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6.2 Demographic data

6.3.2 Research objective 2

España, si se mira desde el punto de vista de la fe, es al mismo tiempo un país próspero y decadente. Tenemos la fortuna de estar en posesión tranquila de la doctrina católica, porque, aunque esa doctrina sufra algunos ataques, todavía los ataques doctrinales que sufre en otras naciones son desconocidos aquí. Por esto es un país próspero, quizá uno de los más católicos del orbe, tal vez el que más; pero al mismo tiempo es un país decadente.

Hay en nosotros una señal inequívoca de decadencia, y es ésta: cuando en otros siglos se suscitaban en el extranjero cuestiones teológicas, los primeros que salían a la palestra eran los grandes teólogos españoles; con sólo recordar un nombre está comprobada esta afirmación.

¿Os acordáis de aquel rey de Inglaterra que rompió con la autoridad de Roma? En aquella gran controversia que llenó la Europa entera, ¿cuál es el teólogo que más brilla, cuál es el nombre que suena de uno a otro confín del orbe cristiano? Indudablemente, el nombre de Suárez, del gran teólogo español, que salió al palenque, adonde retaba a todos los teólogos el rey teólogo de Inglaterra.

Pues bien, estamos en unos tiempos en que, si podemos decir que imitamos a los siglos pasados, en cierto sentido, por la posesión tranquila de nuestra fe, no solemos salir, como antes, a la palestra en todos los combates teológicos; esta tradición nuestra se ha interrumpido, y la prueba de que se ha interrumpido la tradición a que aludo la tenéis en lo que va a servir de exordio a esta cuarta conferencia.

Al tratar de la doctrina de Cristo, con más o menos erudición, con más o menos abundancia de crítica, fuera de España se ha mutilado esa doctrina por diversos caminos. Todos habéis oído muchas veces palabras como éstas: Un hombre intelectual, un hombre sensitivo, un hombre imaginativo, un hombre práctico. Pues bien, según el sentido que tiene cada una de estas palabras, se ha querido deformar la personalidad de Jesucristo deformando su doctrina; se ha pretendido hacer de El una especie de visionario, algo fantástico, que ordena su vida hacia una orientación completamente falsa e ilusoria. Se ha osado decir que el

intelectualismo de Jesús es muy restringido, que el sentimiento abunda, sale a borbotones de su corazón, lo invade todo, es el carácter dominante del Evangelio. Se ha intentado probar que es el hombre más práctico, y que, si tiene supremacía sobre todos los demás en la historia, es porque ha enseñado una moral que, superándolas a todas, se ha impuesto a los siglos, pero no porque sobre esa moral, ese sentimiento o esa imaginación haya flotado un espíritu superior, una inteligencia soberana. Cada una de estas mutilaciones de Cristo (al fin y al cabo, una mutilación de la personalidad significan esas palabras intelectual, sensitivo o práctico; porque tales palabras indican que hay un desequilibrio en la personalidad, en la cual predomina uno de esos aspectos), esas mutilaciones, para el español, son casi ininteligibles. Nosotros estamos acostumbrados a recibir de la cátedra sagrada la doctrina pura, y apenas si por alguna teoría, que penetra o por algún libro o por algún periódico, llega a España la noticia de que hay en el mundo hombres que emplean su vida en mutilar la personalidad augusta de Jesús. De todos modos, no han salido de nosotros, como salían en otro tiempo, las refutaciones clásicas y decisivas de tamaños errores. Por eso, al refutarlos, y esto es necesario, precisa detenerse un poco en aclarar su sen- tido y medir su alcance.

Al trazar hoy los rasgos fundamentales de las enseñanzas de Jesucristo, se ofrece en primera línea, no por su profundidad, pero sí por la doctrina más en boga, el sistema de una escuela que ha invadido diversas naciones, que domina en muchos libros, que podemos decir repercute en todas partes, y que gira en torno de una palabra que para algunos es algo cabalística; la palabra escatología.

Se ha intentado defender que toda la doctrina de Jesucristo era puramente escatológica, que ese carácter escatológico era falso, y, por consiguiente, todo lo demás del Evangelio era falso también. Se había apoyado el Señor en un fundamento ruinoso, y toda su doctrina se ha arruinado. Si algo subsiste de la doctrina de Jesús, se debe a causas muy diversas, pero no a que la doctrina sea la verdad. Si llegamos nosotros a entender lo que significa esa palabra casi cabalística escatología, hemos entendido, por lo menos, el principio fundamental de esta escuela. No es difícil interpretar tal palabra, y, por consiguiente, confío en que brevemente vamos a darnos cuenta de lo que esa escuela quiere decir o probar.

