido en tal facha y exclamó: —¡Usted por aquí, Rosángela!

—Martín Salcedo! ¿Quién iba a decírmelo? Y en seguida, explicando:

—Hacía tiempo que deseaba reunirme con papá. O mejor dicho: unirme, por primera vez. —¡Ah! —hizo Salcedo, con una sonrisa que la dejó desconcertada—- No hay duda de que es usted una mujer valiente. Tal vez la primera que de buen grado se aventura por estas tierras de hombres solos.

Creyó que con esto se refiriese a la conseja del duende misógino, ya conocida de habérsela oído a las viejas sirvientas llaneras de las Payaras, y repuso:

—Como usted comprenderá, no creo en supercherías.

Y, por otra parte, tengo entendido que ya papá acabó con esa estúpida tradición, habiendo dejado de ser Hato Viejo, hace tiempo, esa tierra de hombres solos.

Pero el caraqueño, que no aludía a la conseja, haciendo caso omiso de la réplica, insistió enigmáticamente:

—Solos. Espantosamente solos se hallan en esta tierra.

Rosángela relacioné estas palabras con Ias que le oyese a Payara poco antes y una sorda