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6.5 Results & Discussion

8.1.2 System Architecture

El relato podría resumirse en las alternativas de intervención pública profesional de sus dos personajes protagónicos. Se trata además de dos profesiones elegidas por Soriano en función de su normal separación de la actividad política (aunque es de notar que son precisamente “oficios” muy asociados en el imaginario argentino con la esfera propagandística de Juan Domingo Perón) y por tanto especialmente expresivas de cierta esfera de la privacidad. Ante esta dominancia de lo público el relato esgrime como contrapunto la manipulación de las instancias estrictamente privadas. En el caso del boxeador, la anécdota básica se organiza en torno a la polaridad público–privado: su carrera ha terminado, pero no aún públicamente, lo que solo puede acreditarse con una gran derrota. Ya la escena de apertura nos pone sobre aviso, en un breve intercambio entre Galván y el guardia de la estación de tren sobre el perfil profesional de Rocha:

–Tiene una piña de bestia, pero es muy lento. –Se me acercó y agregó en voz baja:– ¿Es cierto que está terminado?

–¿Por qué está terminado?

–Dicen. Usted que es de Buenos Aires debe saber. (15)

El asunto se convierte en un Leitmotiv del relato y se va confirmando progresivamente, hasta la afirmación conclusiva del propio personaje en confesión a Galván: “Es la última

oportunidad que tengo, ¿sabe? […] Los últimos cartuchos. […] La última. La tomo o la dejo” (111). Esta línea de tensión hacia ratificar públicamente el acabamiento profesional de Rocha y convertir así en espectáculo una pulsión tanática se ve reforzada con el tratamiento narrativo de su propia privacidad. Una de las fórmulas de caracterización del personaje se apoya en su voluntad de exhibirse como figura: se muestra orgulloso de la foto en la primera plana local, ocupa la mesa central de cafés y restaurantes, habla en voz muy alta, gasta ostentosamente su dinero; él mismo lo resume en un reproche a Galván, que asume la actitud contraria: “–¿Por qué se esconde? ¿No ve que acá somos personajes?” (20). Así es cómo el ámbito netamente privado del personaje, que parecería inexistente, se presenta como “secreto”. Cuando Galván decide ayudarlo ante la evidencia de que la pelea no va a ser justa, va a buscarlo a la casa del organizador, el doctor Ávila Gallo, y lo encuentra desnudo en la habitación de su hija, Marta. El capítulo X consiste íntegramente en el relato de la intromisión de

Galván y Mingo en la casa donde se aloja Rocha, y en la exhibición, en una escena con tono de comedia, de la intimidad de Marta: aparece desnuda y pudorosa, avergonzada y tratando de cubrirse, se dan detalles de privacidad (las fotos familiares y de la infancia que exhibe, su colección de libros, los pequeños adornos y recuerdos), pero su situación no es solo de privacidad, sino también de secreto, y por eso disculpa la irrupción de dos desconocidos en función de no revelar su relación con Rocha. La privacidad de Rocha aparece así en el texto solo para ser cancelada, para ser inmediatamente abierta y mostrada. La actitud del personaje no es, sin embargo, de perturbación, como lo revela en diálogo con Galván:

–Perdóneme –dije por fin–, no quise meterme en lo que no me importa. –¿No le importa? –me resopló el humo en la cara–. ¡Si hasta viene a ver lo que hacemos en la cama!

–No lo hicimos adrede, ¿cómo iba a pensar que…?

