—Acaso como consecuencia de todo tu tremendo esfuerzo al escribir y rehacer varias
veces Los cipreses, sufriste una profunda depresión. Creo que se manifiesta la Nochebuena del 52 en la catedral de Gerona cuando escuchas misa con toda tu familia…
—¡Estás enteradísimo!
—Y parece que sentiste como un mazazo en la nuca.
—¡Pues es verdad! La Nochebuena del 52 en la catedral de Gerona, al levantarme de comulgar, sentí como un mazazo en la nuca, como un rayo, supe que algo se había roto muy profundo en mi interior. Y pensé que la muerte estaba próxima. Luego se descubrió que no; fue un vértigo persistente durante meses. El vértigo es una hipoteca terrible sobre el hombre, que anda vacilante, buscando puntos de apoyo constantemente… Caí en una profunda depresión y, claro, como la de escritor es una vocación monstruosa, todo esto terminó siendo un libro. Todo lo que se goza, todo lo que sufre, cuando se tiene una vocación profunda, está en función de esa vocación, de manera que lo transformé en libro
y ahí están Los fantasmas de mi cerebro.
—Un libro, ciertamente raro, que no podríamos comparar a ningún otro de los libros
de Gironella porque es la narración de una experiencia…
—Es, en primer lugar, un análisis retrospectivo de las sensaciones que experimenté en plena depresión, que fueron dignas de ser analizadas con cierto detalle, aunque sin alargarse demasiado, porque el tema es triste.
—Si me permites, yo he señalado algunas cosas en el libro que me gustaría revisar
contigo.
—¡Bueno! Y además del análisis retrospectivo de mi enfermedad en plena depresión, hay luego una serie de textos escritos al salir del electroshock. El electroshock es una descarga, un profundo sueño; el despertar es lento, y a medida que despiertas vas reencontrando el mundo, pero en ese intermedio, que puede durar cuatro o cinco horas de duermevela, las imágenes van adquiriendo su volumen en un estado muy difícil de describir. Yo, sin darme cuenta, no estaba despierto del todo y me acercaba a la mesa y cogía pluma y papel y escribía, escribía lo que en aquel momento se puede decir que el subconsciente sentía, y luego lo tiraba. Cuando había despertado del todo suponía que aquello era muy malo porque no había pasado por la criba de la razón y lo tiraba a la papelera. Pero mi mujer lo guardaba, sin leerlo, porque hubiera sido muy doloroso para ella leerlo en aquel momento, pero lo guardaba, presintiendo que algo podía haber allí de rescatable. Y cuando la depresión pasó y fue ya historia, recogimos todo este material, y efectivamente hay relámpagos poéticos, extrañas intuiciones que en estado normal, sin haber pasado por esa experiencia que es una depresión profunda, jamás hubiera encontrado. De manera, que en esos textos posiblemente está la almendrilla de lo que quizá sea mi alma cuando se desprende en un momento dado de la materia que la envuelve.
—Efectivamente, yo pienso que éste es quizá el libro más revelador que existe en toda
tu producción literaria.
—Ha interesado mucho a los siquiatras, aunque no a los del país, ignoro por qué, no he recibido una sola carta de un siquiatra español. En cambio, siquiatras alemanes siguen escribiéndome todavía, analizando el libro y siquiatras franceses, y de Estados Unidos… Los de aquí quizá ya lo saben todo, no me lo explico, pero les ha interesado poco, ésta es la realidad.
—Al lector, en cambio, le interesó mucho.
—Sobre todo interesó y sigue interesando a los que sufren depresión, porque hay un canto de esperanza al final, y al leerlo dicen: «Este hombre sufrió lo que yo estoy sufriendo ahora y al final resucitó, surgió de ese túnel que parecía interminable». Entonces me escriben cartas diciendo: «¿Cómo se las arregló usted? ¿Pero de verdad encontró una salida? Esa cosa tan tétrica que estoy pasando dentro de mí, ¿es verdad que puede marcharse un día?». Y tengo correspondencia, larga correspondencia con multitud de
depresivos de varios países del mundo. Estoy, en realidad, sin darme cuenta, haciendo un
dossier que un día puede ser un trabajo importante en manos de un experto, de un gran
siquiatra que lo analice, y que organice todo este material.
—En el libro se pescan una serie de cosas, flotando por entre esas nebulosas, y el
dolor y el desdoblamiento. Aparecen muchos trazos dispersos de distintas épocas, incluso de la infancia. El primer texto dice: «Aquella época de mi vida en que debía tanto dinero, era incapaz de tomar un lápiz y hacer la suma, los números me abrumaban, me han abrumado siempre».
