Según Pulpillo (2002), no cabe duda que la estructura familiar y la escuela son un marco referencial necesario para la agregación de un nuevo ser humano a la sociedad, pero, “este marco se encuentra a merced de las circunstancias impuestas por transformaciones diversas que han de asumir ambas instituciones si quieren responder a su tarea educativa y socializadora” (pág. 54).
Actualmente, los cambios de la sociedad son rápidos y profundos, estos presentan condiciones en las cuales los sujetos no están preparados para adaptarse a ellos en los varios niveles: biológico, psicológico y social. La complejidad, cada vez mayor, que lo determina, demanda una nueva visión
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educadora de la familia y la escuela, lo que exige su compromiso para trabajar en conjunto, manteniendo como meta construir un proyecto común.
Para el autor Pulpillo (2002), el objetivo principal de esta participación es establecer un espacio de reflexión sobre la necesidad de tomar conciencia de la importancia de la formación en educación familiar para ayudar en:
a. Que los docentes y los padres de familia mejoren su relación Familia- Escuela con el fin de mejorar la calidad de la enseñanza y sobre todo para prevenir el fracaso escolar.
b. Que los padres de familia tomen conciencia de su papel en la educación de sus hijos para responder a las nuevas necesidades educativas que presentan.
Pulpillo (2002), sugiere con el fin de que se pueda alcanzar dicho objetivo, se debe partir de un análisis previo de algunos de los contrastes y cambios fundamentales que se están originando, que repercuten en la familia y la escuela, los mismos que son necesarios tener en cuenta en las prácticas educativas. Se considera también necesaria una intervención entre familia y escuela para que la educación del futuro sea enmarcada en un enfoque interactivo, ecológico y comunitario para responder a las necesidades afectivas, cognitivas y sociales de todos los implicados que en este caso los principales son los estudiantes. Las relaciones entre las familias y la escuela deben situarse en un contexto histórico e institucional.
Cuando existe una colaboración real entre la familia y la escuela, se puede favorecer a la mejora de la educación del alumnado. Sin olvidar que cada una de estas dependencias tiene historia y dinámicas diferentes pero que en conjunto pueden alcanzar un objetivo común.
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Según Pulpillo (2002), el fin de la educación no es solo contribuir con la obtención de un título o aprobar unas materias, sino que es también el contribuir a la estabilidad emocional de los estudiantes. La estructura familiar ha sufrido mutaciones importantes y los papeles que se atribuyen a familia y escuela se han ido modificando.
“Antes de los años sesenta la escuela se diferenciaba por realizar la socialización secundaria y la familia la primaria, pero a partir de los años noventa la escuela pasa a realizar ambos papeles ya que, como en otros lugares, la familia ha cambiado profundamente en este período de tiempo” (Pulpillo, 2002, pág. 71).
La relación de los padres con el centro educativo resulta muy urgente en la educación inicial, por obvias razones. En las primeras etapas de la escolarización, los padres constantemente, manifiestan un cierto interés en relacionarse con la escuela en orden a los estudios, y, en alguna medida, a la formación de la personalidad de sus hijos. Tanto las familias como los centros educativos comparten el compromiso serio de colaborar en la formación integral de los niños y niñas.
Para el correcto desarrollo de los niños, es ineludible que exista una cooperación, complementación y continuidad de la familia y la institución escolar. No se trata de un derecho y un deber de las dos entidades, sino de una verdadera necesidad para el proceso de enseñanza-aprendizaje.
Es preciso reconocer que la familia por sí sola no puede cumplir con todas las funciones educativas y culturales que exige la sociedad; igualmente, no es posible que todo el peso de la educación recaiga sobre la escuela. Lo ideal es que exista una comunicación efectiva entre la familia y el centro educativo y las dos partes trabajen en comunión.
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Las relaciones familia-escuela no deben mantenerse bajo la exacta norma de la formalidad, la buena formación y educación del niño depende de una responsabilidad compartida y recíprocamente aceptada en donde el personal docente se convierte en el eje de la adecuada educación del niño en los primeros años de educación.
Coleto (2009), opina que si bien, el primer paso de la comunicación entre familia y escuela se da en el día de inscripción, esta debe mantenerse a diario para beneficio de los niños. La buena comunicación garantiza una acción educativa más eficaz y dentro de ese ámbito se han señalado como elementos importantes:
Intercambio de información: aporta confianza recíproca y permite profundizar en el conocimiento de los niños y niñas, así como de las personas que los rodean. Esta información se refiere a diversos aspectos en los que se hallan involucrados desde los más generales hasta los más específicos.