En la historia del mundo se registran cataclismos asombrosos. Imperios colosales se han derrumbado sin dejar rastro de sí. La fe nos dice que nuestro globo ha de sufrir uno definitivo cuando llegue lo que en

lenguaje cristiano se llama el fin del mundo. Nada de lo creado es eterno, y el tiempo, con su rápido curso, nos empuja hacia el último desenlace. Este desenlace ha sido descrito por modo inimitable en el Apocalipsis de San Juan, y de él nos hablan otros libros de la Escritura santa, en especial los evangelios. Estos últimos desenlaces de los pueblos o del mundo dan materia para estudios amplios y profundos, de los cuales se sacan no escasas consecuencias para el presente. Son éstas la orientación necesaria de la vida. Y a tales estudios se les ha llamado con una palabra griega, como casi todas las que sirven de rótulo a los conocimientos humanos,

escatología. En la predicación de Jesucristo abundan las enseñanzas

escatológicas. Además de las relativas al fin del mundo, se encuentran en dicha predicación otras que cuentan de antemano el final de la sociedad judía como después lo comprobó la historia. Y el error de la escuela que venimos mencionando consiste en suponer que lo principal, lo dominante en el pensamiento de nuestro divino Redentor, son las ideas escatológicas, y que esas ideas escatológicas fueron falsas de un modo comprobado.

Sostiene esa escuela que Jesucristo había creído que el día del juicio se aproximaba, estaba muy cerca, lo iba a presenciar la generación que escuchaba sus magníficas enseñanzas, sus parábolas, la institución de la Iglesia. Pensando en ese fin próximo de la vida terrena, ordenó sus evangelios, y dice en ellos que se recomiende la pobreza, la renuncia de los bienes sensibles. ¿Para qué todas estas cosas, si el fin estaba próximo? Si aconsejó la castidad, fue por lo mismo, porque el fin se acercaba, y si pensó que El iba a venir pronto como juez a juzgar al mundo, era por eso, porque el rey mesiánico tenía que asistir a la inauguración de ese nuevo reino escatológico que dentro de breve tiempo, de unos días, de unas semanas o de unos años, se iba a establecer definitivamente para todos los hombres.

Han tratado de orientar todo el Evangelio en ese sentido, y al orientarlo así han deducido toda una serie de consecuencias a cuál más absurda.

La primera consecuencia podría ser ésta: ¿Qué importancia puede tener una doctrina que toda ella está regulada, que toda ella está gobernada por un principio falso, por una visión falaz, por una esperanza quimérica? Desde el momento en que se coloque en las entrañas del Evangelio ese error, todo el Evangelio resultará un conjunto de errores. Si se admite el sistema escatológico, la divinidad de Cristo se arruina, porque entonces, lejos de ser el Dios eterno que abarca todos los confines de la existencia con su mirada, que escudriña los corazones, que domina el pasado, el

presente y el porvenir, será un hombre iluso, fantástico, imaginativo, que por esa imaginación, por esa fantasía, por esa ilusión, se ha dejado gobernar en absoluto. Y entonces no hay más que un problema que resol- ver, el de compaginar el carácter moral eminentísimo, el equilibrio perfecto de la personalidad de Jesús, con esta especie de ensueño profético que llena por completo su vida. El mismo Evangelio se trastorna, porque así como, colocando, v.gr., el centro de la doctrina evangélica en la divinidad de Cristo, todo el Evangelio se ilumina, en cuanto trastornamos ese centro de equilibrio y gravedad, el Evangelio entero cambia de aspecto; no es ya la doctrina de verdad que hemos aprendido y amamos nosotros, sino una serie de deducciones de un principio falso, una doctrina basada en visiones engañosas que anidaron en el entendimiento de Jesús.

Ya veis si tiene trascendencia una doctrina semejante. Si esa doctrina fuera cierta, entonces Jesús no solamente no sería Dios, sino que sería un pobre iluso. Aun aquellas alabanzas que le han tributado todos, desde los amigos más entusiastas hasta los enemigos más encarnizados, no serían más que el fruto de una ilusión; deberían sus autores retractarlas, diciendo que antes no habían conocido a Cristo, y por eso le alababan.

