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6.2 Demographic data

6.3.1 Research objective 1

Acusan al apóstol San Juan de ser el menos historiador entre todos los evangelistas, y, sin embargo, él es quien cuenta con toda puntualidad una escena que nos va a servir hoy de exordio.

Era una tarde de invierno; estaba Juan Bautista en las orillas del río Jordán; en aquel momento no le rodeaban las muchedumbres; le acompañaban únicamente dos discípulos; como poco antes había terminado Jesucristo su ayuno de cuarenta días en el desierto, andaba aún por aquellos parajes, y acertó a pasar a la vista del Precursor y de los dos discípulos que le acompañaban. El Precursor, señalando a Jesucristo, dijo a los discípulos: He aquí el cordero de Dios; y éstos, como si hubieran sentido en su corazón un impulso irresistible, se alzaron, abandonaron a su maestro y se fueron en pos de Jesús.

Dos pobres pescadores de Galilea como eran esos discípulos sintieron temor de hablar al que había sido objeto de las alabanzas del Bautista, y comenzaron a seguirle con timidez; no se atrevían a acercarse, y entonces Jesús, conociendo su cortedad, se volvió hacia ellos y les preguntó: «¿Qué buscáis?» Ellos le dijeron: «Rabí (que interpretado dice

Maestro), ¿dónde moras?» Les dice Jesús: «Venid y ved». Observa San

Juan el evangelista que, cuando esta escena acaeció, eran como las cuatro de la tarde, la hora décima del día según la manera de contar que tenían los judíos, y añade que los dos discípulos pasaron la tarde con Jesús (Jn 1,33- 39). ¿Qué hicieron? ¿De qué trataron? ¿De qué les habló el nuevo Maestro? El Evangelio no lo dice. Pero, inmediatamente después de aquella conversación, los dos discípulos se sintieron cambiados; ya no eran discípulos, eran verdaderos apóstoles. Porque, en efecto, ya desde entonces fueron verdaderos predicadores de Cristo (Jn 1,40-11). Estaban convencidos que Jesús era el Mesías, y no sabían hablar de otra cosa. Les había hablado Cristo, y en sus palabras habían conocido lo que era: el Mesías, el Hijo de Dios, el Maestro divino.

Esta narración, que se contiene en el evangelio de San Juan, nos va a servir de exordio, como dije al comenzar. Hasta aquella otra conferencia

que dio Cristo a los apóstoles, y es providencial que, precisamente en esta hora, os vaya o hablar yo de algo muy semejante a lo que hablaron ellos.

Hasta ahora hemos ido estudiando la persona de Cristo a grandes rasgos, porque apenas si hemos hecho otra cosa que delinear la figura del hombre y la divinidad de Cristo de una manera incompleta, apenas si hemos hecho otra cosa que indicar los fundamentos de la grandeza de ese hombre y de su divinidad; y desde hoy vamos a comenzar a hablar de la doctrina de Jesús; es decir, yo os voy a repetir, torpemente desde luego, lo mismo que el Señor, con su sabiduría infinita, dijo, sin duda, a aquellos discípulos.

Les hablaría del reino de Dios, de su justicia, de la suerte eterna de las almas, de su doctrina.

Pues bien, esa doctrina de Jesús vengo yo a repetiros ahora.

AI enunciar este asunto, os lo confieso ingenuamente, y no es una fórmula oratoria, el desaliento se apodera de mí.

¿Recordáis una historia que se cuenta en la vida de San Agustín? Cierto día paseaba el santo doctor de Hipona por las orillas del mar; iba pensando en el misterio augusto de la Trinidad beatísima, cuando tropezó con un niño que se afanaba por encerrar las aguas de los mares en un pequeño hueco; intento insensato; y como el Doctor quisiese hacer ver al niño que era imposible encerrar los mares en aquel hueco, oyó esta respuesta sapientísima: «Si yo no puedo encerrar aquí los mares, menos podrás tú encerrar en tu inteligencia limitada el secreto más alto de Dios, el misterio de la Trinidad augusta». Algo semejante me parece oír cuando deseo daros una conferencia sobre la doctrina de Jesucristo. ¿Cómo es posible que encerremos, según yo intento, en un discurso, en una confe- rencia, todo lo que se refiere a la doctrina del Señor? Recordad que esa doctrina son los evangelios, y solamente en leerlos habíamos de emplear varias horas, y esos evangelios necesitan además de comentarios; recordad que esa doctrina ha sido amplificada en los demás libros del Nuevo Testamento, singularmente en las cartas de San Pablo; recordad que ha tenido explicación ubérrima en los libros de los Padres de la Iglesia, doctores, teólogos y predicadores cristianos; y decidme después si se puede en tan corto espacio hablar dignamente de este mar sin fondo y sin riberas de la sabiduría cristiana... ¿No es verdad que esto es más insensato que encerrar las aguas de los mares en una diminuta concha, como intentaba el niño que vio San Agustín? Sin embargo, lo vamos a intentar,

porque es preciso, y, cuando menos, saldremos convencidos de que la sabiduría de Cristo es divina como su adorable persona.