–Porque los únicos que levantan minas son los artistas, ¿no? (113)

La distancia entre privacidad, “secreto” e imagen pública se vuelve así indecidible, y Rocha se reinscribe rápidamente en su desarrollo unidimensional, solo hecho de imagen pública. En esa línea se entienden sus esfuerzos por revelar, contra toda lógica práctica e incluso contra la voluntad de Marta, su “relación” con la chica. En una inversión también cómica, el boxeador –tipo curtido, proveniente de la gran ciudad– proyecta sobre esta aventura ocasional un contenido sentimental y una voluntad de institucionalización que sería más propia del imaginario de la inocente pueblerina que acaba de iniciarse sexualmente: “Yo le voy a hablar [al padre de Marta] […] Después de la pelea nos casamos y listo” (103). Marta, en cambio, se esfuerza por mantener el ámbito del “secreto”, que Rocha finalmente quiebra en otra escena ridícula: irrumpe en la “velada de gala” para hacer una declaración formal; finalmente conoce ahí a su contrincante, lo insulta y es retirado a la fuerza mientras grita: “¡Marta! ¡Te quiero, Martita!” (138). La figura de Rocha progresa en el texto hacia su máxima exposición pública durante la pelea, espacio que se presentaba en el inicio como exclusivamente profesional y que cuando se hace efectivo ha incorporado una dimensión libidinal que mezcla una serie de impulsos personales y colectivos. Lo que desencadena su reacción

en la velada de gala es un breve discurso de Marcial Sepúlveda, contrincante de Rocha y oficial de las fuerzas armadas:

Mi capitán, señores oficiales de las fuerzas armadas, señoras y señores: la ciudadanía y el ejército al que pertenezco con honra, me han otorgado una misión en un frente que por distintas razones ha estado siempre en manos de civiles. El frente deportivo. Allí estoy combatiendo y conmigo combaten todos mis camaradas. Como ayer en la guerra, donde vencimos con tantos sacrificios, hoy venceremos también en la paz. Pueden confiar en mí como siempre han confiado en los soldados de la patria. Pronto traeré a Colonia Vela la corona argentina y después la del mundo. Yo seré campeón y conmigo el verdadero país será campeón. (135-6)

Si en la concepción esquemática que el texto atribuye al oficial Sepúlveda el enfrentamiento de esa noche es entre el “verdadero país” y el otro país, la lógica del relato incorpora toda una serie de móviles y asociaciones de los respectivos bandos. Así, construye un combate entre civiles y militares, entre oprimidos y opresores, entre resistencia y represión, pero también entre un país que mantiene la especificidad de las funciones de los militares y un país intervenido. Y Rocha no pelea sólo por acceder al combate por el título nacional o como mera actividad de subsistencia, sino también por mantener en pie su imagen, por vengar la muerte de Mingo, y por el “amor” de Marta. La representatividad de Rocha se vuelve así un componente clave de la construcción alegórica del texto. Como lo expresa Galván: “Parece que va a pelear contra todo el

ejército, compañero” (135). Su reflexión posterior, frente al cuerpo en coma de un Rocha derrotado, estimula una lectura en clave histórica:

Me quité el saco y se lo eché encima, sobre el pecho. Ya no sentía la angustia de los primeros momentos, sino una profunda pena por ese terco que no había querido aceptar la derrota de antemano. Tal vez había tenido razón: hubo un momento en que la victoria estuvo allí, a su alcance, aunque él no supo aprovechar la oportunidad. Un solo golpe podría haber cambiado esta absurda historia en la que estábamos metidos, en medio de un pueblo indiferente en el que nadie abría una puerta para decirnos adiós, gracias por haber reventado frente a nuestros ojos. (177)

La escenificación de esta derrota personal funciona entonces en términos colectivos. El combate representa en distintos niveles la pugna nacional y, así, cada figura individual (Rocha y Sepúlveda) es alegoría de la Argentina. Pero es finalmente el cuerpo de Rocha el elemento textual que más claramente asume la significación del cuerpo nacional. Detrás de la euforia por el resonante triunfo del local, la escena de la pelea termina dando una nueva dimensión a la inercia colectiva, que se despega de su puro papel defensivo para adquirir ya el cariz de complicidad con que se puede explicar el comportamiento de la sociedad civil durante la dictadura (Vezzetti 135) –y que las primeras acciones de la redemocratización revertirían, devolviendo “a la sociedad una imagen de tranquilizadora inocencia” (110):

Me paré y empecé a empujar a los tipos que todavía estaban sobre el ring. […] Tiré a un par de muchachones contra las cuerdas y empecé a gritar.

