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4.4 Materials and methods

4.4.5 Filtration cascade

Ya el sol moría en el confín de la sabana, desangrándose en los rojos peladeros de los medanales, cuando llegó a un paraje desapacible de la ribera izquierda del Cunaviche, donde había unos corrales abandonados, blanquecinos los tranqueros que aún quedaban en pie, dos caneyes de techumbre raída por el viento y las lluvias, y los escombros de una casa, más allá de la cual, arboleda por medio, se alzaba el negro y tiñoso tejado de otra. Dos bestias aperadas y sudorosas estaban arrendadas a los horcones de los caneyes, y entre éstos, en medio del espacio que los separaba, tres hombres silenciosos sentados en el suelo ; uno, ya viejo, sacando sogas de un cuero, y los otros, que eran los jinetes de aquéllas, callando, cabizbajos, como después de una charla que los dejara pensativos.

Sin ser advertidos por ellos llegó hasta el caney donde descansaban las bestias y bajando de Ia suya avanzó hacia el patio, saludándolos:

—¡Salud, amigos!

—Salud —respondiéronle. Y se quedaron mirándolo, con aire receloso.

—Veo que no me conocen y como además parece que ha caído en gracia que los haya cogido por sorpresa sin ser culpa mía pues no venía tapándome, voy a presentármeles yo mismo, como gente de paz. Florentino me llaman y Cantaclaro me dicen, y la Coronadeña de la concepción de Arauca, que también mientan El Aposento, aunque es donde menos paro, deja ver cuál será mi apelativo, para servirles.

A lo que replicó el viejo, en cuya diestra se había quedado inmóvil el cuchillo de cortar sogas:

—Viene usté con muchas palabras, joven. Con el apodo bastaba para que supiéramos quién era.

—Las que me sobraron de la última conversación con cristiano vivo, que ya ni me acuerdo cuándo la eché.

Mas, por lo que acaba de decirme veo que no soy tan desconocido por estas tierras como me lo imaginaba.

—Ya conocíamos algo suyo, sí señor —intervino uno de los jinetes, negro corpulento, cuyos cabellos ya encanecían—. Y la verdad sea dicha: ganas no nos faltaban de ver como era el resto.

Estas palabras no expresaban animosidad, sino por el contrario fueron acompañadas de una sonrisa afable, hasta donde le permitían los duros rasgos de aquel rostro; pero florentino Ias tomó a mal y en seguida repuso:

—Pues aquí lo tiene a su disposición, porque, casualmente, yo siempre ando resteado en esta parada de dado corrido que es la vida del llanero errante por la sabana.

Hasta ahora vengo echando suertes...

Quedose el negro mirándolo con placida sonrisa inmovilizada en la faz y terció el vìejo, a tiempo que volvía el cuchillo a la tarea:

—Que asina sea por muchos años.

—Y usted lo vea, viejo. Pero ya que he dicho mi nombre y dado mis señas, ¿yo con quién tengo el gusto?

—Hinojoza es mi apelativo, para servirle.

Y soltando el cuchillo, para el ademán amistoso de presentar a los compañeros, comenzando por el negro:

—Aquí el caporal de sabana del hato...

—Juan Parao —dijo el aludido, quitándole la palabra.

—¿Juan Parao? —repitió Florentino, mirándolo, ya no con la hostil predisposición a que lo movieran sus mal interpretadas palabras, sino como a personaje admirado cuyas hazañas había cantado en sus coplas. Y echando mano de éstas:

Completó el negro la copla que lo envanecía:

Pa que lo busquen p’un Lao cuando po el otro se jue.

Y agregó sonriente:

—El cuatrero. Sí, señol. Digalo sin reparo, que ya de eso hace tanto tiempo que hasta mentira sería.

—;Juan Parao convertido en caporal de sabana! —Las vueltas del mundo. .

—Por muerto lo tenía yo hace tiempo. —Y quién sabe, Florentino.

—Hum! No me salga con eso, negro. Mire que yo vengo viendo visiones desde esta madrugada y voy a creer que todavía no estoy hablando con cristianos vivos.

En esto se puso de pie aquel cuyo nombre aún no conocía Florentino y que se había mantenido ajeno a la conversación, sin levantar la mirada del suelo.

—Aguárdate ahí —díjole Hinojoza—. Que todavía no sabe Cantaclaro si eres cristiano vivo o espanto de la sabana.

