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Chapter 2 Literature Survey

2.4 Surface Topography Measurement

2.4.5 Characterisation

La interacción colectiva en medio del lenguaje visual valorado en el lugar de lo social constituye el envolvimiento personal relacionado con el saber popular y el compromiso con el Otro. Este fundamento como aspecto esencial que constituye la producción de conocimiento tiene gran relevancia para el desarrollo del pensamiento político. Razones como la sabiduría popular de los sujetos, sus expresiones culturales, y sus sentires personales, cobran sentido desde la comprensión del verse a sí mismo en relación con la existencia del Otro. Es un principio que estimula la conciencia colectiva en cualquier proceso educativo por darle voz a las situaciones

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vividas de los participantes –estudiantes y docente– y concebir acciones colaborativas pensadas en el bien común.

Desde este pensamiento, cada ensayo vivido en la práctica mostró que, en esta distinción del hablar bien, guarda una designación especial la dimensión dialógica de los sujetos “construida por un Otro: un Otro que puede ser tanto el tú de la interlocución como la otredad misma del lenguaje y también la idea de un Otro como diferencia radical” (Arfuch, 2010, p. 135). El lenguaje visual como forma de expresión que da cuenta de la experiencia del vivir afectada por un Otro permite elaborar construcciones simbólicas cargadas de emocionalidad, y determinadas por una historia propia. Esta percepción desafía los actos de ver en una postura distinta a la propia. Se trata de otras posibilidades que permiten construir representaciones de sí mismo y del Otro, enseñar a mirar su mundo y otros mundos, juntar sus historias con otros saberes; es decir, reconocerse a sí mismo y explorar sus posibilidades expresivas a través de otras experiencias visuales.

El viaje poético que esconde el arte permite pensarnos en un tejido comunal del cual todos hacemos parte. Trasladarnos del dolor reflejado por Picasso mediante “La Guernica”, al sentimiento de amor recreado por Guayasamín en su obra “La Ternura”, o sentirnos sorprendidos con los trazos multicolores y vibrantes de la obra de Jacanamijoy, nos introduce en un inagotable mundo de procesos trenzados. Esta actividad, entre otras muchas, a pesar de que puede ser vista por algunos docentes como desprendida de lo corriente, en esta práctica, se detiene desde sus múltiples significados y se conecta a la experiencia humana en relación con el respeto a lo cotidiano, al reconocimiento del Otro en sus creencias, en su cultura, en sus diferencias, y al mismo tiempo en los valores que nos hacen comunes. Desde diversas formas de comunicación y de expresión personal, este es un solo ejemplo que nos lleva al terreno de leer las historias del Otro, de dejarnos conmover por ellas, y de permitir introducirnos mutuamente en las realidades mediante la capacidad del sentimiento y la capacidad del raciocinio.

Conscientes de la existencia de modos de vida construidos de maneras distintas, que en un principio podrían ser considerados ajenos, se hace inevitable experimentar un encuentro afectivo

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con las condiciones diferentes de los mundos del Otro. La participación en dichos mundos depende de nuestra capacidad para acercarnos. El buen trato a las formas expresivas de los sujetos abre las posibilidades del vínculo con el Otro. En la interacción sujeto–sujeto esto se podría entender como empatía; es decir como la capacidad de pensar y sentir la vida de otra persona como si fuera la propia. Parece sencillo por tratarse de una acción natural a la condición humana, pero realmente no lo es. Romper los espacios intermitentes que separan el uno del otro requiere de un paso inicial.

El mirarse al espejo puede convertirse en un acto poético válido. Verse a sí mismo y descubrirse en todo su ser, escuchar sus silencios y tocar los miedos en toda su realidad, es un acto de búsqueda. Pero detrás del sujeto pensante que se mira al espejo, que trae a la memoria sus imágenes más reveladoras, aparecen otros. Hay que distanciarse un poco de las formas propias – aquellas que solo distraen–, de los egos que ensordecen y enceguecen, para poder percibir esa otra presencia que complementa la existencia propia. En este punto, el mirar–nos como apuesta humana cobra su máxima aspiración. Se trata de una acción que nos prepara para ponernos frente al Otro, mirarlo, y alejar de la vista las fijaciones a las cuales nos hemos acostumbrado. Volver a mirar al Otro, admirarlo, y contemplarlo en su ser, nos permite dejar entrar a nuestro mundo, el mundo del Otro.

Uno de los avances de esta práctica fue el reconocimiento de la constitución del yo en el encuentro con el Otro. Esta aspiración no solo se estableció en lo personal, sino también en la “experiencia conjunta” de los significados compartidos y los esfuerzos comunes (Dewey, 1954, p. 153). El yo y los otros, el nosotros y los otros configuraron la otredad en una reflexión de lo personal y lo comunal. Pensamos los mundos particulares, nuestros mundos y los mundos de los otros en medio de mundos caóticos y desordenados que vivimos y que quisimos rechazar. La apertura a espacios socio–políticos más participativos de los cuales habla la arquitectura de las prácticas remite a la oportunidad de pensar otros mundos. Son los mundos creados por los artistas, aquellos que se adelantan en el espacio y en el tiempo, y que se conectan con el cambio de perspectivas que nos prepara para la equidad; aquellos que nos ponen al lado del Otro, y que seguramente nos llevan a descubrir juntos lo que nos hace comunes.

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Los sujetos jóvenes reconocidos y nombrados en la intersubjetividad como sujetos de saber, participantes y actuantes de mundos posibles, son sujetos políticos que seguramente bajo el deseo de atravesar esos espacios vacíos para lograr completarse (Freire, 1970) en el encuentro con el Otro, han desarrollado una mirada más incluyente y respetuosa de las diferencias. La resistencia a considerar al Otro como recurso humano, y no como persona, admite tener una percepción más sensible de otras existencias comprendidas en la inmensa variedad de vidas. Esto implica, diversidad de religiones, de ideologías, de creencias, de ideas, y fascinantes posibilidades humanas que constituyen el mundo. Esta clase de visualizaciones sumergidas en el descubrimiento del mundo común posibilita la auto–comprensión, y sin darnos cuenta la re– creación de la vida propia.

Escuchar en el discurso de los sujetos disposiciones científicas que anuncian mediante el ojo reflexivo la posibilidad del ver al Otro en toda su integridad y particularidad, es el primer paso para hablar bien. Y, por consiguiente,el principal fundamento de las pedagogías de la visualidad contemplado en las nuevas condiciones cultural–discursivas que favorecen otras formas de mirarnos, de escucharnos y de reconocernos.

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