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Entre los debates más importantes de la Tánato-ética de estos últi- mos años destacan, a mi juicio, los referidos a las implicaciones mora- les de la definición de la muerte encefálica o cerebral y el diagnóstico de los pacientes en estado vegetativo. Por ello, es posible afirmar que una de las puertas de entrada de la Neuroética Práctica en el contexto bioético más reciente se ha producido a través de lo que he denomina- do Tánato-ética. Es evidente que la debatida definición de muerte cere- bral, a pesar de su real base neurocientífica, no deja de revelar, como veremos en el capítulo IV de este libro, un alto grado de convención socio-cultural e intencionalidad pragmática que procura, sobre todo, solucionar el problema de los trasplantes de órganos, más que entrar en cuestiones ético-antropológicas. Sin embargo, los problemas morales que se plantean al enfrentarnos a situaciones tan complejas como las de la muerte cerebral, o las de los pacientes en estado vegetativo perma- nente, en estado de mínima consciencia, etc. (capítulo III), no pueden ser tratados correctamente sin tener en cuenta los avances neurocientí- ficos, y especialmente en Neuroimagen. Por lo que, a mi juicio, existe una estrecha conexión entre algunos dilemas prácticos en torno al final de la vida que la Tánato-ética ha ido analizando estos años y los nuevos enfoques de estos mismos problemas que la Neuroética está ofrecien- do, al tener que ver todos ellos con las funciones y los trastornos de las actividades cerebrales. No es este el único contexto bioético en el que empezó a crecer la Neuroética durante esta última década, pero sí es, a mi modo de ver, uno de los más importantes. Así al menos lo han

señalado neurocientíficos tan destacados como Gazzaniga (19) o Glan- non (21), a los que en el próximo capítulo me he de referir. Ello justi- fica que estudie con cierto detalle en esta Neuroética Práctica el estado vegetativo y la muerte cerebral, al constituir ambos problemas ético- antropológicos marcos bioéticos por los que se han ido introduciendo los nuevos debates neuroéticos derivados de los avances en las Neuro- ciencias, y de modo preferente en Neuroimagen.

Pero, ¿cómo surgió realmente la constatación de que nos encon- tramos ante problemas morales relevantes que la Bioética trata de modo insuficiente y que ha de abordar con mayor extensión una nue- va disciplina conectada con la Neurociencia? Hay que atribuirle al célebre periodista y comentarista político William Safire, presidente de la prestigiosa Dana Foundation, el mérito de haber presentado la Conferencia Internacional de San Francisco dedicada a la Neuroética en mayo de 2002 como un hecho histórico en los inicios de esta nue- va disciplina, y haber sido él mismo quien lanzó a la sociedad y al mundo académico una definición explícitamente normativa de este joven ámbito de investigación y estudio (38). No obstante, se ha de resaltar, siendo fieles a la génesis del concepto con raíces griegas, que algunos años antes a su propuesta se había utilizado discretamente, por parte del neurólogo R. E. Cranford, el calificativo profesional de “neuroeticista” en un marco médico y hospitalario. También el adjeti- vo plural “neuroéticas” fue empleado por parte de la filósofa P.S. Churchland, para clasificar determinadas cuestiones de la biociencia. Sin embargo, fue en ámbitos educativos y psicológicos donde se men- cionó por primera vez el término exacto de “Neuroética”, sin mucha precisión, a modo de disciplina que analiza problemas distintos, pero afines, a la Neuropsicología y Neurofisiología. Conviene tener pre- sente la génesis de este término (30), dado que nos refleja la constata- ción de que surgió, y no podía ser de otro modo, en un contexto marcadamente interdisciplinar (20).

El creciente número de dilemas en medicina durante los años ochenta y noventa que se referían a las funciones cerebrales humanas, suscitó la idea de que los neurólogos han de implicarse más en las acti- vidades institucionales propias de los comités de bioética. Analizó por entonces el neurólogo Cranford (15) a grandes rasgos el papel y las diversas tareas que puede desempeñar el “neuroeticista” en tales comi- tés, presentando ejemplos clínicos comunes que ilustran de qué modo el experto en neurología puede aportar importante información cien- tífica para esclarecer, desde un punto de vista moral, los problemas principales que surgen en contextos clínicos al final de la vida (muerte cerebral, demencia senil, estado vegetativo permanente, “síndrome del en-cerrado”, efectos cerebrales de la inanición y deshidratación…). Como mostraré en los capítulos III y IV, estas situaciones del final de la vida han de ser examinadas y valoradas hoy desde los avances en la Neurociencia, bajo la nueva luz de la Neuroética. De ahí que sea cons- tante en algunos de los primeros creadores de tan joven campo de investigación la afirmación de que esta nueva disciplina, en realidad, constituye una rama o sección de la Bioética. Me referiré más tarde a algunos autores que señalan este vínculo en su origen. De todos modos, constatan que si ciertos temas neuroéticos son afines a los tratados por la clásica Bioética, otros son del todo originales y requie- ren de un nuevo campo de estudio. Cranford, repito, ya en los años ochenta señaló la necesidad de que hubiera expertos neuroeticistas en los comités de bioética para aclarar las cuestiones morales del final de la vida. Y parece ser que fue el primero, según todos los indicios, que se sirvió del calificativo “neuroeticista” para apuntar de qué modo los avances en la Neurociencia exigen nuevos expertos en los comités hos- pitalarios capaces de tratar los hallazgos científicos con una sensibili- dad ética, especialmente ante los problemas morales que se generan durante el proceso humano de morir, objetivo nuclear de la Tánato- ética, según lo indicado más arriba.

