Priority IV Patients who are dead or fatally injured Fatal injuries include exposed brain
Step 25 — Check for nerve function and possible paralysis of the upper extremities
así, murmura el pequeño lado perverso de nuestro doble corazón, sintiendo de sobra que jamás querremos escaparnos de cosas que a lo mejor lo merecían pero en las que seguimos creyendo. (Cortázar y Dunlop 2004).
Los lugares son historias fragmentarias y replegadas, pasados robados a la legibilidad por el prójimo, tiempos amontonados que pueden desplegarse pero que están allí más bien como relatos a la espera y que permanecen en estado de jeroglíico, en in, simbolizaciones enquistadas en el dolor o el placer del cuerpo. “Me siento bien aquí”. (De Certeau 2008).
Esta sí que es una casa grande, grandísima, vieja, de espacios enormes, de baños pequeños, de entrada mínima al lado de lo que le espera a uno dentro. No sabemos, Teresa no sabe, cuántos años tiene la casa, pero ella lleva allí más de treinta años y sí sabe que antes perteneció a un obispo, un hombre de mucho dinero, claro, esa casa no le podía pertenecer a “cualquier persona”, con semejantes dimensiones y ubicada en un barrio que aunque hoy está, digamos, “devaluado”, ha sido un lugar muy central y muy importante, más pensando en las tradiciones católicas de Bogotá.
Es una casa gigante para una sola persona y a ese obispo se la compró el esposo de Teresa; era un lugar en el que cada hijo podría tener su propio espacio y aun así les quedarían lugares disponibles en el primer piso para arrendar. Desde el principio tuvieron inquilinos.
La casa ha cambiado en estas décadas, algunas remodelaciones se han llevado a cabo en el lugar, respondiendo a momentos y necesidades que fueron llegando con el paso de los años. La casa tiene una escalera amplia, en madera, en la parte delantera (escalera que solo usa la gente que se dirija al espacio privado de Teresa, que incluye nuestro cuarto), y una angosta, en baldosa, que une los patios traseros del primer y segundo piso. Nosotras, al igual que el resto de los inquilinos, solíamos subir por esta última, por esa escalera de atrás que tenía un grado signiicativo de diicultad para algunos inquilinos que llegaran sin luz solar o eléctrica que indicara cómo medir los pasos, o para aquellos con varios tragos de más. Nosotras nos acostumbramos a utilizar esta escalera sin agarrarnos de la baranda, porque la experiencia nos indicó que alguna sustancia o luido poco coniables podían estarla cubriendo. Dayana alistaba una linternita o la luz del celular, si llegábamos de noche, para subir en mejores condiciones por esta escalera de atrás. La escalera de adelante la utilizamos a veces, más para salir de la casa, la utilizamos tanto para el trasteo de nuestra llegada como para el de la partida.
La casa tiene aproximadamente diez cuartos para arrendar (incluyendo el nuestro, que Teresa no siempre arrienda; lo deja para algún caso especial y para una mujer), además tiene el espacio acondicionado como su apartamento: un cuarto, la sala y su habitación, están también su cocina y baño personales; aparte de este baño, hay otros tres, uno en el primer piso y dos en la parte de atrás del segundo; hay también dos cocinas, una en cada piso, ninguna funciona, ni siquiera tienen electricidad, así que nadie las puede utilizar. En la parte de atrás del
segundo piso, queda el patio donde los vecinos cuelgan la ropa que lavan y es donde Teresa tiene las plantas que adornan su hogar; es la zona comunal, allí tuvieron lugar las charlas de las contadas visitas que nos hicieron a nosotras en esta casa. También en esta parte de la casa se construyó un ascensor, sí, uno rustico, de poleas y cadenas a la vista, como una jaula grande de metal que funcionó durante los últimos años de vida del esposo de Teresa que, por su estado de salud, no podía sin este aparato trasladarse de un piso a otro de la casa; ahora la estructura se oxida, pero hace parte fundamental de la historia de este hogar.
Para los inquilinos en general, los horarios de salida y de llegada son más fáciles de manejar que lo que fue para nosotras; aunque Teresa conocía dichos horarios y los reprobaba, eran cuestión personal; en nuestro caso, por estar ubicadas dentro de su “apartamento” era más complicado. Solo hasta la última semana de nuestros tres meses allí, tuvimos llaves de las puertas para entrar al restringido espacio de Teresa, que estaba separado del resto de la casa por una puerta independiente en el primer piso, por las escaleras delanteras y por una puerta en el segundo piso que se encontraba al pasar el patio y un corredor; teníamos llaves de nuestro cuarto y de la entrada de la calle, pero no de estas dos entradas, así que llegar después de las nueve y media pm (cuando Teresa se acostaba) o durante cualquier momento del día (en que ella no estuviera en la casa), era un verdadero problema, realmente era desesperante y fue de las cosas que más nos limitaron y molestaron de vivir allá. Constantemente le preguntábamos a Teresa por las llaves y siempre nos evadía o nos decía que ya nos las iba a dar: “cómo les dijera… mmm; sí, hay que hacer eso”. Algunas noches nos
abstuvimos de llegar si íbamos muy tarde, otras tantas nos tocó esperar interminablemente a que Teresa nos dejara pasar; esos eran los momentos de incomodidad y, a veces, de desesperación, los momentos en que más nos sentimos fuera de lugar: noches de lluvia, sin luz, sin dinero, sin la posibilidad de salir y devolvernos hacia algún lugar y solo estar “sentenciadas” a esperar; tardes atascadas en el patio aguantando calor, contando minutos y horas para ver a Teresa por in llegar.
En algún momento llegamos al límite, y ese límite es un alto alambrado de púas, como en los campos de concentración. Mas allá sigue el mundo pero no podríamos ir hacia él, ahora que por una vez las reglas del juego tienen también su lado maligno, una amarga negatividad. (Cortázar y Dunlop 2004). Teníamos sensaciones encontradas respecto a la situación, porque muchas veces por pena nos absteníamos de reclamar, y otras, sabíamos que pagábamos por el lugar y que lo menos que merecíamos era la facilidad para salir y entrar con libertad; en todo caso, no le íbamos a decir a Teresa “es que nosotras pagamos”, pues sabíamos el valor que tenía el que ella nos hubiera dejado entrar al lugar más privado, el más seguro de la casa (como lo sentíamos nosotras).
Algunas noches, algún vecino que nos desconocía, intentaba no dejarnos pasar, protegiendo la casa, sin mala intensión o grosería, como nos explicaban ellos mismos cuando salía Teresa para aclarar que nosotras hacíamos parte de la casa.
Una parte de la casa, que hoy en día está incomunicada del resto, es un local sobre la fachada, local que fue el negocio de costura de Teresa durante años, pero que de
un tiempo para acá, arrienda: es una tienda-miscelánea que ya lleva años allí. En este negocio nos abastecimos algunas veces, tanto de artículos de primera necesidad que se nos habían agotado, como de cerveza, dulces o algo para preparar una comida más agradable.
Teresa solía comprometerse a hacer múltiples arreglos y mejoras para nuestro beneicio y el de la casa; arreglos que no emprendió durante esos meses que estuvimos junto a ella: poner una puerta que realmente dividiera nuestro cuarto del suyo, así no se iltrarían ni sonidos ni luz, darnos llaves de todo lo que fuera pertinente, arreglar la humedad de las paredes de nuestro cuarto, tapar un hueco en el techo por donde entraba mucho frio, arreglos para el baño y para el techo, entre otras cosas; todos fueron planes que no vimos cumplidos.