CHAPTER 2: AIM 1: Develop and Validate Metrics to Quantify Absolute Motion
2.6 Results
2.6.2 Clinical study results
En la prim avera del año 417, Alcibíades había esqui vado el peligro del ostracism o con u na hábil m aniobra. Ahora em pieza para él un período especialm ente fausto y glorioso. Es el de la gran em presa a la que arrastrará a Atenas.
Todo m archaba bien p ara él.
La política seguida con Argos, tras m uchos co n tra tiem pos, parecía que po r fin iba a d ar fruto: un nuevo acuerdo entre Argos y A tenas1 se concluirá en la prim a vera siguiente.2
Por otra parte, en este m ism o año de 416, Atenas se apodera de la pequeña isla de Milo, situada m uy cerca del Peloponeso; y, si bien carecem os de datos concretos acerca del papel que pudiera desem peñar Alcibíades en este asunto, este gesto de audacia apunta indirectam en te a Esparta, cuyos habitantes eran antiguos colonos de la isla y, por lo tanto, tenía que complacerle. Es tam bién la prim era manifestación de un im perialism o que él de sarrollaría muy pronto.
El principio en sí de u na expedición contra Milo se justifica mal. Sus habitantes, explica Tucídides, «no que rían obedecer a Atenas com o los otros isleños; en un principio, se m antuvieron neutrales, tranquilam ente»; pero esto no bastaba a los atenienses, que atacaron la isla con treinta y ocho naves.3
Tucídides pone énfasis en este episodio. En su relato, introduce un diálogo entre representantes de Atenas y
de Milo, en el que los prim eros explican a éstos que les conviene ceder inm ediatam ente, ya que nadie acudirá en su ayuda, ni los espartanos ni los dioses que, les di cen, reconocen la ley del más fuerte: «Una ley natural hace que, siempre, el más fuerte, m ande» (105). Y, como los melinos se asom bren de que no se les perm ita ser neutrales, los atenienses responden que ello no es posi ble: «Vuestra hostilidad nos causa m enos daño que vuestra am istad: ésta, a los ojos de los pueblos del im perio, parecería una prueba de debilidad y vuestro odio, una prueba de fuerza» (95). El diálogo prosigue a lo lar go de varias páginas, en réplicas vivas, densas, abstrac tas: nunca el derecho del más fuerte, en el que se fun dará a p a rtir de ahora el im perialism o ateniense, será enunciado ni denunciado con m ás vehem encia.
No podem os menos que pensar que no es casualidad que este análisis se form ule a m odo de preludio, inm e diatam ente antes de la gran em presa del im perialism o ateniense que será la expedición a Sicilia.
Lo que es más, a la gratuidad de la em presa se sum ó la dureza de la represión. La isla fue conquistada. Todos los hom bres en edad de p o rtar arm as fueron ejecutados. Las mujeres y los niños fueron reducidos a la esclavitud. Y en el país se establecieron los propios atenienses.
Esta severa decisión tenía sus precedentes: análogas m edidas de represión se h ab ían im p u esto en Torona (V, 3, 4) y, muy especialm ente, en Esquiro (V, 32, 1). Otro tanto se había pensado hacer en Mitilene, pero se desistió. El im perialism o se recrudecía sin duda a causa de la irritación que suscitaban las sublevaciones. Pero Milo no era una ciudad sublevada.
Ahora bien, aquí se asocia a Alcibiades a los hechos. No a la em presa propiam ente dicha. N ada sabem os del papel que pudiera desem peñar en ella. Y Tucídides, que opta por juzgar el episodio como característico del imperialismo ateniense en general, no lo nom bra. Pero, por lo que atañe a la represión, otros se han encargado de nom brarlo.