Por su parte, la profesora P.S. Churchland, en un artículo a comienzos de los 90, también constató la existencia de nuevos dile- mas morales presentados por los desarrollos neurocientíficos, y conec- tó en parte la Neuroética con problemas teóricos ya estudiados en sus libros en torno a lo que denominó hace años “Neurofilosofía”, de la que es en gran medida su creadora y exponente principal (12, 13, 14). Por ello, no es del todo extraño que se esté desarrollando una Neuroé-

tica Filosófica que emergiendo de aquella Neurofilosofía, se centre de

modo especial en los debates ético-filosóficos desde un ángulo neuro- científico. Por su parte, el neurólogo A. Pontius utilizó por primera vez el término “neuroética” al exponer con brevedad de qué modo los conocimientos de la neurología en torno a las funciones del lóbulo frontal pueden contribuir a enfocar mejor problemas educativos tales como “el trastorno del déficit de atención”, así como a crear modelos de inteligencia artificial (40).

3.2. Presentación internacional de la Neuroética

A pesar de estos primeros usos de términos afines, es ya un lugar común afirmar que el creador genuino de la palabra e incluso de la disciplina “Neuroética”, y quien le otorgó un sello particular de éxito académico y social, fue William Safire, prestigioso periodista político y presidente, como ya he mencionado, de la institución cultural nor- teamericana Dana Foundation. Dicha institución se dedica a apoyar diversas actividades académicas y a la publicación de relevantes inves- tigaciones sobre problemas educativos, sanitarios y científicos. De modo especial se ha centrado en la organización de conferencias inter- nacionales en torno a las implicaciones sociales de las Neurociencias. Muchas de las publicaciones de la Dana Foundation versan sobre las ciencias del cerebro, siendo además la editora de la conocida revista

En mayo del 2002 organizó dicha institución una conferencia inter- nacional en la que participaron más de 150 expertos procedentes de numerosos países (sobre todo de Estados Unidos, Canadá y el Reino Unido), dedicados a diversos campos del saber: neurocientíficos, filó- sofos, médicos, psiquiatras, periodistas, juristas, neuropsicólogos, etc. Al inaugurar dicha conferencia bajo el título Neuroethics. Mapping

The Field, quien la presidía, William Safire, estableció un marco para

la discusión al referirse a diversos asuntos éticos derivados de las cien- cias del cerebro. El punto de partida de esta reflexión inaugural es que el cerebro constituye el órgano fundamental de la individualidad humana. La intervención en dicho órgano comporta graves repercu- siones. Origina cambios sustanciales en la vida de las personas que a tales intervenciones se someten con libertad o sin ella. El núcleo moral de las diversas investigaciones en torno al cerebro es ineludible; necesitamos encontrar algunos criterios morales para orientar las implicaciones y las potencialidades de las Neurociencias.

Tras remitirse Safire a los orígenes decimonónicos de las preocupa- ciones por los avances de las ciencias que pueden modificar la estructu- ra de la vida humana, y a la mentalidad prometéica que a ellas subyace por el intento de “jugar a Dios”, ofrece este intelectual una definición de la Neuroética con claras connotaciones morales: “el examen de lo que es correcto e incorrecto, bueno y malo, en el tratamiento, el perfec- cionamiento, o en la ingrata invasión e inquietante manipulación del cerebro humano” (48, p.5). Para este autor, lo correcto e incorrecto es lo propio de “la moral” (que nos remite a códigos de conducta estable- cidos en una sociedad concreta por las autoridades competentes, ya sean de tipo religioso o legislativo), mientras que lo bueno o lo malo en sí forma parte de la reflexión ética, siendo ésta una disciplina que requiere mayor sutileza intelectual. En cualquier caso, la Neuroética, aunque conectada con problemas bioéticos, según Safire ha de ser un campo del saber distinto. La Bioética versa, dicho brevemente, sobre la

consideración de las buenas o malas consecuencias de la práctica médi- ca y de la investigación biológica. Sin embargo, la relevancia social de este nuevo campo de estudio denominado Neuroética, a juicio de Safi- re, se debe, entre otras causas, a que “la ética específica de la ciencia del cerebro, a la hora de investigar, toca el nervio de lo más íntimo, como no ocurre con ningún otro órgano. Trata de nuestra consciencia –nues- tro sentido del yo– y por ello es central para nuestro ser. ¿Qué nos dis- tingue de los demás más allá de nuestra apariencia externa? He aquí la respuesta: nuestras personalidades y comportamientos. Y esas son las características que la ciencia del cerebro pronto será capaz de cambiar de un modo significativo” (48, p. 6).

