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Changes in assumptions

Chapter 5 Sensitivity analysis

5.1 Changes in assumptions

opuesto a lo que cabría esperar

según la concepción tradicional. Supongo que el artista ha que- rido reflejar en él la rudeza de una vida difícil de cazador en un clima frío y, desde luego, lo ha conseguido. Sin embargo, lo sor- prendente es que el alma que transmite ese rostro prehistórico es profundamente humana. Su expresión coincide con la que le

supongo al cráneo de La Chapelle aux-Saints. Unos ojos que miran con resentimiento como si no se fiaran de quienes nos hacemos llamar sapiens dos veces. ¿A qué se debe tal mirada? ¿Por qué se le ha representado así, distante y receloso? Yo creo que el hombre de la alemana Neander tenía sobrados motivos para descon- fiar. A pesar de que Finlayson es evolucionista convencido y concibe la increíble diversidad del mundo apelando exclusivamente a la ca- sualidad de las mutaciones y al dios azar, no

*Dr. en Biología, Dr. en Teología, Profesor y Escritor. Entre sus principales obras: “La ciencia, ¿encuentra a Dios?”; “Sociología: una desmitificación”; “Bioética cristiana: una propuesta para el tercer milenio”; “Parábolas de Jesús en el mundo postmoderno”; “El cristiano en la aldea global”; “Darwin no mató a Dios”, “Postmodernidad”

Antonio Cruz Suárez*

La muerte del

neandertal

Parte de la portada del libro “El sueño del

neandertal

PROTESTANTE DIGITAL

1 Finlayson, C., 2010, El sueño del neandertal, Crítica, Barcelona.

tiene más remedio que reconocer lo siguiente: “Los neandertales se convirtieron en gentes fuertes, bien construidas. Su cerebro era grande, incluso mayor que el nuestro, y vivían en toda Europa y el norte de Asia, hasta Siberia oriental, y quizá incluso en Mongolia y China. Probablemente podían hablar y eran muy adaptables; en algunos lugares cazaban al ace- cho ciervos y animales aún mayores, mientras que en otros recogían lo que encontraban en la playa o recolectaban piñas. Raramente se ha- brían enfrentado a animales mayores: es pro- bable que la imagen de neandertales atacando a un mamut lanudo sea falsa”.2 Y tres páginas después admite: “Si estos resultados, que afir- man que un porcentaje de genes de neander- tales persisten en nosotros, son reales debemos aceptar que los neandertales eran una subespe- cie de Homo sapiens y no una especie distinta, puesto que el concepto de especie biológica dicta que poblaciones que intercambian genes con éxito son la misma especie”.3 O sea, que los neandertales constituían una raza de perso- nas como nosotros y no eran, ni mucho menos, los hombres-mono que durante más de un siglo se nos ha intentado hacer creer. Estamos ante otro icono de la evolución, inculcado hasta la saciedad en las clases de ciencias naturales, que se nos desmorona como un castillo de naipes. Alguien dirá que así es como avanza la ciencia. Es posible, pero eso no elimina la sensación de tantos profesores de haber estado engañando durante décadas a sus alumnos. En realidad, cuando empecé a dar clases de ciencias natu- rales a mediados de los ochenta, la ciencia ca- recía de respuestas definitivas para las eternas preguntas acerca del ser humano. ¿Qué es el hombre? ¿En qué consiste ser persona hu- mana? ¿De dónde venimos, de una creación di- recta o de un proceso evolutivo a partir de alguna especie extinta? Y si éste hubiera sido el caso, ¿a qué género y especie pertenecía nues- tro supuesto antecesor prehumano? ¿Cómo evolucionó dicho género hasta llegar a nos- otros? ¿De qué modo surgió nuestra especie? ¿Dónde apareció y a partir de quién lo hizo? ¿Cuál es el origen de la conciencia? ¿Surgió con nuestra actual anatomía moderna o antes? ¿Somos algo más que un mono con suerte? ¿Estamos hechos sólo de materia o hay algo en nosotros que nos identifica como hijos de Dios? ¿Poseemos un alma racional y espiritual? ¿Será cierto que la muerte nos aniquila por completo o poseemos trascendencia? ¿Tiene sentido la