El discurso falsam ente atribuido a Andócides decla ra, con un alarde de elocuencia, que él había «propues-
to red u cir a la esclavitud a la población» (21); y Plu tarco afirm a que «habló a favor del decreto contra los melinos» (16, 6 ); este au to r dice, incluso, que fue el «principal responsable» de la m atanza de los melinos. Ya hemos dicho que Alcibíades tom ó p o r esclava a u na m ujer de Milo, con la que tuvo un hijo.-4
Si bien no está dem ostrado que él influyera en la de cisión de la expedición, sí que pudo anim ar al brutal ex polio de la isla. Y sin duda debía de felicitarse de esta política osada que confirm aba el poderío de Atenas y la apatía de Esparta.
¡Y no era eso todo! Porque m ayores razones tenía para felicitarse de sus éxitos particulares. Este m ism o año de 416 es casi con toda seguridad el de sus grandes victorias olímpicas, que tanto revuelo levantaron en toda Grecia.5 Y sin duda su recuerdo estaba todavía muy fres co en el verano de 415 cuando Tucídides nos presenta a Nicias despotricando contra estos éxitos y la arrogancia que entrañaban: «Lo que pretende es deslum brar por el lujo de su cuadra...»
A finales de 416, Alcibíades tiene razones para sen tirse contento de la vida y lleno de confianza en el p o r venir.
¿Demasiado contento quizá? ¿Demasiado confiado? En cualquier caso, es ah o ra cuando surge su gran proyecto, y él se entrega sin reservas a la em presa que consiste en que Atenas se lance a la conquista de Sicilia.
La idea nos parece casi disparatada. ¿Cómo podía la pequeña ciudad de Atenas, con los medios de la época, pretender som eter a una isla tan grande y tan lejana? El que se contem plara tan sólo u na idea semejante nos re vela cuál era entonces el poderío naval de Atenas y su autoridad en el m undo griego.
La atención que Atenas prestaba a la gran isla no era nueva. Hay que recordar que a la sazón Sicilia estaba ocupada por num erosas colonias griegas, llegadas de distintas ciudades y pertenecientes a familias étnicas di-
ferentes, que por cierto se peleaban entre sí con fre cuencia. Y u n a ciudad como Atenas, reina de los mares, no podía perm anecer indiferente a aquellas disputas, habida cuenta de que la isla era la m ayor productora de trigo del m undo griego. Si bien el im perialism o atenien se no obedecía sobre todo a necesidades económicas, és tas tam bién tenían su peso en u n caso semejante.
Ya a principios del siglo v, Temístocles, el iniciador de la política de expansión m arítim a de Atenas, había vuelto la m irada hacia Sicilia. No p a ra conquistarla, desde luego, sino para inform arse y entablar relaciones. Una vez m ás, Temístocles pudo servir de inspiración y m odelo a Alcibiades. Dos de sus hijas llevaban los elo cuentes nom bres de Síbaris e Italia. Al parecer, luchó contra el tirano de Siracusa y, cuando tuvo que abando n ar Atenas, pensó en ir a refugiarse en Sicilia. Más ade lante, tam bién Pericles se interesó p o r Sicilia, con la que concertó alianzas, para no m encionar la fundación, pro movida p o r él, de una gran colonia panhelénica en Tu- rios, al sur de Italia.
Este interés no se extinguió a la m uerte de Pericles, todo lo contrario. Atenas tenía aliados en Sicilia, como Segesta (o Egesta, cerca de Palerm o) y Leontini (entre Catania y Siracusa). Estos aliados la llam aron, dándole un pretexto para intervenir. Además, Atenas desconfiaba de Siracusa, la gran ciudad del este de Sicilia, fundada por corintios. Al m ismo tiem po que Atenas derrotaba a los persas en Salam ina, Gelón, tirano de Siracusa, obte nía la gran victoria de H im era a expensas de los cartagi neses. Los tiranos de esta ciudad habían m antenido una corte brillante en la que habían recibido, entre otros, a Píndaro y Esquilo. H im era ya no ten ía tiranos, pero conservaba su poderío, y Atenas recelaba de su am bición.
