• No results found

CHAPTER 4: AIM 3: DEVELOP AND VALIDATE MOTION IQ DECISION

4.8 Discussions

que caracterizaba a Pericles. Tucídides alaba la capaci­ dad de Pericles para oponerse a la multitud: «Cada vez que les veía entregados a una insolente confianza, los fustigaba con palabras, inspirándoles temor...» Es decir, era razonable ante su sinrazón: Alcibiades, por una vez, imita este modelo.

Esta actitud dio sus frutos.

manifestó una cierta resistencia de los moderados, ani­ mados «por la firme posición de Alcibiades en Samos y por la impresión de que el régimen oligárquico no resis­ tiría» (89, 4). Terámenes, a la cabeza de los moderados, triunfó. Hubo desórdenes, miedo a una acción enemiga; cerca de Eubea se libró una batalla en la que Atenas perdería esta isla. Pero, a pesar del pánico, triunfaron los moderados. Los jefes de la oligarquía se retiraron a Decelea. Se instauró la democracia moderada y, sin más tardanza, se votó el regreso de Alcibiades.

Estaba ganada la partida, a condición de que la gue­ rra lo estuviera también. Y aquí merece la pena observar cómo actuó nuestro hombre para dar la impresión de que, efectivamente, traía la alianza de Tisafernes bajo el brazo.

Durante este período se habló mucho de la famosa flota que Tisafernes aprestaba en Fenicia y que debía desequi­ librar las fuerzas en la guerra entre Atenas y Esparta.

En la obra de Tucídides se hace alusión a ella desde el momento en que Alcibiades se instala en la corte del sátrapa: Alcibiades le aconseja no dar a Esparta una su­ perioridad excesiva «cediéndole los barcos que justa­ mente estaba haciendo equipar» (46, 1). Es una simple alusión; pero es evidente que hacía tiempo que la llega­ da de estos barcos era prometida, discutida y esperada. La llegada dependía de Tisafernes, pero también del Rey; porque Fenicia no pertenecía a la satrapía de Tisafernes.

Cuando Alcibiades se acercó a los atenienses de Sa­ mos, la flota no había llegado, pero al parecer ya estaba lista y en camino, y Alcibiades no vaciló en prometer que no vendría en ayuda de los peloponesios sino de los atenienses: «Las naves fenicias que ya estaban en As- pendos serían entregadas a los atenienses» (81, 3).

Pero entonces Tisafernes, al ver el descontento de los peloponesios, decidió mantener la balanza en el fiel e hizo un gesto «Se dispuso a reunirse con las naves feni­ cias en Aspendos e invitó a Licas (el espartano) a acom­ pañarle» (87, 1).

¿Va a entregarlas a Esparta? ¿Quiere entregarlas a Esparta? Esto sería grave para Alcibiades, pero Tucídi­ des reconoce que no es seguro: «Acerca de la intención con que marchó a Aspendos y después volvió de allí sin los barcos no todo el mundo está de acuerdo.» El nú­ mero de barcos, puntualiza, era de ciento cuarenta y sie­ te.13 Lo hubieran cambiado todo. Y no llegaron. ¿Quería Tisafernes servirse de uno y otro bando sin ayudar a ninguno? ¿Simulaba, para complacer a Esparta? ¿Había dificultades de dinero? Tucídides se inclina por la pri­ mera explicación y sugiere que la larga ausencia del sá­ trapa tenía por objeto prolongar el statu quo y la espe­ ra. También es posible que en el seno del imperio persa apuntaran dificultades que aconsejaran no alejar la flo­ ta.14 Lo cierto es que las tan esperadas naves no apare­ cieron.

Tisafernes se justificó: no había traído la flota porque no era tan numerosa como él había previsto... ¡Palabras y nada más!

Alcibiades sabía la importancia que el asunto tenía para él y no titubeó en ningún momento. Al enterarse de que Tisafernes iba a Aspendos, se hizo a la mar con tre­ ce naves y con el mismo destino.

Y ésta es la segunda promesa que hizo a los atenien­ ses en el momento de partir: les prometió «prestarles un servicio seguro y considerable; porque, una de dos, o traía la flota fenicia a los atenienses o, por lo menos, im­ pediría que fuera para los peloponesios».

