Queremos ahora volver sobre la pregunta por lo político en Rayuela, no solo porque se trate del texto clave de la producción cortazariana, sino también porque cristaliza tanto los esfuerzos del autor (y tangencialmente de la Argentina y de América Latina) por
inscribirse en la cultura global –lo que entonces se entendía como un deseo de universalidad–, en un modelo de desplazamiento que se despliega como el fondo sobre el cual contrasta el exilio. En el texto sobre el exilio que inició el debate con Heker, afirma Cortázar: “Y sin embargo resta una analogía entre el maravilloso viaje cultural de antaño y la expulsión despiadada del exilio: la posibilidad de esa re-visión de nosotros mismos en tanto que escritores arrancados a nuestro medio” (23). No queremos cuestionar el modo en que Cortázar subsume el exilio político al paradigma del viaje de las élites de vanguardia –una comparación inadecuada, como parangonar hoteles y prisiones– tanto como enfatizar la lógica colonial que subyace a esta afirmación: la extraterritorialidad (reducida aquí a enclaves metropolitanos, porque las reflexiones sobre el “maravilloso viaje cultural” excluyen, por supuesto, destinos conspicuos de muchos intelectuales argentinos anteriores y contemporáneos a Cortázar: Asia, África o el resto de América Latina, o sea, lo que en ese momento se estaba organizando bajo la denominación de “tercer mundo”) se destaca como el punto de vista privilegiado para la aprehensión del significado de lo vernáculo, de lo local, a través del efecto de revelación que proporciona el contraste. El sintagma es ambiguo, o más bien inexacto: por un lado, por “nosotros mismos” entiende a los escritores latinoamericanos extraterritoriales en tanto sujetos que revisan su propia condición de artistas privados de su medio natural; por otro, reconoce un referente más amplio –el “nosotros” nacional–, como objeto de reflexión para estos escritores extraterritoriales. El valor referencial del pronombre cae en una suerte de contradicción al denotar su carácter reflexivo ciertas paradójicas trazas excluyentes: la extraterritorialidad nos ubica
a nosotros (los escritores) fuera de un colectivo que ahora, desde afuera, podemos percibir más claramente, pero al que sin embargo seguimos aludiendo como “nosotros mismos”.
Leída desde la coyuntura histórica de su enunciación6 (o sea, cuatro años
después del triunfo de la revolución cubana y apenas dos años después de Playa Girón) Rayuela sería juzgada en términos de politización y despolitización –incluso al margen de la biografía de su autor. Para muchos Rayuela fue la pérdida de una oportunidad única de radicalización de Cortázar, y representa la ulterior textualización de su sostenida elusión de la política: la reincidencia en su comprensión de lo estético y lo político como esferas que se repelen, y su apuesta final por lo estético –lo que bien puede ser entendido como una definición de “escapismo”. Para muchos otros Rayuela es por derecho un texto político, más allá de su contenido7. Incluso si no puede ser
calificada de “literatura de la revolución”, escenifica la “revolución en la literatura” que era para Cortázar –según vimos al referirnos a su discusión con Óscar Collazos– el modo genuino de intervención del escritor. Seguramente este argumento puede sostenerse con la positiva recepción política del texto. Cortázar era identificado como decididamente antiperonista, especialmente con la lectura de su cuento “Casa tomada”
6 Sobre la recepción de Rayuela remitimos a los trabajos de Graciela Montaldo y Alicia Borinsky recogidos
en la edición crítica del texto.
7 Pude comprobar personalmente la solidez y permanencia de esta posición con las reacciones de algunos
miembros del público en ocasión de la presentación de un trabajo sobre Rayuela e Informe de París de Paula Wajsman en el encuentro Dis/Locations: Writing Migrancy, Diaspora, Bordercrossing, Exile (Montreal, mayo 2005), versión preliminar de un fragmento del capítulo V. Allí, algunos intelectuales latinoamericanos que habían pasado por la experiencia del exilio en los años setenta y ochenta rescataron el valor político que Rayuela implicaba como lectura para toda una generación.
o su novela Los premios; pero, para ser justos, la calificación de “antiperonista” no significa casi nada en el ámbito político argentino, ya que puede ser asociada a una enorme diversidad de posturas ideológicas. A partir de algunos de los más notorios y conflictivos rasgos del régimen de Perón, como sus políticas contra los privilegios de las formaciones de la alta cultura, su oposición a la iglesia católica, o sus relaciones activas con la España franquista, la Italia fascista o la Alemania nazi, el rango de lo antiperonista era notablemente amplio. Así, la conjunción entre un confeso rechazo del peronismo (que entonces estaba apenas insinuándose como un “peronismo revolucionario”) y un incipiente apoyo del socialismo y la revolución cubana no era, en 1963, de hecho contradictoria –quizás el prominente caso de Ezequiel Martínez Estrada sea aun más claro que el de Cortázar. Rayuela fue recibida por muchos de sus lectores inmediatos como un texto políticamente comprometido. Podría tal vez proponerse que sus lectores compensaron la falta de intervención directa del texto o de su autor en el universo de lo político.