Siguiendo el plan que nos propusimos el primer día, es mi intento que saquemos de estas conferencias lo que llamaríamos una impresión de conjunto, y así tenemos que abarcar en ellas la persona, la doctrina, las obras, la gloria de Jesucristo. De la doctrina nos contentaremos también con esa impresión de conjunto, y para conseguirla no es menester más que señalar los rasgos dominantes, las líneas fundamentales.

Ciertamente es difícil señalar esas líneas, pero no es imposible, y quiere decirse que, aun dejando en la sombra todo lo demás, con sólo indicar estas líneas fundamentales, tendremos bastante para que desde el primer momento nos sintamos atraídos, como los discípulos del Bautista, a buscar al Maestro y a escuchar sus palabras; tendremos bastante para convertirnos de discípulos en apóstoles y buscar ansiosamente nuevos discípulos que escuchen las palabras de Jesús, la enseñanza de Jesús, la verdad divina de Jesús.

Este fruto creo que lo podremos sacar con sólo recordar las líneas fundamentales, y, desde luego, vamos a recordarlas. Yo las voy a reducir a tres, que indico desde el principio, porque quiero que procedamos con orden y claridad: origen de la doctrina de Jesús, forma externa y substancia, materia, objeto de esta doctrina. Con estas tres líneas fundamentales sacaremos, repito, la impresión de conjunto que buscamos.

Comencemos ya a explicar la primera.

Conviene desde un principio separar dos cuestiones que se parecen algo, pero que en realidad son distintas; en la historia de los dogmas se suele investigar si la filosofía griega o las filosofías orientales, si lo que llaman el sincretismo greco-romano influyó de alguna manera en los dogmas de la Iglesia y los desfiguró. Cuando se estudia la historia de los dogmas con imparcialidad, se ve que la enseñanza eclesiástica algunas veces tomó las formas de las filosofías extrañas, empleo su lenguaje, sus términos, pero nada más; la substancia, el objeto de la enseñanza, quedó independiente, original, único.

Esta cuestión no puede confundirse con la que tratamos nosotros ahora. Una cosa es averiguar si la Iglesia ha conservado intacta la doctrina de su Fundador, y otra investigar las fuentes, el origen de la doctrina de Jesucristo.

¿De dónde viene la doctrina de Jesús? ¿Cuál es su origen? No podemos hablar, al buscar el origen de la doctrina o de la enseñanza de

nuestro Redentor divino, ni de sincretismo greco-romano, ni de filosofías exclusivamente griegas, ni de religiones orientales que no sea la judía, porque es cosa probada y notoria que Palestina formaba entonces como un círculo cerrado; la única escuela extranjera que tenía afinidades con las escuelas palestinenses era la escuela de Alejandría, y esa misma escuela estaba reputada como cismática, como heterodoxa, como peligrosa, por los fieles de Palestina.

La ortodoxia pura permanecía en Jerusalén. Se habían separado de esta ortodoxia los judíos de Alejandría.

Prescindiendo de las relaciones que puedan tener las escuelas rabínicas de Palestina con las escuelas alejandrinas, es cierto que todo lo demás para nada pudo influir en el pensamiento de Jesús. En Galilea, de donde Jesús era oriundo, habían entrado los cultos paganos, o, por lo menos, las doctrinas paganas; los profetas la habían llamado Galilea de los gentiles; vivían demasiado cerca de los fenicios y de los sirios; había una ciudad casi pagana, Tiberiades, y esta ciudad, adonde concurrían romanos y griegos, y aquellas regiones de Fenicia y de Siria podían aportar algunos elementos extraños; pero la división había quedado tan marcada, que en los galileos para nada influían aquellas doctrinas. Baste recordar que no hubo manera de obligarles a que entrasen en Tiberiades, por un escrúpulo legal; solamente porque les parecía que allí se faltaba a una prescripción legal, que se iba a cometer una impureza, no querían ni siquiera pasar por Tiberiades, La separación era radical hasta este punto. Y todavía hay más, y es que entre todos los judíos, comparando los de la dispersión y los de Jerusalén con los de Galilea, los de Galilea conservaban la fe más pura; alejados al mismo tiempo de Alejandría y de las escuelas de Jerusalén, no habían dado lugar a que entrasen en ellos las cavilaciones alegoristas de los primeros ni las sutilezas escolásticas de los segundos; estaban aislados de ese mundo, conservaban la doctrina tal como la habían recibido de sus maestros, y así la guardaban en su corazón y la practicaban en su vida.