Ni siquiera durante la guerra Atenas se había desen tendido de Sicilia. Y la prim era expedición que envió patentiza de m odo elocuente lo que debía de ser, en 415, la am bición ateniense, sus posibilidades y sus riesgos.
Esta prim era expedición se sitúa en el año 427.6 Los atenienses enviaron a Sicilia veinte naves. Los habían
llam ado los habitantes de Leontini que eran jonios y es taban en conflicto con Siracusa. Pero Tucídides p u n tu a liza: «En realidad, los atenienses enviaron [estas naves] so pretexto de parentesco, pero en realidad porque que rían que el Peloponeso no recibiera trigo de allá y para hacer un ensayo prelim inar, a fin de ver si les era posi ble hacerse los dueños de la situación en Sicilia.»
El m ecanism o es simple, y resulta fácil com prender cómo se com binan la ocasión, que brindan las luchas lo cales, y la ambición, siem pre presente en el corazón de los atenienses.
Pero tam bién se aprecian fácilm ente los riesgos inhe rentes en esta clase de em presas.
La prim era expedición em pieza bastante bien. Los atenienses se instalan en Rhegium, frente a Sicilia, y rea lizan operaciones locales, aliándose con Mesina (III, 90)7 y apartando de Siracusa a los sikeles o sicilianos, que eran los pueblos no griegos (III, 103). A finales del invier no siguiente, los atenienses, a petición de sus aliados, de ciden incluso el envío de cuarenta naves de refuerzo. Es tas naves quedaron retenidas en otro lugar, y Siracusa se aprovechó de ello para reanudar la ofensiva (IV, 24). Se hicieron varias tentativas en el estrecho de Mesina y un poco más al Norte, hacia Naxos. Pero no ocurrió nada de cisivo hasta el verano del año 424, en que esta prim era tentativa ateniense term inó de un modo muy interesante. Tucídides le dedica m ucha atención y todo un discurso. Siracusa no había descuidado la diplomacia. Muy p ro n to todas las ciudades sicilianas que guerreaban entre sí celebraron un gran congreso en Gela, al sur de la isla, donde Herm ócrates, el representante de Siracusa, hizo uso de la palabra y fue m uy escuchado. Herm ócrates re giría durante m ucho tiem po los destinos de Siracusa y sería uno de los enemigos m ás firmes y eficaces de Ate nas. En el congreso de Gela (casi nos tienta escribir «la cum bre de Gela»), H erm ócrates abogó por la unidad. Condenó las guerras en las que las ciudades de Sicilia se destrozaban entre sí y dem ostró que estas divisiones h a cían el juego a los atenienses, cuya presencia debía ser un a advertencia y una exhortación a la reconciliación.
El tem a es claro, insistente, preciso. «Puesto que es Sicilia entera la que, a m i entender, se encuentra am ena zada p o r los atenienses, hem os de ver si somos capaces de asegurar su salvación, y hay que pensar que, para m o vem os a zanjar nuestras diferencias, m enos valor tienen mis palabras que esos atenienses que, dueños de la m a yor fuerza de Grecia, acechan nuestros errores, con va rias naves en nuestras aguas y, am parándose en el título de aliados, explotan en beneficio propio y bajo una apa riencia amable lo que es una hostilidad natural.»8 O tam bién: «No es la oposición entre dos razas lo que les trae aquí, hostiles a una de ellas; es la atracción de las rique zas de Sicilia, que son nuestra propiedad com ún.»9
Bienes comunes, un a Sicilia unida, éste es su progra ma; y H erm ócrates proclam a este parentesco de vecin dad y de intereses al hablar de «gentes que, como no sotros, h ab itan un m ism o país, rodeado p o r el mar, y llevan el m ism o nom bre de sicilianos» (64, 3).