¿Será éste el carácter dominante de la doctrina de Jesús? Si vosotros leéis el Evangelio aunque sea ligeramente, descubriréis al punto la falsedad de estas afirmaciones. Por ejemplo en el Evangelio se dice que los apóstoles debían distribuirse por el orbe y anunciar la verdad al mundo entero; se dice que la palabra evangélica será como una semilla que se esparce en los campos y que se irá desarrollando lentamente lo mismo que se desarrolla la semilla material. El reino de Dios es como el grano de mostaza, insignificante al principio, y que, andando el tiempo, llega a ser un arbusto, casi un árbol, donde vienen a reposar las aves del cielo. El reino de Dios es como la levadura, que también pausadamente va transformando toda la masa.

Se dice más: que no vendrá el último día hasta que todas las naciones de la tierra hayan sido suficientemente evangelizadas. Solamente cuando el Evangelio se haya anunciado a toda criatura vendrá la consumación de los siglos.

Se dan reglas para la vida ordinaria, y, aunque se recomienda la pobreza, la castidad, el desprendimiento y el heroísmo, todavía se enseñan los mandamientos, que son los que tienen que regular la vida común de los cristianos, y, por último, se establece una Iglesia con toda su jerarquía para que sea en adelante el refugio de las almas.

Decidme: quien predica así, quien está preparando así el porvenir, quien está asegurando que su reino se ha de propagar tan lentamente como indican las metáforas que habéis escuchado, quien asegura que hace falta evangelizar el mundo entero para que venga la consumación de los siglos, ¿podrá tener la conciencia de que ese fin se aproxima y está cerca el momento de que El se presente con poder y majestad a juzgar a los hombres? Es preciso no haber leído los evangelios o empeñarse en tergiversarlos de cualquier modo para sostener que en la mente divina de Cristo cupo un error semejante.

No creáis que por esto se dan por vencidos nuestros adversarios. Hay una serie de frases en la historia evangélica obscuras, difíciles, arduas de interpretar; frases como ésta: No pasará la generación presente sin que se

cumplan todas estas cosas. Cuando viereis la abominación de la desolación que esta en el lugar santo, temed, porque se aproxima el último día. Y estas frases, obscuras no por lo que en sí mismas dicen, sino

por el contexto que las acompaña, han servido de punto de partida a los enemigos de la ciencia de Jesús, que han pretendido encontrar en ellas nada menos que la confesión franca de ese error de Jesucristo.

Yo quisiera que analizáramos estas frases, pero antes deseo llamar vuestra atención sobre el criterio de los adversarios.

Con este criterio nuestro, que teníamos la pretensión de defender como de sentido común, se armonizaban muy bien, sin que en ello se mezclase error ninguno, las frases terminantes en que el Señor dice que nada sabe acerca de la fecha en que tendrá lugar el fin del mundo con aquellas otras en que, según nuestros adversarios, afirma nuestro Redentor la proximidad inminente de ese fin. Pero esos críticos clarividentes lo entendieron de otro modo. Creyeron que era mejor iluminar la luz con las tinieblas, y han tomado como norma para interpretar el Evangelio las frases que eran más obscuras, porque se prestaban mejor a ser tergiversadas. En una frase obscura se puede verter con visos de acierto un falso pensamiento, en una frase clara es imposible, y los racionalistas no tenían otro camino para falsear la doctrina de Jesucristo. Las frases claras y fáciles desbarataban los marcos de la falsa filosofía que llevaban ellos como prejuicio intangible a la interpretación de la Escritura.

Recordados el criterio nuestro y el de los contrarios, está hecha la refutación fundamental de la escuela que combatimos; pero para mayor evidencia vamos a discutir el problema en el mismo terreno en que lo plantean los adversarios, porque la fe católica va a todo terreno en el cual

se la rete sin temor. Hay un sermón de Jesucristo pronunciado en los días de Semana Santa que llaman el gran sermón escatológico, y en ese sermón se habla de dos cosas a la vez: de la ruina próxima de Jerusalén y del fin del mundo. Se indican los síntomas de la ruina de Jerusalén, y se dice a los cristianos que, cuando presencien esos síntomas, huyan de la ciudad santa. Por esta razón, cuando el cerco de Sión tuvo lugar, muchos cristianos ha- bían huido de Jerusalén y no les sorprendió la gran ruina de la santa ciudad. Además, se indican los síntomas del fin del mundo. Los dos acontecimientos están mezclados en el discurso de que hablamos, y sólo con gran cuidado y atención se pueden separar las frases que se refieren a cada uno de ellos. Para explicarnos esta mezcla será bueno recordar ciertos principios generales que sirven para la interpretación de las profecías.

