Jacobson y Gottman136, a través de un estudio realizado a 63 parejas con problemas de
violencia intrafamiliar, descubrieron una serie de pautas de características sociales, biológicas y cognitivas, que diferenciaban en dos subgrupos a los hombres maltratadores: los denominaron hombres Cobra y hombres Pitbull.
Para llevar a cabo este estudio sobre violencia doméstica, Jacobson y Gottman emplearon dentro del laboratorio, métodos de estudio en los que combinaron entrevistas por separado a maridos y mujeres, que les proporcionaban información sobre las discusiones que habían tenido en el pasado, y grabaciones en vídeo de las discusiones de las parejas sobre temas conflictivos de su matrimonio, a la vez que medían mediante sensores electrónicos, su nivel de excitación a lo largo de la discusión. Estas mediciones, serían posteriormente comparadas con sus medidas basales en estado de serenidad.
Lo que realmente llamó la atención de Jacobson y Gottman, es que partiendo de la generalidad de que ante la inminencia de una discusión violenta, las personas comienzan a excitarse interiormente, aumentando su ritmo cardíaco y sudoración, había un veinte por ciento de los agresores, en los cuales se producía una disminución de su número de pulsaciones a medida que se mostraban más agresivos verbalmente. Estos hombres mostraban una actitud agresiva, hablaban con agresividad y actuaban agresivamente, y sin embargo, interiormente mantenían la calma.
Constataron que los hombres cuyas pulsaciones disminuían durante la discusión violenta, eran mucho más agresivos emocionalmente que el resto al inicio de la interacción, ya que comenzaban la conversación siendo inmediatamente beligerantes, defensivos o desdeñosos. Debido a esta característica que les permitía mantener una absoluta calma interior mientras se desenvolvían en un contexto violento, les asignaron el nombre de Cobra, puesto que éste animal también permanece quieto y concentrado antes de atacar a su víctima a más de cien kilómetros por hora.
Por su parte, los hombres cuyas pulsaciones aumentaban a medida que se mostraban verbalmente agresivos, también aumentaban progresivamente su expresión dominante y amenazadora a medida que se desarrollaba la discusión con su pareja. Estos individuos recibieron el nombre de Pitbull, porque al igual que estos perros, se muestran cada vez más agresivos hasta que finalmente atacan.
A raíz de este descubrimiento, los autores encontraron características comunes y por tanto diferencias, entre los individuos que clasificaban como Cobra o Pitbull, categorizando así, los dos subgrupos de agresores:
Estas son las diferencias entre ambos grupos:
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1) la violencia de los cobra es mayor que la de los pitbull: a pesar de que ambos subgrupos son igualmente violentos, el 38% de los cobra estudiados por Jacobson y Gottman amenazaron a sus mujeres con un cuchillo o un arma de fuego, mientras que entre los pitbull sólo un 4% llegaron a estos extremos. Del mismo modo, mientras ninguno de éstos últimos ha llegado a hacer uso del cuchillo o el arma contra sus esposas, el 9% de los cobra han apuñalado o disparado contra sus mujeres. Mientras que el 91% de los cobra ha pegado a su mujer con el puño cerrado, “solo” el 62% de los pitbull ha recurrido a este tipo de agresividad.
2) los cobra cometen más abusos emocionales: los altísimos niveles de beligerancia y desprecio con los que los cobra inician la discusión violenta, contrastan con el progresivo “calentamiento” de los pitbull hasta que finalmente estallan y pierden el control. Por el contrario, los cobra nunca pierden los estribos.
3) la infancia de los cobra ha sido más caótica y traumática: el 78% de los cobra procedían de familias en las que se producía algún tipo de violencia, comparado con el 51% de los pitbull. Casi de forma invariable, los cobra habían tenido una infancia bastante traumática, en la que la violencia se manifestaba de muy diferentes formas, incluyendo el haber tenido madres muy violentas que abusaban de ellos.