Hasta que me di cuenta de que nadie hablaba, que la gente estaba quieta, mirándonos sin mover un músculo, como en un repentino velorio. Y seguía lloviendo. (Cuarteles 163-4)

Un detalle menor se centra en la mostración de este cuerpo y expresa también simbólicamente el conflicto en torno a la investidura profesional de Rocha y su situación de desamparo. Afirma el boxeador cuando Ávila Gallo se presenta como organizador del evento –y para su sorpresa–: “Entonces usted es el que va a ocuparse de conseguirme la bata” (29). Este modesto programa de acción –obtener la bata para la pelea– se revela finalmente frustrado (antes de entrar al ring: “se puso la toalla más grande sobre la espalda”, 150), anticipando el descuido que recae sobre su cuerpo maltrecho en el capítulo final (no es atendido adecuadamente en el hospital del pueblo, se le practica una traqueotomía con el canuto de una lapicera, se disputa el único tubo de oxígeno con un torturado) y como síntoma del carácter fronterizo (entre profesional y privado) de su participación en la pelea.

El episodio de cierre de la novela consigue por fin incorporar un elemento plenamente privado de la figura de Rocha. En coma, el cantor lo lleva en tren de vuelta a Buenos Aires:

Vacié mis bolsillos buscando algún indicio de la dirección del grandote. Allí estaban el reloj, la billetera, un manojo de llaves. Había unos pocos pesos, la foto de una vieja con un gato en los brazos, un boleto de ómnibus capicúa y la cédula de la federal, ajada y sucia. Ninguna dirección, ningún teléfono. Le di cuerda al reloj y se lo puse en la muñeca. El día señalado en

la esfera coincidía con el que había leído en la cédula. Volví a sacarla y me fijé en la fecha de nacimiento. Ese día Rocha cumplía treinta y cinco años. (180)

La billetera de Rocha –como antes la habitación de Marta– quieren funcionar en el texto como los bastiones finales de la intimidad, como refugios que repelen la intromisión del poder público, y de los que, por lo tanto, solo pueden desprender algún sentido sus legítimos usuarios: en fin, rastros de un relato que únicamente adquiere coherencia en el plano personal. Todo esfuerzo del narrador y del texto por recomponer con esos fragmentos una verdad sobre la individualidad de los personajes choca con el carácter irreductible de la experiencia. Galván logra sugerir cierto orden sobre la figura de Rocha –que ha devenido inopinadamente en texto dentro del texto– hilvanando estos fragmentos. Si cada uno de ellos puede entenderse como indicio de un rasgo de la identidad de Rocha, no sirven, sin embargo, para terminar de trazar sus coordenadas: el amuleto aporta un rasgo de carácter y despierta asociaciones con las que reconstruir cierta cotidianeidad, la foto sugiere una historia familiar, el documento ubica su existencia puntualmente en el fluir histórico; pero su filiación espacial –el dato identitario privilegiado por la lógica represiva de la dictadura: dirección, teléfono– permanece como un vacío. Así, la privacidad de Rocha brinda el soporte ulterior de la construcción alegórica: ¿puede concebirse una representación más clara del país de los setenta que un cuerpo vencido, herido, inconciente, y además inidentificable –a pesar de contar incluso con el aval oficial del Estado: ese documento emitido por la Policía Federal? Pero las conclusiones de Galván son aun más contundentes: ese día Rocha

cumple treinta y cinco años. El dato no solo es relevante porque indica la voluntad del personaje de construir y mantener un ámbito calificable de privado (lo había guardado en “secreto”), sino además porque su cumpleaños coincide con el aniversario de Colonia Vela, con lo que el texto refuerza la identificación alegórica entre ambos. Su edad (podría haber nacido en 1955, año de la caída de Perón) lo convierte en el representante ideal de las generaciones posteriores a la experiencia peronista.