Por todas estas consideraciones, se ve que no podemos hablar de influencias extranjeras cuando buscamos el origen de la doctrina de Jesús. Todas las influencias posibles son éstas; la influencia de los fariseos, la influencia de los saduceos y la influencia de aquella secta obscura perdida en las orillas del mar Muerto, que en nuestros tiempos se puso de moda precisamente por ser extraña y desconocida, la secta de los esenios; y hasta podemos hablar de Juan Bautista para ver si en su escuela había aprendido Jesús lo que enseñaba. Estas son las influencias posibles; si ninguna de ellas puede indicarnos el origen de la doctrina de Jesús, es evidente que ese

origen no puede buscarse en la tierra. ¿Habría aprendido el Señor en las escuelas farisea, saducea, esenia, o de Juan Bautista, la doctrina que enseñó? Podemos responder redondamente que no; y los argumentos vamos a ver que son en extremo decisivos.

¿Copiaría Jesús de los esenios lo que enseñó a los hombres? Por lo pronto, comencemos advirtiendo que los esenios formaban una secta bastante desconocida; apenas si se sabe lo que enseñaron y lo que predicaron. Sabemos cosas como éstas: que tenían horror al matrimonio, que entre ellos se mantenía como una ley la continencia, que se mortificaban, que se purificaban con frecuencia y que, por ejemplo, a ciertas horas del día habían de sumergirse en agua frigidísima; sabemos que vivían en común, y, por consiguiente, que de algún modo negaban la propiedad (era una especie de comunismo rudo), y sabemos de alguna que otra máxima suelta que corre por ahí como pronunciada por los esenios, y que siempre es una máxima vulgar, ordinaria, que enuncia una verdad de sentido común.

Con indicar estos rasgos, que son los principales, vemos ya las diferencias profundas que hay entre la doctrina esenia y la de Jesús. Se impone en aquélla como obligación la continencia; Jesucristo no la impone. Cuando le decían sus apóstoles que era mejor no casarse, ya que no era lícito romper el vínculo, decía Jesús; No todos pueden entender esta

palabra (Mt 19,11), que fue como decirles: «No todos pueden observar

este consejo mío; yo no lo impongo a nadie».

La comunidad de bienes tampoco se impuso en el Evangelio; se podía practicar de algún modo, de manera limitada. Donde se establecía era de este modo, pues se sabe que todavía se conservaban algunas propiedades, y que, cuando el caso de Ananías y de Safira, el apóstol San Pedro no les reprendió porque conservaran los bienes, sino porque habían mentido al Espíritu Santo, ya que eran libres de quedarse o no con parte de ellos; pero no eran libres de mentir delante de Dios. Por último, aunque se indicara alguna máxima de los esenios que de modo particular coincidiera con el Evangelio, nada probaría, porque entonces habría que preguntar si esa máxima la había tomado el Evangelio de los esenios o los esenios del Evangelio. Es muy fácil encontrarse una máxima de una religión oriental, del budismo o de los esenios, y decir que el Evangelio la tomó de allí, cuando nada hay más tenebroso que esas cronologías de la religión budista o de las sectas esenias, que se dilatan después de Jesucristo hasta que algunas otras heréticas entroncan con ellas, y de allí aprenden el odio al matrimonio y a la propiedad.

En último término, admitamos que alguna máxima esenia ha entrado en el Evangelio; esto no quiere decir sino que en medio de aquellas aberraciones habría un poco de verdad, de exactitud; y Jesucristo, que no había tomado la resolución de prescindir de todo lo dicho por los otros para no aceptar lo que El no hubiera dicho por primera vez, aceptó la verdad dondequiera que estuviese, y, recogiéndola en sus manos divinas, la bendijo, la consagró y la puso en el Evangelio.

¿Tendría origen su doctrina en las enseñanzas de los fariseos? Me parece que la primera impresión que nos produce esta pregunta es una impresión como de broma, como de ironía. ¿Es posible preguntar esto? ¡Jesús copiando de los fariseos!

Supongamos que no habéis leído jamás los evangelios, y perdonadme la suposición; supongamos que no conocéis la vida de Cristo; pero, aun así, alguna vez habréis entrado en un templo y habréis oído un sermón. ¿No es verdad que en eso poco que habéis escuchado habéis visto un antagonismo perfecto entre Jesús y la secta farisea? Los fariseos andan siempre persiguiendo a Jesús. ¿Por qué, si era de su secta? Sería extraña esta persecución sabiendo como sabéis que fariseos y saduceos se combatían cruelmente y que aprovechaban todas las coyunturas y todas las circunstancias para poder mostrarse superiores. Si el partido fariseo tenía en Jesús un buen discípulo, ¿cómo le perseguía y no lo exhibía ante el mundo para eclipsar la fama de los saduceos? Pero, sin acudir a esas ar- gumentaciones a priori, tomad el Evangelio, y en todas sus páginas veréis la contradicción de los principios fariseos.

