6.2 Demographic data
6.3.5 Research objective 5
6.3.5.1 Channelling resources to improve the delivery of core services (especially
Comenzábamos estas conferencias con una serie interminable de esperanzas y de propósitos. Os había prometido desde el primer día abarcar en las cinco conferencias que hoy terminan todos estos puntos: la persona de Jesucristo, su doctrina, acción, redención y gloria. Desde luego comprendí que el asunto era muy amplio, pero al primer propósito añadí un segundo, que era éste: limitarme a señalar los rasgos más salientes, los puntos culminantes de estas cuestiones, para que tuviéramos una impresión de conjunto.
En ese propósito se fundaba mi esperanza; había soñado yo con que reprodujéramos aquí la escena que tuvo lugar en el camino de Damasco. Se apareció Jesucristo a San Pablo y le trocó; hizo de un pecador un santo; de un fariseo, un cristiano; de un perseguidor, un apóstol, y esperaba yo que, cuando vosotros vierais, aunque fuese presentada por mí, la figura adorable de nuestro divino Redentor, ibais a caer rendidos ante ella, diciendo como San Pablo: Señor, ¿qué quieres que yo haga?
Mi falta de previsión y mi poco cálculo han dado lugar a que mutilemos el tema.
Entreteniéndonos, quizá más de lo necesario, en algunas cuestiones que, sin duda, no han sido agotadas en estos días, nos encontramos al final de las conferencias sin haber tocado el tercer tema y hasta dejando mutilado el segundo, porque hasta ahora de la doctrina de Cristo hemos dicho muy poco; no hemos hecho otra cosa que ahuyentar a unos cuantos adversarios; a los que le atribuían errores, a los que quieren ver un cristianismo adogmático, a los que rechazan, al menos prácticamente, su moral. De modo que toda aquella amplitud de pensamiento, todo aquel asunto vastísimo, se va a quedar reducido a unas cuantas consideraciones, y éstas mezquinas.
Es natural que, al resumir yo hoy la obra que comenzamos con tantos alientos, sienta pena, porque, al fin y al cabo, no hemos hecho más que describir dos detalles de esa figura adorable de nuestro divino Redentor, y, tal vez, al mirarla empequeñecida así por mi rudeza, en algunas almas no haya surgido la fuente de amor que buscábamos.
Antes de pasar adelante, os diré que espero y que, a pesar de haber dejado mutilada la materia, todavía confío en que la figura del Señor despierte en vuestras almas ese amor que buscábamos. ¿Sabéis por qué? Porque, cuando en estos días nos hemos internado en el estudio de esos detalles mencionados, cuando hemos querido señalar las líneas generales de la figura moral de Cristo hombre, un solo argumento —y el más fácil— de su divinidad y el aspecto externo de unos cuantos errores relativos a su doctrina, nos hemos intrincado en tal cúmulo de cuestiones y en horizontes tan vastos, el corazón se ha saciado tanto de verdad y de amor, que aun este Cristo mutilado por mí y esas líneas borrosas que se han trazado en el jeroglífico de mis conferencias tienen que ser un asombro para todos y tienen que hacer sentir el amor más fervoroso.
Buscando la manera de completar lo que llevamos dicho, he pensado que hoy tratásemos un tema excesivamente general. En vez de discutir doctrinas, en vez de examinar errores, tal vez sería mejor que probásemos esta afirmación general: el mundo necesita de Jesucristo.
Pero necesariamente, al desarrollar el asunto, he de ser breve; primero, porque estoy arrepentido de haberos cansado tanto, y segundo, porque ya veis que mi voz no va a hacer más que mortificaros esta tarde, y hasta temo que, antes de llegar al fin que me he propuesto, pueda faltar por completo. Esto me va a obligar, como digo, a ser breve; pero esa misma brevedad nos acicatea para entrar de lleno en el asunto.