vida humana? ¿Cuál es el propósito de nuestra existencia? A finales de los 70 y principios de los 80 del pasado siglo, se les decía a los estu- diantes que el árbol de la evolución era muy simple. Descendíamos de una tal Lucy (Austra- lopithecus afarensis para los expertos) que ha- bría vivido hace 3,2 millones de años en lo que hoy es el país de los Afar (Etiopía). Esta especie simiesca habría dado lugar por un lado al resto de los australopitecos (incluidos los denomina- dos Paranthropus), que acabarían extinguién- dose, y por otro al género Homo. El primero de los cuales, Homo habilis, se convertiría pau- latinamente en Homo erectus, mientras que éste habría originado de una parte al hombre de neandertal (Homo neanderthalensis) y de la otra a nosotros mismos, los Homo sapiens mo- dernos. De manera que los orígenes humanos resultaban fáciles de memorizar y esto permitía a los muchachos obtener buena nota en los exá- menes finales. Hoy las cosas han cambiado mucho. Aquel sencillo árbol de la evolución hu- mana que poseía unas pocas ramas, se ha con- vertido en una especie de trenza compleja repleta de dudosas interconexiones que lo en- marañan todo. Al aumentar los descubrimien- tos de nuevos fósiles, han surgido también numerosas incógnitas que se ciernen sobre las supuestas relaciones filogenéticas entre las es- pecies. Primero, hubo que abandonar la pers- pectiva lineal de la evolución humana y sustituirla por la del árbol ramificado. Ahora, habrá que cambiar esta otra por un entramado de linajes genéticos que se ramifican y vuelven a fundirse con el paso del tiempo.4 Esto signi- fica que tendremos que dejar atrás la equivo- cada creencia en nuestra superioridad sobre los demás humanos arcaicos. Si llevamos parte de sus genomas en el nuestro, como parecen suge- rir los últimos análisis, ¿qué sentido puede tener cualquier tipo de discriminación paleontoló- gica? Ciertos descubrimientos realizados en el 2013 permiten interpretar los hechos de otra manera bien distinta. Se ha señalado que posi- blemente se produjeron cruces biológicos entre la mayoría de las “especies” pertenecientes al género Homo.5 Pero si esto fue así, lo que se estaría diciendo en realidad es que Homo erec- tus, Homo habilis, Homo rudolfensis, el hom- bre de neandertal, los denisovanos y quizás incluso hasta el pequeño Homo floresiensis, pertenecían a la misma especie humana puesto

2 Ibid., p. 8. 3 Ibid., p. 11. 4.http://www.bbc.com/news/science-environment- 25559172 5.http://www.sciencemag.org/content/342/6156/326.a bstract; http://www.bbc.com/news/science-environ- ment-24564375

que podían cruzarse y tener descendencia fér- til. Se trataba de razas, no de especies distintas. Ahora bien, si todos estos grupos formaron parte de una sola especie morfológicamente tan diversa y con una amplia dispersión geo- gráfica, ¿por qué no ha podido ocurrir lo mismo entre las especies de los demás géneros, encontradas en períodos anteriores, como los australopitecos? ¿Quién puede garantizar que no pasara de igual manera con Orrorin tuge- nensis, Ardipithecus ramidus, Ardipithecus ka- dabba o Sahelanthropus tchadensis, géneros fósiles discutibles claramente equiparables a los simios inferiores? ¿No se habrá estado durante años construyendo una imagen de la evolución del hombre equivocada, precisamente por estar basada sólo en el aspecto de cráneos y huesos fósiles? Hoy se sabe que el cráneo hu- mano es muy plástico y puede cambiar fácil- mente su morfología debido a diversos factores ambientales. ¿Qué otras cosas descubrirá la ge- nética cuando se secuencien los diversos geno- mas de tantos esqueletos petrificados? La llamada ciencia de la evolución humana tiene aproximadamente un siglo y medio de antigüe- dad. Su nacimiento coincide con el descubri- miento de los primeros fósiles del hombre de neandertal en la cueva Feldhofer, próxima a Dusseldorf (Alemania). A pesar de todos los hallazgos realizados desde aquella fecha, lo cierto es que los grandes interrogantes que nos planteábamos al principio siguen todavía sin respuesta. Continuamos sin saber cuál fue el primer homínido del supuesto linaje que con- duciría hasta nosotros. La ciencia desconoce todavía hoy cómo se originó el ser humano. No se sabe cuándo, dónde o a partir de qué especie surgió el género Homo. Por increíble que pueda parecer, después de ciento cincuenta años de investigación paleontológica, descono- cemos aún quiénes fueron los primeros seres humanos. Los diferentes especialistas siguen discutiendo acaloradamente sobre tal asunto. Tampoco sabemos en qué lugar, cuándo y a partir de quién apareció el Homo sapiens sobre la Tierra. Y, por supuesto, hasta hoy, ningún es- tudio científico serio ha sido capaz de decirnos si solamente somos seres materiales destinados a la nada o contamos también con dimensiones espirituales que perduran después de la muerte. Todas estas preguntas continúan esperando una respuesta definitiva por parte de la razón humana. No digamos ya el asunto del destino de la humanidad en general. Después de todo este tiempo desenterrando fósiles seguimos sin respuestas científicas convincentes. Tal situa-

