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2. Background

2.7 Prior Work

2.7.1 Motor Execution BCIs

Hace entre 22 y 5.5 millones de años, en una época conocida como Mioceno, los simios dominaron el mundo primate. Unas 100 especies de simios vagaron a través del Viejo Mundo, desde Francia hasta China, en Eurasia, y desde Kenia hasta Namibia, en Africa. Al igual que los simios actuales, estas criaturas variaban considerablemente en el tamaño: el más pequeño pesaba unos tres kilogramos (como un gato doméstico) y el más grande debía tener un peso similar al de un gorila (80 kilogramos). A partir de esta amplia diversidad surgieron los humanos y un número limitado de simios.

Los paleontólogos estiman que los homínidos difieren del hombre actual por ser más pequeños, tener una mandíbula y dientes relativamente grandes y por poseer un cerebro que, aunque mayor que el de los monos de tamaño corporal equiparable, rara vez tiene un volumen superior a la mitad del encéfalo del hombre moderno.

La principal fuerza que dirigió la evolución desde Australopithecus hasta las especies Homo pudo haber sido la habilidad para recorrer grandes distancias, a través de las sabanas de África, para cazar o en busca de carroña.

Hace unos 2.4 millones de años debió presentarse una mutación genética que ocasionó la disminución del tamaño de la mandíbula. Sin la incomodidad de unos poderosos músculos masticadores, el cerebro pudo crecer. Esta fue una de las características básicas que marcó la divergencia entre los humanos y los simios. En esa época, los ancestros humanos debieron comenzar a usar las herramientas de piedra para descarnar la carroña y reemplazar las enormes mandíbulas para descascarar y romper nueces.

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Australopithecus

A los antepasados inmediatos del género Homo –que incluye a nuestra propia especie Homo sapiens- se los agrupa en el género

Australopithecus. Estos antiguos homínidos habitaron la Tierra hace

por lo menos cuatro millones de años. Eran ya bípedos pero su cerebro no superaba significativamente al de los simios actuales. Poseían molares robustos, idóneos para una dieta de materia vegetal dura. Cincuenta años después de la afirmación de Darwin, el anatomista R. Dart encontró en Taung, Suráfrica, un fósil perteneciente a un humano extinto que bautizó Australopithecus africanus (mono del Sur del África). Su hallazgo se recibió con escepticismo y con un rechazo rotundo a la posibilidad de que fuera un antepasado de los humanos. Sin embargo, el descubrimiento de otro espécimen surafricano, conocido ahora como Australopithecus robustus reivindicó a Dart. Sin embargo, sólo hacia la década de 1950 comenzó a aceptarse la idea de que descendemos de antiguos ancestros africanos parecidos a los monos.

Diferentes miembros de la familia Leakey han hecho descubrimientos importantes de fósi- les humanos antiguos. Así, a mediados de la década de los 90, el equipo dirigido por Meave Leakey, del Museo Nacional de Kenia, anunció el descubrimiento de Australopithecus ana-

mensis (de Anam, lago en lengua turkana), una especie de hace cuatro millones de años, que

tiene características ligeramente más arcaicas que Lucy (ver más adelante) pero que puede ser su ancestro. Por la misma época, otros científicos descubrieron en Etiopía una colección de fósiles de 4.4 millones de años de antigüedad, que representan un homínido (un homí- nido es un primate –humanos y protohumanos- que anda erguido) más primitivo, conocido ahora como Ardipithecus ramidus. No obstante, los estimativos de algunos biólogos apun- tan a que la separación entre humanos y chimpancés debió ocurrir antes de ese tiempo. Cada cual se adaptó a su propio ambiente pero todos fueron criaturas bípedas, con quijadas grue- sas, molares grandes y caninos pequeños, radicalmente diferentes de los monos cuadrúpedos. Hace entre dos y cuatro millones de años vivió el Australopithecus afarensis (australopi- teco del país de los Afar), una especie que ya se desplazaba erecta.

En 1978 y 1979, en Laetoli (Tanzania), no lejos del Parque Nacional de Serengeti, Mary Leakey encontró las huellas de pisadas dejadas por homínidos que caminaron por allí hace 3.7 millones de años. En una de sus erupciones, el volcán Sadimán, próximo a Laetoli, arrojó cenizas al aire

y una lluvia las convirtió en barro, en el que se grabaron y fosilizaron las pisadas de muchos animales, entre ellos las de tres homínidos. Hay dos rastros paralelos pero el de la derecha, en el sentido de la marcha, parece corresponder a dos individuos; uno de ellos caminaba sobre las huellas del otro. El individuo de la izquierda es muy pequeño, quizás una hembra o una cría.