Vosotros sabéis mejor que yo que en el mundo moderno hay una actividad histórica grande. No es solamente la historia cristiana la que se estudia; se estudian a la par las historias de todos los pueblos. Podemos decir que casi han resucitado los antiguos imperios asiáticos; que ya está casi olvidada, de puro conocida, la historia más remota de Grecia y de Roma. Hasta ciertos pueblos que no habían despertado la atención de Europa anteriormente, como, por ejemplo, el pueblo chino, el pueblo japonés, el pueblo indio, hasta esos pueblos, de los cuales teníamos noticias muy confusas, tienen ahora especialistas que escudriñan los secretos de su pasado. En esta Europa madre de toda la cultura hay quien consagra su vida a sondear los orígenes de todos los pueblos de Asia y quien la consume en descifrar inscripciones cuneiformes y jeroglíficos egipcios. Al resucitar todo ese pasado asombroso, se ha conseguido, en parte, rectificar la historia, se han destruido leyendas, y sobre sus ruinas se han levantado sistemas completos de cronología, que es lo más difícil en medio de tanta fábula. Hasta tal punto es esto cierto, que cuando, al estudiar el Antiguo Testamento, nos encontramos con dificultades cro-
nológicas porque algunos de los textos han sido corrompidos y no sabemos el número que primitivamente contenían, hacemos la rectificación valiéndonos de la cronología asiria. En ese renacimiento hay un fenómeno que a nosotros nos interesa ahora. En los que estudian la historia de semejantes pueblos no es raro encontrar ciertas ideas que se rozan con Jesucristo; algunas que remotamente le tocan, pero otras que le tocan de cerca.
Con el afán, con esa especie de frenesí por quitar de todas partes la figura adorable de Jesucristo, se anda buscando entre las inscripciones asirías, entre los libros de la India, de la China o del Japón, en la misma región egipcia, en todas las religiones del mundo griego y del Imperio romano, un Cristo nuevo, y si, por ejemplo, en el budismo hay una frase en que parece repetirse, o, si queréis, en que parece anticiparse, alguna palabra del Evangelio, inmediatamente se concluye que el Evangelio no es más que un reflejo de la religión de Buda. Si se encuentra algo que sepa al número tres, tres dioses agrupados de algún modo en el panteón asirio, inmediatamente se nos habla de que la Trinidad cristiana ha sido defendida o al menos sentida por los asirios, y se nos quiere hacer creer que ésta es una copia de esa Trinidad asirio-babilónica. Si en medio del sincretismo greco-romano de los tiempos de Jesucristo se hallan sacrificios, ceremonias o dioses que de algún modo nos hablan de redención, y dicen que el hombre necesita redimirse, se asegura que el dogma cristiano, que este dogma de la redención no es más que una copia de las religiones que llaman redentoras; de esos rastros de redención humana que hay en los cultos difundidos largamente por el antiguo imperio de Roma.
¡Por estos caminos se nos quiere arrebatar a Cristo! Por-que si fuera cierto, si pudiera probarse que en efecto la religión cristiana no es más que una serie de retazos tomados de otras religiones que se han ido cosiendo de cualquier manera con sus distintos colores y formas, si esto pudiera probarse, ¡ah!, entonces el origen divino de nuestra religión vacilaría, veríamos en ella la obra de los siglos, y hasta pudiera asentarse sobre sus ruinas el sacrílego sistema de la evolución.
Cuando se nos habla de esta suerte, es fácil que nos engañemos, porque, mirando las cosas superficialmente —apenas hay una semejanza remota, v.gr., entre Buda y Jesucristo—, los incautos, los espíritus poco analíticos, pueden concluir de allí la identidad. Este engaño es fácil, y precisamente los autores más en boga que han escrito historias de las religiones con el propósito de combatir a la religión cristiana, igualándola a las demás, no han hecho otra cosa que esto: buscar semejanzas y puntos
que parecieran de contacto y ponerlos hábilmente de relieve, sorprendiendo de esta manera las imaginaciones y las inteligencias.
No penséis que voy a refutar todo ese cúmulo de errores. Aunque sería fácil. Si hablásemos, por ejemplo, de esas pretendidas trinidades asirio-babilónicas, fácilmente llegaríamos a esta conclusión: esos dioses que se agrupan son una tendencia a la unidad; no era posible mantener en estado de continuas luchas a los espíritus y a las ciudades: la religión los dividía; era preciso buscar una aproximación, y este esfuerzo de aproximación de los espíritus, particularmente de aproximación de las ciudades que luchaban entre sí por las ideas religiosas, por ideales diversos, de este esfuerzo, repito, de aproximación nació el que se conglomerasen los dioses. Exteriormente hay una trinidad, pero no hay en ninguna parte, ni siquiera en Platón, a quien alguien quiere presentar como precursor del cristianismo, una naturaleza divina, un Dios único, y en este Dios tres personas. Podrán encontrarse tres atributos divinos mencionados por los filósofos, podrán encontrarse tres dioses agrupados más o menos artificialmente, pero lo esencial de la Trinidad cristiana, la unidad de la esencia divina y la trinidad de las personas, ésa no sólo no se encuentra en las religiones, sino que a aquellos hombres, a aquellos pueblos, les parecería absurdo que se les atribuyese, porque no tenían la revelación para conocer tan alto misterio.
