—¿Le ha perjudicado como autor su largo ejercicio de la crítica?
si acertada o desacertadamente, que la labor de crítico es incompatible con la de creación. Yo creo que en esto influye un poco lo de los toros, ¿no? Efectivamente, no es fácil ser crítico de toros y al mismo tiempo primer espada. Pero no se puede trasladar de una manera general a otras actividades, y concretamente a la literaria, donde en la mayor parte de los países cultos los críticos son creadores, y los creadores hacen también de críticos sin que una actividad interfiera en la otra, y sobre todo sin que una llegue a anular a la otra. Un señor puede ser crítico y puede ser creador al mismo tiempo. Pero aquí no se pensaba esto. Por esa razón, mientras yo fui crítico se me silenció, y cuando dejé de serlo, y me marché, y en un momento oportuno se publicó La saga/fuga de J. B., y no sé por qué razón tuvo éxito, porque es una novela muy difícil. —Creo que el éxito de esa obra ha sido considerable. —Ni popular ni clamoroso. Un mediano éxito, o de mediano para abajo. Grande, si se compara con la absoluta ignorancia de mis obras anterior a esa novela. —Acaso por su reputación de escritor intelectual… —Y por lo tanto impopular.
—Pero con esta novela se ha visto que un escritor intelectual no tiene que ser
necesariamente un autor de minorías.
—Necesariamente, no, pero no crea usted que va la cosa muy descaminada, no. Lo que pasa es que las minorías se han ampliado bastante. El círculo de lectores en España no es el que era hace cuarenta o cincuenta años.
—Novela importante, inteligente, muy elaborada, La saga/fuga ha alcanzado un éxito
notable. Y sin embargo me parece que no acaba de satisfacerle que el éxito le haya llegado precisamente con esta novela. —Posiblemente, alguna obra mía anterior a ésta merecería quizá haber sido tenida en cuenta. —¿Por ejemplo? —Por ejemplo, Los gozos y las sombras. Por ejemplo, Don Juan. —¿Cuál es su obra preferida?
—A mí me gusta más Don Juan. Creo que cualquiera de las dos debía haber tenido una repercusión, una atención crítica, una consideración que no tuvieron. No quiero decir que debieron haberse vendido a chorro, eso no, pero la primera edición de Don Juan se tardó más de nueve años en venderla. Ahora, ya no, ahora ya se concede atención a aquellas obras, y se leen mucho.
«Para apasionarse por los hechos o los dichos de alguien es menester pasarlos por el tamiz trasmutador de la literatura, y ésta, cuando puede inventar, no necesita observar». (En la imagen, portada de una de sus últimas obras).
«Galicia (una de sus romerías captadas aquí ominosamente por la paleta de Colmeiro) es un país sensual; y la sensualidad, cuando no está pervertida, es un elemento muy positivo».
—Es bonito que le descubran a uno, aunque sea tarde. Y eso creo que se debe a La saga/fuga de J. B., que ha hecho saber a mucha gente que había un escritor importante en
Torrente Ballester, y con un idioma vivo, fresco y jugoso. ¿Por qué los gallegos tienen esa gracia especial para el manejo del idioma castellano?
—Yo creo que es porque nosotros pensamos en gallego, y adaptamos el castellano al ritmo del gallego. Entonces, es la misma lengua, pero con otra música. La misma letra, pero cambiando el ritmo. —¿Cree usted que hay algún parentesco entre el idioma de Valle-Inclán y el suyo? —El de Valle es muy superior al mío, mucho más rico. Probablemente habrá algunas coincidencias. Primero porque los dos somos gallegos, tenemos el mismo fondo, y luego porque yo he leído a Valle-Inclán, y él no me ha leído a mí, como es obvio. Pero de todas maneras, la distancia de bastantes años entre Valle y yo significa ni más ni menos que el idioma castellano que él aprendió no es el mismo que aprendí yo, lo que significa una diferencia de cuarenta o cincuenta años.
—Aparte de que el idioma cambia con una velocidad antes desconocida.
—Sí, cada vez más. Cuando yo regresé de los EE. UU. creí que estaba en otro país, porque no entendía el idioma. En tres años había cambiado radicalmente.
—El hecho de que usted esté en contacto con generaciones jóvenes de estudiantes a
través de su cátedra le sitúa en una posición privilegiada para detectar esos cambios…
—Para detectarlos, sí. Para asimilarlos, no. Porque para eso hace falta una impermeabilidad que tiene mucho que ver con la edad. Como yo ya soy poco impermeable, me resulta muy difícil asimilar esos nuevos trucos, modos de hablar, el «argot» que se está usando ahora, y que yo necesito que me traduzcan.
