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La mayor parte de los historiadores que se han ocupado de la diplomacia bismarckina han recordado la famosa frase del político prusiano reduciendo su política a la siguiente fórmula: tratar de ser uno de tres durante todo el tiempo en que el mundo se hallase gobernado por el inestable equilibrio de cinco grandes potencias. Con esta frase se destaca el espíritu práctico, la libertad de juicios morales y la movilidad de la política exterior del estadista que da nombre a toda una época. Sin embargo, algunos historiadores, han afirmado que Bismarck, más que querer ser uno de tres en un mundo de cinco, lo que deseaba realmente era convertirse en el

núcleo de la política europea. Si esto era así, ¿en qué dirección empujaba a Europa?

El mejor estudio sobre las dos décadas de Relaciones Internacionales que siguieron a la unificación de Alemania, el soberbio libro de W. L. Langer, Europeam Alliances and

Allignments (1931), afirma que Bismarck fue un gran maestro de ajedrez que dominaba el

tablero, pero no para defender los intereses de la guerra, sino los de la paz; sin la política realista de Bismarck -sigue diciendo Langer-, la Historia de Europa no se hubiese beneficiado de los veinte años de paz que siguieron a la proclamación del Reich alemán.

Aunque esta imagen de un Bismarck gran estratega del juego diplomático a favor del mantenimiento de la paz haya dominado la historiografía durante los últimos cincuenta años, la historiografía más reciente ve en ella errores de consideración.

Para empezar, los años 1871-1890 no son sólo los años de la Europa de Bismarck. El estadista prusiano empequeñeció, pero no consiguió eliminar ni a sus aliados ni a sus rivales; unos y otros -en distinta medida- no siempre le necesitaron y no siempre apreciaron sus consejos, sus amenazas o sus halagos. En segundo lugar, es muy discutible el pacifismo de Bismarck; si, a partir de 1871, trató de evitar la guerra, lo hizo por razones prácticas, porque las circunstancias no eran oportunas, porque temió las consecuencias de una conflagración generalizada, pero nunca rechazó las ventajas de una guerra limitada entre dos potencias europeas.

Por otra parte, al evaluar la talla de Bismarck como estadista, no debemos olvidar la desgraciada influencia de sus características personales: su naturaleza emotiva, su excitabilidad y su carácter vengativo; se encontraba siempre mal de los nervios; solo le tranquilizaba el reto de las crisis extremas y tantos años en el ojo del huracán terminaron por desgastar todavía más su sistema nervioso. Los historiadores han reconocido siempre los efectos adversos de su carácter vengativo sobre la política interior, pero se han mostrado poco dispuestos a tenerlo en cuenta en su política exterior; sin embargo, algunos casos bien conocidos, como la inútil

vendetta que desplegó contra Gorchakov, canciller ruso desde 1867 y ministro de Exteriores

desde 1856, una verdadera guerra fría personal, demuestran la importancia negativa del factor

personal.

En la tesis de Langer sobre la talla de estadista de Bismarck se encuentra implícito que éste poseía siempre un plan preparado ante cualquier eventualidad. Se trata de una opinión muy discutible. Por el contrario, A. J. P. Taylor ha defendido que Bismarck vivía al momento y respondía a los desafíos inmediatos; en otras palabras, ni gran poder de razonamiento, ni portentosa visión de futuro. ¿Acierta de manera genial cuando forma la Dúplice con Austria- Hungría, como dicen algunos historiadores, logrando la realización definitiva de la unidad

alemana? ¿Se precipita al formar la Dúplice con Austria-Hungría sin medir sus consecuencias

negativas, como dicen otros historiadores? Posiblemente tenga razón W. N. Medlicott cuando afirma que la política de Bismarck fue una combinación de planificación de largo alcance y de táctica.

En efecto, parece que la excesiva confianza del canciller en su superior capacidad táctica fue aumentando con el tiempo como consecuencia de su profundo pesimismo: entendía la política como una serie de transacciones específicas y no le preocupaban demasiado las consecuencias a largo plazo de su diplomacia; por lo tanto, su libertad de maniobra era extraordinariamente grande. El problema residía en que los demás participantes no jugaban se- gún sus reglas.