Las características de estas huellas indican hasta en los mínimos detalles, un modo de caminar igual al nuestro.

El pie de un chimpancé, gorila u orangután es muy diferente al pie humano. En realidad se parece más a nuestra mano. Eso quiere decir que el pie es plano y su dedo gordo es más corto que los demás y se puede separar lateralmente de los otros dedos poniéndose en posición divergente al caminar. En base al tamaño de las pisadas de estos homínidos se calcula que su altura fluctuaba entre los 120 y 140 centímetros. En Laetoli también se encontró una mandíbula que es el ejemplar tipo de la especie.

En Hadar se encontraron fósiles con una edad entre tres y tres y medio millones de años. Allí, el equipo dirigido por D. Johanson descubrió, a partir de 1972, numerosos restos de

Australopithecus afarensis. Entre estos restos se encuentra gran parte del esqueleto de una

hembra de unos 20 años de edad y unos 25 kilogramos de peso, conocida mundialmente como Lucy, tal como la apodó Johanson cuando la descubrió en 1974 (la bautizó así por la canción de los Beatles “Lucy en el cielo con diamantes” que alguien estaba escuchando cuando se descubrió el fósil).

El Australopithecus afarensis surgió hace casi cuatro millones de años y alcanzó su esplendor medio millón de años después. Su cerebro aumentó hasta un máximo de 550 centímetros cúbicos pero seguía siendo el de un chimpancé. El macho medía alrededor de 1.20 metros y pesaba unos 50 kilogramos. La hembra era de dimensiones bastante menores. Vivieron cerca de lagunas y ríos y comenzaron a explotar su entorno, alimentándose de semillas, frutas y tubérculos. Los científicos los describen como muy primitivos del cuello para arriba, con una cara todavía muy parecida a la de un simio, con pómulos pronunciados y muy salientes en su parte inferior, pero muy modernos del cuello para abajo. La rodilla se parecía mucho a una

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articulación humana; la pelvis estaba completamente adaptada para andar erguido; y el pie, que era una mezcla curiosa de antiguo y moderno, estaba estructurado adecuadamente para el bipedismo. Estos seres ya habían dado un salto evolutivo inicial importante: andaban erguidos, de lo cual se deduce que el andar erguido se produjo antes que la expansión del cerebro.

Un individuo que come mucha fruta debe saber subir bien a los árboles lo cual se ve reflejado en que los dedos del afarensis no eran rectos como los nuestros sino curvos; es decir, muestran una curvatura típica de los animales arborícolas. Se puede concluir, entonces, que el afarensis caminaba en dos pies pero también trepaba a los árboles donde encontraba una parte del alimento y quizás refugio durante la noche.

El 28 de noviembre de 1924, R. Dart, un profesor universitario de anatomía, en Johanesburgo (Sudáfrica) recibió un paquete procedente de la cantera de Taung y dentro de él había un cráneo infantil en el que Dart reconoció a un posible antepasado nuestro al que bautizó como

Australopithecus africanus.

Los Austrolipithecus africanus, de tres millones de años de antigüedad, heredaron el nomadismo de los contemporáneos de Lucy y conquistaron tierras africanas más amplias. Físicamente no eran muy distintos de sus colegas afarensis; la altura era de 1.35 metros y el peso de unos 30 kilogramos. La cara era todavía muy simiesca con arcos superciliares muy acentuados y unos pómulos fuertes. Los dientes que se han encontrado de Australopithecus afriacanus (incisivos más pequeños y molares más grandes que los de afarensis) hacen suponer que se alimentaba de vegetales fibrosos (un poco más duros de masticar que las frutas) y también de algunas presas ocasionales. Y quizás de algunos trozos de carne arrancados a cualquier cadáver abandonado por los depredadores. Los dientes también han permitido calcular la edad de su muerte: 22 años. ¡Se moría joven en las sabanas africanas! El volumen del cráneo del africanus (430-500 centímetros cúbicos) era ligeramente superior al del afarensis por lo cual, su nivel de inteligencia pudo ser ligeramente superior. El Ausrtralopithecus africanus se dividió en dos subespecies, ambas extintas: Australopithecus robustus y Australopithecus boisei.