Un día se sientan los discípulos de Jesús a la mesa sin lavarse las manos, e inmediatamente se acercan los fariseos y le preguntan: ¿Por qué

tus discípulos traspasan la tradición de los ancianos? ¿Por qué no se lavan las manos cuandoquiera que comen pan? (Mt 15,2, etc.). Y

responde el Señor que no es pecado ponerse a comer sin lavarse las manos, porque lo que mancha no es lo que viene de fuera, sino' lo que sale del corazón. La conciencia del hombre no se mancha por no lavarse las manos, sino que se mancha cuando en el corazón se admiten deseos, pensamientos, afectos, intenciones pecaminosas, algo desagradable a Dios. Lo que sale del corazón, eso es lo que mancha; lo que se come con las manos más o menos limpias, no mancha la conciencia.

Y esto desde el principio, pero hasta el fin de la vida siguen esas controversias.

¿No os acordáis de aquella predicación que mencioné el día anterior, cuando el Señor llamaba por última vez al pueblo ingrato de los judíos y quería convertirle? Y ¿no os acordáis cómo dije que, en efecto, el Señor con las parábolas trató de llamarles a sí; con discusiones quiso deshacer las dudas y con anatemas les reprendió fuertemente? Pues bien: ¿sabéis contra quienes iban esos antemas? Contra los fariseos y los escribas.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que os coméis las casas de las viudas y por pretexto oráis largamente... ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que rodeáis el mar y la tierra por hacer un prosélito, y, cuando este hecho, le hacéis hijo del infierno dos veces más que vosotros... ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos!, que diezmáis la menta, y el eneldo, y el comino, y habéis dejado las cosas más pesadas de la ley: el juicio, y la misericordia, y la fe… ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, porque limpiáis lo de fuera de la taza y del plato, y por dentro estáis llenos de rapiña e intemperancia... ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que semejáis a sepulcros blanqueados, los cuales por de fuera son apacibles de ver, mas por de dentro están llenos de huesos de muertos y de toda impureza... ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, porque edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos... (Mt 1,23).

Decidme: esta predicación de Jesús, ¿es la de un discípulo de los fariseos? Esta manera de hablar de la doctrina de aquellos hombres formalistas, ritualistas, que con hipocresía refinada andan cobrando el diezmo del anís o del comino y después devoran las casas de las viudas, esta reprensión de Jesús, ¿coincide de algún modo con aquel espíritu falaz, que se preocupaba mucho de la justificación externa, guardando todos los crímenes en el fondo del corazón?

Es menester o no haber leído nunca los evangelios o decidirse a pronunciar la más absurda de las paradojas para poderse imaginar siquiera que Jesús ni en el pensamiento pudo ser discípulo de esa secta maldita.

¿Será acaso Jesús (y terminemos esta primera parte, que se va haciendo muy larga), será acaso Jesús un discípulo de los saduceos? ¿Qué enseñan los saduceos? Por lo pronto, niegan valor a aquellas tradiciones y doctrinas de los antiguos, que tanto veneraban los fariseos; se quedan con la Biblia y únicamente con la Biblia. Después niegan la otra vida en re- dondo; existe Dios, es cierto, pero ni existen para ellos los ángeles ni hay otra vida para el alma humana. Comparaban este alma con una nube: «al morir el cuerpo, esta nube del alma se disipa»; es comparación suya.

Negaban la providencia de Dios; de suerte que todas aquellas esperanzas mesiánicas que había en el pueblo hebreo no entraban en sus doctrinas. «Dios, tal vez—decían ellos—, se preocupó en otro tiempo de nosotros, pero no se ocupa ahora, ni se va a ocupar en adelante».

¿Hay algunas de estas teorías en los evangelios? Dentro de poco vamos a ver algunas doctrinas de Jesucristo sobre la Providencia. Yo os recordaré una.

Poned los ojos en las aves del cielo, cómo no siembran, ni siegan, ni allegan en graneros, y el Padre vuestro celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?... Considerad los lirios del campo cómo crecen. No se afanan ni hilan... Pues si la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa en el horno, Dios así la engalana, ¿no mucho más os vestirá a vosotros, hombres de poca fe? (Mt 6,26-30). ¿Os acordáis de estas