—¡Y siguen abrumándome!
—¿Y has tenido realmente inquietud por deber dinero, mucho dinero, o lo que a ti te
parecía entonces que era mucho?
—No, entonces era mucho en una ciudad pequeña como Gerona, era mucho, sí. Porque deber dinero a una sola persona, por ejemplo, es poco. Si no te encuentras con esa persona pues ya está, pasas tranquilo por la calle. Pero mis deudas estaban repartidísimas, debía
Gironella constituiría para el avispado hombre de negocios (el editor José Manuel Lara Hernández, el segundo a la izquierda, sentado) una sólida primera piedra sobre la que edificaría su impresionante arquitectura empresarial de hoy.
«Nadie explicaba cómo un país se dividió en dos de una manera cada vez más fuerte hasta llegar a matarse unos a otros durante tres años seguidos.» (Antecedentes bien explicitados en «Los cipreses creen en Dios»).
a un camarero del café de enfrente veinticinco pesetas, al que tenía la mercería al lado cincuenta más, es decir, llegó un momento en que la suma no era nada importante, pero eran muchos los acreedores, y lo habían hecho porque me querían y además sabían que un día u otro se lo iba a devolver. Pero para mí era un trauma pasar por las calles de Gerona y pensar: veinticinco, cincuenta, setenta y cinco… los números me abrumaban.
—«A veces, veía de lejos a mi padre. Caminaba arrastrando un poco los pies, con el
sombrero colocado con descuido. Había en él algo de fatiga moral, prematura. Parecía estar pensando puñales. Yo lo seguía a distancia, avergonzado. Sabía que algunos de estos puñales eran míos».
—¡Claro!, algunos de esos puñales han sido míos. Era un depresivo mi padre, no con una depresión tan profunda como la mía, sino con pequeñas depresiones intermitentes. Pero he heredado mucho de él, la parte melancólica de mi ser es herencia de mi padre, y la parte vital, que por mi tipo de temperamento lo soy (y lo era sobre todo de joven) de una manera arrolladora, es de mi madre. Ahora, quiero rendir un homenaje a mi padre. El próximo libro que voy a escribir se titulará Carta a mi padre muerto; es una obligación, es una cosa de gratitud, nos legó a sus cinco hijos una herencia extraordinaria y única. Era un hombre humilde, honesto y siempre al servicio de los demás. Murió en 1961, el mismo día en que se repartía por toda España Un millón de muertos. ¡Tremenda coincidencia! Y murió, además, estando en el entierro de uno de sus mejores amigos, por las calles de Gerona, siguiendo detrás del féretro de uno de sus mejores amigos, compañero de oficina. Iba sufriendo tanto, se acumuló tanto sufrimiento, que cayó fulminado de un fallo cardíaco. En el fondo es una muerte gloriosa y una gran lección morir en el entierro de un gran amigo. De manera que los puñales de mi padre, efectivamente, han sido míos. Pero también al lado de los puñales, esa gran herencia de que te he hablado. —«Mi madre ha tenido siempre más energía. Ha sido siempre más fanática. Cree con firmeza en unas cuantas cosas y esto ayuda mucho». —Sí, mi madre vive todavía, tiene 86 años, los ojos brillantes, la cabeza clara. Se da en el Ampurdán ese tipo de mujer que los cristianos llamamos la mujer fuerte del Evangelio, el sostén del hogar. Enérgica realmente, y un poco fanática en el sentido religioso.
«Mi vanidad era grande: tenía dentro un pavo real que respiraba por
mí»
—En otro momento analizas tus perfiles de entonces: «Mi vanidad era grande… ¡Qué
fantoche! Quería que todo el mundo pensara de mí: es escritor. Me molestaba que lo inerte no pudiera admirarme. Tenía dentro un pavo real que respiraba por mí». ¿Es cierto?
con aquella novelita que se titulaba Un hombre en que creí que me iban a dar no el Nadal, sino el premio Nobel como alguien confundió y me envió algún telegrama. Creía que era el mejor libro que se había escrito nunca. Y me paseé por Barcelona y por Gerona con la larga boquilla en los labios y mirando a los demás por encima del hombro, como hacen ahora y siempre los políticos. Luego la vida me demostró que no era así, y sobre todo París, cuando descubrí que era un pigmeo.
—«Lo que no comprendía, era que mi mujer me amara, a pesar de todo, con tanta
fuerza. Porque ¡me conocía por dentro! Y no obstante, una caricia mía a tiempo la hacía feliz. A veces me decía: “Querría ser tú»”.