Ardipithecus

Entre 1992 y 1994 se encontraron en Aramis, Etiopía, los restos del homínido más antiguo y catalogado por algunos como el eslabón perdido: el Ardipithecus ramidus (ardi y ramid procedende la lengua afar y significan respectivamente “suelo” y “raíz” mientras que pithecus significa “mono” en griego). Se trata de una colección de huesos y dientes pertenecientes a 17

individuos, con una antigüedad de unos cuatro y medio millones de años. Del examen de los huesos se desprende que tenían una altura media de 1.20 metros y que ya eran bípedos pero, al mismo tiempo, aún ágiles trepadores. El Ardipithecus vivió todavía en la selva tal como lo sugiere el análisis de los sedimentos y de los huesos de los animales encontrados junto con sus fósiles. Esto sugeriría que el bipedalismo apareció en el bosque, en medio de la tupida vegetación y no en la sabana como se ha creído siempre.

Ardipithecus tenía una pelvis diseñada para caminar erguido. Las demás características eran

más las de un chimpancé que las de un ser humano. Así, su cerebro era probablemente más pequeño que el de un chimpancé actual pero su dieta si debió ser similar: fundamentalmente fruta y vegetación. Los machos eran bastante más grandes que las hembras. En un momento determinado la población se dividió y quizás, por algún accidente geográfico, se separó en dos grupos, uno que dio origen a los homínidos y otro a los chimpancés.

Por su parte, el hombre actual –Homo sapiens- es un primate bípedo que cuando se desplaza de un lugar a otro suele acarrear herramientas, alimento y otras posesiones, ya sea en sus brazos o en recipientes. Esto no ocurre con los grandes monos. Además, los miembros de las sociedades del Homo sapiens se comunican mediante lenguaje hablado. Los monos, aunque se comuniquen entre sí, carecen de lenguaje.

En tercer lugar, entre los miembros de las agrupaciones sociales humanas el compartir el alimento es una forma característica de comportamiento. Los adultos intercambian el alimento y lo comparten con los jóvenes.

Sólo el hombre se alimenta de modo habitual de presas que sobrepasan los 15 kilogramos de peso y los cazadores-recolectores humanos tienden a dedicar más tiempo que los demás primates actuales a la adquisición de alimentos ricos en proteínas. Por lo general, el hombre somete los productos alimenticios a una preparación previa antes de su consumo.

En las agrupaciones sociales humanas siempre existe un “lugar de residencia” de manera que los individuos puedan desplazarse de modo independiente por el terreno circundante y volver a reunirse más tarde. La residencia posibilitaba la división del trabajo entre hembras y machos. Los machos salían a cazar, actividad que requiere velocidad a pie (para correr detrás de la presa o delante de ella cuando falla el tiro) o movilizarse a grandes distancias, algo que las hembras adultas no podían hacer por dedicarse al cuidado de los niños. Por eso recolectaban alimento en los alrededores de la residencia, principalmente productos vegetales pero también mariscos, anfibios y reptiles pequeños, huevos e insectos.

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Antes de la aparición del robustus, en un paraje menos selvático y más árido y caluroso, surgió, hace 2.6 millones de años, y se extinguió hace un millón, el Australopithecus boisei (boisei en honor a C. Boise, un hombre de negocios londinense que contribuyó generosamente a la expedición que desembocó en el descubrimiento de estos fósiles), un tipo más estilizado y versátil a la hora de alimentarse y más alto: 1.50 metros, aunque las hembras eran más pequeñas.

Era muy macizo, con una cabeza ancha, con inmensos pómulos, la nariz chata y la cara plana. Probablemente se alimentaba de frutos y raíces muy duros que debían ser triturados por los dientes durante bastante tiempo. Toda la arquitectura del cráneo y de los dientes está condicionada por la necesidad de masticar durante mucho tiempo. El volumen de sus molares era unas seis veces los nuestros. El cerebro del boisei, a pesar de su aspecto simiesco, alcanzó los 550 centímetros cúbicos, un volumen mucho más elevado que el de los simios antropomorfos. Los surcos y las circunvoluciones cerebrales, indicadas indirectamente por las huellas internas del cráneo, parecen mostrar un diseño mucho más complejo.

El Australopithecus robustus era un homínido de fuertes mandíbulas sujetas por músculos enormes, pero pequeño –más pequeño que los chimpancés- torpe y desadaptado, que desapareció hace 1.2 millones de años.Había perdido sus dientes caninos pero disponía de grandes molares y premolares para masticar mejor de un lado a otro, probablemente hierbas y vegetales duros. La reconstrucción de su mano indica que el robustus podía manejar instrumentos; su mano era muy similar a la nuestra, con dedos rectos y un pulgar grueso indicador de una fuerte musculatura y una notable capacidad de manipulación. También la muñeca tiene una movilidad y una forma similar a la nuestra. Gracias a sus manos más humanas pudieron haber construido herramientas toscas de hueso.