Vemos que, si las am biciones atenienses respecto a Sicilia no eran cosa nueva, las posibilidades de resisten cia habían aum entado. Y Tucídides no insistiría tanto si no h u b iera visto en ello una advertencia, que Atenas echó en saco roto en el 415.
¿El resultado? En Gela se escuchó y se hizo caso a H erm ócrates. Las ciudades se pusieron de acuerdo. Se inform ó de ello a los atenienses, que no tuvieron m ás re medio que m ostrar su aprobación y ... hacerse a la mar. Pero, a su regreso, fueron condenados al exilio o se les im pusieron multas: «La razón era que, en lugar de someter, como hubieran podido hacer, al m undo sicilia no, se habían dejado convencer de que debían m archar se. Y es que los atenienses, en su buena fortuna, estaban habituados a no encontrar ningún obstáculo: tenían que conseguir cuanto se proponían, tan to si la em presa era factible com o sobrem anera difícil, tan to si los medios eran im portantes como si eran insuficientes: la culpa la tenían los increíbles éxitos que habían obtenido en tan tos casos y que daban alas a sus expectativas.»10
Al final del relato de esta prim era expedición, se re pite la idea del principio: aparte del interés que pudiera
suscitar esta isla grande y rica en trigo, había otra m oti vación, siem pre la m ism a:" la necesidad de expansión, propia del im perialism o ateniense.
El im perio de Atenas había nacido de forma espontánea y natural. Atenas, con su flota, había desem peñado un papel im portante en la guerra contra el bárbaro. Después perm aneció a la cabeza de los aliados que con frecuen cia preferían dar dinero a participar en las acciones. Re sultado: Atenas creció. Pronto la m ayoría de aliados se convirtió en poco m ás que vasallos. Y, cuando trataban de separarse, la desproporción de fuerzas les imponía la sum isión y quedaban m ás sometidos todavía. Así, cuan do empezó la guerra del Peloponeso, Atenas dominaba, con distintos grados de obediencia, sobre casi todas las islas, y debía p ro cu rar constantem ente m antenerlas a raya. Pericles lo sabía: hablando del imperio, había di cho a los atenienses que ya no podían renunciar a él: «De ahora en adelante, constituye en vuestras manos una ti ran ía cuya adquisición puede parecer injusta pero cuyo abandono sería peligroso» (II, 63, 2). Por ello Esparta no desperdiciaba ocasión de utilizar esta arm a, incitando a la deserción. Y tam bién po r ello los atenienses, tem ero sos de estas deserciones, habían endurecido las represio nes de año en año.
Pero Pericles no hablaba de conquista. Al contrario, ponía en guardia a los atenienses, prom etiéndoles la vic toria con una condición, «si consentís en no extender vuestro dominio m ientras estéis en guerra ni ir a buscar deliberadam ente peligros nuevos (porque temo más nuestros propios defectos que las m aquinaciones del ad versario)» (I, 144, 1). Él conocía esta tentación. Él sabía, como lo explican los delegados atenienses en el libro I, que un poder envidiado inevitablem ente tiende a refor zarse. Y él conocía el carácter de los atenienses, «in novadores, vivaces para im aginar y para realizar sus ideas», «practican la audacia sin m edir sus fuerzas, el riesgo sin pararse a la reflexión y el optim ism o en los casos graves».12 Es decir, desconfiaba.
Pero Pericles había m uerto hacía quince años. Desde su muerte, el im perialism o ateniense, aunque lim itado por la guerra, se había reforzado y endurecido. Además, ahora se podía pensar que la guerra había term inado...
Así pues, ¡qué ocasión para nuestro Alcibiades! Gra cias a sus victorias olímpicas, era el gran hom bre del momento. Deseaba ser todavía m ás adm irado, superar al mismo Temístocles. Y con esto se entusiasm ó ante la idea de una expedición allá lejos, u n a gran expedición que ofreciera a la dom inación ateniense un cam po nue vo, lejano e infinitam ente prom etedor.