El problema fue retomado en los años noventa por Santiago Colás, en el marco de un proyecto abarcador de describir una postmodernidad argentina. Rayuela funciona en su libro como el modelo con que ejemplificar la realización final de la modernidad en la literatura argentina –a pesar de que la novela (y el boom en general) ha sido leída por la crítica metropolitana como uno de los ejemplos clave de la postmodernidad. Así resume Colás el proceso que acabamos de describir en los párrafos anteriores:
[For many critics on the Left in Latin America] Cortázar’s early work represented a flight from political writing and symptomatized a certain
Latin American intellectual, and especially a certain Buenos Aires, dependence on Europe. On the other hand, these criticisms usefully corrected the celebratory excesses of many boom apologists. But their criticisms were constrained by a certain view of what constitutes politics. Gerald Martin’s otherwise excellent work succinctly epitomizes these limitations. Martin writes that although Rayuela “considers the state of the world today, the conditions of being a Latin American, and the relation between Latin America and Europe… Cortazar’s … analysis largely excluded politics” Unless “politics” refers, in the bourgeois sense, to running countries or to the struggle to run countries, it is difficult to imagine how it can be said, given all that Cortazar is said to consider, that he excludes politics. Martin’s rather offhand remark actually reveals that what is at stake in these critiques of Rayuela is the meaning of politics in Latin America, a debate over which dominated the Latin American, and indeed the global Left, in the 1960s. (41-2)
El de la política no era un campo en que Cortázar se moviera con comodidad –como él mismo lo expresó en repetidas ocasiones, y como resulta evidente a partir de la lectura de cualquiera de sus textos políticos. Esto hace de todo intento por construir una definición operativa de lo político en su producción narrativa un problema patente. De renunciar a la “acepción burguesa” de la política que Colás denuncia, ¿cómo podríamos diferenciar, en términos políticos, la escritura de Rayuela de la escritura de Libro de Manuel? Alegar que no existe entre estos textos una diferencia sustancial clausuraría
definitivamente todo análisis de la (in)experiencia política de Cortázar, ya que es precisamente en el movimiento que se percibe hacia la escritura de Libro de Manuel que Cortázar quiere, infructuosamente, cubrir la distancia entre actividad intelectual y praxis política –distancia que en la polémica con Collazos había negado. Curiosamente, la experiencia de Libro de Manuel fue efímera: luego de 1973 Cortázar recayó en el modelo –ya casi clisé– del cuento fantástico, cuya calidad se siente notoriamente erosionada respecto de libros como Todos los fuegos el fuego, y que quiere además entrecruzar con sentidos políticos más y más a flor de piel (los dos textos de Alguien que anda por ahí a que nos referimos arriba son el mejor ejemplo de esta voluntad de reunir un sentido político con una lógica de lo fantástico) y no volvió a publicar una novela; el punto admite una lectura en clave de fracaso: quizás la posición que Libro de Manuel vino a ocupar en la historia literaria latinoamericana, como “emblema de la clase media ‘progresista’ en el período.” (Link “El regreso” 112), resultara no solo incómodo para su autor, sino justamente el ineludible indicio de su carácter frustrado. Inopinadamente, esta operación revela el concepto cortazariano de política, quizás muy cercano a la “acepción burguesa” de que habla Colás. Queremos proponer que los efectos de la lectura de Colás son contradictorios: mientras por una parte identifica en Rayuela una patente aseveración política (de la que nos ocupamos en seguida) y, de ese modo, impone la reescritura de todos los asedios críticos de la novela, por otra parte suprime la diferencia a la que acabamos de aludir. O sea, al revelar el contenido político de Rayuela, oblitera el valor político del explícito rechazo de la política por parte de Cortázar. Creemos que este es el conflicto esperable que deriva de transferir el corolario
de una operación de lectura a una operación de escritura –otro modo de nombrar la “falacia intencional”. Si queremos ocuparnos adecuadamente del asunto de una política positiva en la obra de Cortázar, debemos comenzar por prestar debida atención a su voluntad y esfuerzo de eludir la historia.