En cualquier caso, como afirma Waller durante los últimos tres años que se mantuvo en el cargo, la red de alianzas que construyó parecía una verdadera chapuza de remiendos: con un acuerdo tras otro ponía parches en las zonas más débiles con retales de ropas diferentes. Esas complejas maniobras, ¿eran obra de un genial estratega o de un buen táctico? y, sobre todo, ¿eran imprescindibles? Es discutible, pero parece razonable suponer que no lo eran, que ante la existencia de las rivalidades que enfrentaban entre si a los demás Estados, el Reich no necesitase más que nervios firmes y sentido común para mantener el statu quo en Europa.

Quizá Bismarck no estaba tan interesado en la conservación del statu quo de 1871 como afirma Langer; el establecimiento de un imperio ultramarino en la década de los ochenta parece negar la evidencia de una supuesta Alemania bismarckiana saciada; además, todas sus maniobras diplomáticas parecen demostrar que el canciller buscaba adquirir una posición de predominio en Europa que no garantizaba el Tratado de Frankfurt de 1871. Había logrado el

Reich alemán mediante la lucha y no parece que pensase protegerlo de otra manera; por eso

por su instinto que por una brújula.

Por todo lo anterior, parece que el sistema bismarckiano no fue simplemente esa red de alianzas y de alineamientos que consiguió crear Bismarck supuestamente con el objetivo de conservar la paz y la seguridad del Reich alemán, sino, como afirma Waller, la creación y perpetuación de una situación internacional fluida en la que la tensión se encontraba perfectamente equilibrada y donde aliados y oponentes quedaban inmovilizados. Pero una cosa era equilibrar la tensión y otra muy distinta mantener el equilibrio de fuerzas de 1871 a lo largo de los veinte años siguientes; a largo plazo, era una solución muy imperfecta limitarse a mantener inmovilizados a aliados y a oponentes.

Lecturas recomendadas

Girault, R. (1979): Diplomatie européenne et imperialismes. Histoire des relations

internationales contemporaines. Tome 1: 1871-1914, Masson, París. De la escuela de

Renouvin, pero con planteamientos renovados a la luz del desarrollo de la historiografía, es un manual universitario riguroso y muy bien estructurado.

Langer, W. L. (1931): European Alliances and Alignments 1871-90, Clarendon Press, Londres. Centrado en el papel político de Bismarck, este libro tiende a aceptar su visión de los hechos. Aunque no sea un libro reciente, la mayor parte de los expertos siguen considerando que es el que mejor estudia las Relaciones Internacionales europeas en los años 1871-1890.

Medlicott, W. N. (1965): Bismarck and the Modern Germany, Londres. La mejor bibliografía breve del canciller alemán, especialmente por lo que se refiere a la política exterior.

Miralles, R. (1996): Equilibrio, hegemonía y reparto. Las Relaciones Internacionales

entre 1870 y 1945, Editorial Síntesis, Madrid. Es un manual universitario en el que el autor

sintetiza, en poco espacio, pero con rigor; las aportaciones de la historiografía reciente sobre un largo periodo.

Renouvin, P. (1982): Historia de las Relaciones Internacionales. Siglos XIX y XX, Akal Editor, Madrid. Es el manual universitario en castellano por excelencia. Aunque la fecha de su publicación en francés sea 1955, su lectura sigue siendo muy recomendable.

Taylor, A. J. P. (1954): The Struggle for Mastery in Europe 1848-1918, Clarendon Press, Londres. Un detallado y documentado estudio que constituye un clásico británico de obligada referencia.

Waller, B. (1999): Bismarck, Editorial Ariel, Barcelona. Es una corta pero solvente y actualizada biografía política del principal actor de la política internacional de los años de referencia.

Zorgbibe, Ch. (1997): Historia de las Relaciones Internacionales. 1. De la Europa de

Bismarck hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, Alianza Editorial, Madrid. Es un muy

buen manual universitario, de la escuela francesa. Publicado originalmente en 1994, recoge los principales debates historiográficos de los últimos años e incluye una selección de documentos significativos.

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