2.4 E VALUATION OF THE MOST SUITABLE SYSTEM CONFIGURATION
2.4.3 Choice of system typology
Economics of Industry], es presentada como el primer tratado sobre esta postura. En efecto, parece
pertinente comentar brevemente las premisas de ese trabajo desde el punto de vista del desarrollo de la ciencia. La ciencia empírica moderna, que viene a desarrollarse a partir de los siglos xvi y xvii en la Europa del Renacimiento, recorre constantemente las creaciones de representación idealizada de la rea- lidad como base de los experimentos, los razonamientos y las proyecciones sobre la realidad. Trabajar con esas idealizaciones no solo no es criticable, sino que constituye un instrumento esencial de la labor científica, tanto para las ciencias naturales y matemáticas como para las sociales. El problema surge, en el caso de estas últimas, cuando se pretende convertir tales idealizaciones en imaginarios comparti- dos de sociedades perfectas, a los cuales deberíamos aproximarnos a pasos cuantitativos, calculados y calculables. Este tipo de utopía ocupa un lugar central en el pensamiento neoclásico, y parece ser una característica de la ciencia de la modernidad. La competencia perfecta, la libertad de mercado, el libre cambio, el equilibrio general, la teoría de la planificación estratégica de mercado, el funcionalismo y su propuesta de institucionalización equilibrada, y muchas otras, asumen las hipótesis de previsión perfecta (omnisciencia).
En el siglo xix se generaliza la filosofía del positivismo, la idea de la “tangibilidad” y el “realismo formalizado” como evidencia principal de la ciencia. Las supuestas enormes virtudes del cálculo di- ferencial e integral, como el modelo matemático, comienzan a crear un ambiente de integralismo científico, una especie de metafísica que sustituye la realidad concreta del mundo y, en la vida diaria, los modelos teóricos.
El pensamiento neoclásico introduce profundos cambios en la metodología de la economía, que comienza a caracterizarse por su renuncia a la teoría de la división social del trabajo, seguida por la negación de la ley del valor y el abandono de la teoría del superávit o surplus, de la plusvalía y, por tan- to, del análisis de las contradicciones de clase. Ello introduce una visión mercadocéntrica, en la que el mercado de competencia perfecta es el criterio de medida y de regulación de toda la actividad humana.
7 Por unA reconstrucción crÍticA De lA fAse ActuAl Del cAPitAlismo en Proceso De munDiAlizAción
La renuncia del pensamiento neoclásico a la teoría del valor constituye un importante retroceso. Mientras la economía fue concebida como ámbito de reproducción de la vida humana, la teoría del valor pareció adecuada para tal análisis; pero cuando la economía, como ciencia burguesa, deviene en administración de la escasez, desaparece ese elemento. Hacer de la administración de la escasez el objeto de la propia teoría o análisis, significa orientar la visión económica sobre la base de la oferta y la demanda. Es por ese motivo que se establece la teoría subjetiva del valor, primero el valor de utilidad y luego la simpleza empirista y fetichista de la sujeción de los precios a la oferta y la demanda y sus conceptos derivados: competencia, escasez, etcétera4.
En este rechazo no deben olvidarse los elementos ideológicos acerca de las consecuencias clasis- tas del análisis de Marx. Según Knut Wicksell (1851-1926), la teoría del valor-trabajo preocupaba extremadamente a los neoclásicos porque se había transformado en un arma terrible contra el orden existente: si el trabajo era la única fuente de valor, entonces todos los demás factores de producción privados debían ser considerados como parásitos de la producción y su retribución, como un robo, al ser el trabajo el único elemento con derecho a la remuneración.
De manera independiente surgieron la “escuela austríaca” y la de Jevons, en Inglaterra. A estas siguieron Marshall, Walras y Pareto, de la así llamada escuela de Lausanne, quienes crearon las bases generales del pensamiento económico marginalista. Esta escuela, que fue llamada de la utilidad mar- ginal, refleja el desplazamiento de la oferta y el costo hacia la demanda del consumidor, haciendo así de la utilidad un pertinente instrumento de análisis de las decisiones económicas. Estas categorías no eran el resultado de un costo real, sino de la utilidad (subjetiva) marginal de las mercancías. Tales ideas fueron sucesivamente refinadas hasta demostrar que no es la utilidad total la que determina el precio, sino la utilidad para el último comprador. Esta interpretación alejaba ulteriormente del peligro de contaminación de los clásicos, facilitando el uso de la matemática en la economía.