¡Admirable Alcibiades! Su primera promesa fue con­ seguir la flota fenicia para Atenas. Pero debía de saber, o de intuir, que ello no sería fácil y que se exponía a en­ contrarse ante un Tisafernes decidido a no ceder. ¿Qué hace entonces? Se atribuye un mérito de lo que, en rea­ lidad, es un fracaso: se jactará de haber impedido que la flota se una a las fuerzas de Esparta. Este resultado es más fácil de conseguir. Y hasta podría tener un efecto positivo respecto a Esparta: puesto que Alcibiades había seguido a Tisafernes, Esparta podría pensar que Tisafer­ nes le había escuchado y se decantaba del lado de Ate­ nas. Según explica Tucídides, «Alcibiades deseaba com­

prometerlo como si fuera amigo suyo y de los atenien­ ses: esto obligaría a Tisafernes a inclinarse más aún del lado de los atenienses» (88). ¡Cuántas intrigas, cálculos y presiones en torno a una flota que brilla por su ausen­ cia! Pero los resultados no fueron desdeñables. Esparta, efectivamente, empezó a dudar de la llegada de las naves e inició un acercamiento a Farnabazo, el otro sátrapa. Con ello, la ausencia de la flota era un tanto a favor de Alcibiades.

En realidad, ni siquiera es seguro que llegara a As- pendos. Tucídides nos dice que fue hasta el sur del Asia Menor, a Faselis y a Caunos, para regresar después «de Faselis y Caunos».15 Pudo no haber pretendido más que mostrarse y acechar a distancia. Pero fue suficiente: re­ gresó a Samos, ufano de haber impedido la entrega de los barcos a los peloponesios y haber conseguido este re­ sultado: «Ahora, gracias a él, Tisafernes tenía más amis­ tad que antes con Atenas» (108, 1).

¿Pura leyenda? ¿Magnificación hábil de una inter­ vención que tal vez tuviera un poco de trascendencia? Aquí se manifiesta un arte para la propaganda personal que desafía cualquier crítica para siempre.

Lo que podríamos llamar «la cita de Aspendos» ha quedado como un hermoso ejemplo del arte de sacar el mejor partido de las situaciones menos propicias.

Pero Alcibiades no se conformó con esta acción de sabia diplomacia. Cuando los otros jefes de los atenienses de Samos volvían de librar una batalla cerca de Quíos, él, recién llegado de su expedición, zarpa a la cabeza de una veintena de naves: va a reclamar dinero a Halicar­ naso y a fortificar la isla de Cos, situada frente a sus costas. El dinero se necesitaba para sufragar la guerra. En cuanto a Cos, tenía que mantener a raya la Caria. Solventados estos asuntos, también él se dirige hacia el Norte, tras la flota peloponesia y las fuerzas de los ate­ nienses de Samos. Pronto el propio Tisafernes subirá primero a sus Estados y después al Helesponto: la lucha se desplaza hacia los estrechos.

En realidad, los refuerzos que llevó Alcibiades con­ tribuyeron a una victoria notable: servía bien a su patria recuperada.

Pero ¿podemos decir «recuperada»? El regreso de Alci­ biades a Atenas se votó cuando él estaba todavía ocupa­ do por la cita de Aspendos. Ya podía regresar. Era el ve­ rano del año 411. ¿Regresaría?

Aquí la cronología sorprende: Alcibiades no regresa­ ría a Atenas hasta cuatro años después, en el verano de 407.

¿Por qué tanta demora? ¿Por qué la espera? Por pru­ dencia, evidentemente.

La situación no estaba aún muy clara en ningún sitio. No estaba clara en Atenas desde luego.16 La ciudad había sido sacudida por disturbios revolucionarios. Vivía bajo un régimen mixto, completamente nuevo, que pron­ to viró hacia la democracia y vio renacer la influencia de los demagogos, como aquel Cleofón que representa la democracia extrema, la misma que preconizaban Andro- cles e Hipérbolo, viejos enemigos de Alcibiades. Y los de­ mócratas seguían sin mirar con buenos ojos a Alcibiades que, no hacía mucho, había propuesto regresar a Atenas exigiendo la instauración de la oligarquía. A fin de com­ batir esta desconfianza, era necesario reconstituir un poco el grupo de los amigos de Alcibiades y preparar el terreno. Alcibiades, que mandaba de hecho una parte de las fuerzas atenienses, no podía regresar más que como estratego elegido y reconocido. Este momento estaba le­ jos. Y ahora él ya había adquirido experiencia y perspi­

cacia suficientes como para darse cuenta de ello.