4) las mujeres casadas con los cobra están más deprimidas y asustadas: durante las interacciones en el laboratorio, Jacobson y Gottman observaron que las mujeres agredidas casadas con los cobra mostraron menos ira, más temor y más tristeza que las casadas con los pitbull.
5) los cobra y sus mujeres no se separan o divorcian con facilidad: según estos autores, es menos probable que los matrimonios de los cobra acaben en separación o divorcio. Los autores defienden que en los matrimonios cobra existe una relativa “estabilidad”, que en gran medida se debe al tremendo pavor que a las mujeres les da abandonar a sus maridos. En las relaciones observadas en el laboratorio, las mujeres de los cobra, a pesar de la violencia, se sienten muy comprometidas con sus matrimonios, su compromiso con la relación es ambivalente, “y su conducta genera una dinámica de provocaciones y de conductas destructivas más allá de la violencia”
6) los cobra son más violentos, tanto dentro como fuera del matrimonio: frente a un 3% de pitbull que presentan una conducta violenta fuera del matrimonio, un 44% de los cobra del estudio desarrollaron sus conductas violentas en otros ámbitos. “prácticamente, todos los cobra que han sido violentos fuera del matrimonio los son con todo tipo de personas, entre las que se cuentan sus compañeros de trabajo, otros miembros de la
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familia, amigos y conocidos. Por otra parte, la mayoría de los cobra han tenido, al menos ocasionalmente, altercados violentos con desconocidos”.
7) los cobra padecen más enfermedades mentales: este subgrupo de agresores, tiene muchas más posibilidades que los pitbull de que se les diagnostique un trastorno de personalidad conocido como “trastorno de personalidad antisocial”, debido a un largo historial de conductas impulsivas y de tipo delictivo. Mientras sólo un 3% de los pitbull del estudio fueron calificados de antisociales, un 90% de los cobra se ajustaron a este perfil. Del mismo modo, es mucho más alta la probabilidad de que los cobra sean drogodependientes. Dicen los autores cuando hablan de los cobra “es probable que de pequeños tuvieran pocos amigos , que fueran rechazados por los otros niños a causa de su violencia, que tengan un historial familiar de fracaso escolar y depresiones, y que finalmente acabasen relacionándose con otros niños igual de conflictivos”.
8) los pitbull son exigentes, pero ellos se repliegan: en las relaciones pitbull, los maridos agresores, proyecta sobre sus parejas una actitud de exigencia. Quieren que sus esposas cambien de actitud, aunque al mismo tiempo evitan los cambios en su carácter que ellas les piden. Esta conducta de exigencia por parte del marido, demuestra un alto grado de dependencia del marido hacia su esposa, ya que nada de lo que ella haga por él, satisfará la necesidad infinita que el agresor tiene de reafirmación. Frecuentemente, el pitbull se verá como la víctima de la relación, puesto que su esposa no le ofrece toda la atención que él necesita. A diferencia de los cobra, los pitbull necesitan que su mujer esté a su lado para satisfacer su excesiva necesidad de aprobación y autorrealización. Esta necesidad, es la que lleva a los pitbull a reprimir la independencia de sus mujeres, el saber en dónde está en cada momento. También es esta necesidad, la que dispara sus celos y la desconfianza hacia las relaciones de su mujer con cualquier persona del sexo masculino. En definitiva, los pitbull acaban culpando a sus mujeres por no satisfacer unas necesidades que nunca pueden ser satisfechas por su propia inseguridad.
9) las esposas de los pitbull parecen más enfadas y menos temerosas que las mujeres de los cobra: debido a las características del agresor pitbull, y por tanto a la relación que éstos les imponen a sus víctimas, éstas se sienten más atrapadas, más controladas y con menos libertad para tomar decisiones que las víctimas de los cobra. Esta sensación de estar atrapadas, continuamente controladas, combinada con la violencia, hace que las mujeres agredidas casadas con los pitbull experimenten una especie de rabia contenida, que en ocasiones las induce a iniciar dinámicas violentas que las pone en una situación de riesgo personal.