—No hace falta —repuso ásperamente, dispuesto a retirarse—. Ya otra vez nos hemos visto las caras el señor y yo.

Del tono nada amistoso de estas palabras, Florentino coligió que se tratase de alguno de los muchos que tenían que cobrarle agravios por novias quitadas o hermanas burladas, y se apresuró a replicar:

—Francamente, amigo, no recuerdo dónde nos hayamos conocido; pero si tenernos alguna cuenta pendiente

podemos aprovechar este encuentro para arreglarla de una vez.

—No se sofoque, joven —intervino Hinojoza, conciliadora pero autoritariamente—.. Y vaya diciendo qué lo trae por aquí.

—Pues... Las ganas de buscar 1o que no se me ha perdido y la necesidad de pedirles permiso para colgar en estos caneyes, porque vengo con la cabeza que se me revienta del sol que he llevado per esos medanales. ¿Hato Viejo no llaman esto?.

—Sí, señor —respondió Juan Parao, con una sonrisa maliciosa—. Hato Viejo Payareño. Mientras el viejo Hinojoza se tomaba tiempo para decir:

—Lo primero no está muy bueno que digamos y lo segundo tiene sus peros. Ya se ve que viene usted con la tarantera del sol en la cabeza y que necesita reposarse, mas aunque por aquí no falta dónde colgar, mejor sería que siguiera con los compañeros, que ya se están diendo, hasta el Hato Nuevo, donde hay más comodidad.

oportunidad las cuentas que tengan pendientes, pues el amo no permite esos arreglos en lo suyo. Y es bueno que usted vaya sabiendo desde ahora y El Guariqueño no lo olvide, que el blanco de aquí es muy celoso de que se respete su autoridad, y el que por las malas lo busca, ligerito lo encuentra.

Entretanto EL Guariqueño se retiraba en silencio hacia donde estaba su bestia y como oyese Florentino el apodo que lo designaba, lo reconoció y recordó el lance que con él estuvo a punto de tener, años atrás, en el paradero de Corozo Pando, por causa de unas coplas suyas para las cuales no halló réplica aquél, cuya fama de cantador allí mismo se eclipsó.

Pero en seguida se despreocupó de su antiguo rival para atender a lo que Hinojoza decía respecto del propietario del hato y con repentina ocurrencia repuso:

—No tenga cuidado, viejo. No vengo buscando pelea, si ganado que comprar. ¿Hay mucha hacienda por aquí?

—Alguna —respondió Hinojoza afilando el cuchillo para reanudar su tarea.

—Alguna —repitió Juan Parao, otra vez con la malicia del llanero bellaco en la mirada que no quitaba de Florentino.

Y este, haciéndose el desentendido:

—Me alegro, pues ya estaba temiendo que hubiera perdido mi viaje, por haberme tropezado con un blanco con un blanco que salía de por aquí con cara de comprador que no halló lo que buscaba.

Hinojoza detuvo la mano que trozaba el cuero y levantó la cabeza a tiempo que Juan Parao interrogaba:

—¿Un blanco que salía por aquí? ¿Cuándo jue eso?

—Ahorita. Lo que pueda haberme dilatado de la puerta del medanal hasta acá.

El negro y el viejo cruzaron una mirada de extrañeza y el Guariqueño prestó atención interrumpiendo el arreglo que hacía de los aperos de su bestia.

—Uno, alto él —continuó Florentino—, bien parecido, una barba muy negra, con polaina de patente y espuelas de plata, que monta un caballo negro retinto. Como el mío, por cierto.

¡Hm! —hizo Hinojoza y pasando el cuchillo por la piedra donde lo afilaba volvió a su ocupación.

—Hm! —hizo Juan Parao.

—Digo yo que debe de ser bien parecido, aunque la cara no pude vérsela porque casi toda se la tapaba el ala del sombrero. Pero bien plantado si puedo asegurar que era el blanco. Y altanero, además. Tan altanero que no pude agradecerle el favor que me hizo corriendo las trancas de la puerta para darme paso.

—¡Cómo! ¿Y jue él quien le abrió la puerta? —inquirió Juan Parao. —Con sus propias manos. Escúcheme el pasaje.