Por otra parte, tampoco las cosas estaban claras en la guerra. El había prestado buenos servicios, y se ufa­ naba de su magnitud, pero todavía no había podido conseguir una victoria decisiva. Sus relaciones con Tisa­ fernes eran complicadas y poco seguras. Militarmente, la guerra no estaba perdida, pero se había estancado. Él era responsable en gran parte del desastre de Sicilia, de la ocupación de Decelea en el Ática, de los triunfos pelo-

ponesios en Jonia, donde se habían producido graves de­ fecciones: era necesario algo más que la ausencia de las naves fenicias para que pudiera regresar como salvador.

En este período de cuatro años —cuatro largos años— , Alcibiades conseguiría realizar esta transforma­ ción. Porque, después de todo lo que había logrado, ¿cómo no iba a conseguirlo?

El siguiente objetivo es, pues, Atenas; pero no podrá alcanzarlo sino después de muchas operaciones a largo plazo.

* * *

Antes de abordarlas, dejaremos un momento la His­ toria para pasar al teatro. Ya hemos citado una tragedia de Eurípides a propósito de la expedición a Sicilia. Mientras Atenas vive estos acontecimientos, Eurípides representa Las fenicias, tragedia que escenifica la lucha fratricida entre Eteocles y Polinice, hijos de Edipo. En ella, Polinice aparece más simpático de lo habitual, y el autor le hace evocar las amarguras del exilio. Aquí tene­ mos a un exiliado que entra en guerra contra su patria, a fin de poder volver a ella. Inmediatamente, la gente pensó que este Polinice era un trasunto de Alcibiades. Incluso es una de las razones que se invocan para datar la obra poco después del 411.

A decir verdad, la crítica sacaba punta a todo, con tal de encontrar coincidencias entre Polinice y Alcibiades. Polinice tomaba esposa en Argos: ¡la política argiva de Alcibiades! Había yeguas en el escudo de Polinice: ¡la cuadra de carreras de Alcibiades! Etcétera. Hace ya treinta años que criticamos con firmeza estas interpre­ taciones.17 Quizá haya en tal o cual detalle una asocia­ ción más o menos consciente; pero el significado de la obra no reside ahí sino en la pugna entre ambiciones que pone en peligro la ciudad. En ese afán de poder que impulsa a Polinice a atacar a su patria y a Eteocles a de­ clarar que está decidido a sacrificarlo todo por la Sobe­ ranía. Y, para poner de relieve la gravedad de semejante

actitud, Eurípides les contrapone al joven Meneceo, dis­ puesto a dar la vida por su patria.

¡Sí, también entonces existía la actualidad! Y los úl­ timos acontecimientos relatados aquí demuestran la ne­ cesidad y la urgencia del alegato de Eurípides. Coincide con el veredicto de Tucídides al atribuir las desgracias de Atenas al efecto de las ambiciones personales. Más aún: Tucídides señala sobre todo este efecto de las am­ biciones personales en los años de crisis que acabamos de contemplar, y escribe, a propósito de la agitación del año 411: «La mayoría se dejaba guiar por su ambición personal» (VIII, 89, 3). Si la tragedia de Eurípides alude a Alcibiades no es por pequeñas coincidencias con Poli­ nice de carácter externo, sino por la manera en que tam­ bién él supeditaba los intereses de Estado a los propios, lo mismo que los dos hijos de Edipo.

Por lo demás, el veredicto de la obra no coincide sólo con el de Tucídides sino también con el de Platón en el

Gorgias, donde presenta a Calicles, un ambicioso tan franco y decidido como Eteocles. Calicles apoya sin re­ ticencias la ley del más fuerte. Evidentemente, no es Al­ cibiades, aunque es posible que hombres como Alcibia­ des pudieran ayudar al autor a trazar el personaje.18 Este es, empero, el símbolo de la crisis que Alcibiades contribuyó a animar y de todas las crisis comparables que surgen en la Historia cuando una democracia pasa por momentos difíciles. Quizá la nuestra no sea una ex­ cepción. La tragedia Las fenicias aboga por el civismo, como deberíamos clamar también todos nosotros.

El autor clama contra la rivalidad de las ambiciones, reconciliación y entendimiento. Éstas fueron en Atenas las consignas de la democracia moderada que sucedió al régimen de los Cuatrocientos. Pero ¿era total el apacigua­ miento? Alcibiades debía de dudarlo, puesto que, cuando ya tenía al alcance de la mano su objetivo, que era el re­ greso a Atenas, demostrando una prudencia insólita en él, no regresaba sino que se mantenía a la expectativa.

Se g u n d a p a u s a

Related documents