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10) los agresores pitbull hacen “luz de gas” a sus mujeres: el término luz de gas, procede de la película con el mismo nombre, en la que Charles Boyer convence a Ingrid Bergman de que se está volviendo loca. Llevado a la realidad de la violencia doméstica entre los agresores pitbull y sus mujeres, esto significa que el agresor realiza un ataque constante y sistemático a la forma en la que su mujer percibe la realidad, negando la evidencia de los hechos. Ésta es una sofisticada forma de violencia psicológica en la que el agresor consigue obtener el control de la mente de su víctima, hacerla dudar hasta el punto de que llegue a creer la versión del agresor. En palabras de Jacobson y Gottman, “es el momento en que la víctima es incapaz de analizar las cosas por sí misma, lo que le lleva a adoptar el punto de vista del agresor para interpretar lo ocurrido, y al final se acaba convenciendo de que el abuso nunca tuvo lugar o que, si ocurrió, no tuvo importancia, que había sido culpa suya y que debía disculparse, o que debería intentar comprender más al agresor. Una vez se ha llegado a este punto, para la víctima es imposible abandonar a su agresor y, en el colmo de la sumisión, llega a adorar las cualidades positivas que el agresor se atribuye”.
11) los agresores pitbull suelen ser más violentos cuando la víctima toma la decisión de abandonarlos: Según el estudio llevado a cabo por ambos autores, los agresores pitbull, a causa de su incontrolable dependencia de sus mujeres, pueden responder a las separaciones de una forma mucho más violenta que los agresores cobra, los cuales son mucho más independientes. El continuo temor en el que viven los pitbull, al abandono por parte de sus mujeres, es lo que con frecuencia provoca un aumento en el nivel de violencia una vez que éstas se separan, reflejado en un continuo acecho y acoso, que en ocasiones puede terminar con la muerte de sus parejas o exparejas.
Corral137 realiza una tipología de los agresores domésticos en función de una previa y
clásica diferenciación que se realiza en los tipos de violencia. Delimita así la violencia en expresiva e instrumental. El primer caso responde a una conducta agresiva motivada por sentimientos de ira que reflejan dificultades en el control de los impulsos o en la expresión de los afectos; el segundo caso, es aquella violencia que ha sido planificada, que refleja insatisfacción, y no genera en el agresor sentimientos de culpa. En base a esta diferenciación, se establecen tres modelos básicos de agresores:
1) Los maltratadores impulsivos: son personas cuyo estado de ánimo es inestable, y se muestran emocionalmente irascibles. Suelen ser solitarios, hipersensibles a los pequeños desprecios , y presentan rápidos alteraciones del control al enfado extremo. Corral cita a
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Fernández-Montalvo y Echeburúa138, para los cuales, este tipo de maltratadores representan
entre el 17 y el 45% del total.
2) Los maltratadores instrumentales: presentan unos niveles de ira y depresión, más bajos que los anteriores. Son propensos a la manipulación psicopática, y amenazan y agreden a sus parejas cuando éstas no satisfacen sus necesidades. Para este tipo de maltratadores, el uso de la violencia es habitual, y la emplean como herramienta para la conseguir lo que desean y superar las frustraciones cotidianas. Es relativamente frecuente que consuman alcohol y drogas, y que también manifiesten su comportamiento violento fuera del hogar. Fernández-Montalvo y Echeburúa los contabilizan como un 25% del total.
3) Los maltratadores sobrecontrolados: es el grupo menos estudiado de todos. Son sujetos menos violentos que los de los grupos anteriores, y practican el maltrato psicológico como un reflejo de sus carencias personales. Suelen ser personalidades pasivas, dependientes y con rasgos obsesivos.
Finalmente, Corral presenta un tabla estructurada por Fernández-Montalvo y Echeburúa, en la que establecen las tipologías de los agresores domésticos en función a dos categorías: el perfil psicopatológico y la extensión de la violencia:
TIPOLOGÍAS DE MALTRATADORES