Y refirió el encuentro con el misterioso personaje, cuya viviente realidad parecía estar convencido, omitido cuanto contribuyese a ponerla en duda, tal como perplejidad cuando, al volver la cabeza, se cercioró que nadie se alejaba por el camino.

—Y todo eso con luz de sol —comentó Juan Parao—

Pero... ¿dice usted, catire, que la bestia del blanco era negra?

—Sí. Que por cierto me llama la atención que ha sido del mismo pelo que la mía.

—Más nos extraña a nosotros que no haya sido rucia mosqueada —repuso Juan Parao—. Se conoce que usté es forastero por aquí.

—¿Qué quiere decirme con eso, negro? —inqurió Florentino.

A tiempo que Hinojoza abandonaba definitivamente trabajo que hacía y se incorporaba, interrumpiéndolo

—Vamos a dejar la conversadera y vaya montando de una vez, Florentino, porque ya Ia hora es nona y de aquí al hato nuevo hay su piazo. ¿No le parece, compae Juan?

—Como usté diga, compae.

—Pues ya está dicho. Y usté, Florentino, si de algo cree que me valgan estas canas para darle un consejo siga éste: mientras se halla por aquí no repita ese pasaje que acaba de echarnos y no me pregunte por qué.

Usted es llanero marrajo, pero...

Un relincho impresionante lo interrumpe, alarido de bestia enloquecida. Es el retinto que ha reventado riendas que lo ataban al horcón del caney y cabecea y se despernanca. Todos acuden a él, Hinojoza recriminando a Florentino:

—Usted, que es tan llanero, ¿cómo no se había fijado en que el caballo se le estaba atarrillando? ¡Sujétalo

Juan Parao!... ¡ Chacá tu cuchillo, Guariqueño, qué corta más que el mío, a ver si tenemos tiempo de sangrarlo!

¡Arrima aquí la mano!

Pero ya era tarde. Allí mismo el retinto se desplomaba, fulminado por la insolación, rígidos los remos, huidos los ojos, dilatados los belfos ardientes de donde manaba una sangre negra y espesa...

¡Caballo negro, retinto de tantas noches trotando por la sabana, la oreja alerta al riesgo de la aventura! Nervio noble que no necesitó el apremio del acicate, ni soporto la injuria del chaparrazo; casco fino que no ablandaron los aguazales de los esteros, ni pudieron hacerle mella las saltanejas empedernidas... Paso llano meciendo coplas por los caminos sin fin, pirueta del corcoveo para que el jinete fanfarrón se conquistase el amor de la hembra,

demostrando que era bueno de a caballo brioso y entero del recio aguante para derribar cimarrones, mitad de la destreza del coleador de entre madrina y madrina mitad del centauro llanero... ¡Caballo del relincho de oro, clarín del alba sabanera, que ya más no sonaría.

Ya se ha ocultado el sol. Es la hora en que las cosas brillan más que la luz envolvente, cual si despidiesen de sí toda la que han absorbido durante el día. La hora en que el árbol solitario proyecta su silueta pensativa y en la serenidad del cielo se pone a contar sus ramas y sus hojas, para saber cuántas le habrá arrebatado el viento de la jornada y con cuántos pimpollos tendrá que reponerlas… La hora en que la sabana empieza a recoger sus caminos para tener tiempo de dormir y madrugar extendiéndolos de nuevo, frescos y descansados, para las marchas posibles.

Pero en Hato Viejo Payareño se había derramado sangre y eran grandes cuajarones los rojizos peladeros de los rojizos peladeros de los medanales y antes de recoger los caminos era necesario borrar aquellas manchas, para que no las viesen los luceros…

Ya tampoco se distingue la que manó de los belfos ardientes ahora fríos...

Florentino contempla en silencio al fiel compañero de sus andanzas que ya lo abandonó. Ahora no es aquel de la brusca arremetida y la copla alardosa. Calla, ceñudo y sombrío y hay un dolor de desgarramiento en su corazón de llanero: mitad de un ser mitad caballo... —Consuélese, amigo —le ha dicho Juan Parao—

Piense que tal vez se haigan trocao las suertes, porque quizás era para usté ese tarascazo de la Pelona y el retinto le ha sacao prórroga.

Y Ia copla cae, como una flor en la sabana, sobre la noble bestia exánime:

¡Caballo ne gro, retinto, ya están trocadas las suertes, hasta hoy me cargaste en vida, desde hoy me cargas en muerte!

VI