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CHAPTER 5: SUMMARY AND FUTURE WORK

5.3 Future Directions

Los últimos acontecimientos relatados corresponden a las últimas páginas de la obra de Tucídides. Esta de­ bía abarcar hasta el final de la guerra, a la que por cier­ to el historiador alude en numerosas ocasiones. Pero, en el otoño del año 411, la crónica se interrumpe brusca­ mente.

Es Jenofonte el que la continúa con Las Helénicas. No obstante, a pesar de que, evidentemente, Jenofonte se pro­ ponía continuar la obra inacabada, su relato es muy di­ ferente. No consigna sino lo que hace referencia directa a la guerra, sin ahondar en móviles ni cálculos, ni des­ prender o sugerir lecciones políticas. Ello ha provocado cierta falta de coordinación hasta en los relatos moder­ nos relativos a este período.

Pero este cambio de tono llama la atención, en pri­ mer lugar, sobre un hecho: Tucídides y Jenofonte, cuan­ do hablan de Alcibiades, hablan de un hombre de su tiempo, de su entorno político e intelectual, un hombre al que sin duda habían tratado personalmente.

En relación con los capítulos anteriores, hay que de­ cir una cosa: la cuestión de las relaciones entre Alci­ biades y Tucídides ha sido objeto de atención, y con ra­ zón, puesto que es algo que interesa directamente a la estructura del relato de Tucídides.

En vista de lo bien informado que parecía Tucídides sobre todas aquellas intrigas, secretas y destinadas a se­ guir siendo secretas, existe la hipótesis de que hubo un

contacto personal entre Alcibiades y Tucídides.1 Más aún, se ha tratado de distinguir, en el libro VIII, los pa­ sajes que son fruto de esta información directa, dima­ nada del propio Alcibiades, y los que parecen descono­ cerla: de este modo, se ha trazado una historia de la composición del libro según sean los capítulos anterio­ res o posteriores a un encuentro entre los dos hombres, en el curso del cual Alcibiades habría aportado su infor­ mación.

No queremos arrastrar al lector a estos debates. Nos parece imposible que, ni con entrevistas secretas, Alcibia­ des «solo» hubiera podido hacer tantas revelaciones. Ya entonces había filtraciones, como las habrá siempre: ami­ gos bien informados, amigos de los amigos, comenta­ rios discutidos y rectificados. Tucídides, de todos modos —y así lo indica frecuentemente— tenía numerosas fuen­ tes de información. Pero reconstruir a partir de ahí la génesis del libro VIII tampoco es empresa fácil. El libro está inacabado. También es deficiente. No incluye nin­ gún discurso (a diferencia de los otros libros). Incluye, por el contrario, defectos de composición, saltos atrás en el tiempo, enlazados con más o menos claridad y al­ guna que otra ambigüedad. Pero, ¿es culpa del autor? El había decidido narrar una guerra y el desarrollo de las incidencias militares, desentendiéndose del trasfondo histórico. Pero llega una fase de la guerra en la que las operaciones se desarrollan lejos y la política interior lo domina todo, una fase en la que entran en juego Espar­ ta y Atenas, pero también Tisafernes, Farnabazo y las dos Atenas en desacuerdo entre sí. Se hace imposible un relato lineal y claro, sobre todo para un hombre que dis­ tingue el sutil entramado de las diversas causas. Quizá hubo dificultades de información. La posibilidad de que se consiguieran nuevas informaciones puede explicar ciertas particularidades de la obra. Quizá algunos pasa­ jes se escribieron después de recibir datos más concre­ tos. Quizá algunos procedan del propio Alcibiades, pero se observará que hay aquí demasiados «quizás» como para que nos arriesguemos a ofrecer al lector la novela de estas relaciones, de este encuentro entre los dos hom-

bres2 y de esta reconstitución de un trabajo que estaba en gestación.

Pero, más allá de este debate, que permanece todavía abierto, podemos consignar, por lo menos, dos hechos indiscutibles.

En primer lugar, se cuestiona la información de Tucí­ dides; pero no es por la más o menos acusada simpatía que se refleja en el relato por lo que puede medirse la hi­ potética influencia de los contactos personales. En todo momento, Tucídides se admira de la inteligencia que des­ pliega Alcibiades. Y en todo momento señala que, esen­ cialmente, sus intrigas no tienen otro objetivo que su propio interés. Esta lucidez y este sentido del matiz in­ dican que no se regía por informaciones privilegiadas... y tendenciosas.