La perspectiva profética, acerca de la cual podrían decirse muchas cosas, no es ni puede ser lo mismo que la perspectiva histórica, como no es lo mismo la perspectiva de una cordillera vista de lejos que la de esa misma cordillera mirada desde uno de sus picos o de sus valles. La diferencia fundamental consiste en que la historia cuenta lo acaecido y se rige por la ciencia humana, mientras que la profecía anuncia lo futuro y sólo puede contemplarse mediante la luz de una ciencia eterna. Para escribir historia basta interrogar con tino los testimonios veraces; para hacer profecías es preciso recibir un destello del conocimiento divino. De este principio fundamental se deduce que en la historia los sucesos se enlazan mediante la cronología, mientras que en la profecía se enlazan principalmente por el plan divino. No quiere esto decir que los profetas no anuncien los acontecimientos futuros para una fecha determinada; quiere decir que, cuando mezclan distintos asuntos en sus profecías, en vez de coordinarlos entre sí por orden cronológico, los coordinan según el lugar que ocupan en el plan de la divina Providencia. En ese plan aparecen unidos, como miembros de un todo, sucesos que en la historia están separados a veces por siglos. Un ejemplo aclarará mejor esta idea.

Evidentemente, una de las ideas divinas que rigen el mundo es el reinado de la justicia. Ese reinado se realiza de dos modos: haciendo justos a los hombres y restableciendo el orden quebrantado por las injusticias humanas. Si las injusticias de un pueblo o del mundo se dilatan por siglos enteros, por siglos deben sucederse también los castigos divinos que las re- paren. Todos esos castigos son partes de un mismo plan, de ese plan que anunciamos al decir que Dios quiere establecer y conservar en el mundo el reinado de la justicia. Entre esos sucesos puede poner Dios otro enlace más íntimo todavía. Como nosotros hablamos con palabras, haciendo éstas la

expresión de nuestras ideas, Dios puede hablar con los hechos de la historia, convirtiendo los anteriores en figura, expresión, símbolo de los que siguen. Y en ese caso, al enlace que tienen esos acontecimientos de una manera general por estar coordinados idealmente en Dios, se añade la relación de figura y figurado, o, como dicen los escrituristas, de tipo y antitipo. Ahora bien, en los dos sucesos que combina nuestro Señor en su gran discurso escatológico antes mencionado, se dan las dos relaciones que acabamos de explicar. La ruina de Jerusalén y el cataclismo final del mundo son las manifestaciones de un mismo plan divino y la primera es una figura de la segunda. Así se explica que, como exige la naturaleza de un discurso profético, no se separen cronológicamente los dos aconteci- mientos con una delimitación infranqueable y precisa, sino que se agrupen según comunes analogías. No se cambia por esto la verdad de las cosas; se cambia sólo el punto de vista, como no se cambian la configuración o distribución de una cordillera porque se les mire desde lejos o desde una de sus alturas.

Explicados así los principios que rigen la perspectiva profética, veamos dónde está la dificultad del discurso escatológico mencionado. En el centro de ese discurso se encuentra esta frase: Non praeteribit generatio

haec, donec omnia haec fiant: No pasará esta generación hasta tanto que

se verifiquen todas estas cosas (Mt 24,34). Esta frase puede referirse a cualquiera de los dos asuntos de que hablaba Jesucristo: a la ruina de Jerusalén o al fin del mundo. Supongamos, algunos lo niegan, que esta

generación es la generación contemporánea de Jesús. Si el texto se refiere

a la ruina de Jerusalén, la profecía se cumplió con exactitud, pues no tardó muchos años esa ruina. Tito fue el instrumento de la justicia de Dios que aquí se anuncia. Pero si, tomada la palabra generación en dicho sentido, se trata del fin del mundo, parece que hay error en la palabra del divino Maestro, pues el sentido sería: «Antes de que desaparezca la generación presente vendrá el fin del mundo», y ya van diecinueve siglos desde que se pronunció esa frase. En este último sentido han tomado la frase los ad- versarios, haciendo tabla rasa de aquellos textos del Evangelio que hacen imposible tal interpretación, si no queremos poner a Cristo en contradicción consigo mismo. Y a esto no hay derecho, aun tratándose de un puro hombre, sin una evidencia plena.

El texto del discurso debe decidir. No es idéntico el texto en los evangelios sinópticos. Donde ofrece mayor desarrollo y dificultad es en San Mateo. Dice así añadiéndole el contexto necesario: Os digo de verdad