Sería fácil probar que las máximas que más se asemejan en la religión búdica a la cristiana son de uno de estos géneros: o son máximas de sentido común, patrimonio de toda la humanidad que el Evangelio incluyó, pero que estaban escritas por el dedo de Dios en el corazón de todos los hombres, o son doctrinas que no tienen más que palabras comunes con la doctrina cristiana. Por ejemplo, si un día Buda observa que sus discípulos no quieren atender a un enfermo, no es extraño les diga que el que no atiende a aquel enfermo le desaíra a él, porque esta manera de hablar está en el fondo común del lenguaje y del pensamiento humano, y cuando Jesucristo nos dice que el que no ama a su hermano no le ama a El, lo que ha hecho ha sido recoger esa frase, poner en ella un espíritu nuevo, rectificando lo que tiene de naturalista o de incompleta, sin romper por eso el punto de contacto que tiene con el lenguaje de todos los hombres.
Lo mismo que se dice que la religión cristiana depende de Buda por una frase como ésa, se podía decir que depende de cada uno de nosotros, porque esa frase, sin que nos la enseñara Buda, todos la hemos aprendido a pronunciar muy pronto. Cristo le infundió un espíritu nuevo. ¿Por qué? Porque a esos lazos de origen natural, que son ya una base del amor mutuo
entre los hombres, añadió los sobrenaturales: somos todos hijos de un mismo Padre celestial; somos por la gracia hermanos; Cristo es hermano nuestro. Y este espíritu nuevo, entrando en la frase, le da un alcance divino.
Sería fácil recoger las frases redentoras que hay, por ejemplo, en el budismo o en el sincretismo greco-romano, y ver que nada tienen de común con la redención cristiana. Imaginad que encontráis en los labios de un budista la palabra redimir y la oís de nuevo pronunciar por un cristiano; sería un absurdo concluir: luego el cristiano y el budista piensan lo mismo. Esto es falso de toda falsedad. Razón terminante: ¿qué es redimir para el budista? Redimir no significa más que esto: o caer en la nada, en la pérdida de la conciencia, en ese aniquilamiento que llamamos el nirvana, o seguir transmigrando de alguna suerte para redimirse del dolor. El dolor es la tortura de nuestro corazón, el dolor es inevitable; hay que buscar un camino para salir de los dolores, y el camino para salir de los dolores no es aceptar el dolor como un escabel para nuestra gloria, no es aceptar el dolor como una llave del cielo; el camino para redimirse es de tal manera aniquilarse, que el dolor no encuentre sujeto a quien atormentar,
Solamente esta idea nos da a entender ya cuánto dista la religión de los budistas, en lo que tiene de redentora, de la religión cristiana. ¡Ah!, esas ideas no sacian nuestro corazón; es un pesimismo demasiado amargo, es una desesperación demasiado honda; queremos algo más; redimirnos no es aniquilarnos; ver el dolor y no poder vencerle, eso no es redimirse; es caer derrotado.
En cambio, cuando asegura Cristo que nos redime, nos dice así: «En la vida hay dolores amargos; pero esos dolores para ti no son más que un merecimiento y una gloria; al lado de esos dolores está mi amor; el que me ama sufre gozoso; sufre tú, y no tengas miedo ni desesperes, porque hay para ti no el desaliento ni el nirvana; hay una esperanza eterna, infinita; hay una dicha completa; soy yo para ti, y tu corazón de mí se saciará; mi amor es el amor de un redentor, y para que aprendas que mis palabras son veraces, el primero que va a sufrir voy a ser yo; me voy a presentar en el mundo como un leproso para despertar el amor en todas las almas, y, sufriendo y venciendo al dolor en mi cruz, voy a enseñar al mundo a que se redima; no a que se redima como un cobarde desesperado, sino como las almas heroicas: levantando los ojos al cielo en el momento de la tribulación y aspirando a lo alto, donde están sus eternas esperanzas».