Por otra parte, esa vacilación que algunos observan en el detalle y que nosotros hemos tratado de explicar por la naturaleza de los acontecimientos, puede deberse a la misma evolución de la política. Alcibiades, en la po­ lítica ateniense, abre la época de las intrigas, traiciones, negociaciones secretas y propaganda. No es el único que practica estas artes, que se generalizan; Tucídides lo ha dicho. Ahora bien, es evidente que, si la política toma estos derroteros, el historiador ya no puede seguirla: todo dependerá de la calidad de su información, de su habili­ dad para detectar mentiras e infundios: ya no podrá mos­ trarse ni tan claro ni tan seguro. Esto no es culpa de Tu­ cídides. Para simplificar, podríamos decir que es culpa de Alcibiades.

Ciertamente, también Jenofonte trató a Alcibiades: él figuraba entre los discípulos de Sócrates y se interesa­ ba por la política. Pero no tiene tanta curiosidad por comprender el porqué de los acontecimientos: con él ten­ dremos sobre todo hechos, a veces concretos y brillantes, pero salpicados de silencios y, en cierta manera, desnu­ dos. Con Tucídides teníamos análisis que en ocasiones podíamos tratar de criticar: con Jenofonte la tarea de analizar, de explicar, de entender las razones profundas

de los acontecimientos queda a cargo del lector mo­ derno.

Pero hay más, incluso los hechos comportan, como acabamos de decir, silencios. Un simple detalle puede servir de ejemplo: en Las Helénicas no hay ni una pala­ bra sobre la muerte de Alcibiades, a pesar de que él de­ sempeña el papel principal en el libro I y en el principio del libro II, y a pesar también de que su muerte fue dra­ mática y estuvo ligada a la política de varios responsa­ bles de entonces.

Al observar estas incongruencias en su relato, se ha pensado que la causa era una falta de documentación; y hasta se ha supuesto que Jenofonte podía tener en su poder notas legadas por Tucídides incompletas.3 Pero se trata de una pura hipótesis que no ha podido ser confir­ mada.

En general, Jenofonte no parece interesado en juzgar a Alcibiades. La relación entre Alcibiades y Sócrates no despierta su interés como despertó el de Platón. A veces presenta una versión de los hechos favorable a Alcibia­ des;4 pero nunca habla de él con calor ni interés. Sin duda se sentía inclinado a rechazar a un hombre que, por brillante que fuera, representaba al mal discípulo, como Critias, el oligarca.5 Esta actitud no se marca to­ davía en Las Helénicas como se destacará más tarde. Pero es evidente que entre el militar virtuoso que era Jenofonte en el fondo y el brillante aventurero que siem­ pre fue Alcibiades no podía existir gran simpatía.

No nos referimos a la circunstancia de que Jenofon­ te estuviera exiliado, al igual que Alcibiades, y acogido por Esparta. Cuando escribía esta primera parte de Las Helénicas, no lo había sido todavía. Pero la misma di­ ferencia entre una y otra manera de llevar el exilio y de ser amigo de Esparta da la medida de la diferencia de temperamentos.

Con Tucídides nos asombramos de que el historiador sepa tanto; nos cuesta trabajo abstenernos de citar aná­ lisis, a cual más agudo y esclarecedor. Con Jenofonte, nos asombramos de que diga tan poco: el relato adquie­ re el aspecto de esos paisajes en los que el haz luminoso

de un faro incide un instante en una imagen para dejar­ la en seguida en la oscuridad al seguir su trayectoria. Por lo tanto, con frecuencia habrá que completar el relato con fuentes diferentes y algunas, posteriores.

Entonces intervendrá, de modo particular, Diodoro de Sicilia, historiador que aporta pocos análisis pero que había leído mucho y consultado autores que hoy se han perdido, como Éforo. Con frecuencia, en esta última par­ te de la obra, nos encontramos con versiones diferentes y vacilamos sobre los detalles. Al pasar de Tucídides a Jenofonte tenemos que avanzar, incluso en el detalle de los hechos, con precaución y, a veces, a tientas.

IX

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