—Eso no recordaba haberlo escrito. Lo que recuerdo es haberlo vivido minuto a minuto desde hace treinta y un años.
—«El alma de mi mujer es extraña, pero hermosa. Es el único ser vivo a quien no
traspasaría mi dolor. Otras veces me decía: “Me sorprende que no seas yo”».
—Quizá no esté mal todo eso.
—Pero también dices otra vez: «Mentía. Mentía yo muchísimo. Era el rey de la
mentira. Cuando las mentiras me salían hilvanadas me embriagaba con ellas e iba ensanchando los círculos hasta componer un mundo redondo y maestro».
—Eso me lo perdono con más facilidad. Yo creo que era el entrenamiento que buscaba dentro de mí para poder fabular luego cuando escribiera de verdad. Mis mentiras no hacían daño a nadie, no eran calumnias; eran, partiendo de una base real, una transformación, darle fantasía para que en el café la gente me escuchara.
—Y la otra cara de la moneda: «Tenía claridad mental. No esta monotonía de ahora,
“estamos hablando de la época en que estás enfermo”, este elefante gris que embota mi cerebro. Daba incluso simultáneas de ajedrez: veintidós adversarios. Necesitaba de estas situaciones halagadoras para sobrevivir. Las manos en los bolsillos, la boquilla en los labios, me trasladaba de uno a otro tablero con facha de superdotado. ¡Mi padre estaba allí, deseando que ganara, encendiendo su mechero cada vez que el cigarrillo se me apagaba!».
—Sí, sí, simultáneas de ajedrez. Es uno de mis hobbies, que ha repercutido un poco en mi vida, porque a través del ajedrez pude entrar en la Unión Soviética en 1973 en condiciones no comunes, como ayudante sicológico de un gran maestro que iba a jugar un torneo en Leningrado, un gran maestro argentino, Miguel Ángel Quinteros. Entonces me pusieron la placa de ajedrecista profesional y en la Unión Soviética tuve, gracias a esto, un coche a mi disposición, con intérprete que hablaba perfectamente el castellano, y tuve acceso a lugares a los que los turistas normales no lo tienen. Y el ajedrez también repercutió en mi manera de escribir, como repercute en los militares. En muchas academias se estudia el ajedrez. Mola era un buen ajedrecista, un excelente ajedrecista, porque, claro, cuenta la estrategia, cuenta la táctica, los peones que avanzan, el rey detrás. Y escribir es un problema de construcción un poco como una partida de ajedrez. En una
novela larga sobre todo hay que pensar la apertura, ¿cómo empiezo?, y el juego medio, ¿y cómo va a terminar esto?, ¿van a salir obstáculos? Porque el otro también existe. En Leningrado conocí a uno de los grandes maestros soviéticos, David Bronstein (?), con el que hice una gran amistad, y está escribiendo un libro, un test sicológico sobre el ajedrez, muy curioso. Ha descubierto, por ejemplo, que los ajedrecistas que aman mucho a su mujer, a su esposa, apenas mueven la dama, les da miedo arriesgarla, les da miedo que el otro se la coma. Ha descubierto que a los militares que juegan al ajedrez, por ejemplo, no les importa que se les coman los peones, que son los soldaditos. En cambio un caballo les preocupa, y un alfil también, y así pieza por pieza. —¿Qué pieza te gusta defender más? —La dama.
—«A veces después de cenar, subía a casa de mis padres. Siempre encontraba a mi
padre encuadernando toscamente La montaña mágica. Le gustaba encuadernar. Y reparar suelas de zapato. En general, le gustaba todo aquello que implica juntar materias diversas. Fue taponero y con sólo oler el corcho lo clasificaba».
—Sí, mi padre era taponero. De manera que yo nací en Darnius, que es tierra de corcho. Lo que pasa es que no lo puedo decir en castellano porque estaría obligado a decir que nací rodeado de alcornoques, y esto tiene un sentido peyorativo para los habitantes de Darnius. Pero mi padre era taponero, amaba el corcho, y tenía rasgos geniales en este sentido. Por ejemplo, mucho más tarde, cuando ya no era taponero porque él no era hombre para los negocios, era demasiado humilde y honesto para triunfar en los negocios, de modo que el negocio del corcho fracasó en sus manos y fue cuando pasó a ser empleado de la Generalitat primero y de la Diputación después, me contaron que había llegado un americano diciendo: «Voy a arruinar la industria corchera de este país, porque
en América hemos descubierto el tapón de plástico para las botellas de champán», y mi
padre se quedó reflexionando un momento y dijo: «Efectivamente, el plástico puede
sustituir al corcho del tapón de champán, pero nunca podrá sustituir el disparo», y al oír
esto el americano telegrafió a la empresa americana diciendo: «¡Hemos fracasado!». —Porque eso es parte del ritual.