Los factores de producción comenzaban a abrirse camino en forma independiente y así el valor de cada factor podía presentarse como una función de los precios de la mercancía que producía; ello dio origen a la teoría de la utilidad marginal. En esta fase del pensamiento económico, el ciclo productivo comienza a ser presentado como algo que tiene origen en las decisiones del consumidor y no en la necesidad de autocrecimiento del capital.
Paul Samuelson, en su libro Economics, publicado en las principales lenguas del mundo, define la economía como el estudio de la manera en que los hombres y la sociedad deciden, con o sin empleo del dinero, usar recursos productivos limitados, que podrían tener aplicaciones alternativas, para producir variadas mercancías en el tiempo y distribuirlas, para el consumo, entre las diversas personas y grupos de la sociedad (Samuelson y Nordhaus, 2001: 25). Obsérvese cómo el objeto de estudio cambia hacia el análisis costos-beneficios del mejoramiento de la distribución de los recursos.
Se sustituye así el proceso de producción y reproducción de la vida económica de la sociedad por procesos de selección y cálculos para determinados fines. El objeto de la economía es para los neoclá- sicos la mejor forma de localización de los recursos para elevar su rendimiento; por tanto, la reproduc- ción y la acumulación del capital se corresponden con la exigencia de esta racionalidad económica. 5. Las críticas contra esta interpretación de la economía no se hicieron esperar. Sismonde de Sismondi (1773-1842) se lamentaba de cómo la economía política inglesa, envuelta en cálculos cada vez más ocultos, se hacía progresivamente incomprensible, señalaba la necesidad de acercarse más a la vida y
8trAtADo De métoDos De Análisis De los sistemAs económicos
a la realidad, y llamaba a estar en guardia contra el surgimiento de todo tipo de ideas que llevasen a perder de vista los hechos, como el considerar que el bien público se identifica con el aumento de la riqueza, al margen del sufrimiento de los seres humanos.
Era ya entonces evidente el camino errado emprendido por los economistas, que había llevado a la ciencia a un callejón sin salida por su total desprecio de los problemas reales. Se podría citar todavía a un gran número de estudiosos, entre ellos, Leontief, Robinson, Galbraith (Assmann, 1997: 93-193), que criticaron la persistente indiferencia de la ciencia económica en relación con su aplicación práctica y con la explicación de los hechos reales. Actualmente existen ramas enteras de la teoría económica que tienen como presupuesto una especie de inmunización, de negación ideológica de las críticas.
Sin embargo, la actitud de los así llamados “economistas clásicos”, con la cual se estrenaba la histo- ria de esta pseudociencia, había sido todo lo contrario que tecnicista y, mucho menos, dogmática: las obras de Marx, Malthus, Ricardo y Smith parecen realmente poco para los ejercicios de abstracción o modelización, al privilegiar más bien la comparación con los fenómenos históricamente determinados que caracterizaron la época y las naciones en las que vivieron, como fue, por ejemplo, el largo ciclo de crecimiento registrado en vastas áreas de Europa y de América a mediados del ochocientos.
De aquella lección de realismo queda bien poco en la ciencia económica actual, en la que, con fre- cuencia, el modelo pretende incluir forzosamente la realidad de las cosas, con peligrosas desviaciones ideológicas. Los credos ideológicos no se sostienen si no hay quien los asuma como base para aplicar- los como reglas del juego. Según Robinson (1959: 362), aunque muchos presupuestos de las teorías económicas no puedan ser probados, tienen la capacidad de proveer hipótesis que pueden servir para orientar la acción económica de las naciones y de las empresas. Estando así las cosas, el pensamiento presupone los fundamentos ideológicos de la burguesía como clase dominante.
He ahí por qué la “no ciencia” económica hace del economista un cazador que va a atrapar hormi- gas cuando creía estar cazando elefantes...
6. Parece claro que la economía política marxista y el pensamiento neoclásico parten de presupuestos