Participación, a través de reuniones periódicas, entrevistas personalizadas y contactos diarios.
Implicación de las familias, es necesario complementar la tarea conjunta de educar a los más pequeños, involucrando a las familias y comprometiéndolas a cumplir ciertas funciones dentro del ámbito educativo.
Según Coleto (2009), “la necesidad que exista cooperación entre las familias y el centro educativo responde tres razones fundamentales, las mismas que se explican a continuación” (pág. 22):
Cuando el docente trata con niños menores de cuatro años, se debe considerar que su actividad fuera del centro escolar tiene tanta importancia educativa como lo que sucede dentro del aula de clases. Por
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eso es indispensable que exista continuidad entre el trabajo que se realiza en el centro educativo y el trabajo que se realiza en el hogar del niño o la niña.
Es importante complementar la acción educativa, los docentes en el ámbito escolar encuentran las condiciones idóneas para favorecer los aprendizajes necesarios antes de la incorporación del niño o la niña a las etapas obligatorias del sistema escolar. Sin embargo, estos aprendizajes precisan una continuidad en el ámbito familiar.
La educación inicial tiene un carácter compensatorio. Los programas de compensación educativa han demostrado ser más eficaces y tener resultados duraderos cuanto mayor es la implicación de los padres.
Adicionalmente Coleto (2009), argumenta que por la relación encontrada, en algunas evaluaciones realizadas en la Educación Básica, entre la articulación familia y escuela, se ha comprobado un mejor resultado del aprendizaje en los niños. Por el reconocimiento de las madres y padres como primeros educadores de sus hijos e hijas, manifestándose el impacto positivo que puede tener una educación temprana de calidad en el desarrollo y aprendizaje de los niños y niñas. “Porque la familia aparece como un espacio privilegiado para lograr una ampliación de la cobertura de la educación de la primera infancia”(pág. 73).
Dado que la familia es el primer contexto formativo, necesita preocuparse sobre sus prioridades educativas y tomar conciencia del papel que juega en la educación de sus hijos. La complicación de la realidad actual de la familia trasciende en la vida del niño, soportando problemas escolares y familiares que surgen a diario, como son entre otros: desinterés, falta de motivación, dependencia, bajo rendimiento, fracaso escolar, violencia, por tal motivo no se
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puede afirmar que la responsabilidad recaiga sobre la familia, la escuela o a los alumnos, de manera independiente.
Según Johnson (2003), “el infante emprende su trayectoria educativa en la familia y la escuela la complementa” (pág. 93). Por ende, la familia y la escuela son dos contextos contiguos en la experiencia diaria de los niños, que exige un esfuerzo común para crear espacios de comunicación y participación de forma que le den unión a esta experiencia diaria. La razón de este esfuerzo se justifica en sus finalidades educativas dirigidas al crecimiento biológico, psicológico, social, ético y moral del niño, en una palabra, al desarrollo integral de su personalidad.
Johnson (2003) subraya que de lacomposición familia - escuela va a depender el desarrollo de la personalidad sana y equilibrada del infante, cuya conducta influirá en posteriores interacciones sociales o de convivencia en grupo, que crearán un nuevo estilo de vida. “Por lo cual resulta importante que ambas instituciones se planteen como objetivo prioritario al niño como verdadero protagonista de su quehacer educativo ¿Cómo llevarlo a la práctica?” (pág. 95). El autor Johnson, afirma que:
En primer lugar, es necesaria una nueva forma de encaminar la educación en la familia, que ha de tomar conciencia de la necesidad de su participación en ámbitos sociales más amplios. Esto exige una formación de padres a través de programas.
En segundo lugar, las propuestas deben ir enfocadas hacia intervenciones globales en las que se involucren las instituciones familiares, sociales, y escolares, desde una perspectiva interactiva, ecológica y comunitaria.
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El verdadero desafío que afrontan los niños y niñas es aprender a ser y aprender a vivir en comunidad, esto exige hacer posible espacios de comunicación e intercambios que fomenten la participación y conduzcan a compromisos que enriquezcan la vida personal y colectiva de los implicados.
2.2.7 Beneficios del trabajo en conjunto con la familia: orientación,