—¡El disparo! Sin el disparo el champán no parece champán. Sus aficiones manuales eran heredadas de su padre, que era zapatero, y le gustaba arreglarnos los zapatos a sus hijos. Y recuerdo muy bien un día que estando en la galería de mi casa, que cuelga sobre el Oñar, el río de Los cipreses donde hay mucho material autobiográfico de toda la familia, arreglando los tacones de los zapatos, los míos precisamente, ya llevaba tres horas allá y le dije: «Pero por qué tanta insistencia, ¿qué pasa?», y me dijo, de pronto, inesperadamente: «Es que no quiero que andes por el mundo cojo». —«A mi madre la encontraba cosiendo, preparándose para rezar el rosario familiar.
Al verme, se quitaba los lentes, “¿Qué tal el alma, hijo?”. El alma, para ella, lo era todo».
—Sí, claro. Mi madre era profundamente religiosa, se puede decir que me metió en el seminario, pero hasta tal punto que a sus amigas no les decía que yo estudiaba para sacerdote, sino para obispo. Directamente se saltaba el escalafón. Tenía espíritu evangélico, ecuménico…
«Todos los que hemos hecho una guerra, deberíamos suicidarnos»
—«Durante la guerra, una noche estaba de centinela en lo alto de los Pirineos (todos los
que hemos hecho una guerra debiéramos suicidamos). Había nevado. Las montañas, la nieve, la luna, y yo. Miré a la luna atentamente. ¡Qué inusitada maravilla! Me sentí inundado por un rocío de paz». ¿Fuiste esquiador durante la guerra?
—Sí, en la compañía de esquiadores del Pirineo. Porque ingresé voluntario, cosa que ahora, cuando uno lo piensa, ¿cómo es posible?, pero tenía 17 años. En fin, no sabía discriminar todavía, me faltaba experiencia. Llegué a la España nacional, y como mi quinta no estaba llamada, podía elegir entre irme a infantería, artillería, hacerme aviador, etc… Y en San Sebastián conocí a unos catalanes que estaban a punto de ingresar en la compañía de esquiadores, que habían organizado los montañeros de Aragón. Yo no había esquiado nunca y les dije: «¿Qué voy a hacer?». Ellos contestaron: «¡Te enseñaremos!, podemos ser los campeones de España», y me fui con ellos. Y fue extraordinario aquel descubrimiento de los Pirineos, esas noches solitarias en guardia, el susurro de los esquíes en la nieve, ciento veinte hombres esquiando bajo la luna llena, el fuego, las canciones… Empecé a oír allá los silencios, que es altamente enriquecedor, silencios que luego he oído en el desierto, en el Sinaí y en el Neguev, en Tierra Santa. Fue una gran lección, y claro, tres horas de guardia, solo en la nieve, se oyen piedras que caen, se siente que el espacio está habitado. Los beduinos en el desierto dicen que están mucho más habitados el desierto y el espacio que la ciudad, lo que pasa es que nuestros ojos no lo ven. Y tienen razón, y yo lo sentí de muy joven haciendo guardia en las montañas nevadas. Estábamos a más de dos mil ochocientos metros, en el Pirineo aragonés, en una tienda de campaña, con cinco compañeros, con cinco camaradas de guerra, viendo sólo el blanco de la nieve y el azul del cielo. Nada más. Ningún color violento, de manera que cuando vinieron a relevarnos y bajamos al pueblo, Panticosa, la capital del valle de Tena, y vi una chica que se acercaba con una blusa roja, aquel rojo, no a mí, sino a los seis, nos dejó como paralizados, hipnotizados por la violencia de aquel color. Pero me invitó mucho a la reflexión. En aquellas horas de guardia solitaria en la nieve, empecé a pensar, ¿cómo es posible que estemos aquí combatiendo?, porque yo me enteré que en la compañía de esquiadores del otro lado había íntimos amigos míos de Gerona, ¿pero cómo es posible?, un día de estos vamos a matarnos, y entonces concebí esa trilogía que está ahí sobre la mesa. Sentí la necesidad de explicar algún día el porqué, el absurdo de todo aquello.