Algunos de los problemas morales a los que ha de enfrentarse la Neuroética son apuntados con suma claridad por Safire en esta presen- tación, y también en un artículo igualmente célebre publicado por esas mismas fechas en The New York Times (49). Con agudeza periodística plantea este escritor dilemas ético-médicos que la Neurociencia agrava siguiendo lo que se ha denominado el factor “pero qué pasaría si…”. Este modo de suscitar la polémica y la reflexión en dilemas neuroéticos no sólo marcó la estructura y la intervención de los ponentes en la con- ferencia internacional de San Francisco, sino que apuntó igualmente líneas de investigación posteriores a tal evento académico-social que llegan hasta hoy. Algunos de estos desafíos manifiestan con claridad su ineludible conexión con ciertos problemas generales de Bioética. Por ejemplo: ¿Qué normas éticas o regulaciones legislativas debería haber para el tratamiento que busca cambiar el comportamiento criminal? Si el cerebro de una persona se daña por una enfermedad, por una lesión, o trastorno mental, y dicha persona no es capaz de otorgar el consenti- miento informado, ¿quién ha de decidir cuándo es humano y correcto su participación en un ensayo clínico? ¿El médico, el familiar, el inves- tigador, la compañía de seguros o un tribunal? ¿Deberíamos desarrollar una droga que mejorase la memoria o que reprimiera los recuerdos

dolorosos? ¿Es justo implantar un chip en el cerebro para mejorar la memoria ante exámenes académicos? ¿Equivale ello a tomar esteroides por parte de un atleta olímpico?

Aquella conferencia internacional del 2002 se ha convertido, con el paso del tiempo, en un hecho histórico. El propio Safire lo señalaba al final de su intervención inaugural: “Este podría muy bien ser un encuentro histórico al que los participantes mirarán atrás con gran orgullo y del que otros hablarán refiriéndose a él como un momento capital en el desarrollo de este nuevo campo” (48, p. 9). En efecto, así ha sido. La mayoría de los estudiosos de problemas neuroéticos se remiten a la conferencia de San Francisco como a los cimientos sobre los que se ha ido construyendo de modo consistente este nuevo ámbi- to científico-filosófico, denominado Neuroética. Habiendo surgido en el seno de la Bioética, especialmente al analizar las enfermedades mentales o los trastornos de consciencia derivados de las lesiones cere- brales (estado vegetativo, muerte cerebral), está teniendo cada vez mayores repercusiones en tres niveles diversos (práctico-moral, ético- filosófico, socio-cultural), hasta el punto de que, como iremos vien- do, va más allá de los fines propios de la Bioética.

Conocemos el desarrollo impresionante que ha tenido la Bioética en estos cuarenta años de ejercicio en las aulas, hospitales y centros de investigación. No sabemos cómo evolucionará la Neuroética en cada uno de los tres niveles que en ella destaco. Es todavía algo pronto para ofrecer cualquier apuesta de futuro. Desconocemos si quedará com- pletamente integrada en la Bioética, si se estancará, si desaparecerá del todo o generará un campo de estudio amplio en el que numerosos filósofos, psicólogos, juristas, politólogos, neurocientíficos, biólogos, economistas, médicos, etc. podrán dedicar sus esfuerzos al cultivo de este saber, analizando de modo ponderado y riguroso los problemas prácticos, teóricos y sociales que sin parar irán surgiendo según

remuevan esta tierra joven y fértil. Pero dejando al margen el futuro abierto de este nuevo campo de investigación, conviene exponer ya con algo de detalle en el próximo capítulo tres modelos representati- vos de Neuroética, que pueden confirmar desde otro ángulo la con- cepción tripartita que mantengo de esta disciplina. Me refiero, por orden cronológico de la publicación de los respectivos libros, a la con- cepción “culturalista” de Gazzaniga (19), “bioeticista” de Glannon (21), y a la más “filosófica” de todas, la de Neil Levy (32). Se han ido gestando tras el impulso de aquella célebre Conferencia Intenacional presidida por el mencionado periodista norteamericano, reciente- mente fallecido, William Safire.