Ciertas razones generales, por ejemplo, que todavía no conocemos bastante bien la historia de algunos de esos pueblos; segundo, que los argumentos que se alegan para probar que es semejante la religión de Cristo a la religión de otro pueblo cualquiera que no sea el pueblo cristiano no son más que apariencia externa, y que solamente por una crítica literaria vana y superficial se podrán torcer de su camino para combatir a la Iglesia; estas y otras razones generales bastarían para refutar el error; pero, ya que me he extendido en una digresión inútil, os diré que mi ánimo no es ése. Yo quería que viéramos nosotros una verdad en la cual quizá alguno no ha reparado. Se habla del ansia de Cristo que tenía el mundo antiguo; se citan unos cuantos textos, un par de ellos de historiadores romanos, en que se dice que había prevalecido la fama de que de Judea vendría la salud y que un hombre salido de allí daría el reino universal a su pueblo; otro de la Sibila, que había anunciado que ya se acercaba la edad de oro, que se identifica con la edad de la redención. Con esos cuantos textos se quiere probar que una esperanza mesiánica existía generalmente en el mundo antiguo; pero hay algo más hondo; el mundo antiguo con sus aberraciones, con sus fábulas, sin haber escuchado jamás la voz de los profetas, que sólo resonaba en Palestina; sin haber sentido el látigo de Isaías sobre sus espaldas, ni las lamentaciones de Jeremías en sus oídos; sin haber entonado los cantos de David, sentía en su corazón algo que le inquietaba, algo indefinido y vago, porque era cosa que él no podía precisar sin una revelación de lo alto. Sentía que le faltaba un Cristo, que le faltaba un redentor, y, cuando no le encontraba mirando a los puntos todos del horizonte, convertía en redentor a un pobre Buda, a un Marduk, a un dios cualquiera del panteón greco-romano o del sirio-fenicio, y a ese dios le levantaba un altar. Era un redentor que fingían en su imaginación, que forjaban a su gusto. Pero hasta esos mismos ídolos, cuyo nombre nos ha conservado la historia, no eran más que gritos que traducían mal lo que el alma reclamaba; eran como pedir, a su modo, que Dios enviara al que de- bía redimir al mundo entero con su sangre. Y de estos gritos la historia está llena; gritos inarticulados, como de un balbuciente, pero gritos al fin que piden redención. El mundo antiguo tenía hambre de Cristo.
Nos lamentábamos hace algún tiempo de que no se conocía la historia interna de los pueblos. Cuando Jansen publicó el libro titulado
Alemania y la Reforma, o historia del pueblo alemán, y vimos en las
páginas de este libro que aquél recorría pacientemente las sillas de coro de las antiguas catedrales para estudiar hasta la última caricatura que había en ellas, hasta la última figurilla; que catalogaba las joyas femeninas
anteriores a la aparición de la Reforma y minuciosamente las analizaba, que iba haciendo estadística más bien que historia, según entonces podía creerse, se regocijaba el alma, porque se comenzaba a hacer historia. Se iba a reflejar en ella toda la vida de un pueblo.
En nuestra misma España, nosotros aprendimos desde la escuela todo el catálogo de nuestros reyes, oímos nombrar alguna que otra obra insigne de legislación o de arte, el autor nombraba una catedral, la que era más de su gusto; decía alguna frase laudatoria del Fuero juzgo, y más adelante de las Partidas, y con esto teníamos hecha la historia del pueblo español. Sucedía que, cuando, por ejemplo, un extranjero se empeñaba en probar que la ciencia española era importada de su patria, la vida interna de las universidades españolas y de la ciencia española no era bastante conocida para hacer una refutación. Se sintieron ansias de escribir la historia así, sorprendiendo lo íntimo, lo secreto de los pueblos, la vida interna de los mismos, el movimiento de las almas; algo más vale ese movimiento que el movimiento de los ejércitos, aunque estos ejércitos sean los de Covadonga.
Ha habido ya autores que han querido descubrir el secreto de esa historia interna, coger el hilo interno de la historia no desde una altura apriorística, sino siguiendo paso a paso los hechos, para ver cómo se van colocando a uno y otro lado del camino de los designios providenciales. Al hacer esto hay una verdad que por encima de todas flota y brilla, una verdad indiscutible, de esas que se imponen sin remedio a todas las in- teligencias, que no puede ser negada sin que la historia se destroce y se borre: que casi por espacio de veinte siglos, todo lo que ha habido de bueno, todo lo que ha habido de santo, todo lo que ha habido de heroico, todo lo que ha habido de bello, todo lo que ha habido de ideal en la historia de las naciones más civilizadas del mundo, no es más que una flor que ha brotado indefectiblemente del mismo tronco, de Jesucristo.
Si no queremos nosotros negar de una vez todas las grandezas humanas, si no queremos decir que somos polvo miserable y que la luz divina no brilla en nuestras frentes, ni el amor divino caldea nuestros corazones; si no queremos decir que hemos perdido la noción de lo moral, de lo bello y de lo verdadero, tenemos que confesar que hay bellezas esparcidas a montones en esos veinte siglos cristianos; y, si miráis aunque