ción de ignorancia, nos lleva a concluir que po- siblemente algunas de tales cuestiones serán re- sueltas en el futuro. Otras, incluso teniendo naturaleza científica, quizás no lleguemos a co- nocerlas jamás. Y, por último, las preguntas trascendentes tan fundamentales para nuestra existencia, no pueden ser resueltas por la cien- cia debido a su propia naturaleza. De ahí la pertinencia y necesidad que seguimos teniendo de la metafísica y la teología para que den razón de las inquietudes principales de la con- ciencia humana. Los creyentes que aceptan la evolución darwinista, creerán que los diferentes restos fosilizados de simios y hombres corrobo- ran el transformismo entre ambos y que el Cre- ador empleó dicho método para formar al ser humano. Por otra parte, quienes creemos en la creación sobrenatural del hombre por parte del Dios que se revela en la Biblia, diremos que tales hallazgos confirman la existencia de dife- rentes especies antiguas de simios y de diversas razas humanas prehistóricas, pero sin ninguna filiación evolutiva entre ellas. El hombre siem- pre habría sido hombre desde que Dios lo creó y no evolucionó de ningún primate inferior. Esto significa que los mismos hallazgos fósiles podrán ser interpretados según el prisma ideo- lógico de cada cual. En definitiva, parece tra- tarse más de un asunto de convicción íntima y fe personal que de la obtención de cráneos o ADN fosilizados. Es como si en paleoantropo- logía todo resultara interpretable según el color del cristal con que se mira. Sin embargo, una cosa debe quedarnos clara sobre todo a los cris- tianos. A pesar de su notable importancia, el tema de la creación no es decisivo para la sal- vación personal. Nadie que haya sido redimido por la sangre de Cristo será excluido del reino de Dios por ser evolucionista teísta, partidario del Diseño inteligente o creacionista de cual- quier modalidad. Aquello que nos une a todos es la fe común en la obra redentora de Jesu- cristo que nos granjeó vida eterna. Somos her- manos, a pesar de nuestra particular concepción de los orígenes. Como señalara en su día el gran filósofo y ensayista español, José Ortega y Gasset, cada cuál es él y sus propias circunstancias. Generalmente suelen ser éstas quienes determinan nuestra forma de ser y de pensar. Por tanto, debemos respetarnos aunque no pensemos de igual manera porque, además de esa fe que nos une, se da también la circuns- tancia de que todos llevamos en el núcleo de nuestras células parte de los genes del neander- tal. R

M

e resulta llamativo que el tema de la homosexualidad esté dando tanto de si últimamente en nuestra refle- xión eclesial, máxime cuando hace un par de años, todo el mundo se negó, al unísono, a tra- tarlo aunque fuera desde la búsqueda sincera de una pastoral necesaria para esta realidad, alegando que la propuesta se había presen- tado mal o que no era el momento adecuado para tal empresa. Hoy, sin embargo, bien desde facebook u otras plataformas, o desde esta revista en concreto, no dejan de resonar las voces que quieren opinar, y opinan, sobre esta cuestión; por regla general para seguir sosteniendo lo inapropiado, por decirlo de una manera educada, de las relaciones entre per- sonas del mismo sexo; o para “dejar claro” que no se está en contra de las personas homose- xuales, y que, obviamente, tienen sus dere- chos, “pero….”. ¡Ay el “pero”!, esa puritana del pensamiento.

He tomado como referencia, sin que en ello tenga que ver ninguna cuestión personal, por supuesto, el artículo que lleva por título “Cuer- das tensadas que pueden romperse”,y que, co- rríjame su autor si me equivoco, viene a ser una queja contra lo que él parece llamar la “ti- ranía de los grupos LGTB”, cuya ideología, “ma- nipula indebida y peligrosamente informaciones y conceptos, poniendo contra las cuerdas todo el legado cristiano de nuestra civilización” [sic].Creo, sinceramente, que esta

afirmación es una auténtica exageración que no tiene mucho sentido, excepto para algunas muy determinadas líneas de pensamiento. Ahora bien, si nos preocupa tanto la pérdida de ese legado cristiano de nuestra civilización occidental, empecemos por leer el preámbulo de la “sacrosanta Constitución Europea”, ahí si que se advierte ya ese empeño, aunque lo haga de forma bastante subliminal; o no tanto. Y estamos hablando de la Constitución Euro- pea. O miremos a todas estas políticas neoli- berales y asesinas, creadas, curiosamente, por esos poderosos países de fundamento innega- blemente cristiano y que están acabando, no solo con las raíces cristianas de la bella Europa, sino con sus esencias más constitutivas; así como con todos los derechos y libertades con- seguidos a base de luchas y mucho sufri- miento. Y lo que es más triste aun, apoyadas, en muchos casos, por las propias iglesias (No hemos cambiado mucho en este aspecto, ya que la Iglesia, al menos institucionalmente y por regla general, se ha posicionado más bien al lado de los poderosos y en contra de los de- rechos y libertades). No tiene mucho sentido afirmar que la homosexualidad va a poner en riesgo tal o cual logro histórico o natural. No hay que olvidar que la homosexualidad ha exis- tido desde siempre, y aunque es cierto que por regla general no ha estado bien vista, jamás ha sido tan perseguida y condenada como en la cultura cristiana. Pero también lo han sido

Juan Larios*

* Presbítero de la IERE

A VUELTAS