2. Background
2.6 Machine Learning Techniques
2.6.2 Classification Algorithms
Del mismo modo se pueden apreciar las profundas modificaciones sufridas por la pelvis. Para permitir una mayor sujeción de los músculos del glúteo y su mejor engarce en el fémur, las “alas iliacas” de la pelvis giraron hacia adelante y se ensancharon mientras que el resto de la pelvis se acortó. Así, toda la estructura adquirió un aspecto típico de platón. En esa estructura, ausente en todos los simios pero presente en los homínidos, caben todas las vísceras que, con la posición erguida comenzaron a pesar. Esto supuso resolver un nuevo problema: a falta de cuatro patas, todo el peso se descarga a lo largo de la columna vertebral y de las piernas y los pies.
En consecuencia, la columna vertebral desarrolló una serie de curvas para hacerse más elástica y poder responder así a las diversas exigencias del bipedismo. El hueso sacro, en donde concluye todo el peso del tronco, se acortó y se ensanchó. Los pies, por su parte, adoptaron, por debajo, una forma de arco (siguiendo, en cierto modo, el principio de las ballestas de un camión) para amortiguar el apoyo.
El pie sufrió otras modificaciones importantes. Aparte del incremento de tamaño de un hueso especial –el astrágalo- que recibe todo el peso del cuerpo, apareció otra diferencia típica entre el hombre y los simios: el pulgar ya no se encuentra separado de los otros dedos, como si lo está en la mano. Como ya no es necesario moverse por entre los árboles, ya no es necesario que los pies se agarren a las ramas; es decir, el pie perdió su función prensil. El pulgar del pie adquirió una nueva función en el bipedismo: el impulso. Para conseguirlo tuvo que unirse al resto del pie y ensancharse de forma que pudiera responder a todas las exigencias de la marcha o de la carrera.
Por último, las piernas. Los humanos poseemos fémures más largos y gruesos que los de un gorila, precisamente porque somos los únicos primates que los usamos con tanta intensidad. En términos biológicos, se puede considerar que somos animales especializados en el bipedismo al igual que un pájaro está especializado en volar o un canguro en saltar. El fémur, por tanto, tuvo que sufrir muchas modificaciones, la más típica de las cuales es su inclinación respecto al eje del cuerpo. El ser insectívoros obligó a los primates a mantener una posición más erguida. La captura de insectos mientras estaban suspendidos precariamente de las ramas de los árboles determinó que la mano sufriera una serie de adaptaciones para volverse más eficiente. Así, el dedo pulgar se volvió oponible con lo cual se facilitó agarrar las ramas y las presas; los extremos de los dedos prensiles se recubrieron de uñas, en lugar de garras, con lo cual las terminaciones nerviosas llegaron hasta el límite, lo que les confirió a los dedos gran sensibilidad y convirtió a las manos en otro órgano sensorial. El bipedismo dejó las manos libres para asir y ejecutar diversas tareas con lo cual las extremidades superiores fueron ganando en agilidad y, con el tiempo pudieron realizar movimientos finos y delicados. En la mano, el dedo pulgar se opuso a los demás dedos lo cual permitió agarrar objetos y, en un momento dado, fabricarlos.
Pensamos, recapacitamos y planeamos para lo cual disponemos, comparativamente, de enormes cerebros, en relación con el tamaño del cuerpo. El progreso del lenguaje permitió comunicarles a otros los descubrimientos y recibir enseñanzas de las experiencias ajenas. La visión estereoscópica permitió apreciar en profundidad. Comemos de todo y hemos llegado a todos los lugares de la Tierra; la especie humana ha revelado una capacidad extraordinaria para colonizar diferentes hábitats, cálidos o fríos, secos o húmedos, altos o bajos, marinos o desérticos. Así, nos hemos convertido en el animal grande más abundante de todo el planeta. Podemos estimar su población actual en unos ocho mil millones de habitantes con un peso
Evolucion del Mundo y la Vida
cercano a los 500 millones de toneladas (¡y aumentando!). Los únicos animales grandes que rivalizan, en número, con nosotros son los que hemos domesticado: vacas, pollos y ovejas. En contraste, hay menos de mil gorilas de montaña en el mundo. A primera vista, las diferencias con los demás animales son bastante notables. Pero, a nivel molecular, las diferencias no parecen tan claras.
Genética
Los simios –chimpancés, gorilas y orangutanes- tienen 24 pares de cromosomas y los seres humanos un par menos. La razón es que, en los humanos, dos cromosomas se han fusionado. Es decir, nosotros tenemos 23 pares de cromosomas porque el cromosoma 2, el segundo más grande en los humanos, en realidad está formado por la unión de dos cromosomas de mono. El ADN del hombre y el del chimpancé son similares en un 99 por ciento. Algo parecido ocurre con la hemoglobina –proteína que transporta el oxígeno molecular en la sangre- y el citocromo c, una proteína, constituida por más de cien aminoácidos, que se encuentra en todas las plantas, animales y microorganismos que respiran; la diferencia entre simios y humanos es de tan solo un aminoácido. Muy posiblemente, a medida que se vaya descifrando la estructura molecular de otras proteínas, se confirme la similaridad molecular entre los monos y el hombre. En los primeros meses de vida el chimpancé tiene un perfil casi humano. Y si nos remontamos atrás, al estado fetal, el parecido es todavía mayor.
Si consideramos los organismos adultos, en los humanos –al igual que en los simios y en muchas especies salvajes- se presenta el dimorfismo sexual: los machos son más grandes que las hembras, recuerdo de una época de luchas masculinas por el derecho al apareamiento. Los hombres, en efecto, tienen un diez por ciento más de estatura y un veinte por ciento más de peso, que las mujeres.
También, como lo saben todas las madres, los niños pequeños se llevan a la boca cuanto objeto nuevo, limpio o sucio, encuentren. Es como si el bebé confiara más en la información suministrada por sus labios y por su lengua que en la obtenida por medio de sus dedos.
Más tarde, en el adulto, la lengua seguirá siendo un instrumento táctil de altísima sensibilidad y precisión, capaz de detectar y amplificar irregularidades muy pequeñas en la superficie de los objetos, cualidad que se aplica también en el juego amoroso. Esta alta sensibilidad de la
lengua y los labios se debe a que están poblados de terminaciones nerviosas, excesivas para sus funciones actuales pero que debieron desempeñar un papel muy importante en la exploración táctil de nuestros antepasados cuadrúpedos, cuando todavía las manos no se habían liberado de su tarea locomotriz. En consecuencia, es lícito pensar que la conducta de exploración oral del niño sea un recuerdo del pasado.
Lo anterior indica que la especie humana difiere de sus parientes primates vivos más por su comportamiento que por divergencias grandes en su anatomía o en la composición molecular.