Y, en esta Atenas, siem pre apasionada po r la gloria y las aventuras, sus palabras encuentran eco. Con él están los jóvenes, pero no son los únicos. Un texto de P lu tarco 13 evoca con vivida plasticidad a los num erosos atenien ses que, «sentados en palestras y hemiciclos, dibujaban la forma de la isla y la situación de Libia y de Carta- go...». Más adelante volveremos sobre Libia y Cartago, cuya mención en este capítulo tiene su im portancia. ¡Y qué tangible se hace ese sueño colectivo en los hum il des dibujos en la arena! A favor o en contra, en aquel momento, todo el m undo debía de h ab lar de la posible expedición e interesarse por la isla lejana. En Las troyci
ñas de Eurípides, obra que se representaba precisam en
te entonces, el poeta condena de form a explícita las gue rras ofensivas; pero incluso aquí se percibe la idea de Si cilia: la «tierra del Etna» está entre los lugares a los que las cautivas piensan ser conducidas.14
Esta curiosidad daba lugar a discusiones, sin duda alguna; pero en la m ayoría se asociaba a ella el vivo de seo de partir. Lo dice Tucídides, y expone las razones en las explicaciones que da de la votación que finalm ente determinó la decisión. En ella se refleja la efervescencia de deseos diversos: «Todos sentían el m ism o afán de partir: los hombres de edad, porque pensaban que o se conquistaba la región hacia la que se em barcaban o que, por lo menos, una poderosa fuerza m ilitar no corría riesgo alguno; los jóvenes en edad de servir, por el afán de viajar, ver mundo y adquirir conocim ientos, con la confianza de volver sanos y salvos; la gran m asa de los
soldados, con la esperanza de obtener dinero rápido y adquirir [para el Estado] un poderío que les garantizara la soldada de m anera indefinida» (VI, 24, 3).
Y, para Alcibiades, además de estos intereses m ateria les, ¡la gloria! La gloria de d ar a Atenas su m ejor con quista, de ser el primero, de triunfar y de eclipsar a todos definitivamente.
¿Conquista? Pues sí; ésta es la palabra. M arca la di ferencia con em presas anteriores. Pero hay que p u n tu a lizar. En prim er lugar, p ara los griegos de entonces, no se tratab a de u na conquista en el sentido que hoy se da a la palabra: los griegos jam ás pretendieron anexionar se u n territorio lejano para convertirlo en parte de su propio país: la noción de ciudad y la dim ensión de las ciudades hacían inviable esta idea. Así pues, no se tra ta ba sino de im poner su autoridad, o su soberanía, de ser vir sus intereses, de hacerse ayudar y respetar. Pero ni siquiera bajo esta fórm ula se reconocía de form a oficial la idea de conquista. Púdicam ente se m anifestaba que el objetivo de la expedición era el de acudir en ayuda de los habitantes de Segesta, am enazados por Selinunte y, a poder ser, hacer regresar a los habitantes de Leontini, expulsados de su territorio por Siracusa; también, según una fórm ula cuya vaguedad apreciará el lector, «de for m a general, resolver los asuntos de Sicilia de la m ejor m anera posible, según lo que juzguen conveniente para el interés de Atenas» (VI, 8, 2).
Pero este eufem ism o no engañaba a nadie. Por si acaso, Tucídides se encargó de dejar las cosas claras: su relato de la expedición em pieza con un recuerdo de la im portancia de la isla y la h istoria de sus ciudades, y agrega: «Y contra una isla de esta im portancia los ate nienses ardían en deseos de em prender u na cam paña. El verdadero motivo era el deseo de som etérsela por en tero, con el pretexto aparente de acudir en socorro de sus herm anos de raza y de los aliados que éstos habían adquirido» (VI, 6, 1). «Som etérsela po r entero» (της πάσηςάρξαι): las palabras son claras. Y, más adelante,