«Los mendigos gallegos, extraordinarios narradores, despertaron mi
imaginación»
—¿Cómo era la Galicia en que usted nació, cómo era la familia de la que usted proviene, cuáles son sus raíces? —Yo me llamo Torrente Ballester. Torrente es un apellido del Alto Aragón. Ballester es un apellido catalán. Quiere decir que yo pertenezco al reino de Aragón. ¿Cómo vino el apellido Torrente a la aldea de Naraío, en la provincia de La Coruña, de la cual viene mi padre? No he podido averiguarlo. Sí he averiguado cómo vino Ballester, porque mi abuelo materno, al que conocí y traté, y que es un personaje muy importante en mi mundo infantil, era mallorquín. Y tengo parientes en Mallorca, con los cuales me relaciono, y tengo un gran afecto a Mallorca, a la que considero mi segunda patria. En cambio, no he ido nunca a un pueblo de la provincia de Huesca, allá en el Alto Pirineo, de donde viene mi familia paterna.—Su padre era marino, según creo…
—Sí, y vivíamos en El Ferrol. La familia de mi madre vivía en una aldea vecina, a dos kilómetros, y yo vivía en las dos casas. El Ferrol era una ciudad industrial, y la aldeíta, que se llamaba Los Corrales, en el municipio de Serantes, era un poco de Edad Media, rezagada en un valle precioso, hoy estropeado por una construcción nefanda, pero entonces precioso, donde se mezclaban la montaña, el valle, la llanura cultivada, el bosque, el río, y muy cerca la mar. Era un lugar idílico, ciertamente. Lo curioso es que la distancia entre este mundo medieval, geórgico o eglógico (como usted prefiera) y el mundo moderno, en línea recta probablemente no llegaba a un kilómetro. Es decir, que desde el balcón de casa de mi abuela yo veía los viernes cómo los reflectores de los acorazados hacían ejercicios lanzando haces de luz sobre las nubes, en una especie de arco luminoso que unía la actualidad con el pasado.
—¿Fueron importantes Ferrol y Los Corrales en la constitución de su personalidad? —Mucho. Pero, evidentemente, prefiero la aldea. No es que la prefiera, es que influyó más en mí que la ciudad, por lo menos en los años infantiles. La ciudad empezó a influir en mí a partir de los siete años, cuando empecé a ir a la escuela, cuando pasaba más tiempo en la ciudad que en el campo. Aquel campo era para mí un mundo valleinclanesco, y en el que tuve la fortuna de estar rodeado de una docena de personas muy interesantes: mi abuelo, mi abuela, mis tías, hasta los mendigos que llegaban por la puerta. De los mendigos se podría hablar mucho rato. Entre ellos, había cinco o seis que eran extraordinarios narradores, a los cuales yo escuchaba embobado en la cocina durante las noches de invierno sus historias y leyendas de ladrones, de aparecidos, de muertos, de fantasmas, de bandidos, y de naufragios, ya que el elemento marinero tenía mucha importancia, y todas las noches rezábamos por los marinos que estaban en la mar, y sobre todo cuando había temporal, pues el que más y el que menos tenía su padre, su hermano o su hijo en peligro. Todo este mundo lo vivía yo intensamente, y me despertaba y educaba la imaginación. Por eso estoy muy agradecido a estos años de Edad Media, donde en la cocina usábamos candiles de aceite, en las habitaciones nobles usaban quinqués de petróleo, cuando nos acostábamos cada uno llevaba su palmatoria, y en el pasillo quedaba una mariposa de aceite para iluminar… Con todo lo que eso significa para crear sombras, rincones, brujas detrás de las sombras… —¿Cree usted en las brujas? —Ya sabe usted que la respuesta clásica es: «No creo en ellas, pero las hay». Como la mitad de mi sangre es mediterránea, soy un racionalista, de manera que mi creencia en las brujas está sometida a una dura desmitificación. No puedo confesar que creo en ellas. Pero quizá crea. —Apuntaba usted algo interesantísimo, que son esas historias contadas por los viejos mendigos de Galicia. ¿Cómo los recuerda usted? —Los recuerdo muy bien. A propósito de contar cuentos, había una vieja asturiana que venía en las primaveras. Mi abuela era una mujer que tenía un pie en la tierra y otro en el
cielo. Veía a Jesucristo con cierta frecuencia, y siempre sospechaba que detrás del mendigo que llegaba a la puerta pudiera estar santa Ana, o santa Gertrudis, o incluso la Virgen María. De manera que en mi casa se trataba con muchísimo respeto a los mendigos. Pero a esta asturiana, mi abuela le daba cobijo, porque era una mujer que, como se dice ahora, hacía la aldea. Permanecía unas semanas, recorría los distintos casares o grupos de casas, y cuando ya tenía su saco repleto, se marchaba. Y dormía y comía en mi casa. Cuando comía, mi abuela estaba presente, y yo sentado en el regazo de mi abuela, o en un banquillo pequeño allí a su lado, escuchando las historias de esta mujer, que eran fantásticas. Recuerdo que cuando terminaba de comer, levantaba los siete refajos que tenía, y de la gruesa media de lana sacaba un paquete de pitillos, y fumaba, escondiéndose detrás de la puerta, porque entonces las mujeres no fumaban. Aquella mujer contaba historias extraordinarias…