Introducción
La dimensión transnacional del mundo religioso fue decisiva en la gestión de la circulación y los intercambios entre víctimas de las dictaduras militares del Cono Sur de América Latina. Esta circulación permitió la confluencia de activistas de Derechos Humanos, muchos de ellos exiliados, de distintos orí- genes nacionales e ideologías políticas. Los dotó de una infraestructura y de una serie de recursos que fueron clave para la asistencia a las víctimas y sus familiares y para la denuncia de las dictaduras. Este trabajo se propone analizar la trama religiosa de las redes de activismo transnacional que se conformaron como respuesta a los autoritarismos instaurados por las dictaduras militares en el Cono Sur de América Latina, a mediados del siglo XX. En particular, nos interesa ahondar en las articulaciones regionales y globales de organismos de actividad transnacional, desarrolladas entre 1973 y 1985, que fueron facilita- das por las ligazones previas y/o por el empleo de recursos (materiales y sim- bólicos) provenientes del mundo religioso (católico y protestante).
* Dra. en Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, docente de la Facultad
de Ciencias Sociales de la misma universidad e investigadora de CONICET. scatoggio@ceil- conicet.gob.ar
Para comprender la importancia del problema que nos ocupa basta revi- sar las páginas del boletín número 4 de CLAMOR. En diciembre de 1978, este organismo de Derechos Humanos que funcionaba en Brasil bajo el amparo de la arquidiócesis de San Pablo, divulgaba internacionalmente las fotos de cuatro niños desaparecidos. Reunía allí los casos de Anatole y Victoria Julien Grisonas, el de Mariana Zaffaroni Islas y el de Simón Riquelo. Los cuatro niños eran uruguayos y habían sido secuestrados en distintas circunstancias en Bue- nos Aires (Lima, 2003: 78).
Los cuatro casos dejaban en evidencia el carácter coordinado que tuvo la represión en el Cono Sur de América Latina.1 La misma naturaleza de los casos
exigía esfuerzos de coordinación de parte de los familiares y organismos de Derechos Humanos a través de las fronteras. Gracias a estas campañas de de- nuncia internacional los primeros tres niños fueron identificados rápidamente. Anatole y Victoria fueron encontrados en una playa de Valparaíso, Chile. En el proceso de restitución de sus identidades jugó un papel central la Vicaría de la Solidaridad (Taiana y Piñero, 2007: 124-125). Mariana fue identificada en Buenos Aires, y su desaparición había sido producto de la apropiación de la niña por un agente de inteligencia de la Secretaría de Inteligencia de Estado en Argentina (SIDE). En su proceso de restitución, que demoró diez años, jugó un papel clave el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) (Taiana y Piñero, 2007: 127; Bruchstein, 2002: 6). Simón recién fue identificado en 2002; había sido apropiado por un agente policial en Buenos Aires y en la resolución de este caso tuvo un lugar principal Rafael Michelini, el hijo del diputado urugua- yo asesinado en Buenos Aires, que fue quien logró dar con su paradero.
Todos estos casos nos permiten ilustrar distintas dimensiones del proble- ma que nos proponemos abordar. En primer lugar, evidencia, por una parte, un mosaico de territorios nacionales sin fronteras donde se ejerció la acción coor- dinada de la represión y, por otra parte, presenta la articulación de organismos de Derechos Humanos que actuaron más allá de los límites territoriales de sus Estados. Esto nos permitirá acercarnos al rol de las redes transnacionales y al 1 Para un análisis del carácter coordinado de la operatoria represiva, véanse en este libro
lugar que asumieron algunos exilios en particular de la región en sus prácticas de denuncia. En segundo lugar, si consideramos que se trata de organismos nacidos y/o con estrechas ligazones de buena parte de sus referentes con el mun- do religioso, podemos afirmar que estos casos dejan entrever el funcionamiento de una trama religiosa del activismo humanitario que contribuyó tanto a construir puentes latinoamericanos en contextos de dictadura, así como a la integración de esos espacios regionales de Derechos Humanos a la dinámica global:
“En un momento dado cuarenta personas, familiares de niños desapare- cidos se congregaron en la Vicaría de la Solidaridad; un extraccionista de sangre y otros especialistas viajaron desde Buenos Aires para extraerles sangre a esas cuarenta personas. Luego se almacenaron muestras aquí en Argentina, en el banco nacional de datos genéticos. De Chile cruzamos a Europa […] De todos los demás organismos que nos ayudaron, el único que no puedo pasar por alto es ACAT [Asociación de Cristianos contra la Tortura] […] crearon en las ciudades más importantes de Francia un padri- nazgo para cada uno de nuestros nietos” (Testimonio de Rosa Roisinblit, Abuelas de Plaza de Mayo, en Taiana, 2007: 43).
Por último, los casos presentados permiten dar cuenta de la emergencia de formas de hacer política desde fuera o, incluso, reñida con el Estado, di- versas de otras formas históricas de activismo internacional. En efecto, las re- des de activismo no son una novedad de los años sesenta y setenta, podemos rastrear grupos que apelaron al internacionalismo y que actuaron con lógicas semejantes desde el siglo XIX, por ejemplo, en torno a la campaña de abolición de la esclavitud. Sin embargo, su dimensión, número, densidad y complejidad creció tangencialmente durante las últimas décadas del siglo XX. Es allí cuan- do claramente merecen el nombre de “redes de activismo transnacional” (Keck and Sikkink, 1998: 92).
El objeto construido de este modo es novedoso desde distintos puntos de vista. En primer lugar, para los estudios sobre las redes de activismo trans- nacional es original el enfoque propuesto desde la importancia del factor re-
ligioso (Keck y Sikkink, 1998; Dezalay y Garth, 2002; MacDowell Santos, 2007; Boaventura de Souza Santos y Garavito, 2007; Grimson y Pereyra, 2008). En segundo lugar, para estos mismos trabajos, que suelen vincular un destino na- cional con otro internacional sin detenerse demasiado en la escala regional, es innovador el énfasis en la relación de las escalas de acción regional y global (Basualdo, 2011; Green, 2003; Power, 2009; González, 2009). En tercer lugar, es original para los estudios específicamente abocados al carácter transnacional del mundo religioso que, demasiado enfocados en las conexiones transnacio- nales y/o recursos materiales que proveyó ese mundo al campo de los Dere- chos Humanos, pierden de vista la importancia de los recursos simbólicos del mundo religioso que impulsaron, dieron sentido y/o circularon en esos inter- cambios (Smith, 1979; Loverman, 1998; Lima, 2003; Aló, 2012; Cavalleti, 2006; Harper, 2006; Taiana y Piñero, 2007). Por último, pensar el activismo humani- tario en términos de acción política desde fuera y/o contra el Estado permite complementar las lecturas acerca del proceso de reconfiguración identitaria protagonizado por los exiliados latinoamericanos. Este proceso implicó el pa- saje de la política revolucionaria a la lucha humanitaria, esto es una “despoli- tización” que habría reemplazado la acción política por la movilización de la denuncia (Chirio, 2005; Markarian, 2004; Franco, 2008).